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domingo, 10 de marzo de 2024

Cardenal Newman: Sermón "La Persecución del Anticristo"

 




CUATRO SERMONES SOBRE EL ANTICRISTO

POR 

JOHN HENRY CARDENAL NEWMAN




SERMÓN CUARTO
LA PERSECUCIÓN DEL ANTICRISTO

Estamos tan acostumbrados a escuchar acerca de las persecuciones de la Iglesia, tanto por el Nuevo Testamento como por la historia de la Cristiandad, que no podemos evitar el considerar sus descripciones como simples palabras, o hablar de ellas sin comprensión de lo que estamos diciendo, y no recibir ningún beneficio práctico de sus narraciones. Y mucho menos de considerarlas como lo que realmente son: una señal característica de la Iglesia de Cristo. No son ciertamente un atributo necesario de la Iglesia, pero se trata al menos de una de sus insignias características, de tal modo que si uno echa un vistazo al curso completo de su historia, reconocerá a las persecuciones como una de las peculiaridades que permiten reconocerla. Y Nuestro Señor parece dar a entender cuán apropiada, cuán natural es la persecución de la Iglesia, al incluirla entre sus Bienaventuranzas: “Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, pues de ellos es el Reino de los Cielos”(1). El Señor da entonces a la persecución el mismo elevado y noble rango en el conjunto de las gracias evangélicas que el Sábbath tiene entre preceptos del Decálogo; quiero decir, como una especie de signo y señal de Sus seguidores, colocado como tal en el código moral, aunque sea en sí mismo externo a él.

Él parece mostrarnos esto también de otro modo, insinuándonos que la Iglesia comienza y termina en la persecución. Él la dejó en la persecución y la hallará en la persecución. La  Iglesia que Él reconoce como suya, la que Él ha edificado y reivindicará, es una Iglesia perseguida, qué porta Su Cruz. Y está tremenda reliquia que Él le ha entregado, y que ella poseerá hasta el fin, no puede perderse en el camino.

El profeta Daniel, que tantos vaticinios nos ha dejado acerca de los últimos tiempos, nos habla acerca de la gran persecución por venir. “Habrá un tiempo de tribulación tal, cual nunca lo hubo hasta entonces, desde que existen las naciones y en aquel tiempo se salvará tu pueblo, todo aquel que haya sido hallado en el libro”(2), Nuestro Señor parece referirse a estas palabras en su solemne profecía antes de Su pasión, en la cual Él abarca dos series de eventos: aquellos que acompañaron a su primera venida, y los que lo harán con la segunda; ambas persecuciones de Su Iglesia, la primera y la postrera. Escuchemos sus palabras: “Entonces habrá una gran tribulación, cual no la hubo desde el inicio del mundo hasta entonces ni la habrá, y a menos que dichos días sean acortados, ninguna carne será salva; mas por razón de los elegidos, aquellos días serán acortados”(3).

Concluye con lo que tengo que decir acerca de la venida del Anticristo hablando de la persecución que la acompañara. Al hacerlo no hago más que expresar el juicio de la Iglesia primitiva, como he tratado de hacerlo todo a lo largo de estos sermones, y cómo me propongo realizarlo en lo que sigue.


1

En primer lugar, citaré algunos de los principales textos que parecen referirse a esta persecución final.

“Se levantará otro luego de ellos y (…) proferirá palabras contra el Altísimo, y hostigará a los santos del Altísimo e intentará cambiar los tiempos y la ley; y los santos serán entregados en sus manos durante un tiempo, tiempos y la mitad de un tiempo”(4) esto es, tres años y medio.

“Profanarán el santuario-ciudadela y abolirán el Sacrificio Perpetuo y pondrán allí la abominación de la desolación, y corromperán con halagos a los violadores de la Alianza, pero el pueblo que conoce a su Dios se mantendrá fuerte y hará proezas. Y los sabios de entre el pueblo enseñarán a muchos, aunque caerán bajo la espada, la llama, la cautividad y la expoliación, durante algún tiempo”(5).

“Muchos serán purificados, y blanqueados y probados, más los inicuos seguirán obrando mal (…) y desde el tiempo en que el Sacrificio Perpetuo sea retirado y sea eregida la abominación de la desolación, transcurrirán mil doscientos noventa días”(6).


Habrá una gran tribulación, como no la hubo desde el comienzo del mundo”(7), y así siguiendo, como he dicho más arriba.

“Y se le dio una boca que profería grandes cosas y blasfemaba; y se le dio poder para obrar durante cuarenta y dos meses. Y abrió su boca para blasfemar contra Dios, para blasfemar contra Su nombre, contra Su tabernáculo y contra los que moran en el cielo. Y le fue concedido hacer la guerra contra los santos y vencerlos (...) Y todos los que viven en la tierra y adorarán, aquellos cuyo nombre no está escrito en el libro de la vida del Cordero inmolado desde la fundación del mundo”(8).

“Vi un Ángel que descendía del cielo portando la llave del abismo y una gran cadena en su mano, y se sujetó al dragón, a la serpiente antigua que es el demonio y Satanás, y lo encadenó por mil años (...) y luego de esto deberá ser liberado por poco tiempo (...) y saldrá y engañará a las naciones de los cuatro rincones del orbe, a Gog y Magog, a reunirlos para la guerra, numerosos como las arenas del mar. Y subieron por todo el ancho de la tierra, y rodearon el campamento de los santos y la ciudad amada”(9).

Los primeros cristianos interpretaron estos pasajes como relativos a la Persecución que se desencadenaría en los últimos tiempos, y todo conduce a creer que efectivamente a ella se refieren. Ciertamente, palabras de Nuestro Señor acerca de la gran tribulación por venir, parecen referirse en primera instancia a las persecuciones iniciales, a las cuales los primeros Cristianos se vieron expuestos, y sin duda que así es; sin embargo, por violentas que estas persecuciones hayan sido, no fueron consideradas por los mismos hombres que las padecieron como el verdadero cumplimiento de la profecía; y esto es ciertamente una fuerte razón para pensar que no lo fueron. Esto se ve confirmado por pasajes paralelos, comos las palabras de Daniel que hemos citado, quién ciertamente habla de una persecución todavía futura; si Nuestro Señor utilizó las mismas palabras, y estaba hablando de lo mismo que Daniel, entonces cualquiera que haya sido el cumplimiento parcial de Su profecía haya tenido en la historia de la primitiva Iglesia, Él ciertamente se refiere a la última persecución, si tomamos Sus palabras en toda su amplitud. Él dice: “Habrá una gran tribulación, como no la hubo desde el comienzo del mundo hasta este tiempo ni la habrá, y a menos que dichos fuesen acortados, ninguna carne sería salva; mas en atención a los elegidos, dichos días serán abreviados”(10). E inmediatamente después: “Se levantarán falsos Cristos y falsos profetas que harán grandes signos y portentos, capaces de engañar, si fuese posible, a los mismos elegidos”(11). En consonancia con este lenguaje, Daniel dice: “Habrá un tiempo de  tribulación, tal cual nunca lo hubo hasta entonces, desde que existen las naciones; y en aquel tiempo se salvará tu pueblo, todo aquel que haya sido hallado en un libro”(12). Uno de los pasajes del Apocalipsis que he citado dice lo mismo, e incluso con más fuerza: “Le consedido hacer la guerra contra los altos y vencerlos (…) Y todos lo que viven en la tierra le adorarán, aquellos cuyo nombre no está escrito en el libro de la vida”(13).

