miércoles, 19 de octubre de 2016

La Religión Demostrada XI: La Divinidad de la Religión Cristiana







LA RELIGIÓN DEMOSTRADA


LOS FUNDAMENTOS DE LA FE CATÓLICA
ANTE LA RAZÓN Y LA CIENCIA



P. A. HILLAIRE


Ex profesor del Seminario Mayor de Mende
Superior de los Misioneros del S.C.






DECLARACIÓN DEL AUTOR

Si alguna frase o proporción se hubiere deslizado en la presente obra La Religión Demostrada, no del todo conforme a la fe católica, la reprobamos, sometiéndonos totalmente al supremo magisterio del PAPA INFALIBLE, jefe venerado de la Iglesia Universal.

A. Hillaire.



CUARTA VERDAD
LA RELIGIÓN CRISTIANA ES LA ÚNICA
RELIGIÓN DIVINA




III. DIVINIDAD DE LA RELIGIÓN CRISTIANA

117. P. ¿Cómo sabemos que la religión cristiana es divina?

R. Lo sabemos por señales ciertas e infalibles, como son las siguientes:

1° El cumplimiento de las antiguas profecías en la persona de Jesucristo.
2° Los milagros magníficos obrados por el Salvador.
3° El gran milagro de la Resurrección.
4° Las profecías hechas por Jesucristo y perfectamente realizadas.
5° El establecimiento milagroso de la religión cristiana.
6° La fidelidad y el número de sus mártires.
7° Los frutos admirables producidos por el Cristianismo.
8° La excelencia verdaderamente divina de la doctrina de Jesucristo.

Hemos visto, que el milagro y la profecía son el sello divino, la marca, la señal infalible de una religión divina. Toda religión autorizada por milagros y profecías, es una religión divina, una religión revelada por Dios mismo. Ahora bien, veremos en las siguientes preguntas que la religión cristiana está autorizada por la doble marca del milagro y de la profecía; luego, la religión cristiana, es realmente revelada por Dios, es la única religión verdadera, la única divina.

Dios da su religión a los hombres mediante enviados divinos encargados de hablar en su nombre; pero reviste a estos embajadores con todas las señales necesarias, a fin de que los hombres puedan conocerlos y aceptar su testimonio sin temor de engaño. Pues bien, los dos signos principales que caracterizan a un enviado divino son el poder de hacer milagros y profecías.


I. PROFECÍAS REALIZADAS EN NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO

118. P. Jesucristo, ¿es el Mesías?

R. Sí; Jesucristo es verdaderamente el Mesías.

Él es el Salvador prometido en el Paraíso terrenal.

Él enviado divino esperado por los patriarcas.

Él nuevo legislador anunciado por Moisés.

Él Emmanuel predicho por los profetas.

Él Redentor deseado de las naciones.

Él ha realizado en su persona todas las profecías del Antiguo Testamento relativas: 1°, al origen del Mesías; 2°, a la época de su llegada; 3°, a las diversas circunstancias de su vida.

Es, pues, Jesucristo el Mesías, el Enviado de Dios para fundar la religión nueva que debía suceder a la religión mosaica. Pero una religión establecida por un Enviado de Dios es necesariamente una religión divina; luego la religión cristiana, fundada por Jesucristo es divina.


§1° PROFECÍAS CONCERNIENTES AL ORIGEN DEL MESÍAS

En el Paraíso terrenal, después de la caída, Dios promete un Salvador a nuestros primeros padres, los cuales trasmiten esta esperanza a sus descendientes de tal manera, que ella se encuentra en todos los pueblos.

Dios renueva esta promesa a los patriarcas Abraham, Isaac y Jacob, prometiéndoles que todas las naciones serán bendecidas en Aquél que saldrá de su raza.

Jacob, iluminado por un espíritu profético, anuncia a Judá, su cuarto hijo, que el Libertador descenderá de él. En la tribu de Judá, Dios elige la familia de David. Él dice a este rey: yo pondré sobre tu trono a un hijo que saldrá de ti, pero cuyo reinado será eterno; Yo seré su Padre, y Él será mi hijo. El Mesías, pues, debía ser, a la vez, Hijo de David e Hijo de Dios.

Estas condiciones sólo se hallan reunidas en Jesucristo, porque es descendiente de Abraham, de la tribu de Judá, de la familia de David, como lo prueba su genealogía, y es el único cuyo reinado es eterno. Luego, es el Mesías.


§2° PROFECÍAS CONCERNIENTES A LA ÉPOCA DE LA VENIDA DEL MESÍAS

1° Profecía de Jacob. – En su lecho de muerte, este patriarca, al predecir a cada uno de sus hijos la suerte que le estaba reservada, dijo a Judá: El cetro no saldrá de Judá, ni el jefe de su raza, hasta que haya venido Aquél que debe ser enviado, y que será la esperanza de todas las naciones 24 . Según esta profecía, el Mesías debe venir cuando la tribu de Judá haya perdido la autoridad, significada por el cetro. Ahora bien, cuando llegó Jesucristo, la autoridad acababa de pasar a manos de Herodes, príncipe idumeo, que gobernaba en nombre de los romanos; los mismos judíos dejaron atestiguada la pérdida de su autoridad nacional, cuando dijeron a Pilatos: No tenemos derecho para condenar a muerte... Luego es cierto que Jesucristo vino en el tiempo señalado por Jacob.

2° Profecía de Daniel.– Durante la cautividad de Babilonia, Daniel rogaba ardientemente al Señor que aminorara los sufrimientos de su pueblo y enviara al Mesías. El arcángel Gabriel le anunció:

“El tiempo ha sido reducido a setenta semanas para tu pueblo y para tu santa ciudad. Después del cual será abolida la iniquidad, y el pecado tendrá fin; la iniquidad será borrada y dará lugar a la justicia eterna; las visiones y las profecías tendrán su cumplimiento; el Santo de los santos recibirá su unción.

”Grábalo bien en tu espíritu: Desde la orden que se dará para reedificar a Jerusalén hasta el Cristo, Jefe del pueblo, habrá siete semanas y setenta y dos semanas; los muros y los edificios públicos serán levantados a pesar de muchas dificultades.

”Después de las sesenta y dos semanas, el Cristo será condenado a muerte; y el pueblo que habrá renegado de Él dejará de ser su pueblo. Otro pueblo vendrá con su jefe, el cual destruirá la ciudad y el templo; esta ruina será el fin de Jerusalén; el fin de la guerra consumará la desolación anunciada.

”En la semana (la que queda), el Cristo sellará su alianza con muchos. A mitad de la semana, las víctimas y los sacrificios será abolidos; la abominación de la desolación reinará en el templo, y la desolación no tendrá fin” (25).

Según esta célebre profecía, el objeto de la venida del Mesías es la remisión de los pecados y el reino eterno de la justicia. En setenta semanas todas las profecías debían cumplirse.

