viernes, 22 de marzo de 2019

Martirologio Romano 22 de marzo


SANTA LEA,
Viuda

† hacia el año 384


Los que se rigen por el Espíritu de Dios,
ésos son hijos de Dios.
(Romanos 8, 14)

  • En Narbona de Francia, el tránsito de san Pablo, Obispo, discípulo de los Apóstoles, de quien es tradición fue el Sergio Pablo Procónsul, a quién bautizó el Apóstol san Pablo, y de camino para España, dejó en Narbona, y allí fue consagrado Obispo de aquella ciudad, donde, cumplido diligentemente el ministerio de la predicación y esclarecido en milagros, subió al cielo.
  • En Terracina de Campania, san Epafrodito, discípulo de los Apóstoles, el cual fue ordenado Obispo de aquella ciudad por el Apóstol san Pedro.
  • En Ancira de Galacia, san Basilio, Presbítero y Mártir, que, en tiempo de Juliano Apóstata, probado conogravísimos suplicios, dio su espíritu a Dios.
  • En Cartago, san Octaviano Arcediano, con muchos millares de Mártires, que en odio de la fe católica fueron muertos por los Vándalos.
  • En África, los santos Mártires Saturnino y otros nueve.
  • En Galacia, el triunfo de las santas Mártires Calinica y Basilisa.
  • En Roma, san Zacarías, Papa, que gobernó con suma diligencia la Iglesia de Dios, y esclarecido en méritos, murió en paz.
  • En Cartago, san Deogracias, Obispo de Cartago, el cual rescató a muchísimos cautivos, conducidos de Roma por los Vándalos, y célebre en otras santas obras, descansó en el Señor.
  • En Osimo del Piceno, san Bienvenido, Obispo.
  • En Roma, santa Lea, Viuda, cuyas virtudes y dichosa muerte escribe san Jerónimo.


Y en otras partes, otros muchos santos Mártires y Confesores, y santas Vírgenes.

R. Deo Gratias.



SANTA LEA,
Viuda

San Jerónimo nos ha dejado un hermoso elogio de Santa Lea en una carta a Santa Marcela. Lea, que había tenido muchos esclavos, abandonó el mundo y se hizo sierva de todos. Dirigió un monasterio de vírgenes, a las cuales enseñó en la virtud por sus ejemplos, mejor todavía que por sus palabras.

jueves, 21 de marzo de 2019

Barbarie Comunista Parte XIX: Michel Foucault y el Deconstruccionismo II





Si bien el modelo bolchevique se derrumbó en 1989, el comunismo bajo distintos nombres continúa su acción destructora por medio de renovadas estrategias. Hoy mas complejo y profundo, compromete en plenitud a quienes lo profesan. Su acción indirecta, por medio de la revolución cultural, se hace sentir en todos los aspectos de nuestras sociedades. Con una nueva faz, busca el aniquilamento no solo de los cuerpos sino la condenación de las almas. Este ciclo, cuya publicación iniciamos, tiene ya algunos años desde que se hizo, no obstante mantiene plena vigencia en cuanto a los ideólogos, filosofías, medios, e instrumentos que describe. Recemos el Santo Rosario rogando a María Santísima, para que nos sostenga en la Fe, y preserve nuestras almas, hasta que Él vuelva.  




Barbarie Comunista Parte XIX


Michel Foucault: El Deconstruccionismo II









Sea todo a la mayor gloria de Dios.

Martirologio Romano 21 de marzo


SAN BENITO,
Abad

n. hacia el año 480 en Nursia, Italia;
† hacia el año 547 en Montecasino, Italia

Patrono de monjes; personas en órdenes religiosas; ingenieros civiles; trabajadores agrícolas; granjeros; espeleólogos; niños escolares; personas en trance de muerte. Protector contra la hechicería; brujería; veneno; fiebre; urticaria; erisipela; enfermedades inflamatorias; enfermedades renales. Se lo invoca en las tentaciones y cuando se ha roto alguna pertenencia de un superior.


Dichosos los siervos a los cuales
el amo al venir encuentra velando.
(Lucas 12, 37)

  • En Monte Casino, el tránsito de san Benito, Abad, el cual restableció la disciplina Monástica, muy decaída en Occidente, y la propagó de un modo extraordinario; cuya vida, gloriosa en virtudes y milagros, escribió san Gregorio Papa.
  • En Catania de Sicilia, san Birilo, el cual, ordenado Obispo por san Pedro, habiendo convertido a la fe muchos gentiles, allí mismo, en muy avanzada ancianidad, descansó en paz.
  • En Alejandría, la conmemoración de los santos Mártires, que en tiempo, del Emperador Constancio y del Prefecto Filagrio, invadiendo los templos los Arrianos y Gentiles un día de Viernes Santo fueron asesinados.
  • En el mismo día, los santos Mártires Filemón y Domnino.
  • En Alejandría, san Serapión, Anacoreta y Obispo de Thmuis, varón de grandes virtudes, que, desterrado por el furor de los Arrianos, Confesor, pasó al Señor.
  • En territorio de Lyon, san Lupicino, Abad, cuya vida fue ilustre por la santidad y por la gloria de los milagros.
  • En el lugar de Ranft, cerca de Sachseln, en Suiza, san Nicolás de Flüe, padre de familia, después Anacoreta, insigne por su asperísima penitencia, apellidado por los Suizos padre de la patria, al cual el Papa Pío XII inscribió en el catálogo de los Santos.

Y en otras partes, otros muchos santos Mártires y Confesores, y santas Vírgenes.

R. Deo Gratias.


SAN BENITO,
Abad

San Benito abandonó el mundo a la edad de 14 años para retirarse al desierto. Esforzose el demonio por encender en su corazón el fuego de las pasiones impuras. Para vencer, San Benito revolcábase entre espinas y zarzas. Su fama de santidad extendiose a lo lejos y le atrajo una multitud de discípulos. Hizo muchos milagros que lo han hecho célebre; mas el mayor de los prodigios fue el establecimiento de su orden, que ha dado un sinnúmero de santos a la Iglesia. Murió hacia la mitad del siglo VI.

miércoles, 20 de marzo de 2019

Magisterio Pontificio: Sobre el Ecumenismo





CARTA

TESTEM BENEVOLENTIAE


DE NUESTRO SANTÍSIMO SEÑOR


LEÓN


POR LA DIVINA PROVIDENCIA


PAPA XIII



AL EMMO. CARD. JAMES GIBBONS 


SOBRE EL "AMERICANISMO"

(22 de enero de 1899 




A nuestro querido hijo,
James Cardenal Gibbons,
Cardenal Presbítero del Título de Santa María del Trastevere,
Arzobispo de Baltimore:
León XIII, Papa


Querido hijo, Salud y Bendición Apostólica. 

