domingo, 19 de enero de 2020

R.P. Leonardo Castellani: Sermón Las Bodas de Caná




En aquel tiempo: Se celebraron unas bodas en Caná de Galilea y estaba allí la madre de Jesús. Jesús también fue invitado a estas bodas, como asimismo sus discípulos. Y llegando a faltar vino, la madre de Jesús le dijo: “No tienen vino”. Jesús le dijo: “¿Qué (nos va en esto) a Mí y a ti, mujer? Mi hora no ha venido todavía”. Su madre dijo a los sirvientes: “Cualquier cosa que Él os diga, hacedla”. Había allí seis tinajas de piedra para las purificaciones de los judíos, que contenían cada una dos o tres metretas. Jesús les dijo: “Llenad las tinajas de agua”; y las llenaron hasta arriba. Entonces les dijo: “Ahora sacad y llevad al maestresala”; y le llevaron. Cuando el maestresala probó el agua convertida en vino, cuya procedencia ignoraba –aunque la conocían los sirvientes que habían sacado el agua–, llamó al novio y le dijo: “Todo el mundo sirve primero el buen vino, y después, cuando han bebido bien, el menos bueno; pero tú has conservado el buen vino hasta este momento”. Tal fue el comienzo que dio Jesús a sus milagros, en Caná de Galilea; y manifestó su gloria, y sus discípulos creyeron en Él.
Juan II,, 1-11


Domingueras Prédicas II
R.P. Leonardo Castellani


Domingo Segundo después de Epifanía. 
Las Bodas de Caná (1965)

El primer milagro de Cristo y la elevación del Matrimonio: un milagro de lujo, transformar el agua en vino; un milagro antes de tiempo: "Mujer, mi tiempo no ha llegado"; un milagro por la intercesión de María; y la afirmación de Jesús que su misión como Mesías estaba por encima de la autoridad materna de María, la misma que en el Templo; pero no por encima del amor filial de Jesús. La paradoja de Cristo, Dios y hombre. Jesucristo instituyó el Matrimonio Cristiano; convirtió un contrato natural en un Sacramento, así como convirtió el agua en vino. (San Pablo recomendó tomáramos vino; de la Cocakola no dijo nada). Su presencia en las bodas de su discípulo y pariente Natanael, dignifica al Matrimonio, por lo menos, conforme dijo San Pablo: "Honorable el Matrimonio en todo; y el lecho conyugal inmaculado."(1) Más tarde, cuando le preguntaron oficialmente acerca del Matrimonio, instituyó el Sacramento, diciendo que era indisoluble, porque así Dios lo había fundado: "lo que Dios juntó, que el hombre no separe."(2) Y calificó el divorcio de "dureza de corazón""Por la dureza de vuestros corazones permitió Moisés el repudio, pero en el principio no era así."(3) Los judíos que estaban descontentos de sus mujeres las maltrataban y aun las mataban; era mejor tolerar el "repudio", poniéndole dificultades y haciendo intervenir la autoridad pública: eso hizo Moisés.(4)

La familia, la cual exige el matrimonio fiel y único, es el fundamento de una sociedad civilizada. Leyendo poco ha con una mezcla de malhumor y sonrisa "El Origen del Hombre" de Carlos Darwin, topé con esta frase: "Al observar a los bárbaros de Tierra del Fuego quedé maravillado al ver cuán grandemente tres cosas: la propiedad privada, un hogar fijo y un jefe único, son necesarias e imprescindibles para la civilización." Cuando Darwin observa es un buen naturalista y es veraz; cuando filosofa es nulo o pésimo. Lo curioso es que este libro escribió él para probar que el hombre viene del mono, o algún otro animal, como el perro; y entonces según la regla que él dice, los monos para civilizarse y llegar a ser humanos deberían haber tenido esas tres cosas "imprescindibles para civilizarse": un campito con una tapera cada uno; una mujer única, o sea mona; y un Mono Monarca. Yo nunca lo he visto, y eso que una vez he andado entre monos.

Martirologio Romano 19 de enero


SAN CANUTO,
Rey y Mártir

† asesinado en 1086 en Fionia, Dinamarca

SAN CANUTO, Rey y Mártir

Todo hijo de Dios vence al mundo;
y lo que nos hace alcanzar victoria sobre el mundo
es nuestra fe.
(1 Juan 5, 4)

  • En Roma, en la vía Cornelia, los santos Mártires Mario y Marta, su mujer, con sus hijos Audifaz y Ábaco, nobles persas, que vinieron a orar en Roma, en el imperio de Claudio. Después de sufrir azotes, el potro, el fuego y las uñas aceradas, les cortaron las manos; luego, a Marta, dieron muerte en la Ninfa; los otros fueron degollados y sus cuerpos quemados.
  • Igualmente, san Canuto, Rey y Mártir.
  • En Esmirna, el triunfo de San Germánico, Mártir, que en tiempo de Marco Antonino y Lucio Aurelio, hallándose en la hermosa flor de la primera edad, condenado por el Juez, y venciendo, por virtud de la gracia divina, al miedo natural de la muerte, él, de suyo, provocó a la fiera, que le aguardaba, y triturado entre sus dientes, mereció, muriendo por Jesucristo, ser incorporado al mismo Señor, pan verdadero.
  • En África, los santos Mártires Pablo, Geroncio, Jenaro, Saturnino, Suceso, Julio, Cato, Pía y Germana.
  • En Espoleto, el triunfo de san Ponciano, Mártir, a quien, imperando Antonino, mandó el Juez Fabián, por odio a Cristo, azotar cruelísimamente con varas, y que después anduviese descalzo sobre brasas; pero, quedando ileso, suspendiéronle del potro y garfios de hierro, y, en tal estado lo arrojaron a la cárcel, donde mereció ser confortado de los Ángeles; echáronle luego a los leones, rociaron su cuerpo con plomo derretido, y, por último, le acabaron con la espada.
  • En Lodi de Lombardía, san Basiano, Obispo y Confesor, que juntamente con san Ambrosio, combatió valerosamente contra los herejes.
  • En Worcester de Inglaterra, san Vulstán, Obispo y Confesor, esclarecido en méritos y milagros, que fue canonizado por el Papa Inocencio III.

Y en otras partes, otros muchos santos Mártires y Confesores, y santas Vírgenes.

R. Deo Gratias.



SAN CANUTO,
Rey y Mártir

Apenas ascendido al trono de Dinamarca, obtuvo este rey insignes victorias sobre sus enemigos; no se dejó, empero, deslumbrar por la gloria militar; veíaselo, en medio de sus triunfos, poner humildemente su corona a los pies de Jesús crucificado, y ofrendar a este Rey de reyes su persona y su reino. Como supiese que atentaban contra su vida, fue a la Iglesia de San Albano y, con la mayor calma, se confesó y comulgó. Estaba orando por sus enemigos, cuando un venablo, que le arrojaron por una ventana, lo echó por tierra al pie del altar. Sucedió esto en el año 1086.

sábado, 18 de enero de 2020

Dom Gueranger. La Cátedra de San Pedro en Roma






"Año Litúrgico"
Dom Próspero Gueranguer


LA CÁTEDRA DE SAN PEDRO EN ROMA


En el siglo III venerábase en un cementerio de Roma en recuerdo del ministerio de San Pedro, una silla de toba o madera. Más tarde, en el Bautisterio damasino del Vaticano, se veneró la sella gestatoria apostolicae confessionis. El 22 de febrero celebrábase una fiesta con el nombre de Natale Petri de Cathedra; pero a causa de la Cuaresma las iglesias de la Galia comenzaron a celebrarla el 18 de enero. Las dos costumbres se desarrollaron paralelas; finalmente, se perdió más tarde la unidad primitiva de su significado y hubo dos fiestas de la Cátedra de San Pedro, la una atribuida a Roma, la del 18 de enero, la otra atribuida a otra sede que fue, en definitiva la de Antioquia, y se celebró el 22 de febrero. Consérvase ahora la Cátedra de San Pedro en el ábside de la basílica del Vaticano, encerrada en un inmenso relicario, de suerte que no puede sentarse ya el Papa sobre la Cathedra. Apostólica como los Pontífices de los quince primeros siglos. (Dom Schuster: Liber Sacramentorwm.)