Se trata de semanas de años, según la manera ordinaria de calcular de los judíos: las setenta semanas constan por lo tanto de cuatrocientos noventa años.

El profeta indica el punto en que comienzan las semanas: es la publicación del decreto para la reconstrucción de Jerusalén. Este edicto fue dado por Artajerjes Longímano, el vigésimo año de su reinado, 454 años antes de Jesucristo.

El profeta divide las setentas semanas en tres períodos muy desiguales: siete, setenta y dos y una: – a) En el primero, que es de siete semanas, o cuarenta y nueve años, los muros de Jerusalén deben ser levantados con grandes dificultades. La historia prueba que así fue en efecto.

b) El segundo período, compuesto de sesenta y dos semanas, o cuatrocientos treinta y cuatro años, deben transcurrir antes que Cristo sea condenado a muerte. Estos cuatrocientos treinta años añadidos a los cuarenta y nueve del primer período, terminan el año 29 de la era cristiana, decimoquinto año del reinado de Tiberio, año de la predicación de San Juan Bautista.

c) El último período no comprende más que una semana, durante la cual el Mesías debe confirmar su alianza, es decir, establecer su ley, ser rechazado por el pueblo y condenado a muerte; las hostias y los sacrificios deben ser abolidos. Un pueblo extranjero debe venir a vengar ese crimen, dispersando a los judíos y destruyendo la ciudad y el templo.

Ahora bien, todo esto sucedió: al principio de la septuagésima semana, el año 30 de nuestra era, Jesús comienza su predicación, que dura tres años y tres meses. A la mitad de la misma semana, el año 34, Jesús es condenado a muerte por los judíos, y los sacrificios de la Antigua Alianza son reemplazados por el sacrificio de la cruz, unos treinta y seis años después de la muerte de Jesucristo, el año 70, el ejercito romano con su general Tito reducen a ruinas la ciudad de Jerusalén y su templo. Desde ese día reina la desolación sin fin del pueblo judío, porque renegó de Cristo. En Jesucristo, pues, y solo en Él, tuvo cumplimiento exactísimo, la profecía de Daniel. Luego Jesús es el Santo de los santos anunciado por el profeta.

3° Profecías de Ageo y Malaquías.– Al volver de la cautividad de Babilonia, los ancianos de Israel, que habían visto la magnificencia de Salomón, lloraron al contemplar el nuevo templo construido por Nehemías. Para consolarnos, Ageo les comunica que el Deseado de todas las naciones vendrá al nuevo templo, y lo llenará de gloria (26).

Malaquías anuncia que el Mesías, el Dominador, el Ángel de la Alianza, vendrá a su templo tan pronto como el precursor le haya preparado el camino (27).

Ahora bien, Jesús visitó frecuentemente este templo, destruido para siempre treinta y siete años después de su muerte; este templo ha recibido, fuera de Jesucristo, la visita de ningún personaje ilustre. Juan Bautista fue el precursor, y lo presentó al pueblo diciendo: He aquí el Cordero de Dios. En Jesucristo, pues, y en Él solo, se han realizado las profecías de Ageo y de Malaquías.

Las profecías de Jacob, de Daniel, de Ageo y de Malaquías son las que han puesto en mayor aprieto a los judíos, que no han reconocido en Jesucristo al Enviado de Dios. En su Talmud confiesan, que todos los tiempos señalados para la venida del Mesías han pasado. Por eso, desesperados de su causa, han pronunciado esta maldición: ¡Malditos sean los que calculen el tiempo del Mesías! ¡Pobre ciegos!


§3° PROFECÍAS CONCERNIENTES A LA VIDA DEL MESÍAS

1° Su nacimiento. – Isaías anunció que debía nacer de una Virgen: He aquí que una Virgen concebirá y dará a luz un hijo, que será llamado Emmanuel, es decir, Dios con nosotros (28). Y de la Virgen María nació Jesús, como nos lo dicen San Mateo y San Lucas al principio de sus Evangelios. San Mateo hasta tiene especial cuidado en hacer notar que esto era en cumplimiento de la profecía de Isaías. Esto, indudablemente, es un milagro; pero como dijo Gabriel a María; Para Dios no hay cosa imposible (29).

Miqueas anuncia que el Mesías nacerá en Belén, y esta predilección es tan conocida del pueblo judío, que los Doctores de la Ley, preguntados por Herodes, designan a los Magos la ciudad de Belén como lugar de su nacimiento. Y en Belén, precisamente nació Jesús.

Balaam había dicho: Una estrella saldrá de Jacob, un renuevo se levantará de Israel... (30). El recuerdo de esta profecía es el que mueve a los Magos de Oriente y los llevará a Jerusalén. Y los Magos guiados por una estrella milagrosa, vinieron y adoraron a Jesús en el pesebre.

2° Caracteres del Mesías.– Isaías nos describe así: Un niño nos ha nacido, un hijo nos ha sido dado; llevará sobre los hombros la señal de su principado; será llamado el Admirable, el Consejero, el Dios fuerte, el Padre del siglo futuro, el Príncipe de la Paz. Su imperio se extenderá cada vez más, y la paz que establecerá no tendrá fin. Ocupará el trono de David... y su reinado durará para siempre (31).

Por otra parte, el Arcángel Gabriel anuncia en estos términos el nacimiento de Jesucristo: No temas, María, concebirás y darás a luz un Hijo y le llamarás Jesús. Él será grande y será llamado el Hijo del Altísimo, y Dios le dará el trono de David, su padre, y reinará en la casa de Jacob, para siempre, y su reino no tendrá fin (32).

La comparación de estos dos textos muestra claramente que el niño Jesús de que habla Gabriel es el mismo Mesías de que hablaba Isaías. Sólo Jesucristo posee los caracteres predichos por el profeta. Es el niño que nos ha sido dado por Dios; Él lleva sobre sus hombros la cruz, cetro de su imperio; Él es el Admirable en su nacimientos y en su vida; el Dios fuerte en sus milagros; el Consejero lleno de sabiduría en su doctrina; el Padre del siglo futuro por la vida sobrenatural que nos da; el Príncipe de la Paz que trae al mundo, y su reinado, la Iglesia, durará siempre.

3° Milagros del Mesías.– Según la profecía de Isaías, Cristo debía confirmar su doctrina con milagros: Dios mismo vendrá y os salvará. Entonces, los ojos de los ciegos serán abiertos, los sordos oirán, el cojo saltará como un ciervo, y la lengua de los mudos será desatada (33). Y tales fueron los milagros de Jesucristo.

4° La Pasión de Cristo.– Todos los pormenores de la Pasión habrían sido anunciados con mucha anticipación: basta indicar las principales profecías.

Zacarías predice la entrada triunfal del Mesías en Jerusalén y los treinta dineros entregados al traidor (34).