Os enviamos por medio de esta carta una renovada expresión de esa buena voluntad que no hemos dejado de manifestar frecuentemente a lo largo de nuestro pontificado a vos, a vuestros colegas en el Episcopado y a todo el pueblo americano, valiéndonos de toda oportunidad que nos ha sido ofrecida por el progreso de vuestra Iglesia o por cuanto habéis hecho para salvaguardar y promover los intereses católicos. Por otra parte, hemos frecuentemente considerado y admirado los nobles regalos de vuestra nación, los cuales permiten al pueblo americano estar sensible a todo buen trabajo que promueve el bien de la humanidad y el esplendor de la civilización. Sin embargo esta carta no pretende, como las anteriores, repetir las palabras de alabanza tantas veces pronunciadas, sino más bien llamar la atención sobre algunas cosas que han de ser evitadas y corregidas, y puesto que ha sido concebida en el mismo espíritu de caridad apostólica que ha inspirado nuestras anteriores cartas, podemos esperar que la toméis como otra prueba de nuestro amor; esto más aun porque busca acabar con ciertas disputas que han surgido últimamente entre vosotros para detrimento de la paz de muchas almas.

Os es conocido, querido hijo, que el libro sobre la vida de Isaac Thomas Hecker, debido principalmente a los esfuerzos de quienes emprendieron su publicación y traducción a una lengua extranjera, ha suscitado serias controversias por ciertas opiniones que presenta sobre el modo de vivir cristiano.

Nos, por consiguiente, a causa de nuestro oficio apostólico, teniendo que guardar la integridad de la fe y la seguridad de los fieles, estamos deseosos de escribiros con mayor extensión sobre todo este asunto.

El fundamento sobre el que se fundan estas nuevas ideas es que, con el fin de atraer más fácilmente a aquellos que disienten de ella, la Iglesia debe adecuar sus enseñanzas más conforme con el espíritu de la época, aflojar algo de su antigua severidad y hacer algunas concesiones a opiniones nuevas. Muchos piensan que estas concesiones deben ser hechas no sólo en asuntos de disciplina, sino también en las doctrinas pertenecientes al "depósito de la fe". Ellos sostienen que sería oportuno, para ganar a aquellos que disienten de nosotros, omitir ciertos puntos del magisterio de la Iglesia que son de menor importancia, y de esta manera moderarlos para que no porten el mismo sentido que la Iglesia constantemente les ha dado. No se necesitan muchas palabras, querido hijo, para probar la falsedad de estas ideas si se trae a la mente la naturaleza y el origen de la doctrina que la Iglesia propone. El Concilio Vaticano dice al respecto: "La doctrina de la fe que Dios ha revelado no ha sido propuesta, como una invención filosófica, para ser perfeccionada por el ingenio humano, sino que ha sido entregada como un divino depósito a la Esposa de Cristo para ser guardada fielmente y declarada infaliblemente. De aquí que el significado de los sagrados dogmas que Nuestra Madre, la Iglesia, declaró una vez debe ser mantenido perpetuamente, y nunca hay que apartarse de ese significado bajo la pretensión o el pretexto de una comprensión más profunda de los mismos" (Constitutio de Fide Catholica, cap. IV).

No podemos considerar como enteramente inocente el silencio que intencionalmente conduce a la omisión o desprecio de alguno de los principios de la doctrina cristiana, ya que todos los principios vienen del mismo Autor y Maestro, "el Hijo Unigénito, que está en el seno del Padre" (Jn 1,18). Estos están adaptados a todos los tiempos y a todas las naciones, como se ve claramente por las palabras de Nuestro Señor a sus apóstoles: "Id, pues, enseñad a todas las naciones; enseñándoles a observar todo lo que os he mandado, y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo" (Mt 28,19). Sobre este punto dice el Concilio Vaticano: "Deben ser creídas con fe divina y católica todo aquello que está contenido en la Palabra de Dios, escrita o transmitida, y es propuesto por la Iglesia para ser creído como divinamente revelado, ora por solemne juicio, ora por su ordinario y universal magisterio" (Constitutio de Fide Catholica, cap. III).

Lejos de la mente de alguno el disminuir o suprimir, por cualquier razón, alguna doctrina que haya sido transmitida. Tal política tendería a separar a los católicos de la Iglesia en vez de atraer a los que disienten. No hay nada más cercano a nuestro corazón que tener de vuelta en el rebaño de Cristo a los que se han separado de Él, pero no por un camino distinto al señalado por Cristo.

La regla de vida afirmada para los católicos no es de tal naturaleza que no pueda acomodarse a las exigencias de diversos tiempos y lugares. La Iglesia tiene, guiada por su Divino Maestro, un espíritu generoso y misericordioso, razón por la cual desde el comienzo ella ha sido lo que San Pablo dijo de sí mismo: "Me he hecho todo con todos para salvarlos a todos" (1Cor 9,22).

La historia prueba claramente que la Sede Apostólica, a la cual ha sido confiada la misión no sólo de enseñar, sino también de gobernar toda la Iglesia, se ha mantenido "en una misma doctrina, en un mismo sentido y en una misma sentencia" (Constitutio de Fide Catholica, cap. IV).

Ahora bien, en cuanto al modo de vivir, de tal manera se ha acostumbrado a moderar su disciplina que, manteniendo intacto el divino principio de la moral, nunca ha dejado de acomodarse al carácter y genio de las naciones que ella abraza.

¿Quién puede dudar de que actuará de nuevo con este mismo espíritu si la salvación de las almas lo requiere? En este asunto la Iglesia debe ser el juez, y no los individuos particulares, que a menudo se engañan con la apariencia de bien. En esto debe estar de acuerdo todo el que desee escapar a la condena de nuestro predecesor, Pío VI. Él condenó como injuriosa para la Iglesia y el Espíritu de Dios que la guía la doctrina contenida en la proposición LXXVIII del Sínodo de Pistoia: "que la disciplina creada y aprobada por la Iglesia debe ser sometida a examen, como si la Iglesia pudiese formular un código de leyes inútil o más pesado de lo que la libertad humana puede soportar".

Pero, querido hijo, en el presente asunto del que estamos hablando, hay aún un peligro mayor, y una más manifiesta oposición a la doctrina y disciplina católicas, en aquella opinión de los amantes de la novedad según la cual sostienen que se debe admitir una suerte tal de libertad en la Iglesia que, disminuyendo de alguna manera su supervisión y cuidado, se permita a los fieles seguir más libremente la guía de sus propias mentes y el sendero de su propia actividad. Aquellos son de la opinión de que dicha libertad tiene su contraparte en la libertad civil recientemente dada, que es ahora el derecho y fundamento de casi todo estado secular.

Hemos discutido largamente este punto en la carta apostólica sobre de la Constitución de los Estados dada por nosotros a los Obispos de toda la Iglesia, y allí hemos dado a conocer la diferencia que existe entre la Iglesia, que es una sociedad divina, y todas las otras organizaciones sociales humanas que dependen simplemente de la libre voluntad y opción de los hombres.

Es bueno, entonces, dirigir particularmente la atención a la opinión que sirve como el argumento a favor de esta mayor libertad buscada para los católicos y recomendada a ellos.