2


Tratemos ahora de comprender y profundizar en esta idea que acabamos de presentar a nuestra consideración: aunque la Iglesia ha sido preservada de la persecusión durante mil quinientos años, sin embargo una persecución la aguarda antes del fin, más feroz y peligrosa que cualquiera que haya sufrido desde su comienzo.

Más aún, esta persecución estará acompañada por la cesación de todo culto religioso: “Abolirán el Sacrificio Perpetuo”(14). Los Padres de la Iglesia interpretaron estas palabras en el sentido de que el Anticristo suprimirá durante tres años y medio todo culto religioso. San Agustín se pregunta, incluso, si el bautismo será administrado a los niños en dicho periodo.

domingo, 3 de marzo de 2024

Cardenal Newman: Sermón "La Ciudad del Anticristo"

 





CUATRO SERMONES SOBRE EL ANTICRISTO

POR 

JOHN HENRY CARDENAL NEWMAN



SERMÓN TERCERO
LA CIUDAD DEL ANTICRISTO


“La mujer que has visto es aquella gran ciudad que reina sobre los reyes de la tierra”(1). De este modo el Ángel interpreta ante San Juan la visión de la Gran Ramera, la encantadora, que sedujo a los habitantes de la tierra. La ciudad de la que se habla en estos términos evidentemente Roma, que era entonces la sede del imperio que dominaba toda la tierra, cuyo poder era supremo aun en Judea. Escuchamos hablar de los romanos a lo largo de los Evangelios y los Hechos de los Apóstoles. Nuestro Salvador nació cuando Su madre, la Santísima Virgen, y José, fueron llevados a Belén para pagar impuesto al gobernador romano. Fue crucificado bajo Poncio Pilato, el gobernador romano. San Pablo fue protegido en reiteradas oportunidades por su condición de ciudadano romano; por otra parte, fueron los gobernadores romanos quienes lo capturaron e hicieron prisionero hasta que por fin fue enviado a Roma, ante el emperador, y allí fue martirizado junto con San Pedro. Por lo tanto la soberanía, de Roma en la época en que Cristo y sus Apóstoles predicaron y escribieron, un hecho de notoriedad histórica, es también patente en el mismo Nuevo Testamento. Sin lugar a dudas, a esto se refiere el Ángel cuando habla de “la gran ciudad que reinó sobre la tierra”.

La conexión de Roma con el reino y las gestas del Anticristo es un tema tan presente en las controversias de hoy en día, que puede valer la pena considerar, luego de todo lo que he dicho acerca del último enemigo de la Iglesia, lo que las profecías escriturísticas dicen con relación a Roma. Esto es lo que intentaré hacer, como antes, bajo la guía de los primeros Padres.


1

Observemos qué es lo que se dice boca del Ángel con relación a Roma, en el pasaje más arriba citado, y qué es lo que podemos deducir de ello.

Esta gran ciudad es descrita bajo la imagen de una mujer, cruel, disoluta e impía, ataviada de esplendor mundano, en púrpura y escarlata, en oro, piedras preciosas y perlas, esparciendo y bebiendo la sangre de los santos, hasta embriagarse con ella. Más aún, ella es llamada “Babilonia la Grande”, para significar su poder, riqueza, profanidad, orgullo, sensualidad y espíritu perseguidor, según el modelo de aquél antiguo enemigo de la Iglesia. No necesito explicar acá cómo todo esto responde perfectamente al carácter y a la historia de la Roma del tiempo en que habla San Juan. Nunca hubo un pueblo más ambicioso, arrogante, duro de corazón y mundano que el romano; nunca lo hubo, pues ningún otro pueblo tuvo la oportunidad de perseguir hasta tal punto a la Iglesia. Los cristianos sufrieron diez persecuciones terribles que extendieron durante más de doscientos cincuenta años. No alcanzaría el día para llevar la cuenta de las torturas que sufrieron por parte de Roma, de tal modo que la descripción del Apóstol tuvo posteriormente, como profecía, un cumplimiento tan notable, como precisa había sido en su momento bajo la forma de relato histórico.

Esta ciudad culpable, representada por San Juan como una mujer depravada, está sentada sobre “un monstruo color escarlata, repleto de nombres de blasfemia, que tiene siete cabezas y diez cuernos”(2). De aquí somos conducidos al capítulo séptimo Daniel, en el cual los cuatro grandes imperios del mundo son representados bajo la figura de cuatro bestias: un león, un oso, un leopardo y un monstruo innominado, “diverso” del resto, “espantoso y terrible, y tremendamente fuerte”; “que tenía diez cuernos”(3). Ésta es ciertamente la misma bestia de San Juan vio: los diez cuernos la caracterizan. Ahora bien, la cuarta bestia la profecía de Daniel es un Imperio romano; por lo tanto, “la bestia”, en la cual la mujer está sentada, es ese mismo Imperio. Y esto concuerda en forma muy precisa con lo sucedido históricamente, puesto que Roma, la señora del mundo, se sentó y fue llevada triunfalmente por ese mismo mundo que ella había sometido, domado y hecho su criatura.