El Arcángel había anunciado a María que su Hijo sería Rey y que su Reino no tendría fin; guiados por la Estrella, vinieron los Magos desde el lejano Oriente buscando a ese Rey en Belén; el nuevo Imperio necesitaba su Capital; y como el Rey que había de establecer en ella su trono, debía según los designios eternos, subir pronto a los cielos, era necesario que el carácter visible de esa Realeza, descansase sobre un hombre que hiciera las veces de Cristo hasta el fln de los siglos.

Para tan gloriosa representación eligió el Emmanuel a Simón, cuyo nombre cambió por el de Pedro, declarando expresamente que la Iglesia entera descansaría sobre, este hombre como sobre una roca inconmovible. Mas, como también Pedro debía terminar su carrera en la cruz, comprometíase Jesucristo a darle sucesores en los que sobreviviese siempre la autoridad de Pedro.

REALEZA DEL VICARIO DE CRISTO

Mas, ¿cuál será la señal para conocer al sucesor de Pedro en el hombre privilegiado sobre el que descansará el edificio de la Iglesia hasta el fln de los siglos? Entre tantos obispos ¿dónde éstá el que perpetúa a Pedro? El Príncipe de los Apóstoles fundó y gobernó varias Iglesias, pero sólo fue regada con su sangre, la de Roma; una sola, la Romana, guarda su sepulcro; el Obispo de Roma, es, pues, el sucesor de Pedro, y, por tanto, el Vicario de Cristo. De él y no de otro se dijo: Sobre ti edificaré mi Iglesia. Y también: A ti te daré las llaves del Reino de los cielos. Y en otro lugar: He rogado por ti, para que no desfallezca tu fe; confirma a tus hermanos. Y por fln: Apacienta mis corderos; apacienta mis ovejas.

De tal manera llegó a comprender esto la herejía protestante, que durante mucho tiempo se esforzó en proyectar dudas sobre la estancia de San Pedro en Roma, creyendo con razón poder destruir con esta estratagema, la autoridad del Romano Pontífice y la noción misma de un Jefe de la Iglesia. La ciencia histórica ha hecho justicia a sus pueriles objecciones; y desde tiempo atrás, los eruditos de la Reforma están de acuerdo con los católicos sobre el terreno de los hechos, y no ponen en tela de juicio ninguno de los puntos históricos bien sentados por la crítica.

El oponerse a tan extraña pretensión de los Reformadores con la autoridad de la Liturgia fue en parte causa de que Paulo IV devolviese en 1558 la antigua fiesta de la Cátedra de San Pedro en Roma, al 18 de enero. Hacía ya muchos siglos que no celebraba la Iglesia la fiesta del Pontificado del Príncipe de los Apóstoles mas que el 22 de febrero. En adelante se fijó para este día la memoria de la Cátedra de Antioquía, que fue la primera ocupada por el Apóstol.

Brilla, pues, hoy en todo su esplendor la realeza del Emmanuel, y alégranse los hijos de la Iglesia de sentirse todos hermanos y conciudadanos de un mismo Imperio, pues celebran la gloria de la Capital común a todos.

Si miran a su alrededor ven infinidad de sectas divididas y que carecen de las condiciones de perpetuidad, porque les falta un centro, y dan gracias al Hijo de Dios por haber provisito a la conservación de su Iglesia y de la Verdad, por medio de la institución de un Jefe risible en el que se perpetúa Pedro eternamente, lo mismo que Cristo en Pedro. Ya no están los hombres como ovejas sin pastor; la palabra pronunciada al principio continúa sin interrupción a través de todos los tiempos; la misión primera no ha quedado nunca en suspenso de manera que, gracias al Romano Pontífice, el fin de los tiempos podrá enlazar con el origen de la Iglesia. “¡Qué gran consuelo para los hijos de Dios, exclama Bossuet, en su Discurso sobre la Historia Universal, y qué afianzamiento en la verdad, cuando se sabe, que desde Inocencio XI que rige hoy (1681) los destinos de la Iglesia, se ascienden sin interrupción hasta San Pedro, constituido Príncipe de los Apóstoles por el mismo Jesucristo!”

PRIMACÍA DE LA SEDE ROMANA

Con la entrada de Pedro en Roma se realizan y explican los destinos de esta ciudad reina; para ella trae un imperio mucho más extenso todavía que el que posee. Pero este nuevo Imperio no se establecerá por la fuerza como el primero. De soberbia dominadora de los pueblos como había sido hasta ahora, va a convertirse Roma en Madre de las naciones por el amor; y su imperio no será menos duradero por muy pacífico que sea. Oigamos cómo nos cuenta San León Magno en uno de sus mejores Sermones, y con toda la dignidad de su lenguaje, la entrada obscura, pero definitiva, del Pescador de Genesaret en la capital del paganismo:

“Dios bueno, justo y omnipotente que nunca negó su misericordia al género humano, y que con sus muchos beneficios proveyó a todos los mortales de medios para llegar al conocimiento de su Nombre, ese Dios, en los secretos designios de su inmenso amor, se compadeció de la ceguera voluntaria de los hombres y de la malicia que les iba degradando poco a poco, y les envió a su Verbo, igual a El y coeterno. Pues bien, al encarnarse este Verbo unió tan íntimamente la naturaleza divina con la humana, que el acercamiento de la primera a nuestra bajeza fue para nosotros el principio de la más sublime elevación.

Y para esparcir por todo el mundo los efectos de esta gracia preparó la divina Providencia el Imperio romano, dándole tales límites que llegase a abarcar todas las naciones del mundo. Era, en efecto, algo muy conveniente para la realización de la obra proyectada, que los distintos reinos estuvieran reunidos bajo un único Imperio, para que llegase la predicación con mayor rapidez a oídos de todos los pueblos, hallándose bajo el mando de una sola ciudad.

Esta ciudad, desconocedora del autor divino de sus destinos, se había hecho esclava de los errores de todos los pueblos aunque les gobernaba a casi todos con sus leyes, y creía ser muy religiosa porque admitía todas las falsedades; pero cuanto más fuertemente se hallaba aherrojada por el demonio, más admirablemente fue libertada por Cristo.

En efecto, cuando los doce Apóstoles, después de recibir con el Espíritu Santo el don de hablar diversas lenguas, se distribuyeron las distintas partes del mundo, tomando posesión de las tierras en donde debían predicar el Evangelio, al bienaventurado Pedro, Príncipe del Colegio Apostólico, se le asignó la capital del imperio romano, para que la luz de la Verdad que se había revelado para la salvación de todos los pueblos, se derramase con mayor eficacia sobre el mundo entero, partiendo del centro de aquel Imperio.

Porque ¿qué nación no contaba con representantes en aquella ciudad? ¿Qué pueblos podían ignorar lo que Roma había aprendido? Allí iban a ser pulverizadas las teorías filosóficas y disipadas las vaciedades de la sabiduría terrena; allí iba a ser destruido el culto de los demonios y la impiedad de todos los sacrificios; en aquel lugar donde una hábil superstición había acumulado el producto total de todos los errores. Y ¿no temes, bienaventurado Pedro Apóstol, venir sólo a esta ciudad? El compañero de tu gloria, el Apóstol Pablo, se encuentra todavía ocupado en fundar iglesias; y tú te adentras en ese bosque poblado de bestias feroces, caminas sobre ese océano cargado de tempestades con mayor confianza que cuando anduviste sobre las olas. No temes a Roma, la señora del mundo, tú que temblabas en el palacio de Caifás a la voz de una criada del Pontífice. ¿Eran acaso más temibles el tribunal de Pilatos o la crueldad de los judíos que el poderío de Claudio o la ferocidad de Nerón? No; pero la fuerza de .tu amor triunfaba del miedo, y no considerabas ya temibles aquellos a quienes habías recibido encargo de amar. Indudablemente sentías ya esa intrépida caridad cuando la declaración de tu amor hacia el Señor fue ratificada por el misterio de una triple interrogación. Por eso, no se te exigió, para apacentar las ovejas de Aquel a quien amabas más que la expresión plena de los sentimientos de tu corazón.