David en el salmo 21, describe la pasión del Mesías, y le presenta oprimido de ultrajes, rodeado por un populacho que le insulta; tan deshecho por los golpes recibidos, que se le pueden contar todos los huesos; ve sus manos y sus pies traspasados, sus vestiduras repartidas, su túnica sorteada, etc.

Isaías muestra al Mesías cubierto de oprobios, convertido en el varón de dolores, llevado al suplicio como un cordero sin exhalar una queja... El profeta tiene cuidado de afirmar hasta doce veces que Cristo sufre por expiar los pecados de los hombres. Él es nuestro rescate, nuestra víctima, nuestro Redentor. El capítulo LIII de Isaías, como el Salmo XXI, no tiene aplicación más que a Nuestro Señor Jesucristo; luego, Él es el Redentor prometido.

5° La resurrección del Mesías es anunciada por David e Isaías: Vos no permitiréis, Señor, que vuestro Santo esté sujeto a corrupción (35). El renuevo de José, el Hijo de David, será dado como señal a todas las naciones. Los pueblos le invocarán y su sepulcro será glorioso (36).

6° Isaías, Jeremías y Daniel profetizan la reprobación del pueblo judío y la conversión de los gentiles destinados a formar el reino del Mesías.

CONCLUSIÓN.– Dios, en el Antiguo Testamento, hablando sucesivamente por los patriarcas y profetas, desde Adán hasta Malaquías, prometió al mundo un Mesías, un Redentor. Este Mesías es siempre anunciado como el Enviado de Dios, poseedor de todos los poderes de Dios, y Dios mismo. Es así que todo lo que acabamos de decir prueba que este Mesías prometido no puede ser otro sino Jesucristo, porque en Jesucristo, y solo en Él, se han realizado las notas distintivas del Mesías. Luego Jesucristo es realmente el Mesías y, por consiguiente, el Enviado de Dios, investido de todos los poderes de Dios y al mismo tiempo, Dios.

Por esto, todos los Padres y Doctores de la Iglesia han presentado la realización de las profecías en Jesucristo como una prueba decisiva de su misión divina. 

Después de haber recordado las principales profecías que San Justino citaba al judío Trifón, Monseñor Freppel termina de esta manera:

“Contra los judíos, esta argumentación es aplastante; y no es menos decisiva contra los racionalistas.

”Es imposible negarlo: Israel esperaba un Mesías, Rey, Pontífice, Profeta; sus libros sagrados marcaban con anticipación todos los rasgos de este Libertador prometido. Por otra parte, es cierto que sólo Jesús de Nazaret ha realizado el tipo mesiánico descrito en el Antiguo Testamento.

”Querer explicar este hecho por una coincidencia completamente casual, es imitar a aquellos que atribuyen a la casualidad la formación del mundo. ¿Se dirá que Jesucristo se aplicó las predicciones de la Escritura? Pero no depende del poder de un hombre elegir el lugar de su nacimiento, nacer en Belén más bien que en Roma, nacer de la raza de Abraham, de la familia de David; aparecer en el tiempo señalado por Jacob, Daniel, Ageo; hacer milagros; resucitar después de muerto; ser glorificado como Dios todopoderoso y eterno, y eso porque había sido predicho... Sólo Dios ha podido disponer la marcha de los acontecimientos para llegar a este gran resultado, y su realización basta para demostrar la divinidad del cristianismo


II. MILAGROS DE JESUCRISTO

119. P. Los milagros de Jesucristo, ¿prueban la divinidad de la religión cristiana?

R. Sí; los milagros de Jesucristo prueban la divinidad de la religión cristiana.

Un solo milagro prueba la divinidad de una religión, porque solamente Dios puede hacer verdaderos milagros, por sí mismo o por sus enviados. Es así que Jesucristo hizo numerosos milagros; luego Jesucristo es Dios o, por lo menos, el Enviado de Dios.

Pero una religión fundada por un enviado de Dios es verdadera y divina; luego la religión cristiana es divina.

El poder de hacer milagros es la credencial que Dios entrega a sus embajadores para darles autoridad ante los hombres.

N.B.– Nuestro Señor Jesucristo no es sólo un Enviado de Dios, como Moisés; es el Hijo de Dios mismo; lo demostraremos más adelante. Pero para pro-bar la divinidad de la religión cristiana, basta probar que Jesucristo es el enviado de Dios: si esto es verdadero, la religión que Él enseña necesariamente es divina.

1° Sólo Dios puede hacer milagros. – El milagro es un hecho sensible que sobrepasa todas las fuerzas creadas y no se obra sino por una intervención especial de Dios. Un verdadero milagro requiere la intervención del poder divino. Desde el momento que un hombre hace milagros, se sigue que este hombre obra y habla en nombre de Dios, que le ha delegado su poder. Dios no puede poner su poder al servicio del error o de la mentira, pues engañaría a los hombres, lo que no es posible. Un solo milagro prueba, por consiguiente, que el que lo hace es el Enviado de Dios, el mandatario de Dios.

2° Jesucristo hizo numerosos milagros.– Milagros sobre la naturaleza inanimada: Jesucristo convierte el agua en vino en las bodas de Caná; dos veces multiplica el pan para alimentar a las muchedumbres; con su palabra calma las tempestades, etc.

Milagros sobre las enfermedades: Jesucristo sana toda clase de enfermos; devuelve la vista a los ciegos, el oído a los sordos, la palabra a los mudos, el uso de los miembros a los paralíticos, etc.

Milagros sobre los demonios: Al oír la palabra de Jesucristo, los demonios salen del cuerpo de los posesos y proclaman que Él es el Hijo de Dios.

Milagros sobre la muerte: Jesucristo resucita a la hija de Jairo, al hijo de la viuda de Naím y a Lázaro, muerto de cuatro días.

Los milagros de Jesucristo están perfectamente comprobados. 1° Los Evangelios los narran, y hemos visto que los Evangelios son libros históricos de una autoridad incontestable.

2° Jesucristo hizo sus milagros en presencia de gran número de personas, en lugares públicos, en las plazas de las grandes ciudades, a la vista de los judíos prevenidos en su contra, a la vista de los escribas y de los fariseos, sus enemigos encarnizados, hombres hábiles e interesados en descubrir una impostura. Los hizo instantáneamente, sin preparación alguna, sin valerse de medios naturales, con una simple palabra, por un acto de su voluntad, a veces hasta sobre ausentes.

3° Los judíos, testigos de estos prodigios, jamás los pusieron en duda. Estaban confundidos, y en su obstinación decían: ¿Qué haremos? Este hombre hace muchos milagros; si le dejamos hacer, arrastrará a todo el pueblo en pos de sí (37).