Además el profeta Daniel interpreta qué los diez cuernos del monstruo son “diez reyes que surgirán”(4) a partir de este Imperio; con lo cual concuerda San Juan al decir: “los diez cuernos que has visto son diez reyes que todavía no han recibido reino alguno, pero que recibirán poder como reyes durante una hora con la bestia”(5). Por otra parte, en una visión anterior, Daniel habla del Imperio como destinado a ser “dividido”, “en parte fuerte y en parte frágil”(6). Más aún, este Imperio, la bestia de carga de la mujer, por fin se levantará contra ella y la devorará, como un animal salvaje que se rebela contra su amo, y esto deberá suceder durante su estado y dividido o múltiple. Estos diez cuernos que has visto la aborrecerán y la dejarán sola y desnuda, y devorarán su carne y la consumirán por el fuego”(7). Ése será el fin de la gran ciudad. Finalmente, tres de los reyes, tal vez todos, serán sometidos por el Anticristo, quién aparecerá cuando ellos estén en el poder, pues ése es el curso de la profecía de Daniel: “Otro se levantará luego de ellos, y será diferente de los primeros y subyugará a tres reyes. Y proferirá palabras arrogantes contra el Altísimo oprimirá a los santos del Altísimo y pretenderá mudar los tiempos y las leyes; y ellos serán entregados en su mano hasta un tiempo, tiempos y la mitad de un tiempo”(8). Este poder que surgirá por sobre los reyes es el Anticristo; y desearía que observéis cómo Roma y el Anticristo se relacionan mutuamente en la profecía. Roma caerá antes del surgimiento del Anticristo, puesto que los reyes destruirán Roma, y luego el Anticristo aparecerá y suplantará a los reyes. Por lo que podemos juzgar a partir de las palabras, esto parece claro. Primero, San Juan dice: Los diez cuernos odiarán y devorarán” a la mujer; en segundo lugar, Daniel dice: “Yo contemplaba los cuernos, y he aquí que surgió de entre ellos otro pequeño cuerno”, esto es el Anticristo, “ante el cual (o junto al cual) tres de los primeros cuernos fuera arrancados de raíz”(9).


2

Consideremos ahora hasta que punto estas profecías se han cumplido, y qué resta por cumplirse.

En primer lugar,  el Imperio romano se ha quebrado como estaba predicho. Se dividió en un número de reinos independientes, tales como el nuestro, Francia, y otros más; pero todavía es difícil numerar diez exacta y precisamente. En segundo lugar, aunque Roma ciertamente ha sido desolada del modo más pavoroso y miserable, todavía no ha padecido exactamente sufrimientos por parte de diez secciones de su antiguo imperio, sino de bárbaros que cayeron sobre ella desde regiones externas. En tercer lugar, todavía existe como ciudad, mientras que, según la profecía, debería ser “desolada, devorada y consumida por el fuego”. Y en cuarto lugar, existe un punto de la descripción de la ciudad impía que permanece prácticamente incumplido en el caso de Roma. Ella deberá tener “en su mano una copa de oro llena de abominaciones”, y deberá “embriagar a todos los habitantes de la tierra con el vino de su fornicación”(10), expresión que sin lugar a dudas denota algún tipo de seducción o de engaño que le será permitido practicar sobre el mundo, y que todavía no se ha cumplido, en el caso de esa gran ciudad imperial sobre las siete colinas de la palabra San Juan. Por lo tanto hay aquí cuestiones que requieren alguna consideración.

domingo, 25 de febrero de 2024

Cardenal Newman: Sermón "La Religión del Anticristo"

 






CUATRO SERMONES SOBRE EL ANTICRISTO

POR 

JOHN HENRY CARDENAL NEWMAN



SEGUNDO SERMÓN
LA RELIGIÓN DEL ANTICRISTO


San Juan nos enseña que “todo espíritu que no confiesa que Jesucristo ha venido en carne, es el espíritu del Anticristo, que ya está en el mundo”(1). La característica del Anticristo será negar abiertamente que nuestro Señor Jesucristo es el Hijo de Dios venido en carne desde el Cielo. Esta descripción le conviene tan exacta y completamente, que negar a Cristo puede propiamente ser llamado el espíritu del Anticristo, e incluso puede decirse de sus negadores que poseen el espíritu del Anticristo, que son como el Anticristo, que son Anticristos. Lo  mismo se afirma en un capítulo posterior. “¿Quién es el Mentiroso, sino aquel que niega que Jesús es el Cristo? Él es el Anticristo, que niega al Padre y al Hijo. Quienquiera niega al Hijo  también niega el Padre”(2). De lo cual podría deducirse que el Anticristo será conducido del rechazo del Hijo de Dios al completo rechazo de Dios, tanto implícita como prácticamente.

Haré ahora algunas observaciones adicionales acerca de las señales características del predicho enemigo de la Iglesia, y como antes, me limitaré a la interpretación de la Escritura dada por los primeros Padres.

Mi razón para obrar de este modo es simplemente la siguiente; en una cuestión tan difícil como lo es una profecía incumplida, no me posible realmente tener una opinión propia, ni es deseable que la tenga, o por lo menos que la exprese de modo formal. La opinión de cualquier persona, aunque fuese la más para hacerlo, tendría casi ninguna autoridad, ni se justificaría el formularla por sí misma. Por el contrario, los juicios y perspectivas de la Iglesia primitiva merecen nuestra especial atención, puesto que, por lo que sabemos, pueden muy bien proceder de tradiciones de los Apóstoles y porque son expresados en forma mucho más consistente y unánime que los de cualquier otro conjunto de maestros. Por tanto estas opiniones tienen más derecho de reclamar nuestra atención que las de otros escritores, cualesquiera sean sus títulos: y si éstos son de poca monta, los de los otros son aún menores.

En rigor, solamente el claro cumplimiento de las profecías puede reclamar nuestra entera adhesión en esta materia. Si viésemos todos los signos de la profecía cumplirse en la pasada historia de la Iglesia, entonces sí podríamos dispensarnos de considerar la autoridad de aquellos que nos presentasen las pruebas. Esta condición, sin embargo, difícilmente puede satisfacerse, puesto que la venida del Anticristo es cercana a la venida de Cristo como juez; por consiguiente, el hecho ha tenido lugar bajo circunstancias que pueden ser invocadas como pruebas. Tampoco puede presentarse ningún hecho histórico que reúna todas las señales del Anticristo claramente, aunque algunas se hayan cumplido en ciertas ocasiones. Por tanto, sólo nos resta acudir al juicio de los Padres (si es que debemos seguir alguna opinión, y si debemos aprovecharnos de todas las advertencias que la Escritura nos ofrece concernientes al mal que se aproxima), sea que éste posea especial autoridad en este tema no. Ya he recurrido a ellos y lo volveré a hacer ahora. Continuemos, pues, con este tema, con los antiguos Padres como guías.


1

Parece claro que San Pablo y San Juan hablan del mismo enemigo la Iglesia, dada la similitud de sus descripciones. Ambos afirman que su espíritu ya estaba obrando en sus días.   “Ese espíritu del Anticristo -San Juan- ya está en el mundo”. “El misterio de iniquidad ya está obrando”(3), dice San Pablo. Y ambos describen al enemigo como caracterizado por el mismo pecado especial: la abierta infidelidad. San Juan que “él es el Anticristo, el que niega al Padre y al Hijo”(4); mientras que San Pablo habla de él similar modo, como “el adversario y el rival de todo lo que se dice Dios o es adorado”, y que “se sentará en el templo de Dios, proclamándose a sí mismo como Dios”(5). En ambos pasajes es descrita la misma negación blasfema de Dios y de la religión; mas San Pablo añade que se opondrá a toda religión existente, verdadera o falsa: “todo lo que se dice Dios o es adorado”.