Cierto que tu confianza debía ir en aumento con el recuerdo de los milagros tan numerosos como habías obrado, de tantos inestimables dones de la gracia como habías recibido y de las continuas manifestaciones del poder que en ti residía. Habías ya hablado a los judíos, muchos de los cuales creyeron en tu palabra; habías fundado la Iglesia de Antioquía, donde tuvo su origen el nombre cristiano; habías sometido a las leyes de la predicación evangélica el Ponto, Galacia, Capadocia, Asia y Bitinia; y luego, seguro ya del éxito de tu obra y del día de tu muerte, acudiste a clavar sobre las murallas de Roma el trofeo de la Cruz de Cristo, a aquella Roma donde Dios te había deparado el honor del poder supremo y la gloria del martirio [1]

El futuro del género humano, está pues, ligado a Roma por la Iglesia; los destinos de esta ciudad son ya para siempre comunes con los del soberano Pontífice. Todos nosotros, aunque divididos por razas, lenguas e intereses, somos Romanos en el orden religioso; este título nos une por Pedro a Jesucristo, formando el vínculo de la gran fraternidad de los pueblos y de los individuos católicos.

GLORIA DE LA ROMA CRISTIANA

En el orden del gobierno espiritual Jesucristo nos gobierna por Pedro y Pedro por su sucesor. Todo pastor cuya autoridad no venga de la Sede de Roma, es un extraño, un intruso. Del mismo modo, en el orden de la fe, Jesucristo por Pedro y Pedro por su sucesor, nos enseñan la doctrina divina y nos dan el criterio para discernir la verdad del error. Todo Símbolo de fe, todo juicio en materia de doctrina, toda enseñanza contraria al Símbolo, a los juicios y a las enseñanzas de la Sede Romana, son del hombre y no de Dios, y deben ser rechazadas con horror y anatema. En la fiesta de la Cátedra de San Pedro en Antioquía, hablaremos de la Sede Apostólica como fuente única del poder de jurisdicción de la Iglesia; hoy, honramos la Cátedra romana como origen y regla de nuestra fe. Tomemos aquí también la palabra elocuente de San León [2] y preguntémosle por los títulos de Pedro a la infalibilidad de su doctrina. De este gran Doctor aprenderemos a estimar el valor de las palabras pronunciadas por Cristo para que fueran la garantía suprema de nuestra adhesión a la fe por los siglos de los siglos.

“El Verbo humanado había venido a morar en medio de nosotros, y Cristo se había dado enteramente a la obra de la redención del género humano. Nada había que no estuviera ordenado por su sabiduría, nada que se hallara fuera de su poder. Obedecíanle los elementos, los Espíritus angélicos estaban a sus órdenes; el misterio de la salvación de los hombres no podía fallar en sus efectos, porque el mismo Dios, Uno y Trino, se ocupaba de él. Con todo, sólo Pedro es elegido en este mundo para presidir la vocación de todos los pueblos, para presidir a todos los Apóstoles y a todos los Padres de la Iglesia. Habrá muchos sacerdotes y muchos pastores en el pueblo de Dios; pero, Pedro gobernará con una autoridad que les es propia, a todos los que el mismo Cristo gobierna de un modo más elevado todavía. ¡Qué sublime y admirable participación de su poder se dignó dar Dios a este hombre, mis queridos hermanos! Si quiso que hubiera algo de común entre él y los demás pastores fue con la condición de darles a éstos, por medio de Pedro, todo lo que no quería rehusarles.

Pregunta el Señor a los Apóstoles por la opinión que los hombres tienen de él. Los Apóstoles están de acuerdo mientras se trata simplemente de exponer las distintas opiniones de la ignorancia humana. Pero cuando el Señor pregunta a sus discípulos por su propio parecer el primero en confesarle es el que tiene la primera dignidad entre los Apóstoles. El es quien dice: Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo. Respóndele Jesús: Bienaventurado tú, Simón, hijo de Jonás; porque ni la carne ni la sangre te han revelado esto, sino mi Padre que está en los cielos. Es decir: Sí, dichoso tú, porque mi Padre te ha iluminado, no te han inducido a error las ideas terrenas, sino que te ha ilustrado la inspiración del cielo. Si me has conocido, ha sido gracias a Aquel de quien soy Hijo único, no gracias a la carne ni a la sangre. Y yo, añade, te digo: Del mismo modo que mi Padre te ha revelado mi divinidad, yo te descubro tus privilegios. Porque, tú eres Pedro, es decir, así como yo soy la Piedra inamovible, la Piedra angular que une ambos muros, el Fundamento esencial e imprescindible: así tú también eres Piedra, porque descansas sobre mi base, y todo lo que yo poseo por .ml propio poder, lo posees tú conmigo porque yo te lo comunico. Y sobre esta piedra construiré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Mi templo eterno será construido sobre la base de esta piedra; y mi Iglesia, cuya cumbre tocará en el cielo, ha de elevarse sobre la solidez de esa fe.

La víspera de su Pasión, que debía ser una prueba para la constancia de sus discípulos, dijo el Señor estas palabras: Simón, Simón, Satanás ha solicitado cribarte como el trigo; pero yo he rogado por ti, para que tu fe no desfallezca. Una vez convertido, confirma a tus hermanos. Común era el peligro de tentación para todos los discípulos; todos necesitaban de la ayuda divina, porque el demonio se había propuesto zarandearles a todos y derrumbarles. Pero el Señor se cuida de un modo especial de Pedro; sus oraciones serán por la fe de Pedro, como si la salvación de los demás estuviese segura, no siendo abatida la fe de su jefe. Sobre Pedro, pues, ha de apoyarse el valor de los demás, sobre él se ordenará la ayuda de la gracia divina, para que la firmeza que Cristo concede a Pedro, sea por él comunicada a los Apóstoles[3].

INFALIBILIDAD DEL VICARIO DE CRISTO

En otro Sermón  [4], nos hace ver el elocuente Doctor, cómo Pedro vive y enseña siempre desde la Cátedra Romana. “El orden establecido por el que es la misma Verdad, persevera constante, de manera que el bienaventurado Pedro, conservando la firmeza recibida, no ha abandonado nunca el timón de la Iglesia. Porque es tal la supremacía que le ha sido otorgada sobre los demás, que nos es preciso reconocer en ella los vínculos que le unían a Cristo al ser llamado Piedra, proclamado Fundamento. Por eso le llamó Piedra, le proclamó Fundamento, constituyó Portero del Reino de los cielos y le declaró Arbitro para atar y desatar con tal autoridad en sus juicios, que éstos se ratifican en el mismo cielo. Ahora ejerce con mayor poder y plenitud la misión que le fue confiada porque su oficio y cargo lo desempeña en Aquel y con Aquel por quien fue gloricado.

Por consiguiente, si algo bueno hacemos sobre esta Sede, si decretamos algo justo, si nuestras oraciones de todos los días consiguen alguna gracia ante la misericordia divina, todo ello se debe a las obras y méritos de aquel que vive en su Sede y obra en ella por medio de su autoridad. Todo esto nos lo mereció, mis queridos hermanos, por aquella confesión, que inspirada a su corazón de Apóstol por Dios Padre, sobrepasó todas las incertidumbres de las opiniones humanas, mereciendo recibir la firmeza de la Piedra que ningún ataque podría quebrantar. Todos los días repite Pedro en la Iglesia: Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo; y, gracias al magisterio de esta voz son adoctrinadas todas las naciones que confiesan al Señor. Esa es la fe que triunfa del demonio y rompe las cadenas de sus cautivos; la que conduce a los fieles al cielo cuando salen de este mundo. Contra ella nada pueden los poderes del infierno. Tan grande es, en efecto, la virtud divina que la preserva, que nunca logró corromperla la maldad de los herejes, ni la perfidia pagana vencerla”‘.