Se alega que ahora que ha sido proclamado el Decreto Vaticano sobre a la autoridad magisterial infalible del Romano Pontífice, ya no hay más de qué preocuparse en esa línea, y por consiguiente, desde que esto ha sido salvaguardado y puesto más allá de todo cuestionamiento, se abre a cada uno un campo más ancho y libre, tanto para el pensamiento como para la acción. Pero tal razonamiento es evidentemente defectuoso, ya que, si hemos de llegar a alguna conclusión acerca de la autoridad magisterial infalible de la Iglesia, esta sería más bien la de que nadie debería desear apartarse de esta autoridad, y más aun, que llevadas y dirigidas de tal modo las mentes de todos, gozarían todos de una mayor seguridad de no caer en error privado. Y además, aquellos que se permiten tal modo de razonar, parecen alejarse seriamente de la providente sabiduría del Altísimo, que se dignó dar a conocer por solemnísima decisión la autoridad y derecho supremo de enseñar de su Sede Apostólica, y entregó tal decisión precisamente para salvaguardar las mentes de los hijos de la Iglesia de los peligros de los tiempos presentes.

Estos peligros, a saber, la confusión de licencia y libertad, la pasión por discutir y mostrar contumacia sobre cualquier asunto posible, el supuesto derecho a sostener cualquier opinión que a uno le plazca sobre cualquier asunto, y a darla a conocer al mundo por medio de publicaciones, tienen a las mentes tan envueltas en la oscuridad que hay ahora más que nunca una necesidad mayor del oficio magisterial de la Iglesia, no sea que las personas se olviden tanto de la conciencia como del deber.

Nosotros ciertamente no pensamos rechazar todo cuanto han producido la industria y el estudio modernos. Tan lejos estamos de eso, que damos la bienvenida al patrimonio de la verdad y al ámbito cada vez más amplio del bienestar público a todo lo que ayude al progreso del aprendizaje y la virtud. Aun así, todo esto sólo podrá ser de algún sólido beneficio, es más, sólo podrá tener una existencia y un crecimiento real, si se reconoce la sabiduría y la autoridad de la Iglesia.

Ahora bien, con respecto a las conclusiones que han sido deducidas de las opiniones arriba mencionadas, creemos de buena fe que en ellas no ha habido intención de error o astucia, pero aún así, estos asuntos en sí mismos merecen sin duda cierto grado de sospecha. En primer lugar, se deja de lado toda guía externa por ser considerada superflua e incluso negativa para las almas que luchan por la perfección cristiana -siendo su argumento que el Espíritu Santo derrama gracias más ricas y abundantes que antes sobre las almas de los fieles, de manera que, sin intervención humana, Él les enseña y los guía por cierta inspiración oculta. Sin embargo, es signo de un no pequeño exceso de confianza el querer medir y determinar el modo de la comunicación divina a la humanidad, ya que ésta depende completamente de su propio bien parecer y Él es el más libre dispensador de sus propios dones. ("El Espíritu sopla donde quiere"-Jn 3,8. "Y a cada uno de nosotros la gracia nos es dada de acuerdo a la medida de la donación de Cristo"-Ef 4,7).

¿Y quién que recuerde la historia de los Apóstoles, la fe de la Iglesia naciente, los juicios y muertes de los mártires -y, sobre todo, aquellos tiempos antiguos tan fructíferos en santos- osará comparar nuestra era con aquellas, o afirmar que aquellos recibieron menos de aquel divino torrente del Espíritu de Santidad? Para no extendernos en este asunto, no hay nadie que ponga en cuestión la verdad de que el Espíritu Santo ciertamente actúa mediante un misterioso descenso en las almas de los justos y que asimismo los mueve con avisos e impulsos, ya que, a menos que éste fuera el caso, toda defensa externa y autoridad sería ineficaz. "Si alguien se persuade de que puede asentir a la verdad salvífica, esto es, evangélica, cuando ésta es proclamada, sin la iluminación del Espíritu Santo, que da a todos suavidad para asentir y perseverar, ese tal es engañado por un espíritu herético" (Segundo Concilio de Orange, can. 7).

Más aun, como lo muestra la experiencia, estas mociones e impulsos del Espíritu Santo son las más de las veces experimentados a través de la mediación de la ayuda y luz de una autoridad magisterial externa. Para citar a San Agustín: "Él (el Espíritu Santo) coopera con el fruto recogido de los buenos árboles, ya que Él externamente los riega y los cultiva con el ministerio exterior de los hombres, y por Sí mismo les confiere el crecimiento interno" (De Gratia Christi, cap. XIX). Ciertamente pertenece a la ley ordinaria de la providencia amorosa de Dios que, así como Él ha decretado que los hombres se salven en su mayoría por el ministerio de los hombres, ha querido también que aquellos a quienes Él llama a las alturas de la santidad sean guiados hacia allá por hombres; y por eso declara San Crisóstomo que "somos enseñados por Dios a través de la instrumentalidad de los hombres" (Homilía I, in Inscr. Altar). Un claro ejemplo de esto nos es dado en los primeros días de la Iglesia. Pues aunque Saulo, resuelto entre venganzas y matanzas, escuchó la voz misma de nuestro Señor y preguntó, "¿Qué quieres que yo haga?", le fue declarado que entrara a Damasco y buscara a Ananías: "Entra en la ciudad y allí te será dicho lo que debes hacer" (Hch 9,6).

Tampoco podemos dejar fuera de consideración el hecho de que quienes están luchando por la perfección, y que por eso mismo no transitan un camino trillado o bien conocido, son los más expuestos a extraviarse, y por eso tienen mayor necesidad de un maestro y guía que otros. Dicha guía ha sido siempre obtenida en la Iglesia, ésta ha sido la enseñanza universal de quienes a través de los siglos han sido eminentes por su sabiduría y santidad. Así pues, quienes la rechazan lo hacen ciertamente con temeridad y peligro.

Para quien considera el problema a fondo, incluso bajo la suposición de que no exista guía externa alguna, no es patente aún cuál es en las mentes de los innovadores el propósito de ese influjo más abundante del Espíritu Santo que tanto exaltan. Para practicar la virtud es absolutamente necesaria la asistencia del Espíritu Santo, y sin embargo encontramos a aquellos aficionados por la novedad dando una injustificada importancia a las virtudes naturales, como si ellas respondiesen mejor a las necesidades y costumbres de los tiempos, y como si estando adornado con ellas, el hombre se hiciese más listo para obrar y más fuerte en la acción. No es fácil entender cómo personas en posesión de la sabiduría cristiana pueden preferir las virtudes naturales a las sobrenaturales o atribuirle a aquéllas una mayor eficacia y fecundidad que a éstas. ¿Puede ser que la naturaleza unida a la gracia sea más débil que cuando es abandonada a sí misma? ¿Puede ser que aquellos hombres ilustres por su santidad, a quienes la Iglesia distingue y rinde homenaje, sean deficientes, sean menos en el orden de la naturaleza y sus talentos, porque sobresalieron en su fortaleza cristiana? Y aunque se esté bien maravillarse momentáneamente ante actos dignos de admiración que hayan sido resultado de la virtud natural -¿Cuántos hay realmente fuertes en el hábito de las virtudes naturales? ¿Hay alguien cuya alma no haya sido probada, y no en poco grado? Aún así, también para dominar y preservar en su integridad la ley del orden natural se requiere de la asistencia de lo alto. Estos notables actos singulares a los que hemos aludido, desde una investigación más cercana mostrarán con frecuencia más una apariencia que la realidad de la virtud. Incluso concediendo que sea virtud, salvo que "corramos en vano" y nos olvidemos de la eterna bienaventuranza a la que Dios en su bondad y misericordia nos ha destinado, ¿de qué nos aprovechan las virtudes naturales si no son secundadas por el don de la gracia divina? Así pues, dice bien San Agustín: "Maravillosa es la fuerza, y veloz el rumbo, pero fuera del verdadero camino". Pues así como la naturaleza del hombre, debido a la caída primera está inclinada hacia el mal y el deshonor, pero por el auxilio de la gracia es elevada, renovada con una nueva grandeza y fortaleza, así también la virtud, que no es el producto de la naturaleza sola, sino también de la gracia, es hecha fructífera para la vida eterna y toma un carácter más fuerte y permanente.