Pueden citarse otros dos pasajes de la Escritura, prediciendo la misma temeraria impiedad. Uno pertenece al capítulo undécimo de Daniel: “El rey obrará conforme a su voluntad, y se  exaltará a sí mismo, se ensalzará por encima de todo dios, y hablará palabras arrogantes contra el Dios de los dioses, y prosperará hasta que se haya colmado la ira (...) No respetará al Dios de sus padres, ni tampoco a la [divinidad] predilecta de las mujeres, ni hará caso de ningún dios, puesto que se ensalzará por encima de todo”(6).

El otro pasaje no poseería más que un tenue matriz profético en sí mismo, si no fuese por el hecho de que todos los dichos de nuestro Salvador poseen significado profundo, y particularmente este último, de acuerdo a los Padres. “Yo he venido en Nombre de mi Padre, y vosotros no me habéis recibido; si otro bien en su propio nombre, a ese lo recibiréis”(7). Ellos consideran esto como una alusión profética del Anticristo, a quién los Judíos confundirán con el Cristo. En vendrá “en Su propio nombre”. El Anticristo no vendrá de Dios, sino en su propio nombre, sin pretender haber recibido misión alguna de Dios, por una blasfema asunción del poder divino. 

A los pasajes citados deben agregarse aquellos que hablan en general de las impiedades  de la última edad del mundo, impiedades que podemos creer prepararán la venida del Anticristo y se consumarán en él: “Muchos andarán errantes aquí y allá y el conocimiento se incrementará (...) Muchos serán purificados y blanqueados y probados pero los malvados seguirán obrando mal, y ninguno de los malvados entenderá, mas los sabios entenderán” (8).  “En los últimos días sobrevendrán tiempos peligrosos, pues los hombres serán amadores de sí mismos, codiciosos, jactanciosos, orgullosos, blasfemadores, desobedientes a sus padres, desagradecidos, malvados, desnaturalizados, implacables, calumniadores, incontinentes, despreciadores de los buenos, traidores, temerarios, infatuados, más amantes de sí mismos que Dios, con apariencia de piedad mas negando su eficacia”(9); “burladores guiados por sus propias pasiones, que dirán: ¿Dónde queda la promesa de Su venida?(10), “despreciadores de la autoridad, presuntuosos (...) autosuficientes, sin temor de insultar a las dignidades (…)  que prometerán libertad a los hombres, mientras que ellos serán esclavos de la corrupción”(11), y cosas por el estilo.


2

Ya hecho mención de los judíos; sería bueno establecer que se afirmaba en la primitiva Iglesia acerca su relación con el Anticristo. 

Nuestro Señor predijo que muchos vendrían en Su nombre, diciendo “Yo soy el Cristo”(12). El castigo de los Judíos es el de los incrédulos de todo tipo: habiendo rechazado al verdadero Cristo, recibirán a uno falso; el Anticristo será el perfecto y consumado seductor, en relación con el cual todos los anticristos previos son aproximaciones, de acuerdo con las palabras ya citadas: “Si otro viene en su propio nombre, a ese lo recibiréis”. Del mismo tenor son las palabras de San Pablo luego de describir el Anticristo: “cuya venida estará señalada (...) con todo tipo de prodigios engañosos y maldades que seducirán a lo que se han de condenar por no haber aceptado el amor de la Verdad que les hubiera salvado. Y por esta causa Dios les enviará un poder seductor que les hará creer en la mentira, para que sean condenados todo cuántos no creyeron en la Verdad y prefirieron la iniquidad”(13).

Por consiguiente, considerando que el Anticristo pretenderá ser el Mesías, desde antiguo se admitió por tradición que él sería de raza judía y que observarán los ritos judíos.

Inclusive, San Pablo dice que el Anticristo “se sentará en el Templo de Dios”(14), esto es, de acuerdo con los antiguos Padres, en el Templo Judío. Las mismas palabras de Nuestro Salvador pueden ser empleadas, para apoyar esta doctrina puesto que Él habla de la “Abominación de la Desolación” (expresión que, sea cual sea el sentido que se le dé, denota en su sentido pleno al Anticristo), “instalada en el lugar santo”(15). Más aún, la persecución de los testigos de Cristo por el Anticristo realizará, es descrita por San Juan como teniendo lugar en Jerusalén. “Sus cadáveres yacerán en las calles de la gran ciudad (que es llamada espiritualmente Sodoma y Egipto), donde también nuestro Señor fue crucificado”(16).

Es necesario hacer ahora una observación. Supongo que, a primera vista, no podemos considerar que se pueda extraer demasiada evidencia de Texto Sagrado acerca de la relación del Anticristo con lo judíos o con su Templo. Es por eso algo remarcable que el emperador Juliano el Apóstata, quien fue un “tipo” del gran enemigo, haya tenido relación con judíos y haya comenzado a reconstruir su Templo. Así, la historia es una especie de comentario de la profecía, y sostiene y reivindica aquellas antiguas interpretaciones a las cuales me estoy refiriendo. Por supuesto, debe entenderse que esta creencia de la Iglesia de que el Anticristo estaría conectado con los judíos, fue expresada mucho tiempo antes de la época de Juliano, y todavía poseemos las obras que se refieren a ella. De hecho, poseemos los escritos de dos Padres, ambos obispos y mártires de la Iglesia, quienes vivieron por lo menos ciento cincuenta años antes de Juliano, y menos de cien años luego de San Juan.   Ambos refieren claramente la relación del Anticristo con los judíos. 

El primero de ellos, Ireneo, habla de este modo: “El adversario se sentará en el Templo que está en Jerusalén, intentando mostrarse a sí mismo como el Cristo”(17). 

El segundo, Hipólito: “El Anticristo será aquel que resucitará el reino de los Judíos” (18). 

domingo, 18 de febrero de 2024

Cardenal Newman: Sermón "El Tiempo del Anticristo"

 




CUATRO SERMONES SOBRE EL ANTICRISTO

POR 

JOHN HENRY CARDENAL NEWMAN




SERMÓN PRIMERO
EL TIEMPO DEL ANTICRISTO


Los cristianos de Tesalónica habían supuesto que la venida de Cristo se encontraba cercana. San Pablo les escribe para prevenirlos contra una tal expectativa. No es que él desaprobara su espera de la venida del Señor, todo lo contrario; pero les advierte que un cierto acontecimiento debe precederla, y hasta que esto no suceda, el fin no sobrevendrá. “Que nadie os engañe de ningún modo -dice San Pablo- [puesto que dicho Día no vendrá], excepto que venga primero una apostasía”. Y prosigue excepto que “primero el hombre de pecado sea revelado, el hijo de la perdición.(1)

Mientras el mundo dure, este pasaje de la Escritura será de reverente interés para los cristianos. Es su deber estar siempre expectantes por la Venida de su Señor, indagar los signos de la misma en todo lo que ocurre alrededor suyo, y por sobre todo tener en mente este sobrecogedor signo del cual San Pablo habla a los Tesalonicenses. Así como la primera venida del Señor tuvo su precursor, así también lo tendrá la segunda. EL primero fue “Alguien más que un profeta”(2), San Juan Bautista; el segundo será más que un enemigo de Cristo, será la misma imagen de Satán, el pavoroso aborrecible Anticristo. Acerca de él, tal cual las profecías lo describen, me propongo hablar; y al hacerlo me guiaré exclusivamente por los antiguos Padres de la Iglesia. 