Son palabras de San León. “No se diga, pues, exclama Bossuet, en su Sermón sobre la Unidad de la Iglesia, no se diga, ni se piense que el ministerio de San Pedro termina con él: lo que ha de ser apoyo de una Iglesia eterna, no puede tener nunca fin. Pedro continuará viviendo en sus sucesores, Pedro hablará siempre desde su Cátedra: esto es lo que nos dicen los Padres, y lo que confirmaron seiscientos treinta Obispos en el Concilio de Caldedonia.” Y en otro lugar: “La Iglesia Romana es siempre Virgen: La fe Romana es siempre la fe de la Iglesia; se cree siempre lo que se creyó, por todas partes resuena la misma voz, y Pedro permanece en sus sucesores como fundamento de los fieles. Lo dijo Jesucristo; y pasarán el cielo y la tierra antes que su palabra.”

SAN PEDRO CONTINUADO EN SUS SUCESORES

Todos los siglos cristianos profesaron la doctrina de la infalibilidad del Romano Pontífice cuando enseña a la Iglesia desde la Cátedra apostólica. La encontramos afirmada expresamente en los escritos de los santos Padres, y los Concilios ecuménicos de Lyon y de Florencia la declararon en sus más solemnes asambleas, y de una manera tan clara que no deja lugar a dudas a los cristianos de buena fe. Con todo, el espíritu del error, apoyado por contradictorios sofismas y presentando bajo una falsa luz algunos hechos separados y mal entendidos, trató durante largo tiempo de introducir la confusión entre los fieles de un país, adicto por lo demás a la Santa Sede. La causa principal de este lamentable cisma fue la influencia política, y el orgullo de escuela lo hizo más duradero. Su resultado fue la debilitación del principio de autoridad en las regiones donde se propagó, y la fijación en ellas de la secta jansenista cuyos errores habían sido condenados por la Santa Sede. Después de la asamblea de París en 1682, los herejes afirmaban que los decretos que habían condenado sus doctrinas no eran infalibles.

El Espíritu Santo que dirige a la Iglesia extirpó por fin este funesto error. En el Concilio Vaticano pronunció un solemne fallo, declarando que en adelante, los que rehusasen reconocer como infalibles los decretos solemnemente definidos por el Romano Pontífice en materia de fe y de buenas costumbres, dejaban por el hecho mismo de pertenecer a la Iglesia católica. En vano trató el infierno de obstaculizar la acción de la augusta asamblea; si el Concilio de Calcedonia había exclamado: “Pedro habló por boca de León”; y el Concilio de Constantinopla había repetido: “Pedro habló por medio de Agatón”, el Concilio Vaticano afirmó: “Pedro habló y hablará siempre por boca del Romano Pontífice.”

Agradecidos al Dios de la verdad que se ha dignado sublimar y garantizar de todo error a la Cátedra romana, oiremos con ánimo y corazón sumiso las enseñanzas que de ella emanan. Reconoceremos la acción divina en la fidelidad con que esta Cátedra inmortal ha sabido conservar sin mancilla la verdad durante diecinueve siglos, en tanto que las Sedes de Jerusalén, Antioquía, Alejandría y Constantinopla, apenas la guardaron algunos siglos, convirtiéndose una tras otra en las cátedras de pestilencia de que habla el Profeta.

LA FE DE LA IGLESIA

Durante estos días dedicados a honrar la Encarnación del Hijo de Dios y su nacimiento del seno de una Virgen, recordemos que somos deudores a la Sede de Pedro de la conservación de estos dogmas, fundamento de toda nuestra Religión. No sólo nos los ha enseñado Roma por medio de sus apóstoles a quienes encomendó la predicación de la fe en las Galias; sino que fue también ella quien, con su fallo supremo, aseguró el triunfo de la verdad cuando las tinieblas de la herejía trataban de ensombrecer tan altos misterios. En Éfeso, al condenar a Nestorio, se declaró que la naturaleza divina y humana no forman en Cristo más que una persona, y que por consiguiente María es verdadera Madre de Dios: En Calcedonia la Iglesia definió contra Eutiques, la distinción de las dos naturalezas, la de Dios y la del hombre: en el Verbo encarnado los Padres de ambos Concilios declararon que en sus decisiones no hacían más que seguir la doctrina que les habían transmitido las Epístolas de la Sede Apostólica.

Ese es, pues, el privilegio de Roma, el gobierno en todo cuanto atañe a la vida futura, como gobernó por las armas durante siglos los intereses de la vida presente, en el mundo entonces conocido. Amemos y honremos a esa ciudad Madre y Señora, patria común de todos nosotros, y celebremos hoy su gloria con amor de hijos.

Estamos, pues, asentados sobre Jesucristo en nuestra fe y en nuestras esperanzas, oh Príncipe de los Apóstoles, puesto que estamos fundados sobre ti que eres la piedra por El colocada. Somos, ovejas del rebaño de Jesucristo, pues te obedecemos como a nuestro Pastor. Siguiéndote, oh Pedro, estamos seguros de entrar en el Reino de los cielos, porque tú guardas las llaves. Al gloriarnos de ser miembros tuyos, oh Jefe nuestro, podemos considerarnos como miembros del mismo Jesucristo, porque el Jefe invisible de la Iglesia no reconoce otros miembros que los del Jefe visible por El establecidos. Del mismo modo, cuando guardamos la fe en el Romano Pontífice, cuando obedecemos sus órdenes, no hacemos más que profesar tu fe, oh Pedro, y seguir tus mandatos, porque si Cristo enseña y gobierna por ti, tú enseñas y gobiernas por el Romano Pontífice.

Demos, pues, gracias al Emmanuel, que no quiso dejarnos huérfanos, sino que antes de volverse a los cielos, se dignó proporcionarnos un Padre y un Pastor, hasta la consumación de los siglos. La víspera de su Pasión, queriéndonos demostrar su amor hasta el extremo, nos dejó su cuerpo por manjar y su sangre por bebida. Después de su gloriosa Resurrección, cuando iba a subir a la diestra de su Padre, y sus Apóstoles se hallaban reunidos en torno suyo, estableció su Iglesia a manera de inmenso redil, diciendo a Pedro: Apacienta mis ovejas, apacienta mis corderos. De este modo aseguraste, oh Cristo, la perpetuidad de tu Iglesia y creaste en su seno la unidad, que es lo único que puede conservarla y defenderla contra los enemigos de dentro y fuera. ¡Gloria a ti, divino Arquitecto, que construiste tu inmortal edificio sobre Piedra firme! Soplaron los vientos, desencadenáronse tempestades, se levantaron furiosas olas, pero la casa se mantuvo en pie, porque estaba fundada sobre la roca (S. Mateo, VII, 25.)

Oh Roma, recibe las nuevas promesas de nuestro amor y los votos de fidelidad que te hacemos, en este día en que toda la Iglesia proclama tu gloria y se felicita de estar edificada sobre tu Piedra. Tú serás siempre nuestra Madre y Señora, nuestra guía y esperanza. Tu fe será siempre la nuestra; porque quien no está contigo, no está con Jesucristo. En ti son hermanos todos los hombres; no eres para nosotros una ciudad extraña, ni tu Pontífice un soberano extranjero. Gracias a ti gozamos de la vida de la inteligencia y del corazón; tú nos preparas para habitar un día en aquella otra ciudad de la que eres reflejo, la ciudad celestial de la que eres puerta.