Esta sobrestima de la virtud natural encuentra un modo de expresarse al asumir una división de todas las virtudes en activas y pasivas, afirmándose que mientras las virtudes pasivas encontraron un mejor lugar en tiempos pasados, nuestra época debe estar caracterizada por las activas. Es evidente que tal división y distinción no puede ser sostenida, ya que no hay, ni puede haber, una virtud meramente pasiva. "Virtud -dice Santo Tomás de Aquino- designa la perfección de una potencia, pero el fin de esa potencia es un acto, y el acto de virtud no es otra cosa que el buen uso del libre albedrío", actuando -hay que agregar- bajo la gracia de Dios, si el acto es el de una virtud sobrenatural.

Sólo creerá que ciertas virtudes cristianas están adaptadas a ciertos tiempos y otras a otros tiempos quien no recuerde las palabras del Apóstol: "A quienes de antemano conoció, a éstos los predestinó para hacerse conformes a la imagen de su Hijo" (Rom 8,29). Cristo es el maestro y paradigma de toda santidad y a su medida deben conformarse todos los que aspiran a la vida eterna. Cristo no conoce cambio alguno con el pasar de las épocas, ya que "Él es el mismo ayer, hoy y siempre" (Heb 13,8). A los hombres de todas las edades fue dado el precepto: "Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón" (Mt 11,29). Para toda época se ha manifestado Él como obediente hasta la muerte; en toda época tiene fuerza la sentencia del Apóstol: "Aquellos que son de Cristo han crucificado su carne con sus vicios y concupiscencias" (Gál 5,24). Desearía Dios que hoy en día se practicase más esas virtudes en el grado de los santos de tiempos pasados, quienes en la humildad, obediencia y autodominio fueron poderosos "en palabra y en obra" -para gran provecho no sólo de la religión sino del estado y el bienestar público.

Dado este menosprecio de las virtudes evangélicas, erróneamente calificadas como pasivas, faltaba un corto paso para llegar al desprecio de la vida religiosa que en cierto grado se ha apoderado de algunas mentes. Que esto sea sostenido por los defensores de estas nuevas visiones lo inferimos de algunas afirmaciones suyas sobre los votos que profesan las órdenes religiosas. Ellos dicen que estos votos se alejan del espíritu de nuestros tiempos, ya que estrechan los límites de la libertad humana; que son más propios de mentes débiles que de mentes fuertes; que lejos de ayudar al perfeccionamiento humano y al bien de la organización humana, son dañinos para uno y otra; pero cuán falsas son estas afirmaciones es algo evidente desde la práctica y la doctrina de la Iglesia, que siempre ha aprobado grandemente la vida religiosa. Y no sin una buena causa se han mostrado prestos y valientes soldados de Cristo quienes bajo el llamado divino han abrazado libremente ese estado de vida, no contentos con la observancia de los preceptos sino yendo hasta los consejos evangélicos. ¿Debemos nosotros juzgar esto como una característica de mentes débiles o podemos decir que es algo inútil o dañino para un estado de vida más perfecto? Quienes atan de esta manera sus vidas mediante los votos religiosos, lejos de haber sufrido una disminución en su libertad, disfrutan de una libertad más plena y más libre, a saber, aquella por la cual Cristo nos ha liberado (Gál 4,31).

Este otro parecer suyo, a saber, que la vida religiosa es o enteramente inútil o de poca ayuda a la Iglesia, además de ser injuriosa para las órdenes religiosas, no puede ser la opinión de nadie que haya leído los anales de la Iglesia. ¿Acaso vuestro país, los Estados Unidos, no debe tanto los comienzos de su fe como de su cultura a los hijos de estas familias religiosas? -a uno de los cuales últimamente, cosa muy digna de alabanza, habéis decretado le sea erigida públicamente una estatua. E incluso en los tiempos presentes, dondequiera que las familias religiosas son fundadas, ¡qué rápida y fructuosa cosecha de buenos trabajos traen consigo! ¡Cuántos dejan sus casas y buscan tierras extrañas para impartir allí la verdad del Evangelio y ampliar los límites de la civilización! Y esto lo hacen con la mayor alegría en medio de múltiples peligros. Entre ellos, no menos ciertamente que en el resto del clero, el mundo cristiano encuentra a los predicadores de la Palabra de Dios, los directores de las conciencias, los maestros de la juventud, y la Iglesia misma los ejemplos de toda santidad.

Ninguna diferencia de dignidad debe hacerse entre quienes siguen un estado de vida activa y quienes, encantados por la soledad, dan sus vidas a la oración y mortificación corporal. Y ciertamente cuán buen reconocimiento han merecido ellos, y merecen, es conocido con seguridad por quienes no olvidan que "la plegaria continua del hombre justo" sirve para traer las bendiciones del cielo cuando a tales plegarias se añade la mortificación corporal.
Pero si hay quienes prefieren formar un cuerpo sin la obligación de los votos, dejadles seguir ese rumbo. No es algo nuevo en la Iglesia ni mucho menos censurable. Tengan cuidado, de cualquier manera, de no colocar tal estado por encima del de las órdenes religiosas. Por el contrario, ya que en los tiempos presentes la humanidad es más propensa que en anteriores tiempos a entregarse a sí misma a los placeres, dejad que sean tenidos en una mayor estima aquellos "que habiendo dejado todo lo suyo han seguido a Cristo".

Finalmente, para no alargarnos más, se afirma que el camino y método que hasta ahora se ha seguido entre los católicos para atraer de nuevo a los que han caído fuera de la Iglesia debe ser dejado de lado y debe ser elegido otro. Sobre este asunto, bastará evidenciar que no es prudente despreciar aquello que la antigüedad en su larga experiencia ha aprobado y que es enseñado además por autoridad apostólica. Las Escrituras nos enseñan (Eclo 17,4) que es deber de todos estar solícitos por la salvación de nuestro vecino según las posibilidades y posición de cada uno. Los fieles realizan esto por el religioso cumplimiento de los deberes de su estado de vida, la rectitud de su conducta, sus obras de caridad cristiana, y su sincera y continua oración a Dios.