Sigo a los antiguos Padres sin pensar que en tal materia ellos tengan el peso de poseen en instancias de doctrina o disciplina. Cuando ellos hablan de doctrinas, se refieren a éstas como del algo universalmente aceptado. Ellos son testigos del hecho de que dichas doctrinas han sido recibidas, no aquí o allá, sino en todas partes. Recibimos aquellas doctrinas que ellos enseñan, no meramente  porque las enseñen, sino porque dan testimonio de que todos los cristianos en todas partes las han sostenido. Los consideramos como honestos informantes, mas no como autoridad suficiente en sí mismos, aunque de hecho son también autoridades. Si ellos afirmaran estas mismas doctrinas, pero diciendo: “Estas son nuestras opiniones, las hemos deducido de la Escritura, y son verdaderas”, podríamos bien dudar de recibirlas de sus manos. Podríamos decir que tenemos tanto derecho como ellos a deducir a partir de la Escritura; que las deducciones de la Escritura serían meras opiniones; que si nuestras deducciones concordasen con las de ellos, eso sería una feliz coincidencia, e incrementaría nuestra confianza en ellos; pero que si no, no habría mas remedio, y deberíamos seguir nuestras propias luces: Sin lugar a dudas, ningún hombre tiene derecho a imponer a otros sus propias deducciones en materia de fe. Hay una obligación obvia para el ignorante de someterse a aquellos que estén mejor informados; y también  es inconveniente para el joven someterse implícitamente por un tiempo a la enseñanza de sus mayores; pero más allá de esto, la opinión de un hombre no vale más que la de otro. De todos modos, éste no es el caso en lo que respecta a los antiguos Padres. Ellos no hablan de su opinión personal; ellos no dicen “Esto es verdadero porque de hecho es sostenido, y ha sido siempre sostenido por las Iglesias, sin interrupción, desde los Apóstoles hasta nuestros días”. La cuestión es meramente acerca del testimonio; esto es; si acaso ellos tienen a su disposición los medios para saber si eso había sido y fue sostenido; puesto que si esa fue la creencia  de tantas Iglesias en forma de independiente y simultánea, en el supuesto de su procedencia desde los Apóstoles, no hay duda de que no se puede ser sino verdadera y apostólica.

Éste es el modo en que ellos Padres hablan en lo que respecta a la doctrina; otro es el caso cuando interpretan las profecías. En esta materia parece que no ha habido tradiciones católicas, formales y distintas, o por lo menos autorizadas; de tal modo que cuando interpretan la Escritura, en la mayor parte de los casos están dando, y profesan estar dando, sus propias opiniones privadas, o anticipaciones vagas, difusas y meramente generales. Esto es lo que debería haberse esperado, puesto que no pertenece al curso ordinario de la divina Providencia el interpretar las profecías antes del suceso. Aquello que los apóstoles revelaron con respecto a lo venidero, fue en general y en privado, a individuos particulares – no fue puesto por escrito, ni destinado a la edificación del cuerpo de Cristo-, y pronto se perdió. Así, unos pocos versículos más abajo del pasaje que he citado, San Pablo dice: “¿Acaso no recordáis que estando todavía con vosotros, os dije estas cosas?”(3), y escribe por medio de insinuaciones y alusiones, sin expresarse abiertamente. Y vemos así mismo que tampoco cuidado tomó en discriminar y autenticar sus intimaciones proféticas que los Tesalonicenses habían adoptado la opinión de que él había dicho que el Día de Cristo era inminente, aunque, en realidad no lo había hecho. 

miércoles, 14 de febrero de 2024

R.P. Leonardo Castellani: El Sermón del Polvo

 





Cristo ¿Vuelve o no vuelve?
R.P. Leonardo Castellani



Miércoles de Ceniza

Memento, homo, quia pulvis es et in pulverem reverteris” (“Hombre, acuérdate que polvo eres y que al polvo volverás”).

El polvo quita la vista y el polvo devuelve la vista.  En las comarcas de Tierra Santa, la tierra salitrosa y arenosa levanta un polvo finísimo y blanco, que por una parte reflejando vivamente la luz ardiente del sol oriental y por otra parte alzándose con el viento en nubes enceguecedoras, produce numerosas oftalmías y en muchísimos casos la ceguera. Cuando leéis los Evangelios, reparáis cuántas veces se nombra en ellos esta temible desgracia; cuántos ciegos no curó el Señor; la señal que dio a San Juan Bautista para indicarle que el Mesías llegó: “Los ciegos ven”; la comparación que usó en la parábola: “Si un ciego guía a otro ciego, los dos se van al hoyo”.

A uno de estos pobres desdichados curó el Señor en las puertas del Templo, según nos cuenta San Juan en el capítulo IX, poniéndole en los ojos un poco de barro; escupió en el polvo, hizo un poco de lodo, se lo echó en los ojos y le dijo: “Anda a lavarte en la piscina de Siloé”.

Señor, ¿qué hacéis?  ¿Polvo para curar a un ciego?  ¿Saliva para curar la ceguera?  La saliva que es cáustica y el polvo que es fricante, más bien volverán ciego a uno que ve, Señor, que no volverán los ojos a uno que no ve.

Dejadme hacer, dejad hacer al que es la Luz del mundo.  “Y fue, y se lavó y vio” —dice San Juan— “volvió viendo, volvió sanado”.

Polvo tenemos en los ojos, polvo de la tierra nos tiene ciegos. Polvo son las riquezas, polvo son los honores, polvo son los placeres; polvo enceguecedor que nos impide ver. Mas la Iglesia, Madre nuestra ansiosa por sanarnos, Esposa de Cristo poderosa para sanarnos, nos echa este día un puñado de polvo a la cara, y a imitación de su Divino Maestro dice a los pobres ciegos: “Con lo mismo que te enfermó, yo te sano. Pero no con lo mismo: porque el polvo solo, el polvo de la tierra, no sirve para sanar, sino para enfermar más, si no se le mezcla la saliva de un Dios, es decir, la palabra de Dios”. Y la Iglesia mezcla a este polvo de la tierra una palabra de Dios, una palabra tomada del Libro del Génesis, una palabra sencilla, verdadera y cáustica.