Oh Príncipe de los Apóstoles, bendice a las ovejas confiadas a tu guarda; y acuérdate de las que están desgraciadamente fuera del redil. Naciones enteras instruidas y civilizadas por tus sucesores, llevan una vida lánguida lejos de ti, y ni siquiera sienten la desgracia de estar alejadas del Pastor. A unas hiela y corrompe el cisma, otras son víctimas de la herejía. Sin contacto con Cristo, visible en su Vicario, el Cristianismo se vuelve estéril y poco a poco desaparece. Durante mucho tiempo doctrinas imprudentes que tienden a aminorar los dones que el Señor confirió al que debe ser su representante hasta el fin de los tiempos, han secado los corazones de sus adeptos; apenas han hecho más que cambiar el culto de César por el servicio de Pedro. ¡Oh Supremo Pastor, cura todos estos males! Apresura el retorno de las naciones separadas, y el fin de la herejía del siglo dieciséis; abre los brazos a tu hija, la Iglesia de Inglaterra, para que vuelva a florecer como en los tiempos pasados. Convierte a los pueblos de Alemania y a los reinos del Norte; para que todos conozcan que no hay salvación posible si no es a la sombra de tu Cátedra. Aniquila al ingente monstruo del Septentrión, que amenaza al Asia y a Europa, y que por todas partes destruye la verdadera religión. Devuelve el Oriente a su antigua fidelidad, para que, después de tan largo eclipse, vuelva a ver surgir sus Sedes Patriarcales en la unidad y obediencia a la única Sede Apostólica. Finalmente, consérvanos a nosotros en la fe de Roma, y en la obediencia a tu sucesor, ya que hasta ahora hemos permanecido fieles gracias a la misericordia divina y a tu paternal cuidado. Instrúyenos en los misterios que te han sido confiados; revélanos lo que el Padre celestial te ha revelado. Muéstranos a Jesús, tu Señor; condúcenos a su cuna, para que como tú, y sin escandalizarnos de sus humillaciones, tengamos la dicha de poder decirle contigo: Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo.


Notas

[1] P. L., t. LIV, c. 423-425.
[2] Sermón IV.
[3] P. L„ t. LIV. c. 149-152.
[4] Serm., III.



Sea todo a la mayor gloria de Dios.

Martirologio Romano 18 de enero


LA CÁTEDRA
DE SAN PEDRO EN ROMA

LA CÁTEDRA DE SAN PEDRO EN ROMA

Nada temáis a los que matan el cuerpo
y no pueden matar el alma: temed antes
al que puede arrojar alma y cuerpo en el infierno.
(Mateo 10, 28)


  • La Cátedra de san Pedro Apóstol, cuando por primera vez la asentó en Roma.En el mismo lugar, el triunfo de santa Prisca, Virgen y Mártir; la cual en tiempo del Emperador Claudio, al cabo de muchos tormentos, fue coronada del martirio.
  • En el Ponto, el triunfo de los santos Mártires Moseo y Amonio, soldados, los cuales fueron primeramente condenados a trabajar en las minas, y, por último, entregados a las llamas.
  • Allí mismo, san Atenógenes, antiguo Teólogo, que, estando para consumar el martirio por el fuego, cantó gozoso un himno que dejó escrito a sus discípulos.
  • En Tours de Francia, san Volusiano, Obispo, el cual, preso por los Godos, dio su espíritu a Dios en el destierro.
  • En el monasterio de Lure, en Borgoña, san Deícola, Abad, natural de Irlanda, que fue discípulo de san Columbano.
  • En Tours de Francia, san Leobardo, recluso, que resplandeció por su admirable abstinencia y humildad.
  • En Como, santa Librada, Virgen.
  • En Buda de Hungría, santa Margarita, Virgen, de la real familia de los Árpades, Monja de la Orden de santo Domingo, insigne por la virtud de la castidad y por la rigurosísima penitencia, a la cual el Sumo Pontífice Pío XII inscribió en el catálogo de las santas Vírgenes.

Y en otras partes, otros muchos santos Mártires y Confesores, y santas Vírgenes.

R. Deo Gratias.


LA CÁTEDRA DE SAN PEDRO EN ROMA

Era antigua costumbre en la Iglesia de Occidente festejar el aniversario de la consagración del obispo. Era pues de esperar que se conmemorase de algún modo, desde los primeros tiempos, la entronización de San Pedro como obispo de Roma. Tal es el motivo de la solemnidad de este día, que encontramos mencionada en los libros litúrgicos desde fines del siglo VI.

viernes, 17 de enero de 2020

Martirologio Romano 17 de enero


SAN ANTONIO,
Abad

n. 251 en Heraclea, Egipto;
† 356 en el Monte Colzim, Egipto

Patrono de ermitaños, monjes, amputados, animales, cerdos, tejedores de cestas, fabricantes de cepillos, carniceros, enterradores, quienes están afectados por enfermedades de la piel, epilépticos. Protector contra la epilepsia y enfermedades de la piel en general.

SAN ANTONIO, Abad

Si quieres ser perfecto, anda y vende cuanto tienes,
y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo:
ven después y sígueme.
(Mateo 11, 21)

  • En la Tebaida, san Antonio, Abad, que fue padre de muchos Monjes, preclarísimo por su vida y milagros, cuyos hechos narró en un excelente libro san Atanasio. Su sagrado cuerpo, hallado por revelación divina en tiempo del Emperador Justiniano, y traslado a Alejandría, fue enterrado en la Iglesia de san Juan Bautista.
  • En Langres de Francia, los tres santos gemelos Espeusipo, Eleusipo y Meleusipo; los cuales, con su abuela Leonila, fueron coronados del martirio en tiempo del Emperador Marco Aurelio.
  • En Bourges de Aquitania, el tránsito de san Sulpicio, Obispo, llamado el Piadoso, cuya vida y preciosa muerte se recomienda por sus gloriosos milagros.
  • En Roma, en el monasterio de san Andrés, los santos Monjes Antonio, Mérulo y Juan, de quienes escribe san Gregorio Papa.
  • En los confines de la región Edesana, en Mesopotamia, san Julián, Ermitaño, por sobrenombre Sabas, el cual, en tiempo del Emperador Valente, restableció, con la virtud de los milagros, la fe católica, casi extinguida en Antioquía.
  • En Roma, la Invención de los santos Mártires Diodoro, Presbítero, Mariano, Diácono, y sus Compañeros; los cuales, gobernando la Iglesia de Dios el Papa san Esteban, consiguieron el martirio el 1 de Diciembre.

Y en otras partes, otros muchos santos Mártires y Confesores, y santas Vírgenes.

R. Deo Gratias.


SAN ANTONIO,
Abad

San Antonio, al oír estas palabras del Evangelio, se las aplicó como si hubieran sido dichas especialmente para él. Distribuyó sus bienes entre los pobres y se retiró al desierto. El demonio, para seducirlo, empleó toda la pompa de las grandezas, todo el brillo del oro y todos los atractivos de la voluptuosidad; pero su humildad lo libró de sus asechanzas, el temor al infierno extinguió los ardores impuros que encendía en su corazón, y la invocación a Jesús le dio la victoria sobre todos sus enemigos. Murió en el año 356.

jueves, 16 de enero de 2020

R.P. Leonardo Castellani - La Parusía y el Fin de los Tiempos I






Ciclo de Conferencias "La Parusía y el fin de los tiempos", dictados por el Padre Leonardo Castellani entre 6 de junio y el 18 de julio de 1969 en la Parroquia del Socorro (Juncal y Suipacha, Buenos Aires)



Primera Conferencia: El Saber Profético








Sea todo a la mayor gloria de Dios.