En su Talmud, o colección de las tradiciones judías, los rabinos confiesan los milagros de Jesús de Nazaret, atribuyéndolos a la magia. Luego, los milagros de Jesucristo son ciertos, puestos que están reconocidos por sus mismos enemigos. 

Los prodigios de Jesucristo son verdaderos milagros. Ellos no provienen ni del demonio ni de las fuerzas de la naturaleza.

a) No pueden ser atribuidos al demonio: si el demonio hubiese obrado esos milagros, hubiera trabajado en la ruina de su imperio. Por lo demás, el demonio, obedeciendo al Salvador, reconocía que Jesucristo era su Señor.

Además, la mayor parte de los milagros de Jesucristo superan a los poderes de los espíritus malos y piden una potencia infinita. Así, por ejemplo, la resurrección de los muertos no puede ser obrada sino por la fuerza divina. Ni ángel ni demonio pueden substraer a las almas de la recompensa o del castigo que ellas reciben de Dios al abandonar este mundo, ni volverlas nuevamente al estado de prueba, ni restablecer entre al alma y el cuerpo las relaciones íntimas que constituyen la vida. La resurrección demanda una potencia igual a la creación.

Además, Dios no da al demonio el poder de cambiar las leyes de la naturaleza, ni la facultad de engañar a los hombres haciendo obras divinas.

b) Tampoco pueden ser atribuidos los prodigios de Jesucristo a las fuerzas de la naturaleza. La mayor parte de estos milagros superan todas las fuerzas creadas. Después de 1.900 años, y no obstante los progresos de las ciencias y los descubrimientos de los sabios, no se han podido explicar estos milagros por causas naturales.

Hoy, como antes, la voz del hombre es impotente para apaciguar las tempestades, multiplicar el pan, dar la vista a los ciegos de nacimiento y resucitar a los muertos. Tales prodigios están y estarán siempre por encima de las fuerzas de la naturaleza. Reúnan todos los recursos de la medicina, todas las combinaciones químicas y magnéticas de las ciencias, y jamás lograrán resucitar un muerto.

Durante diecinueve siglos, los milagros de Jesucristo han resistido victoriosamente a la crítica más minuciosa de los cristianos, de los judíos y de los paganos. Las tentativas de los racionalistas modernos para explicar estos prodigios son tan ridículas y tan miserables, que lo único que han conseguido es demostrar su impotencia y su mala fe.

3° Jesucristo hizo sus milagros para probar su divina misión y la verdad de su doctrina.– Interrogado por los discípulos de San Juan Bautista, que deseaban saber si Él era el Mesías, Jesús da por única respuesta la evidencia de sus milagros: Id y decir a Juan lo que habéis visto: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son limpiados, los sordos oyen, los muertos resucitan (38).

Otra vez los judíos le dijeron: Si eres el Cristo, dilo claramente.– Y Jesús les contestó: Os lo he dicho y no creéis; las obras que yo hago en nombre de mi Padre, dan testimonio de mí. Si no me creéis, creed a mis obras (39).

Cuando la resurrección de Lázaro, Jesús afirma que Él obra ese milagro a fin de que el pueblo crea en su misión divina: Ut credant quia tu me misisti (40). 

En todas estas ocasiones, Jesús se declara Enviado de Dios, y, para probarlo, apela a los milagros que obra.

CONCLUSIÓN.– 1° El milagro es como la firma de Dios, y sólo lleva esa firma. Su fundador, Jesucristo, ha hecho no un milagro solo, lo que sería suficiente, sino una multitud de milagros. De cada uno de ellos podemos inferir: La religión cristiana es divina.

Jesús devolvió la vista al ciego de Jericó; luego la religión cristiana es divina.

Jesús libró al poseso de Cafarnaún; luego la religión cristiana es divina.

Jesús resucitó a Lázaro de Betania, muerto hacía cuatro días; luego la religión cristiana es divina.

Estos hechos y otros son incontestables; estos hechos son verdaderos milagros; estos milagros prueban que Jesús es el Enviado de Dios; luego la religión cristiana es divina.

2° Los apóstoles de Jesucristo, encargados de predicar la religión cristiana, hicieron numerosos milagros. Entre los narrados en el libro de los Hechos de los Apóstoles, citemos en particular la curación del ciego, en la puerta del templo (cap. III), la del paralítico (cap. IX), las curaciones obradas por la sola sombra de San Pedro (cap. V), la resurrección de Tabita (cap. IX), la liberación milagrosa de San Pedro (cap. XII), etc. Hallamos también gran número de milagros obrados por San Pablo, en Éfeso, hasta por el solo contacto de sus ropas (cap. XIX), la resurrección de un niño en Tróade (cap. XX), sin hablar del milagro de la conversión del mismo San Pablo, que podría bastar, aunque fuera el único, para que se convierta un hombre de buena fe.

Esto hechos son ciertos e incontestables, son verdaderos milagros; luego los apóstoles son enviados de Dios, y la religión que predican es divina.

3° La historia de la Iglesia ofrece, en cada siglo, gran número de milagros perfectamente auténticos, tanto, que se puede decir que los Hechos de los Santos son una digna continuación de los hechos apostólicos. Para convencerse basta recorrer las Acta Sanctorum de los bolandistas, o la Vida de los Santos.

Un solo milagro verdadero es suficiente para probar la divinidad de una religión en cuyo favor ha sido obrado. Y como tales hechos se han producido en cada siglo, en favor de la religión de Jesucristo, fuera menester, para llegar a destruir la presente prueba, negar los testimonios históricos de todos los siglos pasados, como también los del siglo presente. Sin hablar de los milagros de Lourdes, nuestro siglo ha visto a muchos santos colocados en los altares. Pero la Iglesia no canoniza a ningún santo sin haber antes comprobado varios milagros obrados por su intercesión.

Curación del ciego de nacimiento (41). – Los incrédulos suelen decir: Es de lamentar que los milagros de Jesucristo no hayan sido comprobados por sabios; hubiera sido conveniente levantar procesos respecto de cada uno de ellos. Pues bien, los deseos de los incrédulos se ven satisfechos por el mismo Evangelio, que narra un milagro comprobado por jueces oficiales, que son, a la vez, enemigos del Salvador.

Jesús encuentra en Jerusalén a un mendigo que era ciego de nacimiento. Con un poco de polvo humedecido con saliva, Jesús frota los ojos de este ciego y le dice: anda, lávate en la piscina de Siloé.

Es conveniente notar que se trata aquí de un ciego de nacimiento y, por consiguiente, incurable. El barro empleado no tiene virtud curativa. El sitio donde se efectúa la curación es un lugar frecuentado, lo que hace imposible todo fraude.

El ciego se va, se lava y vuelve curado. Muchos de los que le han conocido cuando estaba ciego, se preguntan: ¿Es el mismo mendigo que se sentaba aquí? – Los unos dicen: Es él. – Otros: No; es uno que se le parece.