“¡Hombre, acuérdate que polvo eres y que al polvo volverás!” (Libro del Génesis, III, 19).

Si nos pusiese solamente ceniza en la frente para recordarnos la muerte que ha de reducirnos a polvo, no curaría la Iglesia nuestras llagas, sino más bien aumentaría nuestra tristeza; y la tristeza no es el remedio de nuestros males. ¡Bastante tristeza nos da este siglo inquieto! A este asilo de paz, a este puerto de oración en medio del estrépito de la calle abierto, venimos precisamente algunas veces huyendo de la tristeza del mundo. Y bien, señores; no temáis, porque el polvo que allá fuera enferma, aquí dentro sana; el polvo que la Iglesia nos pone en los ojos nos devuelve la vista, aunque sea cáustico en el momento de la operación; y el que ve, señores, no está triste: porque el que ve, sabe adónde va; porque el que ve, camina seguro; el que ve, no tropieza en la piedra ni cae en el hoyo.

domingo, 19 de marzo de 2023

R.P. Leonardo Castellani: La Primera Multiplicación de los Panes

 



En aquél tiempo, pasó Jesús al otro lado del mar de Galilea, o de Tiberíades. Y le seguía un gran gentío, porque veían los milagros que hacía con los enfermos. Entonces Jesús subió a la montaña y se sentó con sus discípulos. Estaba próxima la Pascua, la fiesta de los judíos. Jesús, pues, levantando los ojos y viendo que venía hacia Él una gran multitud, dijo a Felipe: “¿Dónde compraremos pan para que éstos tengan qué comer?”. Decía esto para ponerlo a prueba, pues Él, por su parte, bien sabía lo que iba a hacer. Felipe le respondió: “Doscientos denarios de pan no les bastarían para que cada uno tuviera un poco”. Uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Pedro, le dijo: “Hay aquí un muchachito que tiene cinco panes de cebada y dos peces. Pero ¿qué es esto para tanta gente?” Mas Jesús dijo: “Haced que los hombres se sienten”. Había mucha hierba en aquel lugar. Se acomodaron, pues, los varones, en número como de cinco mil. Tomó, entonces, Jesús los panes, y habiendo dado gracias, los repartió a los que estaban recostados, y también del pescado, cuanto querían. Cuando se hubieron hartado dijo a sus discípulos: “Recoged los trozos que sobraron, para que nada se pierda”. Los recogieron y llenaron doce canastos con los pedazos de los cinco panes, que sobraron a los que habían comido. Entonces aquellos hombres, a la vista del milagro que acababa de hacer, dijeron: “Éste es verdaderamente el profeta, el que ha de venir al mundo”. Jesús sabiendo, pues, que vendrían a apoderarse de Él para hacerlo rey, se alejó de nuevo a la montaña, Él solo.
Juan VI, 1-15



El Evangelio de Jesucristo
R.P. Leonardo Castellani


Domínica Cuarta de Cuaresma
La Primera Multiplicación de los Panes

Este milagro se llevó a cabo más o menos en la mitad de la predicación de Cristo, segundo año de vida pública, antes del penúltimo viaje a Jerusalén, después de la fuga de Judea a causa de la degollación del Bautista y después del retorno de los Discípulos de la misión –en primavera, cerca de la fiesta religiosa hebrea “de las Tiendas” o “Toldos”–.

Otra multiplicación menor cuentan Mateo y Marcos un poco después, que sería tentador identificar con ésta reduciéndolas a una; como han hecho algunos Doctores; pero no se puede, porque lo probabilísimo es que fueron realmente dos. Si hubiese sido una sola, la gente de Jerusalén hubiese dicho: “¡Son cuentos de estos provincianos!”. Si hubiesen sido tres, se levanta el Sindicato de Panaderos Metropolitanos.

Los cuatro Evangelistas cuentan el milagro con diferentes pormenores. San Juan le da su sentido pleno, insertándolo en su capítulo VI que trata del “Pan de Vida” y añadiendo la Promesa de la Eucaristía, y el diálogo dramático en la Sinagoga de Cafarnaúm, que es uno de los relatos más sublimes que han salido de péñola humana.

Este milagro es muy popular; excepto, como dije, entre los panaderos. Cuentan que el cura Brochero estaba explicándolo, y se trabucó en los números –porque efectivamente hay dos multiplicaciones que difieren solamente en los números– y pegó un grito diciendo: “Mirad el poder de Cristo, que con cinco mil panes y dos mil pescados dio de comer a cinco hombres”, a lo cual el sacristán que estaba sentado bajo el púlpito comento en voz alta: “¡Eso lo hago yo también!”, con lo cual se rieron algunos y el cura se abatató del todo y dejó la prédica, para seguirla otro día. El domingo siguiente subió muy alerto y gritó: “Como les iba diciendo, Jesucristo con 5 panes y 2 peces dio de comer a 5.000 varones”, a lo cual el sacristán gritó de nuevo: “¡Eso lo hago yo también!”.
“–¿Cómo, sacristán sacrílego?” –gritó el canónigo.
“–¡Con lo que sobró el domingo paseo!” –ripostó el sacristán, que era un negrito ladino.

Y tenía razón, porque lo que sobró es lo que más llama la atención en este evangelio: 12 canastas de cachos, que todos los Evangelistas notan cuidadosamente, Cristo “mandó rejuntar”. ¿Por qué? El hombre que tenía en sus manos poder creador hizo con ellas un gesto de pobre: después de un milagro tan grande, acordarse de las curubi cas. “Comieron todo lo que caduno quiso”, dice San Juan. Y sobró. Sobró bastante. Era pan de centeno y eran una especie de sábalos o patíes, pescado de río. Cristo quiso mostrarse Dios, pero también mostrarse hombre: hombre pobre y palestino.

Es que los milagros de Dios se insertan en el curso de la vida humana sin perturbarla; cosa que ignoraban los panaderos de Jerusalén. Los milagros del diablo en cambio hacen alboroto y despatarro. Porque sabrán que el diablo puede hacer milagros, aunque falsos: prodigios. Vaya a saber lo que está pasando ahora en Tucumán. Yo quisiera que fuesen prodigios de la Virgen; pero no me fío (1).