Por otro lado, quienes pertenecen al clero deben realizar esto por el instruido cumplimiento de su ministerio de predicación, por la pompa y esplendor de las ceremonias, especialmente dando a conocer con sus propias vidas la belleza de la doctrina que inculcó San Pablo a Tito y Timoteo. Pero si, en medio de las diferentes maneras de predicar la Palabra de Dios, alguna vez haya de preferirse la de dirigirse a los no católicos, no en las iglesias sino en algún lugar adecuado, sin buscar las controversias sino conversando amigablemente, ese método ciertamente no tiene problemas.

Pero dejad que quienes cumplan tal ministerio sean escogidos por la autoridad de los obispos y que sean hombres cuya ciencia y virtud hayan sido previamente probadas. Pensamos que hay muchos en vuestro país que están separados de la verdad católica más por ignorancia que por mala voluntad, quienes podrán ser conducidos más fácilmente hacia el único rebaño de Cristo si la verdad les es presentada de una manera amigable y familiar.
Dicho todo lo anterior es evidente, querido hijo, que no podemos aprobar aquellas opiniones que en conjunto se designan con el nombre de "Americanismo". Pero si por este nombre debe entenderse el conjunto de talentos espirituales que pertenecen al pueblo de América, así como otras características pertenecen a otras diversas naciones, o si, además, por este nombre se designa vuestra condición política y las leyes y costumbres por las cuales sois gobernados, no hay ninguna razón para rechazar este nombre. Pero si por éste se entiende que las doctrinas que han sido mencionadas arriba no son sólo indicadas, sino exaltadas, no habrá lugar a dudas de que nuestros venerables hermanos, los obispos de América, serán los primeros en repudiarlo y condenarlo como algo sumamente injurioso para ellos mismos como para su país. Pues eso produciría la sospecha de que haya entre vosotros quienes forjen y quieran una Iglesia distinta en América de la que está en todas las demás regiones del mundo.

Pero la verdadera Iglesia es una, tanto por su unidad de doctrina como por su unidad de gobierno, y es también católica. Y pues Dios estableció el centro y fundamento de la unidad en la cátedra del Bienaventurado Pedro, con razón se llama Iglesia Romana, porque "donde está Pedro allí está la Iglesia" (Ambrosio, In Ps.9,57). Por eso, si alguien desea ser considerado un verdadero católico, debe ser capaz de decir de corazón las mismas palabras que Jerónimo dirigió al Papa Dámaso: "Yo, no siguiendo a nadie antes que a Cristo, estoy unido en amistad a Su Santidad; esto es, a la cátedra de Pedro. Sé que la Iglesia fue construida sobre él como su roca y que cualquiera que no recoge contigo, desparrama".

Estas instrucciones que os damos, querido hijo, en cumplimiento de nuestro deber, en una carta especial, tomaremos el cuidado de que sean comunicadas a los obispos de los Estados Unidos; así, testimoniando nuevamente el amor por el cual abrazamos a todo vuestro país, un país que en tiempos pasados ha hecho tanto por la causa de la religión, y el cual, con la ayuda de Dios, hará aún mayores cosas. Para vos y para todos los fieles de América impartimos con gran amor, como promesa de la asistencia divina, nuestra bendición apostólica.

Dado en Roma, desde San Pedro, el vigésimo segundo día de enero, año 1899, vigésimo primero de nuestro pontificado.

León XIII, Papa 




Sea todo a la mayor gloria de Dios.

Martirologio Romano 20 de marzo


SAN JOAQUÍN,
Padre de la Bienaventurada
Virgen María

"Todos cuantos son movidos por el Espíritu de
Dios, éstos son hijos de Dios"
(Romanos VIII, 14)

  • En Judea, el tránsito de san Joaquín, padre de la Inmaculada Virgen María, Madre de Dios, Confesor. Su fiesta se celebra el 16 de Agosto.
  • En Asia, el tránsito de san Arquipo, que fue compañero de san Pablo Apóstol, quien hace mención de él en la Carta a Filemón y en la escrita a los Colosenses.
  • En Siria, los santos Mártires Pablo, Cirilo, Eugenio y otros cuatro.
  • En el mismo día, los santos Fotina, Samaritana, José y Víctor, sus hijos; Sebastián, Capitán, Anatolio, Focio, Fótides y dos hermanas, Parasceves y Ciríaca; todos los cuales, por confesar a Cristo, consiguieron el martirio.
  • En Amiso de Paflagonia, siete santas mujeres, a saber: Alejandra, Claudia, Eufrasia, Matrona, Juliana, Eufemia y Teodosia; que, por confesar la fe, fueron martirizadas, y a quienes siguieron Derfuta y una hermana suya.
  • En Apolonia, san Nicetas, Obispo, que desterrado por el culto de las sagradas Imágenes, entregó allí su espíritu a Dios.
  • En el monasterio de Fontenelle, en Francia, san Vulfrán, Obispo de Sens, que, renunciando el Obispado y esclarecido en milagros, pasó allí de esta vida.
  • En la Gran Bretaña, la feliz muerte de san Cutberto, Obispo de Lin-disf arne; el cual, desde la niñez hasta la muerte, resplandeció en santas obras y milagros.
  • En Sena de Toscana, el beato Ambrosio, de la Orden de Predicadores, ilustre en santidad, predicación y milagros.

Y en otras partes, otros muchos santos Mártires y Confesores, y santas Vírgenes.
R. Deo Gratias.





SAN JOAQUÍN,
Padre de la Bienaventurada Virgen María

San Joaquín, padre de la Santísima Virgen, hizo tres partes de sus bienes, dedicó la primera al templo, la segunda a los pobres, y reservó la tercera para el mantenimiento de su familia. Él creyó sin vacilación en la palabra del ángel que le dijo que su esposa daría a luz a un niño, a pesar de que ella había sido estéril durante veinte años y avanzada ya en edad. Después del nacimiento de María, quien debía ser la Madre de Jesús, él la condujo al templo para consagrarla al servicio del Señor.

martes, 19 de marzo de 2019

Dom Gueranger: San José, Esposo de la B.V.M





"Año Litúrgico"
Dom Gueranguer


SAN JOSE, 
ESPOSO DE LA SANTISIMA VIRGEN 


PROTECTOR DE LA VIRGINIDAD DE MARÍA

Una alegría nos llega dentro de Cuaresma: José, el Esposo de María, el Padre adoptivo del Hijo de Dios, viene a consolarnos con su querida presencia.

El Hijo de Dios, al descender a la tierra para tomar la humanidad, necesitaba una Madre; esta Madre no podía ser otra que la más pura de las vírgenes; la maternidad divina no debia alterar en nada su incomparable virginidad. Hasta tanto que el Hijo de María fuera reconocido por Hijo de Dios, el honor de su Madre requería un protector: un hombre, pues, debía ser llamado a la gloria de ser el Esposo de María. Este fué José el más casto de todos los hombres.