Pero el ciego responde: Soy el mismo. – Le preguntaban: ¿Cómo se han abierto tus ojos? – Él les dice: Aquel hombre a quien llaman Jesús ha tomado barro, ha frotado con él mis ojos y me ha dicho: Ve a lavarte a la piscina de Siloé. He ido, me he lavado y veo. 

¡Qué sencillez en la manera de hablar! ¡Qué acento de veracidad!... Se va a iniciar un proceso, el famoso proceso que piden los racionalistas: los fariseos se encargarán de esa formalidad.

El ciego es conducido a su presencia, y le preguntan: ¿Cómo te fueron abiertos los ojos? – El interrogado responde: El hombre que se llama Jesús hizo barro y me untó los ojos y me dijo: Ve a la piscina de Siloé y lávate. Y fui, me lavé y recibí la vista.

La misma deposición que hiciera ente el público y sin incurrir en contradicción alguna. Al oír esta narración, unos se indignan porque Jesús ha hecho esta obra en día sábado, mientras que otros, más sinceros, dicen: ¿Cómo podría un pecador obrar semejantes prodigios? Se dividieron las opiniones. Para solucionar la cuestión acudieron al mismo ciego y le pidieron su opinión, como si ésta hubiera influido algo en su curación.

¿Y tú, preguntan los del sanedrín, qué dices del que te abrió los ojos? – Y él replica sin vacilar: Yo creo que es un profeta.

Entonces los fariseos no quisieron creer que había sido ciego; y para asegurarse, llamaron a los padres de éste y les preguntaron: ¿Es éste vuestro hijo, el que vosotros decís que nació ciego? ¿Cómo, pues, ve ahora?

Los padres respondieron: Sabemos que éste es vuestro hijo y que nació ciego; mas cómo ve ahora, o quién le ha abierto los ojos, nosotros no lo sabemos. Él tiene edad, preguntadle a él y hablará por sí.

De esta suerte, el proceso prueba que el favorecido por el milagro era realmente ciego de nacimiento. Los padres testifican la enfermedad, pero como ellos no han presenciado la curación, no la pueden explicar. Esta buena gente dice a los fariseos que interroguen a su hijo, porque temen ser expulsados de la sinagoga, pues no ignoraban que el sanedrín había excomulgado a todos aquellos que reconocieran a Jesús por el Mesías.

Los príncipes de los sacerdotes no quisieron saber nada del milagro, porque la doctrina de Jesús les contrariaba. Iniciaron, pues, otro proceso para obligar al ciego a que dijera que el autor de su curación era un pecador.

– Da gloria a Dios, le dijeron: nosotros sabemos que ese hombre es un pecador. – A lo que él replicó: Si es pecador no lo sé; una cosa sé, que habiendo yo sido ciego, ahora veo.

Insistieron ellos: Pero, en definitiva, ¿qué te hizo? ¿Cómo te abrió los ojos? – Les contestó el ciego: Ya os lo he dicho; ¿por qué lo queréis oír otra vez? ¿Queréis también vosotros haceros sus discípulos?

Estas palabras les encolerizaron y maldijeron al ciego curado: – Sé tú su discípulo, que nosotros somos discípulos de Moisés. Nosotros sabemos que Dios ha hablado a Moisés; pero no sabemos de dónde es ése.

Replicó el héroe de esta historia con cierto dejo de ironía: – Maravillosa cosa es, por cierto, que vosotros no sepáis de dónde sea, y, con todo, me ha abierto los ojos. Sabemos que Dios no oye a los pecadores; sino que aquél que es temeroso de Dios, y hace su voluntad, a éste oye. En ningún tiempo se oyó que abriese alguno los ojos de uno que nació ciego. Si éste no fuera un enviado de Dios, no pudiera hacer nada.

Estas palabras exasperaron a los fariseos: – En pecado has nacido, ¿y quieres enseñarnos? Y le expulsaron. Así terminó el proceso. Ante las enérgicas afirmaciones del ciego, ante la razón clara como el sol que da para probar que Jesús es un enviado de Dios, los fariseos no hallan más respuesta que las injurias. No se quieren rendir a la evidencia. Tampoco los incrédulos modernos quieren rendirse a la evidencia, porque su corazón está pervertido como el de los fariseos.

Jesús busca a este hombre perseguido por su causa, y le dice:

– ¿Crees tú en el Hijo de Dios? – ¿Quién es, para que crea en Él?

Jesús le dice: Le has visto y es Él que te habla.

– Creo, Señor, dijo el ciego; y postrado le adora.

Y así, este pobre ciego, fiel a la primera gracia, cree en la palabra de Aquél que le ha dado la vista. Jesús se declara Dios, y el curado le adora como a su Dios, bien seguro de que Jesús no puede engañarle, porque Dios no confiere a los impostores el poder de hacer milagros.


III. MILAGRO DE LA RESURRECCIÓN DE JESUCRISTO

120. P. ¿Cuál es el milagro más grande de nuestro Señor Jesucristo?

R. El milagro más grande de nuestro Señor Jesucristo es el de su resurrección. Él la había anunciado como la prueba más evidente de su misión divina, y la realizó al tercer día después de su muerte.

Es cierto: 1°, que Jesucristo murió el viernes por la tarde, y 2°, que salió vivo del sepulcro el día de Pascua

Esta resurrección es un hecho innegable. Todo lo prueba: a) el testimonio de los apóstoles; b) las confesiones implícitas de los jefes de la sinagoga; c) los milagros sin cuenta obrados en nombre de Jesús resucitado; d) los monumentos públicos erigidos en memoria de la resurrección; e) finalmente, la conversión del mundo a la religión cristiana.

Pero sólo Dios, señor de la vida, puede quitarla o darla; luego Jesucristo es Dios, o, por lo menos, el Enviado de Dios, y su religión es divina.

N.B. – 1° La palabra Pascua, sacada del hebreo, significa paso. Jesucristo pasó de la muerte a la vida, y nos hace pasar de la muerte del pecado a la vida de la gracia.

2° Jesucristo presenta su resurrección como la señal manifiesta de su misión divina. La generación mala y adúltera pide una señal; más no le será dada otra señal que la de Jonás profeta. Porque así como estuvo Jonás en el vientre de la ballena tres días y tres noches, así estará el Hijo del Hombre en el corazón de la tierra tres días y tres noches (42). Da, pues, el Salvador su resurrección como resumen de todas las pruebas de su misión divina.

3° De hecho, el milagro de la resurrección basta para probar la divinidad de la religión cristiana. Si Jesucristo se resucitó a Sí mismo, señal cierta de que es Dios, dueño de la vida y de la muerte; si Dios le resucitó, su misión es divina, porque Dios la confirma con el más asombroso de los milagros.