Cristo hizo cooperar a los hombres en este milagro: primero, les llamó la atención sobre la dificultad, y los dejó proponer remedios, que incluso San Felipe se mandó un chiste malo –hay tres chistes de San Felipe en el Evangelio–; después les dijo: “Dadles vosotros de comer”, que fue cuando Felipe agarró la bolsa de Judas, la sacudió en el aire y dijo: “Pasen 200 dólares y les doy a comer, un bocadillo a la cuarta parte de éstos”; pues 200 dólares (denarios) era la suma de plata más grande que Felipe había visto en su vida; tercero, hizo que San Andrés recogiese los víveres que había, que eran como para comida de cinco, y es de notar el desinterés conmovedor de esos cinco prevenidos: era el atardecer, y lo habían seguido a Cristo a pie todo el día y el Cristo se había cortado en un bote, buscando un lugar solitario para descansar, los pobres cinco estarían hambrientísimos; lo cuarto, mandó que los Apóstoles hiciesen “anapéssein”, o sea formación de 50 en fondo, varones –a las mujeres, los antiguos no las ordenaban porque sabían que es imposible, cuando andan muchas juntas–; finalmente, apenas terminó la cena en el valle, que Jesús contempló conmovido desde la loma, mandó recoger los fragmentos; gesto ritual en las cenas palestinas en que se guardan cuidadosamente las reliquias para darlas a algún pobre –gesto aquí inútil aparentemente, que tanto extrañó a los Evangelistas–; pero resulta que San Pedro se habla quedado sin ración, con el entusiasmo de empadronar y contar a la gente, según la leyenda. Y de no ser por una de las canastas de sobras, San Pedro ayuna fuera de tiempo.

Según la misma leyenda, los curas y seminaristas (quiero decir, los Discípulos? comieron al final, y de las sobras; que es una costumbre que se ha perdido, como explicaré otro día.

Fuera de bromas, Andrés y Pedro lloraron de alegría, sobre todo cuando vieron que la gente quería hacerlo rey a Cristo ahí mismo; y Cristo lloro de ternura, porque con este milagro se inicia realmente la institución de la Eucaristía. Cuando en la Ultima Cena Cristo tomó el pan, levantó los ojos al cielo, dio gracias, lo bendijo, y lo partió, los Discípulos
recordaron de inmediato que habían visto ya ese gesto dos veces antes; y por eso San Juan lo nota tan cuidadosamente en estas apretadas 30 líneas.

Lo que pasó después es conocido: los galileos, que eran gente parecida a los irlandeses, quisieron proclamarlo Presidente y Home-Rule a Cristo ahí mismo; y Cristo tomó el bote de Pedro y cruzó el lago, aportando en Cafarnaúm: segunda huida; Cristo disparaba de la política. La muchedumbre lo busco a pie segunda vez y al encontrarlo en la Sinagoga le reprocharon la huida... Cristo dijo: “¿Por qué me seguís? Porque os he dado pan de la tierra. Yo os daré el pan del cielo.”

Así comenzó el diálogo-sermón-promesa-profecía que es el Corazón de la Revelación Cristiana, así como el Sermón de la Montana es su Carta, las Siete Palabras son su Sello y Testamento. Para explicarlo no bastan dos columnas más, ni siquiera un libro; ni siquiera –si vamos a hablar en serio– todos los libros del mundo. Feliz aquel a quien se lo explique su corazón.

Una posdata sobre un punto curioso, sobre el anapéssein; o sea la rápida formación de los hebreos varones de 50 en grupo –que dio 5.000 hombres, 100 grupos– lo cual quiere decir que había quizá 6.000 mujeres –sin contar las beatas– y unas 10.000 criaturas chicas... ¿Cómo se explica que Cristo hablara a grandes muchedumbres desde una loma o un bote? ¿Tenía por ventura altoparlantes o televisión? Eso preguntan muchos; y eso creyeron algunos Santos Padres, suponiendo que milagrosamente Cristo agigantaba su voz como la del homérico Sténtor: hacía su garganta estentórea y predicaba a los gritos. No fue así.

Hoy sabemos cómo fue: multiplicaba su voz lo mismo que los panes, con la ayuda de los Apóstoles: eso no es problema para las gentes llamadas de estilo oral. Tienen a modo de unos altavoces naturales. Pasaba esto: Cristo recitaba lentamente su recitado rítmico-mnemónico delante del grupo de discípulos, que lo repetía; y –créase o no– lo retenía de memoria, e inmediatamente los matethoi repetían las palabras del Maestro a las cabezas de cada grupo; los cuales hacían la misma operación: repetían y retenían. Así se multiplicaba el pan de la Palabra. Y el que no quiere creer que esto sea posible, que lea las notas científicas que pondré a estos evangelios cuando, Dios mediante, los publique en libro.

Y esto responde también a una pregunta que me hizo en San Juan, un ingeniero: “¿Por qué el Papa no predica cada domingo por televisión al mundo entero?”. No. Esa no fue la manera de predicar de Cristo; será la manera de predicar del Anticristo. Cristo quiere predicar por medio de otros, por medio de todos nosotros. San Pablo mandó que los maridos repitan a las mujeres en su casa el sermón del cura (I Tim II, 11; I Cor XIV, 34). Hoy día las mujeres son las que sermonean; mal casi siempre.

Porque no hay que olvidar el motivo de este milagro: Cristo lo hizo porque “querían oírlo y Él quería hablarles” –mucho más aún de lo que ellos oír–. Había “curado a sus enfermos” y no se iban: querían oír, de tal modo que “se olvidaron de comer”, dice el hagiógrafo. El remedio de esta dificultad era sencillo y los Apóstoles lo vieron: “Señor, manda que se dispersen y vayan a las alquerías y aldeas vecinas a comer.” Tarde piaste: antes había que haberse acordado de eso; la prudencia lo mandaba.

Pero ni Cristo ni el pueblo fueron prudentes en esta ocasión.

El amor suele atropellar la prudencia; pero él es una más alta prudencia. Es la prudencia del milagro.


Notas

1. Al hacerse esta homilía, hablaban los diarios sensacionalistas de una niñita de Tucumán que veía a la Virgen y hacía curaciones; todo lo cual acabó en nada.





Sea todo a la Mayor Gloria de Dios


jueves, 23 de febrero de 2023

Dom Gueranger: El Tiempo de la Cuaresma

  





"Año Litúrgico"
Dom Gueranguer



CAPÍTULO I

HISTORIA DE LA CUARESMA


Se da el nombre de Cuaresma al período de oración y penitencia durante el cual la Iglesia prepara las almas a celebrar el misterio de la Redención.


La Oración

A los fleles, aun los mejores, propone nuestra Madre la Iglesia este tiempo litúrgico como retiro anual que les brindará ocasión oportuna de separar todos los descuidos de otras temporadas, y encender la llama de su celo. A los catecúmenos ofrece, como en los primeros siglos una enseñanza, una preparación a la iluminación bautismal. A los penitentes, los llama la atención sobre la gravedad del pecado, e inclina su corazón al arrepentimiento y a las buenas resoluciones, y les promete el perdón del Corazón de Dios.

Recomienda S. Benito a sus monjes, en el capítulo XLIX de su Regla, se entreguen este santo tiempo a la oración acompañada de lágrimas de arrepentimiento o de tierno fervor. Todos los fieles, de cualquier estado y condición, hallarán en las Misas de cada día de Cuaresma las fórmulas más admirables de oración con que se pueden dirigir a Dios. Con quince y más siglos de existencia, se adaptan a las aspiraciones, a las necesidades de todos.