PADRE ADOPTIVO DE JESÚS

Y no sólo consiste su gloria., en haber sido escogido para proteger a la Madre del Verbo encarnado, sino también fué llamado a ejercer una paternidad adoptiva sobre el Hijo de Dios. Los Judíos llamaban a Jesús hijo de José. En el templo, en presencia de los doctores a quienes el divino Niño acababa de llenar de admiración por la sabiduría de sus preguntas y respuestas, dirigía así María la palabra a su Hijo: "Tu Padre y yo doloridos te buscábamos"; y el Santo Evangelio añade que Jesús estaba sujeto tanto a José como a Maria.


GRANDEZA DE SAN JOSÉ

¿Quién podrá concebir y expresar dignamente los sentimientos que llenaron el corazón de este hombre, que el Evangelio nos pinta con una sola palabra, llamándole hombre justo? Un afecto conyugal, que tenía por objeto la más santa y la más perfecta de las criaturas de Dios; el anuncio celestial, hecho por el ángel, que le reveló que su esposa lleva en su seno el fruto de salvación, y le asocia, como testigo único en la tierra, a la obra divina de la encarnación; las alegrías de Belén, cuando asistió al nacimiento del Niño, cuando custodió a la Virgen Madre y escucho los cantos angélicos, cuando vió llegar ante el recién nacido a los pastores, y poco después a los Magos; las inquietudes que vienen en seguida a interrumpir tanta dicha, cuando, en medio de la noche, tiene que huir a Egipto con el Niño y la Madre; los rigores de este destierro, la pobreza, desnudez a que fueron expuestos el Dios escondido, cuyo protector era, y la Esposa virginal, cuya dignidad comprendía cada vez mejor; la vuelta a Nazaret, la vida humilde y laboriosa que llevó en aquella aldea, donde tantas veces sus tiernos ojos contemplaron al Creador del mundo, llevando con él un trabajo humilde; y, en fin, las delicias de esta existencia sin igual en la casa que embellecía la presencia de la Reina de los ángeles, y santificaba la majestad del Hijo eterno de Dios; ambos a una dieron a José el honor de presidir aquella familia, que agrupaba con lazos más queridos al Verbo encarnado, Sabiduría del Padre y a la Virgen, incomparable obra maestra del poder y santidad de Dios.


EL PRIMER JOSÉ

No, nunca hombre alguno, en este mundo podrá penetrar todas las grandezas de José. Para comprenderlas, se necesita abrazar toda la extensión del misterio con el que su misión en la tierra está unido, como un instrumento necesario. No nos extraña, pues, que este Padre nutricio del Hijo de Dios, haya sido figurado en la Antigua Alianza, bajo las facciones de un Patriarca del pueblo escogido. San Bernardo ha expresado magníficamente esta idea: "El primer José, dice, vendido por sus hermanos, y, en esto, figuraba Cristo, fué llevado a Egipto; el segundo, huyendo de la envidia de Herodes, llevó a Cristo a Egipto. El primer José, guardando la fidelidad a su señor, respetó a su ama; el segundo, no menos casto, fué guardián de su Señora, de la Madre de su Señor, y el testigo de su virginidad. Al primero le fué dado el com872 prender los secretos revelados por los sueños; el segundo recibió la confidencia del mismo cielo. El primero conservó las cosechas de trigo, no para él, sino para el pueblo; al segundo se le confirió el cuidado del Pan vivo que descendió del cielo, para él y para el mundo entero."


MUERTE DE SAN JOSÉ

Una vida tan llena de maravillas, no podía acabar de otro modo que por una muerte digna de ella. El momento llega cuando Jesús debía salir de la oscuridad de Nazaret y manifestarse al mundo. En adelante sus obras darían testimonio de su origen celestial; el ministerio de José estaba, pues, cumplido. Le había llegado la hora de partir de este mundo, par ir a esperar, en el descanso del seno de Abrahán, el día en que la puerta de los cielos se abriese a los justos. Junto a su lecho de muerte velaba el dueño de la vida; su postrer suspiro fué recibido por la más pura de las vírgenes, su Esposa. En medio de los suyos y asistido por ellos, José se durmió en un sueño de paz. Ahora el Esposo de María, el Padre putativo de Jesús, reina en el cielo con una gloria, inferior, sin duda, a la de María, pero adornada de prerrogativas a las cuales nadie puede ser admitido.


PROTECTOR DE LA IGLESIA

Desde allí derrama una protección poderosa sobre los que le invocan. Escuchad la palabra inspirada de la Iglesia en la Liturgia: "Oh, José, honor de los habitantes del cielo, esperanza de nuestra vida terrena y sostén de este mundo'". ¡Qué poder en un hombre! Mas buscad también un hombre que haya tenido tratos tan íntimos con el Hijo de Dios, como José. Jesús se dignó someterse a él en la tierra; en el cielo tiene la dicha de glorificar a aquel del que quiso depender, a quien confió su infancia junto con el honor de su Madre.

Así, pues, no tiene límites el poder de San José; y la santa Iglesia nos invita hoy a recorrer con absoluta confianza a este Protector omnipotente. En medio de las terribles agitaciones de las que el mundo es víctima, invóquenle los fieles con fe y serán socorridos. En todas las necesidades del alma y del cuerpo, en todas las pruebas y en todas las crisis, tanto en el orden temporal como en el espiritual, que el cristiano puede encontrar en el camino, tiene una ayuda en San José, y su confianza no será defraudada. El rey de Egipto decía a sus pueblos hambrientos: "Id a José"; el Rey del cíelo nos hace la misma invitación; y el fiel custodio de María tiene ante El mayores créditos que el hijo de Jacob, intendente de los graneros de Menfis, tuvo ante el Faraón. La revelación de este nuevo refugio, preparado para estos últimos tiempos, fué comunicado hace tiempo según el modo ordinario de proceder de Dios, a las almas privilegiadas a las cuales era confiada como germen precioso; como sucedió con la fiesta del Santísimo Sacramento, con la del Sagrado Corazón y con otras varias. En el siglo xvi, Santa Teresa de Jesús, cuyos escritos estaban llamados a extenderse por el mundo entero, recibió en un grado extraordinario las comunicaciones divinas a este respecto y dejó impresos sus sentimientos y sus deseos en su Autobiografía.


SANTA TERESA Y SAN JOSÉ

He aquí cómo se expresa Santa Teresa: "Tomé por abogado y señor al glorioso San José, y encomendéme mucho a él. Vi claro que así de esta necesidad, como de otras mayores de honra y pérdida de alma, este padre y señor mío me sacó con más bien que yo le sabía pedir. No me acuerdo, hasta ahora, haberle suplicado cosa, que la haya dejado de hacer. Es cosa que espanta las grandes mercedes que me ha hecho Dios por medio de este bienaventurado Santo, de los peligros que me ha librado, así de cuerpo como de alma; que a otros santos parece les dió el Señor gracia para socorrer en una necesidad; a este glorioso Santo tengo experiencia que socorre en todas, y que quiere el Señor darnos a entender que así como le fué sujeto en la tierra, que como tenía nombre de padre siendo ayo le podía mandar, así en el cielo hace cuanto le pide. Esto han visto otras muchas personas, a quien yo decía se encomendasen a él, también por experiencia; y aún hay muchas personas que le son devotas de nuevo experimentando esta verdad'".