La resurrección es un hecho que debe ser probado como los demás hechos históricos: por el testimonio. Es necesario, por consiguiente, establecer: 1°, que Jesús estaba realmente muerto cuando fue colocado en el sepulcro; 2°, que después se mostró realmente vivo.


1° JESUCRISTO ESTABA REALMENTE MUERTO

1° San Juan, testigo ocular, lo afirma

2° Los prolongados y atroces tormentos sufridos por el Salvador antes de ser crucificado, y la crucifixión, no podían menos de hacerle morir.

3° Los soldados no le rompieron las piernas como a los otros condenados, porque ya estaba muerto.

4° La lanza que le atravesó el costado hubiera sido suficiente para quitarle el último aliento de vida.

5° Pilatos no concede a José de Arimatea el cuerpo de Jesús, sino después de la comprobación oficial de su muerte.

6° Por último, el odio de los judíos contra Jesús nos da una prueba cierta de que ellos debieron comprobar que Jesús estaba bien muerto, cuando cerraron y sellaron el sepulcro.


2° JESUCRISTO, DESPUÉS SE MOSTRÓ VIVO

El Salvador se muestra vivo:

1° a María Magdalena.

2° A las santas mujeres que regresaban del sepulcro.

3° A Santiago y a San Pedro, Príncipe de los apóstoles.

4° A los dos discípulos de Meaux, el día de Pascua.

5° La noche del mismo día, a los apóstoles reunidos en el Cenáculo, estando ausente Tomás.

6° Ocho días más tarde, a los mismos apóstoles, reunidos todos en el Cenáculo con Santo Tomás.

7° A cinco apóstoles y a dos discípulos en el lago de Genezaret.

8° En Galilea, a más de quinientas personas reunidas en el Tabor.

9° A los apóstoles reunidos en Jerusalén con muchos discípulos. Con ellos sube al monte de los Olivos, de donde se eleva al cielo en presencia de ciento veinte testigos.

10° Finalmente, se muestra a Saulo, en el camino de Damasco, y este ardiente perseguidor de la Iglesia se convierten San Pablo, el apóstol de las gentes.


1° LOS APÓSTOLES Y NUMEROSOS TESTIGOS VIERON A JESÚS VIVO 
DESPUÉS DE SU MUERTE

Un hecho es absolutamente cierto cuando es afirmado por nuestros testigos que: a) no han podido engañarse; b) no han querido engañar, y c) no hubieran podido hacerlo. Tal es el hecho de la resurrección de Jesucristo.

a) Los apóstoles no pudieron engañarse. – Jesucristo se mostró, no una sola vez, sino muchas, y durante un período de cuarenta días. Se mostró a muchas personas: a sus once apóstoles, a los discípulos y a más de quinientos fieles. Se mostró en pleno día, y en circunstancias muy diversas: en un huerto, en una calle, en el Cenáculo, a orillas de un lago, en los montes Tabor y de los Olivos. Admitir que en tales circunstancias todos los testigos de la resurrección se hayan engañado, sería admitir un fenómeno de ilusión imposible.

Finalmente, Jesucristo se mostró no a gentes crédulas, sino a gente desconfiada, tarda en creer... la cual califica de sueño la narración de las santas mujeres... Santo Tomás no quiere aceptar ni el testimonio de los demás apóstoles; quiere ver con sus ojos, tocar con sus manos las llagas de Jesús... ¿Cómo, pues, suponer error, ilusión, en testigos numerosos, de diferentes caracteres, y que se aseguraron del hecho con la triple evidencia de los ojos, de los oídos y de las manos?...

b) Los apóstoles no quisieron engañar. – No tenían ningún interés en ello. Lo único que podían esperar de su mentira eran terribles castigos: de parte de Dios, que castiga el crimen, las rigurosas penas reservadas por su justicia a la impostura; de parte de los judíos, asesinos de Jesús, una muerte inevitable y cruel.

Además, estaban seguros de fracasar en su empresa. ¿Cómo hacer creer a sus contemporáneos un hecho tan extraordinario como la resurrección de un muerto, crucificado públicamente por orden de la autoridad religiosa y civil? Acometer tal empresa era evidentemente una locura. Y sin embargo, los apóstoles dieron gustosos su vida en confirmación de la resurrección de Cristo.

c) Los apóstoles no pudieron engañar.– Para engañar era necesario, en primer lugar, secuestrar el cuerpo de Jesucristo. Pero para esto necesitaban sorprender a los guardias, violentarlos o corromperlos: tres cosas absolutamente imposibles para la timidez y pobreza de los apóstoles.

Y después, robar un cadáver no es resucitarlo. Estamos siempre en presencia de este hecho milagroso: Cristo muerto volvió a ser visto vivo. Los quinientos testigos que le vieron no podían ponerse de acuerdo para afirmar una mentira, estando como estaban diseminados por Judea y Galilea. Si Jesucristo no hubiera resucitado, hubiera sido imposible a los apóstoles convencer a los judíos y a los gentiles de que ellos le habían visto vivo.


2° TESTIMONIO DE LOS ENEMIGOS DE JESÚS

Los miembros del sanedrín estaban convencidos de la resurrección de Cristo Jesús. Para negarla acudieron a la corrupción y a la mentira. Dieron a los guardias una suma de dinero para que hicieran correr la voz de que estando ellos dormidos, los discípulos de Jesús robaron el cadáver del Maestro. Pero si ellos no hubieran creído en la resurrección de Cristo, su deber, como su propio interés, estaba en castigar a los soldados por haber faltado a la disciplina militar, y en perseguir a los apóstoles por haber roto los sellos de la autoridad. ¿Por qué no iniciaron un sumario para establecer las responsabilidades y buscar el cuerpo del desaparecido?... 

Puesto que los miembros del sanedrín se contentaron con sobornar a los soldados y trataron de echar tierra al asunto, a precio de oro, como lo hicieron siempre, es evidente que no pudieron negar la resurrección de Jesucristo.


3° MILAGROS OBRADOS EN NOMBRE DE JESÚS RESUCITADO

Los apóstoles obraron milagros en nombre de Jesús resucitado: luego ellos decían la verdad, porque Dios no puede hacer milagros para confirmar el error y la impostura. Por eso un gran número de judíos, heridos por el brillo de estos milagros, se convierten a la predicación de los apóstoles y adoraron como a Dios a Aquél que habían poco antes crucificado. El día de Pentecostés, San Pedro predica a Jesús crucificado y resucitado, y tres mil judíos abrazan la religión de Jesucristo. San Pedro sanó en la puerta del templo a un rengo conocido en toda Jerusalén; predica por segunda vez, y cinco mil judíos se convierten y creen en Cristo, Salvador de Israel (43).