Martirologio Romano 16 de enero


SAN MARCELO,
Papa y Mártir
† hacia el año 309

SAN MARCELO, Papa y Mártir

Todo lo que hay en el mundo es concupiscencia de la carne,
concupiscencia de los ojos y soberbia de la vida.
(1 Juan 2, 16)

  • En Roma, en la vía Salaria, el triunfo de san Marcelo I, Papa y Mártir, el cual, por la confesión de la fe católica, de orden del tirano Majencio, fue primeramente apaleado, después condenado a cuidar bestias con un centinela de vista, y allí mismo, cuidando de ellas vestido de cilicio, acabó su vida.
  • En Marruecos de África, el suplicio de los cinco santos Proto-mártires de la Orden de Menores, a saber: Bernardo, Pedro y Otón, Sacerdotes; Acursio y Adyuto, Legos; los cuales por predicar la fe católica y reprobar la ley de Mahoma, después de varios tormentos y afrentas, cortadas con un cuchillo las cabezas, fueron muertos por el rey de los Sarracenos.
  • En Rinocolura de Egipto, san Melas, Obispo, que en tiempo de Valente, habiendo padecido el destierro y otros graves trabajos por la fe católica, descansó en paz.
  • En Arlés de Francia, san Honorato, Obispo y Confesor, cuya vida fue ilustre en doctrina y milagros.
  • En Oderzo, en los confines de Venecia, san Ticiano, Obispo y Confesor.
  • En Fondi del Lacio, san Honorato, Abad, de quien hace mención san Gregorio Papa.
  • En un castillo llamado Maserolles, junto al río Authie, en Francia,san Furseo, Confesor, cuyo cuerpo fue más tarde trasladado al monasterio de Perona.
  • En Roma, santa Priscila, que consagró su persona y sus bienes en piadoso obsequio de los Mártires.

Y en otras partes, otros muchos santos Mártires y Confesores, y santas Vírgenes.

R. Deo Gratias.



SAN MARCELO,
Papa y Mártir

San Marcelo ejerció el sacerdocio bajo el Papa Marcelino, a quien sucedió en el año 308. Su epitafio, compuesto por el Papa San Dámaso, nos hace saber que por mantener la disciplina de los santos cánones se atrajo la hostilidad de los cristianos tibios y que fue desterrado por el tirano Majencio en castigo de su severidad contra un apóstata. Murió en el año 309, después de haber gobernado a la Iglesia un poco más de siete meses solamente.

miércoles, 15 de enero de 2020

Martirologio Romano 15 de enero


SAN PABLO,
Primer Ermitaño

n. hacia el año 230 en Tebas, Egipto;
† hacia el año 342

Patrono de tejedores; industria de la confección.

SAN PABLO, Primer Ermitaño

Cualquiera de vosotros que no renuncia
a todo lo que posee,
no puede ser mi discípulo.
(Lucas 14, 33)


  • San Pablo, primer Ermitaño, Confesor, que el día 10 de este mes, entre coros de Angeles, fue trasladado al cielo.
  • En territorio de Anjou, san Mauro, Abad, discípulo de san Benito, en cuya escuela adoctrinado desde la niñez, aprovechó tanto, que, entre otras maravillas obradas estando con él, anduvo a pie sobre las aguas, cosa nueva y casi inusitada después de San Pedro. Enviado por el mismo san Benito a las Galias, allí, después de fundar un célebre monasterio, que gobernó cuarenta años, esclarecido por la gloria de los milagros, descansó en paz.
  • En Judea, los santos Habacuc y Miqueas, Profetas, cuyos cuerpos, en tiempo de Teodosio el Mayor, fueron hallados por revelación divina.
  • En Cáller de Cerdeña, san Efisio, Mártir, que en la persecución de Diocleciano, siendo Juez Flaviano, superados con la virtud divina muchísimos tormentos, por último, decapitado, subió vencedor al cielo.
  • En Anagni, santa Secundina, Virgen y Mártir, que padeció en el imperio de Decio.
  • En Nola de Campania, san Máximo, Obispo.
  • En Auvernia de Francia, san Bonito, Obispo y Confesor.
  • En Egipto, san Macario, Abad, que fue discípulo de san Antonio, y en vida y milagros celebérrimo.
  • En Alejandría, san Isidoro, esclarecido por la santidad de su vida, fe y milagros.
  • En Constantinopla san Juan el de la Choza, el cual vivió algún tiempo en un rincón de la casa paterna, y luego en una choza, sin ser conocido de sus padres; reconocido de ellos al morir, resplandeció en milagros. Su cuerpo fue después trasladado a Roma y colocado en una iglesia erigida en su honor en la isla del Tíber.
Y en otras partes, otros muchos santos Mártires y Confesores, y santas Vírgenes.

R. Deo Gratias.




SAN PABLO,
Primer Ermitaño

Ilustre fundador de los eremitas, ¡cuán hermoso resultaba veros en vuestra gruta, vestido con un manto de hojas de palma, alimentado con un medio pan que un cuervo os traía cada día! Una fuente os daba de beber, la roca os servía de lecho, y estabais más contento en esa gruta que los reyes en sus palacios. ¡Gran Santo, haced que meditando vuestra vida aprendamos a despreciar el mundo y sus falsas máximas!.

martes, 14 de enero de 2020

Dom Gueranger: San Hilario, Obispo y Doctor de la Iglesia




"Año Litúrgico"
Dom Próspero Gueranguer


SAN HILARIO, 
OBISPO Y DOCTOR DE LA IGLESIA


Después de haber dedicado la Octava de la Epifanía al Emmanuel manifestado, la Santa Iglesia que se emplea constantemente en servicio del divino Infante y de su Madre hasta el día en que ésta acuda al Templo para presentar y ofrecer el fruto bendito de sus entrañas; la Santa Iglesia, decimos, celebra la ñesta de muchos amigos de Dios, que nos señalan en el cielo el camino que conduce de las alegrías de la Natividad al misterio de la Purificación.

Y ya desde el día siguiente al dedicado a celebrar el Bautismo de Cristo, se nos presenta Hilario, honra de la Iglesia de las Galias, hermano de Atanasio y de Eusebio de Vercelli en las luchas que sostuvo por la divinidad del Emmanuel. Apenas han terminado las persecuciones sangrientas del paganismo, cuando comienza la herejía de Arrio. Había éste jurado arrebatar a Cristo la gloria y los honores de la divinidad, después que Aquel había vencido por sus Mártires la violencia y la política de los Césares. Tampoco flaqueó la Iglesia en este nuevo campo de batalla; numerosos mártires sellaron con su sangre, derramada por príncipes cristianos pero herejes, la divinidad del que se dignó aparecer en la flaqueza de la carne; y al lado de estos generosos atletas brillaron otros mártires de deseo, grandes Doctores que defendieron con su saber y elocuencia aquella fe de Nicea que había sido la de los Apóstoles. En primera fila aparece Hilario, educado, como dice Jerónimo, sobre el coturno galo, adornado con las galas de Grecia, Ródano de la elocuencia latina, e insigne Doctor de la Iglesia, según San Agustín.

De genio sublime, y profunda doctrina, Hilario es más grande aún por su amor al Verbo encarnado y su celo por la libertad de la Iglesia; devorado siempre por la sed del martirio, y siempre invencible, en una época en que la fe, vencedora de los tiranos pareció por un momento que iba a extinguirse, víctima de la astucia de los príncipes y de la cobarde defección de muchos pastores.

Vida

Nació San Hilario en Aquitania, entre el año 310 y 320. Ligado primeramente por el matrimonio, fué luego electo obispo de Poitiers, en 353. Perseguía entonces a los católicos el emperador Constancio: opúsose Hilario con todas sus fuerzas a la herejía arriana, lo que le valió, en 356, el destierro a Frigia. Allí escribió sus doce libros sobre la Trinidad. En 360 se halla en Constantinopla pidiendo permiso al emperador para tener una disputa sobre la fe con los herejes. Estos, para desembarazarse de él, consiguen que se le envíe de nuevo a Poitiers. Gracias a sus desvelos, toda la Galia, condena en el concilio nacional de París, la herejía arriana el año 361. Muere en 368. El 29 de Marzo de 1851, Pío IX le declaró Doctor de la Iglesia.