FIESTAS DE SAN JOSÉ

Pío IX para responder a los numerosos deseos y a la devoción del pueblo cristiano, el 10 de septiembre de 1847, extendió a toda la Iglesia la fiesta del Patrocinio de San José, que estaba concedida a la Orden del Carmen y a algunas iglesias particulares. Más tarde Pío X la elevó a la categoría de las mayores solemnidades dotándola de una octava. Su Santidad, el Papa Pío XII, deseando dar un patrono especial a todos los obreros del mundo, ha instituido una nueva fiesta, que se celebrará el primero de mayo; y por esto ha suprimido la que estaba fijada para el miércoles de la tercera semana después de Pascua, y ha decretado que la fiesta del 19 de marzo honre a la vez a San José como esposo de la Santísima Virgen y como Patrono de la Iglesia universal.


MISA

José, llamado justo por el Espíritu Santo, es, en efecto, por sus virtudes ocultas, el modelo de los que merecen en este mundo tan bello título. Así, pues, la fiesta de este día no impide a la Iglesia tomar una gran parte de la misa del Común de Santos Confesores.


INTROITO
El justo florecerá como la palmera: se multiplicará como el cedro del Líbano: plantado en la casa del Señor, en los atrios de la casa de nuestro Dios. Salmo: Es bueno alabar al Señor: y salmear a tu nombre, oh Altísimo. V. Gloria al Padre.

El poder del Santísimo Esposo de la Madre de Dios, es uno de los más firmes apoyos de la Iglesia; uniéndonos a ella, pertrechémonos del valor de su intercesión para con el Hijo y la Madre.


COLECTA
Suplicárnoste, Señor, seamos ayudados por los méritos del Esposo de tu santísima Madre: para que, lo que no alcanza nuestra posibilidad, nos sea dado por su intervención. Tú, que vives.


EPÍSTOLA

Lección del libro de la Sabiduría (Eccli., 45, 1-5).
Fué amado de Dios y de los hombres, y su memoria es bendecida. Le hizo semejante a los Santos en la gloria, y le engrandeció con el temor de los enemigos, y con sus palabras aplacó a los monstruos. Le glorificó ante los reyes, y le mandó delante de su pueblo, y le mostró su gloria. Con su fe y su mansedumbre, le hizo santo, y le eligió de entre toda carne. Le oyó a El, y su voz, y le hizo entrar en la nube. Y le dió claramente sus preceptos, y la ley de la vida y de la ciencia.

DIGNIDAD DE MOISÉS

Estas líneas están dedicadas, en el libro del Eclesiástico, al elogio de Moisés. Fué escogido para confidente de Dios; en presencia de los reyes trasmitía al pueblo las órdenes del cielo; su gloria igualó a la de los más ilustres patriarcas y santos personajes de la era de la esperanza. "Si uno de vosotros profetiza, decía el Señor, yo me revelaría a él en visión y le hablaría a él en sueños. No así a mi siervo Moisés, que es en toda mi casa el hombre de confianza. Cara a cara hablo con él y a las claras, no por figuras; y él contempla el semblante de Yavé."


DIGNIDAD DE SAN JOSÉ

No menos amado de Dios y no menos bendito de su pueblo, José, no es solamente el amigo de Dios; el intermediario del cielo y una nación privilegiada. El Padre soberano le comunica los derechos de su paternidad sobre su Hijo; a este Hijo, cabeza de los elegidos, y no sólo al pueblo de las figuras, es a quien trasmite las órdenes de lo alto. La autoridad que ejerce de este modo, sólo es comparada con su amor; y no es como de pasada o a hurtadillas como mira al Señor; el Hijo de Dios le llama su Padre y se porta con él como un verdadero hijo; reconoce por su obediencia y afecto, los tesoros de abnegación que encuentra en este corazón fiel y manso. ¡Qué gloria en el cielo, qué poder sobre todas las cosas, correspondiendo a su poder y santidad en este mundo, no son ahora el patrimonio de aquel que, mejor que Moisés, penetró los secretos de la nube misteriosa y conoció todos los bienes!'.

El Gradual y el Tracto, siguen, como eco de la Epístola, para cantar los privilegios del hombre que, como nadie, ha justificado este verso del salmo: La gloria y las riquezas están en su casa y su justicia permanece por los siglos de los siglos.


GRADUAL
Señor, le previniste con bendiciones de dulzura: pusiste en s'u cabeza una corona de piedras preciosas, y. Te pidió vida, y tú le diste largura de días por siglos de siglos.


TRACTO
Bienaventurado el varón que teme al Señor: en sus mandamientos se deleitará sobremanera. V. Poderosa será en la tierra su semilla: la generación de los rectos será bendecida. V. Gloria y riquezas habrá en su casa: y su justicia permanecerá por siglos de siglos.


EVANGELIO

Continuación del santo Evangelio según San Mateo (Mt„ 1, 18-21).

Estando desposada con José, María, la Madre de Jesús, antes de que se juntasen, se halló haber concebido del Espíritu Santo. Mas José, su marido, como fuese justo y no quisiera difamarla, pensó abandonarla secretamente. Y, pensando él en esto, he aquí que se le apareció en sueños el Angel del Señor, diciéndole: José, hijo de David, no temas recibir a María, tu mujer, porque, lo que ha nacido en ella, del Espíritu Santo es. Y dará a luz un Hijo, y le llamarás Jesús, pues El ha de salvar a su pueblo de sus pecados.


LA PRUEBA DE SAN JOSÉ

Dios sometió al Esposo de María a una prueba durísima. José, tal es la experiencia de las almas más santas había de ser para sus devotos una guía incomparable en la vía espiritual; y esta es la razón por la que él debía conocer también la aflicción, crisol necesario, donde toda santidad se purifica. Mas la Sabiduría no abandona nunca a aquellos que buscan sus veredas. Como lo canta la Iglesia en este mismo día, ella conducía al justo por las vías rectas, sin la cual, él no tiene conocimiento, y le mostraba su divina luz en esta noche donde sus pensamientos buscaban penosamente descubrir el camino de la justicia; le fué dado el conocimiento de los secretos celestiales; en recompensa del sufrimiento del corazón, veía el lugar que le reservaba el inscrustable plan de la Divina Providencia, en este reino de Dios, cuyos resplandores estaban llamados a iluminar por siempre, desde su pobre morada, al mundo entero. Verdaderamente, pues, podía reconocer que la Sabiduría, en efecto, había ennoblecido su trabajo y fecundado sus penas. Siempre del mismo a modo da a los justos el premio de sus trabajos y les conduce por vías admirables.

Cantamos en el Ofertorio esta efusión de grandezas divinas, que elevan al humilde artesano de Nazaret por encima de todos los reyes, sus antepasados.


OFERTORIO
Mi verdad y mi misericordia están con él: y en mi nombre será exaltada su fortaleza.

En la Secreta sepamos con la Iglesia confiar, al bienaventurado custodio del Niño-Dios la protección de los dones de Dios en nuestras almas; él alimentará a Jesús en nosotros y le hará crecer a la estatura de hombre perfecto, como lo hizo hace xx siglos.