4° MONUMENTOS PUBLICOS ESTABLECIDOS EN MEMORIA DE LA RESURRECCIÓN

Los apóstoles dejaron dos monumentos permanentes de la resurrección de su Divino Maestro: 1° La fiesta de la Pascua, celebrada por todos los cristianos del mundo: católicos, cismáticos y protestantes. 2° El día de la fiesta trasladado del sábado al primer día de la semana llamado desde entonces domingo, o día del Señor. La fiesta de Pascua y el traslado del sábado al domingo, establecidos por los apóstoles, no tienen más razón de ser que la resurrección de Jesucristo.


5° LA CONVERSIÓN DEL MUNDO A LA RELIGIÓN CRISTIANA

Strauss, el mayor de los incrédulos modernos, halla que nada es tan imposible de creer como la resurrección de un muerto. Se engaña: hay algo más imposible, y es la transformación religiosa y moral del mundo por un crucificado, si este crucificado no ha resucitado. La tumba de un muerto no es un lugar donde podía echar raíces el árbol gigantesco del Cristianismo.

¿Es, por ventura, admisible, que algunos ilusos o algunos impostores hayan hecho creer la resurrección de Jesucristo a millares de millones, y que hayan fundado sobre este hecho la única religión digna de respeto y de amor?... Este sería un milagro más grande que el milagro mismo de la resurrección, o más bien, un fenómeno tan extraño que se opone a todos los principios del buen sentido. 

Debemos, pues, concluir que la resurrección de nuestro Señor Jesucristo es un hecho innegable, más brillante que el sol, y cuya certeza jamás podrán destruir los incrédulos. ¿Qué nos queda por hacer? Caer a los pies de Jesús para decirle con Santo Tomás: ¡Señor mío y Dios mío!



IV. PROFECÍAS HECHAS POR JESUCRISTO Y PERFECTAMENTE CUMPLIDAS

121. P. ¿Las profecías de nuestro Señor Jesucristo, ¿prueban la divinidad de la religión cristiana?

R. Sí; las profecías de nuestro Señor Jesucristo muestran perfectamente la divinidad de la religión cristiana.

La profecía, lo mismo que el milagro, es el testimonio de Dios: sólo Dios, por sí mismo o por medio de sus enviados, puede manifestarnos lo que ha de venir y hacer verdaderas profecías.

Pues bien, Jesucristo hizo muchas profecías perfectamente realizadas. Él profetizó:

1° Respecto de su persona, su pasión, su muerte y su resurrección.

2° En cuanto a sus discípulos, la traición de Judas, la triple negación de Pedro, la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles, los futuros milagros de éstos, sus padecimientos y su martirio.

3° Respecto de los judíos, la ruina de Jerusalén, la destrucción del templo y la dispersión del pueblo judío.

4° Acerca de su Iglesia, la predicación del Evangelio en todo el universo, la conversión de los pueblos y la duración hasta el fin de los tiempos de la Iglesia.

El anuncio de estos acontecimientos, imposible de ser previstos, demuestra en Jesucristo una ciencia divina. Luego, Jesucristo es Dios o, por lo menos, el Enviado de Dios, y su religión es divina.

Hemos visto que Jesucristo realizó perfectamente en su persona las profecías mesiánicas, demostrando con eso mismo que Él era el Mesías prometido. Pero Él mismo hizo también profecías, y sus predicciones cumplidas nos ofrecen una nueva prueba de su misión divina.


1° LA PROFECÍA ES UNA PRUEBA DE LA DIVINIDAD DE UNA RELIGIÓN

La profecía, como el milagro, es una obra divina. Supone participación de la ciencia de Dios, como el milagro supone participación de su poder. Sólo Dios conoce y puede revelar los sucesos que dependen de la voluntad de Dios y de la libertad del hombre. Por consiguiente, si Jesucristo hizo verdaderas profecías y ellas se han realizado, Él es seguramente el Enviado de Dios, y la religión cristiana que fundó es divina.


2° JESUCRISTO HIZO MUCHAS PREDICCIONES

1 Profecías de Jesucristo respecto de su persona. – Él profetizó un día a sus discípulos: Mirad que subimos a Jerusalén, y el Hijo del hombre será entregado a los príncipes de los sacerdotes y a los escribas, y le condenarán a muerte. Y lo entregarán a los gentiles para que le escarnezcan y azoten y crucifiquen, pero al tercer día resucitará (44).

2° Profecías de Jesucristo acerca de sus discípulos. – Anunció la traición de Judas (45); la triple negación de San Pedro (46); la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles (47). Les profetizó sus padecimientos: Mirad que os envío como ovejas en medio de lobos... Y guardaos de los hombres, porque os entregarán en concilios, y en sus sinagogas os azotarán... Seréis odiados y perseguidos por mi nombre... (48).

Les anuncia también que obrarán milagros en su nombre, que arrojarán a los demonios y curarán toda clase de enfermedades (49).– En verdad os digo, el que en mí cree, las obras que yo hago, también él las hará, y mayores aún (50).

3° Profecías de Jesucristo referentes a los judíos. – En diversas ocasiones, Jesús predijo las desgracias que amenazan a Jerusalén, el sitio de esta ciudad, la destrucción del templo y la dispersión del pueblo judío. Él dijo, llorando sobre la ciudad santa: Vendrán días sobre ti en los que tus enemigos te cercarán con baluarte, y te pondrán cerco, y de todas partes te estrecharán; y te derribarán por tierra, y no dejarán piedra sobre piedra... Tus hijos serán pasados a cuchillo; serán llevados cautivos a todos los pueblos, y en Jerusalén dejarán sus huellas los gentiles.

Sus discípulos le preguntaron: “Maestro, ¿cuándo suceder esto?”– En verdad os digo que no pasará esta generación sin que todas estas cosas sean hechas. Cuando veáis a un ejército rodeando a Jerusalén, estad ciertos de que la desolación se aproxima (51) .

4° Profecías de Jesucristo acerca de su Iglesia.– Jesús anuncia que el Evangelio será predicado en todo el mundo para servir de testimonio a todas las naciones (52). Predice su reinado universal: Cuando fuere levantado de la tierra, lo atraerá todo hacia Mí (53). Anuncia la perpetuidad de su Iglesia: Tú eres Pedro, le dijo a Simón, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia; y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. He aquí que Yo estoy con vosotros, todos los días, hasta la consumación de los siglos (54).


3° ESTAS PREDICCIONES DE JESUCRISTO SON VERDADERAS PROFECÍAS

Estas predicciones poseen los tres caracteres de las profecías divinas. En efecto: 1° Fueron hechas antes de los sucesos, y tenemos como prueba el testimonio de los evangelistas. Eran conocidas por los fariseos, puesto que dijeron a Pilatos: Nosotros sabemos que este seductor dijo, cuando vivía: Después de tres días resucitaré. Además, los Evangelios fueron escritos antes del cumplimiento de las profecías que se refieren a Jerusalén y a su templo, al pueblo judío y a la Iglesia.