SU LUCHA POR LA LIBERTAD DE LA IGLESIA

De esta manera mereció ser honrado el santo Obispo Hilario, por haber conservado gracias a sus heroicos esfuerzos y hasta exponiendo su cabeza, la fe en el más importante misterio. Otra de sus glorias es el haber defendido el gran principio de la Libertad de la Iglesia, sin el cual la Esposa de Cristo se halla amenazada de perder su fecundidad y su vida. Ya hemos honrado días atrás la memoria del Santo Mártir de Cantorbery; hoy celebramos la fiesta de uno de los más ilustres confesores cuyo ejemplo ilustró y animó a aquel en su lucha. Ambos dos se inspiraron en las lecciones dadas por los mismos Apóstoles a los ministros de Cristo, cuando ellos se presentaron por vez primera ante los tribunales de este mundo y pronunciaron aquella gran sentencia es menester obedecer a Dios antes que a los hombres (Hechos, V, 29.) Pero si unos y otros se manifestaron enérgicos contra la carne y la sangre, fue, porque estaban desasidos de los bienes terrenos, y porque habían comprendido que la verdadera riqueza del cristiano y del Obispo están en la humildad y en la desnudez del pesebre, la única fuerza victoriosa que acompaña a la sencillez y flaqueza del Niño que nos ha nacido. Habían saboreado las lecciones de la escuela de Belén, y esa es la razón de que no pudieran ser seducidos por promesas de paz, honores y riquezas. ¡Cuán digna surge en el seno de la Iglesia esta nueva familia de héroes de Cristo! Y aunque la diplomacia de los tiranos que quieren aparecer como cristianos a pesar del cristianismo, les prive obstinadamente de la gloria del martirio ¡cuán potente resuena su voz, proclamando la libertad que se debe al Emmanuel y a sus ministros! Saben decir a los príncipes, con nuestro gran Obispo de Poitiers, en su -primera Memoria a Constancio: “Augusto glorioso, tu singular inteligencia sabe más bien que no conviene, que no es posible obligar por la fuerza a que hombres que se oponen con todas sus fuerzas a ellos, se sometan y unan a los que continuamente esparcen la semilla corrompida de una doctrina espúrea. La única finalidad de tus trabajos, de tus proyectos, de tu gobierno, de tus vigilias debe ser el hacer gozar a todos tus súbditos de las dulzuras de la libertad. Ningún medio mejor de apaciguar las revueltas, de unir a los que violentamente se habían separado, y librar a todos de la esclavitud haciéndolos dueños de su vida. Deja, pues, que lleguen a tus piadosos oídos todas esas voces que gritan: “Soy católico, no quiero ser hereje; soy cristiano, no soy arriano: prefiero morir en este mundo, antes de consentir que la fuerza de un hombre corrompa la pureza virginal de la verdad”[1].

SUPREMACÍA DE LA LEY DIVINA

Cuando a los oídos de Hilario llegó el nombre de la Ley profanada, para justificar la traición de que era víctima la Iglesia por parte de los que preferían los favores del César al servicio de Jesucristo, entonces el santo Pontífice, lanzó su Libro contra Auxencio, recordando valerosamente a sus colegas el origen de la Iglesia que sólo pudo establecerse oponiéndose a muchas leyes humanas y que se gloría de no obedecer a todas aquellas que impiden su conservación, desarrollo y actividades.

“¡Cuánta compasión nos inspiran todos esos trabajos que algunos se toman en nuestro tiempo, y cuánto nos lamentamos al considerar las falsas opiniones del mundo, cuando nos encontramos con hombres que piensan que las cosas humanas pueden acudir en auxilio de Dios, y que trabajan en defender a la Iglesia de Cristo por medio de la ambición mundana! Decidme, vosotros Obispos ¿qué apoyo tuvieron los Apóstoles en la predicación del Evangelio? ¿Qué poderes les ayudaron a predicar a Cristo, a convertir a casi todas las naciones del culto de los ídolos al del Dios verdadero? ¿Acaso obtenían dignidades de la corte, aquellos que entonaban himnos a Dios en las cárceles y en las cadenas, después de haber sido azotados? ¿Acaso organizaba Pablo a la Iglesia de Cristo por medio de edictos de un Nerón, de un Vespasiano, o de un Decio, y con el odio de estos príncipes cuando floreció la predicación de la palabra divina? Aquellos Apóstoles que vivían del trabajo de sus manos, que celebraban sus reuniones en lugares ocultos, que recorrían los pueblos, ciudades y naciones por mar y tierra, desafiando los Senados-Consultos y los edictos imperiales ¿acaso no tenían las llaves del Reino de los cielos? Más bien era el poder de Dios quien triunfaba de las pasiones humanas, en aquellos tiempos en que la predicación de Cristo se extendía tanto más cuanto mayores obstáculos encontraban” [2].

PERSECUCIÓN SIN MARTIRIO

Pero cuando llega el momento de dirigirse al mismo Emperador y protestar de la esclavitud de la Iglesia, Hilario, el más dulce de los hombres se apodera de aquella santa ira que el mismo Cristo empleó contra los profanadores del Templo; y su apostólico celo desafía todas las amenazas, señalando los peligros del sistema inventado por Constancio para acabar con la Iglesia de Cristo después de haberla deshonrado.

“Ha llegado la hora de hablar; porque se ha pasado el tiempo del silencio: Debemos esperar a Cristo, pues el reino del Anticristo ha comenzado. Lancen gritos los pastores, porque los mercenarios se han dado a la fuga. Demos la vida por nuestras ovejas, pues los ladrones han entrado y el león furioso da vueltas a nuestro alrededor. Vayamos al encuentro del martirio; pues el ángel de Satán se ha transformado en ángel de luz.

¡Oh Dios omnipotente! ¿por qué no hiciste que naciera en tiempo de Nerón o de Decio para ejercer mi ministerio? Repleto del Espíritu Santo y acordándome de Isaías serrado por medio, no hubiera temido el ecúleo, ni me hubiera asustado del fuego pensando en los Jóvenes Hebreos que cantaban en medio de las llamas; ni me hubieran infundido pavor la cruz, ni el desgarro de los miembros, con la memoria del buen ladrón trasladado al Paraíso después de semejante suplicio; ni los abismos del mar o el furor de las olas me hubieran desanimado, porque allí hubiera acudido el ejemplo de Jonás y de Pablo para recordarme que tus fieles pueden vivir bajo las aguas.

Hubiera luchado feliz contra todos tus enemigos declarados, porque no me hubiera cabido la menor duda de que eran verdaderos perseguidores, los que con el hierro, el fuego, y los tormentos pretendían obligarme a negar tu Nombre; mi muerte hubiera bastado para darte testimonio. Hubiera luchado abierta y confiadamente contra los renegados, verdugos y asesinos; y el pueblo, ante una pública persecución, me hubiera seguido como a su jefe, en el sacrificio del martirio.

Pero hoy día tenemos que combatir contra un perseguidor disfrazado, contra un enemigo que nos halaga, contra el anticristo Constancio, que no emplea golpes sino caricias, que no destierra a sus víctimas para darles la vida verdadera, sino que las colma de riquezas para luego entregarlas a la muerte, que no les concede la libertad de las mazmorras, sino que les otorga la esclavitud de los honores en sus palacios; que no desgarra sus costados, pero profana sus corazones; que no corta la cabeza con la espada, pero mata el alma con el oro; que no publica edictos para condenar a la hoguera, pero enciende para cada uno el fuego del infierno. No disputa por temor a ser vencido, pero halaga para vencer; confiesa a Cristo para renegarle; procura una falsa unidad para evitar la paz; persigue ciertos errores, para mejor destruir la doctrina de Cristo; honra a los Obispos para que dejen de ser Obispos; construye iglesias y al mismo tiempo echa por tierra la fe.