La Penitencia


La penitencia se practica, mejor dicho, se practicaba con la observancia del ayuno. Las dispensas temporales otorgadas desde hace algunos años por el Sumo Pontífice no serán pretexto para silenciar práctica tan importante a que aluden constantemente las oraciones de las Misas cuaresmales y de la que todos deben, al menos, conservar el espíritu, si la dureza de los tiempos o la endeble salud no consienten se observe plenamente y con todo rigor.

La práctica del ayuno remonta a los primeros siglos del cristianismo y aún es anterior. Después de los Profetas Moisés y Elias cuyo ejemplo nos será propuesto el miércoles de la primera semana, el Señor le practicó permaneciendo sin alimento alguno durante cuarenta días y cuarenta noches, y si no quiso establecer mandato divino, que en ese caso no hubiera, sido susceptible de discusión, ha declarado por lo menos que el ayuno tan frecuentemente preceptuado por Dios en la antigua ley, sería practicado también por los hijos de la nueva.

Llegáronse un día a Jesús los discípulos de Juan y le dijeron: "¿Por qué, ayunando nosotros y los fariseos con frecuencia, no ayunan tus discípulos?" Jesucristo les contestó: "¿Por ventura los compañeros del Esposo pueden estar tristes- mientras el Esposo está con ellos? Mas vendrán días en que les será quitado el Esposo y entonces ayunarán" (San Mat., IX, 14-15).

Acordáronse los cristianos de esta sentencia y bien pronto pasaron en ayuno absoluto los tres días—que para ellos era uno solo—, el misterio de la Redención, es decir desde Jueves Santo hasta la mañana de Pascua.

Tenemos pruebas fehacientes ya de los siglos II y III que en muchas iglesias ayunaban Viernes y Sábado Santos, y San Ireneo en su carta al Papa San Víctor afirma que varias iglesias orientales hacían lo propio toda la Semana Santa. En el siglo IV se amplió este ayuno pascual y la preparación a la fiesta de Pascua durante un período de ascesis de cuarenta días—cuadragésima—Cuaresma.

La primera mención que hallamos en Oriente de "la cuarentena" se encuentra en el canon 5.° del Concilio de Nicea (325). El Obispo de Thmuis, Serapión, afirma en 331, que la "Cuaresma" es en su tiempo práctica universal en Oriente y Occidente. Los Padres, como, por ejemplo, San Agustín (Sermón CCX), dicen que es práctica antiquísima, y San León (Sermón VI) piensa, aunque erróneamente, que se remonta a los tiempos apostólicos. Estos mismos Padres y con ellos San Ambrosio y San Jerónimo, son los primeros que nos hablan del ayuno.

Los sermones de San Agustín atestiguan que la Cuaresma comenzaba el domingo VI antes de Pascua. Como no se ayunaba el domingo, no había más que treinta y cuatro días de ayuno, treinta y seis con Viernes y Sábado Santos; con todo no dejaba de ser la Cuaresma una "cuarentena" de preparación a la Pascua. El ayuno, en efecto, no era, y no lo es hoy tampoco, el único medio de prepararse a celebrar la Pascua. Insiste San Agustín en que al ayuno acompañen el fervor de la oración, la humildad, la renuncia absoluta a los malos deseos, muchas limosnas, perdón de las injurias y la práctica de todas las obras de piedad y caridad.

La misma extensión del período cuaresmal vemos en España en el siglo vn y en las Galias y Milán. La magna solemnidad del mundo es para San Ambrosio Viernes Santo, y la fiesta de Pascua encierra el triduo de la muerte, sepultura y Resurrección de Cristo (Carta XXIII). Si el ayuno se interrumpía los domingos, guardaban, sin embargo, merced a la liturgia, su tonalidad penitencial.

Para San León es también un período de cuarenta días que finaliza el Jueves Santo por la tarde; y si, acorde con San Agustín, insiste en ponderar las ventajas del ayuno corporal, recomienda con más insistencia los demás ejercicios de mortificación y penitencia, el arrepentimiento, sobre todo, del pecado, y la práctica más fervorosa de las buenas obras y virtudes.


Necesidad de la Penitencia

No obstante eso, ya que en nuestros tiempos la mortificación corporal va cayendo en desuso, no juzguemos inútil demostrar a los cristianos la importancia y utilidad del ayuno; las sagradas Escrituras del Antiguo y Nuevo Testamento abogan en favor de esta santa práctica. Podemos también afirmar que la tradición de todos los pueblos la corrobora, porque la idea de que el hombre puede apaciguar la divinidad sometiendo su cuerpo a la expiación, se adueñó del mundo, pues se halla en todas las religiones, aun las más alejadas de la pureza de las tradiciones patriarcales.


Precepto de la Abstinencia

San Basilio, San Juan Crisóstomo, San Jerónimo y San Gregorio Magno han declarado que el precepto a que fueron sometidos nuestros primeros padres, en el paraíso terrenal, era precepto de abstinencia y que por haber quebrantado esta virtud se precipitaron a sí mismos y a toda su descendencia en un abismo de calamidades. La vida de privaciones a que después se vió sometido el rey de la creación, venido a menos, en la tierra que no debía producir ya para él sino zarzas y espinas, mostró bien a las claras esa ley de expiación que el Creador ha impuesto justamente a los miembros rebeldes del hombre pecador. 

Hasta el diluvio conservaron nuestros abuelos su existencia con la exclusiva ayuda de los frutos de la tierra que arrancaban a fuerza de trabajo. Dignóse luego Dios permitirles se alimentasen de la carne de animales como para suplir a la mengua de fuerzas naturales. Entonces Noé, movido por el divino instinto, sacaba el jugo de la viña y se añadía un nuevo alivio a la fuerza del hombre.


Abstinencia de Carne y Vino

La naturaleza del ayuno se ha asentado sobre los diversos elementos que sirven al sostén de las fuerzas humanas, y por de pronto, debió de consistir en la abstinencia de la carne de animales, porque esa ayuda, ofrecida por la condescendencia divina, es menos rigurosamente necesaria para la vida. Durante muchos siglos, como lo vemos hoy día en las iglesias de Oriente, huevos y lacticinios fueron prohibidos porque provienen de sustancias animales; y también en el siglo XIX no eran permitidos en las iglesias latinas sino en virtud de dispensa anual más o menos general. Tal era aún el rigor de la abstinencia de carne, que no se suspendía el domingo en Cuaresma a pesar de la interrupción del ayuno, y los que habían alcanzado dispensa de los ayunos semanales quedaban sometidos a esta abstinencia, si no se sustraían a ella por otra dispensa especial.
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