2° Era imposible prever los hechos predichos por Jesucristo.– Estos hechos dependían de la libre voluntad de Dios y de los hombres. Muchos de ellos tenían por objeto verdaderos milagros que, dependiendo de la omnipotencia divina, no podían ser conocidos sino por Él sólo, como la resurrección de Jesús, la venida del Espíritu Santo y los frutos sobrehumanos que produjo en el mundo.

3° Estas profecías están plenamente realizadas.– a) El Evangelio nos muestra las profecías de Jesucristo relativas a su persona, realizadas hasta en sus más pequeños pormenores.

b) El Evangelio, los Hechos de los Apóstoles y la Historia de la Iglesia atestiguan el cumplimiento de las profecías referentes a los discípulos de Jesús; Judas le traicionó; Pedro le negó tres veces; los apóstoles recibieron el Espíritu Santo; predicaron el Evangelio, hicieron milagros; fueron azotados y perseguidos; y, llenos de júbilo, sufrieron el martirio. Aun en nuestros días los discípulos de Cristo son odiados y perseguidos; muchos mueren mártires, y no pocos, como los santos canonizados, siguen haciendo milagros.

c) Treinta y seis años después de Jesucristo, el año 70, se cumplió la profecía relativa a Jerusalén, a su templo y a la dispersión del pueblo judío. Dos historiadores, el judío Josefo y el romano Tácito, ambos contemporáneos de la catástrofe, nos han trasmitido los pormenores de la destrucción de Jerusalén. Durante un sitio de siete meses, un millón cien mil judíos perecieron víctimas del hierro, del fuego y del hambre, y cien mil fueron vendidos como esclavos. El general Tito había recomendado que se respetara el templo; pero fue en vano. Un soldado, movido, dice Josefo, por una inspiración divina, arrojó en el interior del templo un tizón encendido, y el templo quedó reducido a cenizas.

Y aún hay más. Era necesario que la palabra del Salvador se cumpliera al pie de la letra. Tres siglos más tarde, Juliano el Apóstata, queriendo desmentir la profecía de Jesús, acometió la empresa de reedificar el templo de Jerusalén. Para echar los nuevos cimientos se arrancaron los antiguos hasta la última piedra; pero cuando se quisieron reconstruir, se vio salir de la tierra globos de fuego, que hacían el trabajo imposible. Este prodigio se repitió varias veces en presencia de los judíos y de los paganos, y hubo que renunciar a la empresa. Este hecho lo narran Amiano Marcelino, gran admirador de Juliano el Apóstata, y otros historiadores de la época.

La profecía sobre la dispersión del pueblo judío se verificó y se viene verificando aun hoy en día a nuestra vista. Cuando un pueblo emigra a todas las naciones, bien pronto se confunde con ellas. Contrariamente a esta ley de la historia, el pueblo judío, dispersándose por toda la superficie de la tierra, sigue formando una raza aparte; sigue siendo, mal de su grado, el testimonio del cumplimiento de las profecías. Dispersado entre todos los pueblos desde hace veinte siglos, sin templo, sin sacerdotes, sin sacrificios, despreciados y aborrecidos, los judíos llevan por doquiera las señales sensibles de la maldición que pesa sobre este pueblo deicida (55).

d) En cuanto a las profecías relativas a la Iglesia, ellas se han realizado y se realizan diariamente. El Evangelio es predicado en todo el universo; Jesucristo, levantado en la cruz, lo atrae todo hacia Él: individuos y pueblos; sostiene su Iglesia contra los ataques del infierno; Pedro vive en el Papa, y sigue confirmando a sus hermanos en la fe y apacentando los corderos y las ovejas, es decir, a los fieles y a sus pastores.

El cumplimiento de estas profecías es un conjunto de hechos permanentes que la historia consigna en cada una de sus páginas. Cada generación los ha visto realizarse ante sus ojos. Sólo los incrédulos se niegan a verlos para no sentirse obligados a practicar la religión.

San Agustín pone en labios de Jesucristo las siguientes palabras dirigidas a los corazones endurecidos: “Vamos a cuentas, si queréis: tenéis mis profecías en las manos; veis todo lo que he hecho, y en qué particulares he cumplido mi palabra: “Había prometido morir, resucitar, subir a los cielos y mandaros el Espíritu Santo: Lo hice.

”Había prometido a toscos pescadores que los haría pescadores de hombres y que les daría el poder de hacer aceptar al mundo una doctrina tan increíble como la de la cruz: Lo hice.

“Había prometido que los judíos deberían emigrar nuevamente y que su patria sería destruida, de manera que andarían errantes y dispersos por el mundo: Lo hice.

”Había prometido atraer a Mí todas las naciones de la tierra: Lo hice.

”Había prometido edificar mi Iglesia sobre la firma piedra, y hacerla durar por siempre; ella existe, vosotros lo veis, ha durado a pesar de tres siglos de persecuciones; se mantiene siempre en pie, y durará hasta la consumación de los siglos: Lo he profetizado y lo haré”.

CONCLUSIÓN.– Jesucristo hizo verdaderas profecías; sus profecías se han cumplido y se cumplen todos los días; luego Jesucristo es el Enviado de Dios y su religión es divina.

Esta conclusión se impone con tanta mayor fuerza cuanto que Jesús hizo estas profecías con el fin de probar la divinidad de su misión. Os lo anuncio con anticipación, dice Él, a fin de que, cuando las cosas sucedan, creáis que soy yo: Credatis quia ego sum. La religión cristiana lleva el sello divino: la profecía realizada.


24. Gén. XLIX, 10.
25. Dan., IX, 24-27.
26, Ageo, II. 8.
27. Malaq., III. 1.
28. Is., VII, 14; Mateo, I, 23.
29. Mateo, I, 22; Lucas, I, 37.
30. Núm., XXIV, 17.
31. Is. IX, 6 y 7.
32. Luc., I, 30-33.
33. Is. XXV, 4-6; XLII.
34. Zac., X, 9; XI, 13.
35. Salmo XV, 10.
36. Is., XI, 10.
37. Juan, XI, 47 y 48.
38. Lucas, VII, 22.
39. Juan, X, 24, 25 y 38.
40. Juan, XI, 42.
41. Juan, IX.
42. Mateo, XII, 39 y 40.
43 Hechos, II y III.
44. Mateo, XX, 18 y 19.
45. Juan, XIII.
46. Mateo, XXVI.
47. Juan, XIV.
48. Mateo, X; Lucas, XXI; Juan, XV.
49. Marcos, XVI.
50. Juan, XIV, 12.
51. Mateo, XXIV; Marc., XIII; Lucas, XIX.
52. Mateo, XXIV.
53. Juan, XII, 12.
54. Mateo, XVI, 18 y XXVIII, 20.
55. BOSSUET, Discursos sobre la historia, 2a parte.








No hay comentarios:

Publicar un comentario

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...