Y no se me acuse de maledicencia o calumnia; deber de los ministros de la verdad es, no decir más que lo verdadero. Si algo falso decimos, consentimos que nuestras palabras sean consideradas como infames, pero si probamos que todo esto es cierto, no habremos hecho más que imitar la libertad y modestia de los Apóstoles, pues sólo hablamos después de un largo silencio.

Públicamente te digo, oh Constancio, lo que hubiera dicho a Nerón, lo que Decio y Maximiano hubieran oído de mis labios: Peleas contra Dios, persigues a la Iglesia y a los santos, odias a los predicadores de Cristo, destruyes la religión, eres un tirano, si no en el terreno de lo humano, al menos en el de lo divino. Esto es lo que os hubiera dicho a ti y a ellos; ahora escucha lo que guardo para ti sólo. Bajo el disfraz de cristiano, eres un nuevo enemigo de Cristo; precursor del Anticristo, ejecutas ya sus odiosos misterios. Como tu vida es contraria a la fe, te atreves a crear nuevas fórmulas; distribuyes los obispados a los tuyos, substituyendo a los buenos con los malos. Con un nuevo método de astucia, hallas el medio de perseguir sin hacer mártires.

¡Cuánto más deudores somos a vuestra crueldad, Nerón, Decio y Maximiano! Gracias a vosotros vencimos al diablo. La piedad recogió en todas partes la sangre de los mártires, y sus venerandos restos dan testimonio de Cristo por doquier. Pero tú, más cruel que todos los tiranos, nos atacas con mucho mayor peligro nuestro, dejándonos apenas la esperanza del perdón. A los que tuvieron la desgracia de flaquear no les queda ya la excusa de poder enseñar al Juez eterno las huellas del tormento o las cicatrices de sus cuerpos desgarrados, para que se les perdone su debilidad a causa de la violencia. ¡Oh el más criminal de los mortales!, de tal modo sabes mezclar los males de la persecución, que no das lugar al perdón en la falta, ni al martirio en la confesión.

Bien te reconocemos ¡oh lobo de rapiña, bajo tus vestidos de oveja! Con el oro del Estado adornas el santuario de Dios; ofrécesle a El lo que arrebatas a los templos de los Gentiles, lo que sacas por la fuerza con tus edictos y tributos. Recibes a los Obispos con el mismo beso traidor con que Cristo fue entregado. Bajas la cabeza cuando te bendicen, y pisoteas la fe por el suelo; perdonas los impuestos a los clérigos para hacer cristianos renegados; pierdes tus derechos para que Dios pierda los suyos”[3].

LUCHA CONTRA EL NATURALISMO

Tal era la fortaleza de este santo obispo ante un príncipe que terminó haciendo también mártires; pero no tuvo Hilario que luchar solamente contra el César. La Iglesia ha llevado en todo tiempo en su seno cristianos a medias a quienes la educación, cierto bienestar, el éxito de la influencia o del talento, retienen entre los católicos, pero cuyo espíritu se halla pervertido por el mundo. Se han creado una Iglesia a lo humano, pues bajo el influjo de su naturalismo, su espíritu es incapaz de captar la esencia sobrenatural de la verdadera Iglesia. Hechos a las vicisitudes de la política, a los hábiles giros por medio de los cuales los hombres de Estado logran mantener un equilibrio pasajero a través de las crisis, les parece que la Iglesia debe contar con sus enemigos, aun en la declaración de sus dogmas; que puede equivocarse sobre la conveniencia de sus decisiones; en una palabra, que su precipitación puede acarrearle perjuicios lamentables a ella y a aquellos a quiénes compromete. Arboles desraizados, dice un apóstol, porque efectivamente sus raíces no tocan ya con el suelo que les podría haber alimentado y dado fecundidad. Las promesas formales de Jesucristo, el gobierno directo del Espíritu Santo en la Iglesia, las ansias del verdadero cristiano de oír proclamar hasta en sus detalles las verdades que son el alimento de la fe en espera de la visión, la obediencia ciega que de antemano se debe a toda definición salida o que ha de salir de la Iglesia hasta la consumación del mundo, todo eso no pertenece para ellos al orden práctico. En la embriaguez de su política mundana y del aliento que reciben de parte de los enemigos de la Iglesia, hacerse responsables delante de Dios y de la historia por sus esfuerzos desesperados, para evitar la promulgación de una verdad revelada.

LA PAZ EN LA UNIDAD Y LA VERDAD

También Hilario había de encontrar en su camino hombres a quienes asustaba la palabra consubstancial, como a otros les ha asustado la de transubstanciación o la de infalibilidad. Como muro de bronce opúsose a su cobardía y a sus cálculos vulgares. Escuchémosle a él, comentado por el más elocuente de sus sucesores: “La paz, me decís, vais a turbar la paz, vais a estorbar la unión.”… “Bello nombre ese de la paz; bella cosa también la unidad; pero ¿quién ignora que para la Iglesia y para el Evangelio no existe otra paz y otra unidad que la paz y unidad de Jesucristo?”— Pero, no sabéis, dicen todavía, no sabéis con quién tenéis que mediros, y ¿no tenéis miedo? — “Sí, tengo miedo ciertamente; tengo miedo de los peligros que corre el mundo: tengo miedo de la terrible responsabilidad que pesaría sobre mí por la connivencia y complicidad de mi silencio. Tengo miedo, finalmente, del juicio divino, tengo miedo por mis hermanos salidos de la senda de la verdad, tengo miedo por mí, cuyo deber es volverles al buen camino.” Y añaden: “¿Es que no existen lícitas reticencias, miramientos necesarios?” Hilario respondía a esto, que la Iglesia no necesita recibir lecciones, ni puede olvidar su misión esencial. Ahora bien, esta misión es la siguiente: “Ministros veritatís decet vera proferre. Conviene que los ministros de la verdad declaremos lo que es verdadero” [4]

Razón tenía, pues, oh glorioso Hilario, la Iglesia de Poitiers, para dirigirte desde tiempos antiguos, ese magnifico elogio que dedica la Iglesia Romana a tu insigne discípulo Martín: “¡Oh bienaventurado Pontífice, que amaba a Cristo Rey con todas sus entrañas y no se doblegaba ante el peso ael deber!” “¡Oh alma santísima a quien la espada del perseguidor no separó del cuerpo, sin que por eso dejase de alcanzar la palma del martirio!” Si te faltó la palma, al menos tú no faltaste a la palma; a tu cabeza rodeada ya de la aureola de Doctor, le sienta perfectamente la corona de Mártir que ciñe la frente de tu hermano Eusebio. Tal es la gloria debida a tu valerosa confesión de ese Verbo divino cuyas humillaciones en la cuna honramos durante estos días. Como los Magos, tampoco tú temblaste en presencia de Herodes; y cuando fuiste desterrado a tierras extrañas por las órdenes del César, tu corazón se consolaba pensando en el destierro de Jesús en tierra de Egipto. Alcánzanos la gracia de que también nosotros comprendamos esos divinos misterios.

Vela por la fe de la Iglesia, y con tu poderosa intercesión conserva en ella el conocimiento y el amor del Emmanuel. Acuérdate de la Iglesia que gobernaste; aún se gloría de ser tu hija. Y ya que el ardor de tu celo se extendía a toda la Galia para defenderla contra sus enemigos, protege también a toda esa Francia cristiana.

Haz que conserve siempre el don de la fe; que sean sus obispos esforzados paladines de las libertades de la Iglesia; crea en su seno prelados, poderosos en palabras y obras, como Martín y como tú, profundos en su doctrina y Fieles en la guarda del sagrado depósito.



Notas

[1] P. L., X. c. 557-558.
[2] P. L., X. C, 610-611.
[3] Libro contra Constancio, P. L. X. c. 577-587.
[4] Obras del Cardenal Pie, obispo de Potiers, tomo VI. Discurso pronunciado en Roma en la Iglesia de S. Andrés della Valle, el 14 de enero de 1870.





Sea todo a la mayor gloria de Dios.

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