SECRETA
Ofrecérnoste, Señor, la deuda de nuestra servidumbre, rogándote humildemente protejas en nosotros tus dones, por los sufragios de San José, Esposo de la Madre de tu Hijo, nuestro Señor Jesucristo, en cuya veneranda festividad te inmolamos estas hostias de alabanza. Por el mismo Señor.

La Iglesia reemplaza hoy el Prefacio ordinario de Cuaresma, por una fórmula especial de acción de gracias, donde mezcla a los acentos de su gozo y de su reconocimiento, el recuerdo del santísimo Esposo de la Virgen, Madre de Dios. Este prefacio, que se dice en todas las misas de San José, fué introducido en el Misal romano por el Papa Benedicto XV.


PREFACIO
Es verdaderamente digno y justo, equitativo y saludable que. siempre y en todas partes, te demos gracias a ti, Señor santo, Padre omnipotente, eterno Dios: Y el que te alabemos, bendigamos y ensalcemos con las debidas alabanzas en la fiesta de San José. El cual, por ser Un varón justo, fué dado por ti como Esposo a la Virgen Madre de Dios: y como un servidor fiel y prudente, fué constituido sobre tu Familia: para que guardara con paternal cuidado a tu Unigénito, nuestro Señw Jesucristo, concebido por obra del Espíritu Santo. Por quien alaban a tu Majestad los Angeles, la adoran las Dominaciones, la temen las Potestades; los cielos, y las Virtudes de los Cielos, y los santos Serafines, la celebran con igual exultación. Con los cuales te pedimos admitas también nuestras voces, diciendo con humilde confesión: Santo...

La Comunión recuerda el mensaje del ángel, cuando anuncia a José que Dios mismo ha tomado posesión de María, su Esposa. Es el Banquete sagrado ¿no asemeja la feliz suerte de la Iglesia a la de la Virgen Madre?


COMUNIÓN
José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa porque lo que ha nacido en ella, del Espíritu Santo es.

La Poscomunión vuelve a expresar la idea que insinuó la Secreta: que Dios se digne poner de nuevo sus dones, y el mismo Jesús que acabamos de recibir, bajo la custodia, tan segura, de José.


POSCOMUNIÓN
Asístenos, oh Dios misericordioso, te lo suplicamos: y, por intercesión del santo Confesor José, conserva propicio en nosotros tus dones. Por el Señor.


PLEGARIA DE ALABANZA A SAN JOSÉ

Padre y protector de los fieles, glorioso San José: bendecimos a nuestra santa madre la Iglesia que, en el declinar del mundo, nos ha enseñado a esperar en ti. Largos siglos pasaron sin que tus grandezas fuesen manifiestas; pero tú has sido en el cielo uno de los más poderosos intercesores del género humano. Jefe de la sagrada familia, de la cual un Dios era miembro, sigues ejerciendo tu ministerio paternal para con nosotros. Tu acción oculta se hacía sentir en la salvación de los pueblos y de los particulares; mas la tierra experimentaba tu ayuda, sin haber aún instituido, para reconocerla, los homenajes que hoy te ofrece. Un conocimiento mejor entendido de tus grandezas y de tu poder, la proclamación de tu patrocinio, sobre todas nuestras necesidades, estaba reservado a estos desventurados tiempos, cuando el estado del mundo, en situación desesperada, invoca los socorros que no fueron revelados a los tiempos precedentes. Nosotros venimos, pues, a tus plantas, ¡oh José! para rendir homenaje en tí a un poder de intercesión que no conoce límites, a una bondad que abraza todos los hermanos de Jesús en una misma adopción.

Ninguna de nuestras necesidades es ajena a tu conocimiento y a tu poder; los menores hijos de la Iglesia tienen derecho a recurrir a ti de día y de noche, seguros de encontrar en ti la acogida de un padre tierno y complaciente. Nosotros no lo olvidamos, ¡oh José!, te pedimos que nos ayudes en la adquisición de las virtudes, de las que Dios quiere que esté adornada nuestra alma, en los combates que tenemos que tener con nuestro enemigo, en los sacrificios que estamos obligados a hacer con frecuencia. Haznos dignos de ser llamados hijos tuyos, ¡oh tú, Padre de los fieles! Mas tu soberano poder no se ejerce solamente en los intereses de la vida futura; la experiencia de todos los días, muestra cuán poderoso es tu socorro para obtener la protección celestial en las cosas temporales, mientras nuestros deseos no son contrarios a los designios de Dios. Osamos, pues, depositar en tus manos nuestros intereses de este mundo, nuestras esperanzas, nuestros deseos y nuestros temores. Te fué confiado el cuidado de la casa de Nazaret; sé el consejero y ayuda de todos los que abandonan en tus manos sus quehaceres temporales.

Augusto jefe de la sagrada familia: la familia cristiana está bajo tu cuidado especial; vela sobre ella en estos tiempos calamitosos. Responde favorablemente a aquellos y aquellas que se dirigen a ti en esos momentos solemnes, cuando tienen que escoger la ayuda con la que tienen que pasar esta vida y preparar el camino para otra mejor. Mantén entre los esposos la dignidad y el respeto mutuo que son la salvaguardia del honor conyugal; obténles la fecundidad, muestra de celestiales bendiciones. Tus devotos oh José, aborrezcan esos infames cálculos que socaban lo que hay de más santo, atraen la maldición divina sobre las razas y amenazan a la sociedad con una ruina moral y material a la vez. Disipa los prejuicios tan vergonzosos como culpables; haz que vuelva al honor esta santa conciencia, cuya estima deben conservar siempre los esposos cristianos, y a la cual están obligados a rendir homenaje, so pena de ser como paganos, de los que dijo el Apóstol, "que seguían sus apetitos porque no conocían a Dios".

Finalmente una postrera plegaria, ¡Oh glorioso San José! Existe en nuestra vida un momento supremo, momento decisivo para toda la eternidad: el momento de la muerte. Sin embargo de eso, al examinarnos, nos sentimos con menos inquietudes, sabiendo que la divina bondad lo ha hecho uno de los principales objetos de tu soberano poder. Has sido investido de misericordioso cuidado para facilitar al cristiano que espera de ti, la ayuda para la eternidad. A ti, oh José, nos debemos dirigir para alcanzar una buena muerte. Esta prerrogativa debía reservársete a ti, cuya muerte feliz, entre los brazos de Jesús y de María, fué la admiración del cielo y uno de los más sublimes espectáculos que ha ofrecido la tierra. Sé, pues, nuestro recurso, oh José, en este solemne y último instante de la vida terrena. Confiamos en María, a la que rogamos cada día, que nos sea propicia en la hora de nuestra partida; mas sabemos que María se alegra de la confianza que nosotros tenemos en tiy y que, donde estás tú, ella también se digna estar igualmente. Fortalecidos por la esperanza de tu paternal bondad, oh José, esperamos tranquilos la hora decisiva, porque sabemos que, si somos fieles en pedírtela, tu ayuda nos está asegurada.




Sea todo a la mayor gloria de Dios.

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