lunes, 9 de marzo de 2015

Catecismo Romano del Concilio de Trento XVII



 



"CATECISMO ROMANO" 
DEL CONCILIO DE TRENTO

Traducción y notas de P. Pedro Martín Hernández
Biblioteca de Autores Cristianos (BAC), Madrid 1951




CAPITULO VI
EL ORDEN SAGRADO



I. NECESIDAD E IMPORTANCIA DEL ESTUDIO DE ESTE SACRAMENTO

Empezaremos por destacar el hecho de que los demás sacramentos se apoyan de alguna manera en el sacramento del orden, en cuanto que sin él, o no pueden existir, o no pueden ser administrados, o quedan privados de algunos de sus ritos sagrados y ceremonias solemnes. 

Presenta, por consiguiente, el estudio de este sacramento un interés particular:

a) Primeramente para los mismos sacerdotes, quienes cuanto más profundamente penetren en su conocimiento, más íntimamente conocerán y avivarán en ellos la gracia de la ordenación sagrada
b) En segundo lugar para todos cuantos han abrazado el estado clerical, que recabarán nuevo ardor en sus deseos de santidad y adquirirán nuevas perspectivas, que les faciliten el acceso a las demás órdenes sagradas. 

c) Y, por último, para todos los fieles, que comprenderán mejor el honor de que deben ser rodeados los ministros del Señor y cuan grande privilegio sea para ellos, si Dios se digna llamarles - o a alguno de sus hijos - al estado sacerdotal.

II. NATURALEZA DEL SACERDOCIO

A) Sublime dignidad

Veamos, ante todo, la sublime dignidad del sacerdocio. Los obispos y los sacerdotes son, en realidad, los intérpretes y embajadores de Dios, a quien visiblemente representan en la tierra y en cuyo nombre comunican a los hombres la ley y los misterios de vida. No cabe concebir aquí abajo misión ni dignidad más subliMc Con razón han sido llamados los sacerdotes, no simplemente ángeles (2), sino dioses, por ser ellos, entre los hombres, los portadores de la virtud y poder del Dios inmortal (3). 

Y si esto vale para los sacerdotes de todos los tiempos, tiene lugar evidentemente sobre todo en los de la Nueva Ley, a quienes ha sido conferido el poder supremo de consagrar y sacrificar el cuerpo y la sangre de Cristo y el de perdonar los pecados; poder misterioso y sin igual en la tierra, que trasciende toda capacidad de humana razón. Como Jesucristo fue enviado por el Padre4 y como los Doce fueron enviados por Cristo al mundo (5), del mismo modo los sacerdotes, dotados de sus mismos poderes divinos, son enviados cada día entre los hombres para la perfección consumada de los santos, para la obra del ministerio para la edificación del cuerpo de Cristo (Ep 4,12). 

B) Necesidad de la vocación

Es claro, por consiguiente, que tan sublime dignidad no puede ser conferida con ligereza a cualquiera, sino sólo a aquellos que den pruebas de poder llevarla dignamente por la santidad de su vida, por su doctrina, por su fe y prudencia: Ninguno se toma por sí este honor, sino el que es llamado por Dios, como Arón (He 5,4). 

Prácticamente es llamado por Dios quien sea llamado por los legítimos pastores de la Iglesia. Si alguno quisiese entrar en las filas de los ministros sagrados indebidamente, sin una vocación divina, incurriría en la palabra del Señor: Yo no he enviado a los profetas, y ellos corrían (Jer. 23,21). 

No cabe imaginar individuos más desgraciados, más miserables y más peligrosos para la Iglesia de Dios que semejantes intrusos. 

Y porque lo más importante de nuestras acciones es el fin que las inspira (establecido un buen fin, todo lo demás resultará perfecto), adviértase a quienes aspiran a las sagradas órdenes que no deben prefijarse en ellas nada que sea ajeno o indigno de tan alto ministerio. Éste es un punto tanto más importante cuanto que no faltan sobre él, especialmente hoy, extrañas aberraciones:

a) Tropezamos a veces con quienes se acercan al sacerdocio con la sola idea de procurarse lo necesario para vivir, no viendo en él más que una fuente de ganancias, un campo de sórdida especulación, como pueda serlo cual quier otro oficio o profesión humana. Y aunque, según la frase del Apóstol, es justo que el que sirve al altar viva del altar (1Co 9,13), sería, sin embargo, el más grave de los sacrilegios subir al altar por avidez de lucro. 

b) Otros se deciden a entrar en el orden sacerdotal por la ambición y apetito de honras y honores. 

c) Por último, algunos aspiran al sacerdocio con la sola mira de riquezas, de tal manera que, si no se les confiere un beneficio pingüe, no piensan más en las sagradas órdenes. 

Cristo en el Evangelio llama a todos éstos mercenarios B, y de ellos decía Ezequiel que se apacientan a sí mismos y no a sus rebaños T. La vergonzosa bajeza de tales individuos no sólo arroja una siniestra sombra sobre la sublime, dignidad sacerdotal, por la que el pueblo fiel termina despreciando como innoble al mismo sacerdote piadoso, sino que hace que ellos mismos no recaben de su sacerdocio más que lo que recabó Judas: su propia condenación. 

No hay más que una puerta real en la Iglesia para entrar dignamente, como llamados por Dios, en el sacerdocio: consagrarse a los oficios sacerdotales exclusivamente para servir a la gloria del mismo Dios. 

En realidad, el honor y servicio de Dios es un deber común a todos los hombres, inherente a nuestra condición de criaturas; deber al que hemos de consagrarnos - especialmente quienes hemos recibido la gracia bautismal- con todo corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas 8. Pero quienes se encaminan al sacerdocio deben proponerse no sólo buscar la gloria de Dios en todas las cosas (deber común a todos los hombres), sino celar con particular cuidado la gloria y el honor del Señor, consagrándose a vivir y a ejercitar santamente las cargas del ministerio sagrado a que pretenden dedicarse. 

Porque así como en un ejército todos los soldados obedecen las órdenes del jefe superior, mas debajo de éste hay oficiales y suboficiales, así también en la Iglesia, los consagrados por el sacramento del orden cumplen distintos oficios y ministerios entre el pueblo para que las almas rindan a Dios debidamente el obsequio que le es debido. 

C) Fundones sacerdotales

Son funciones propias de los sacerdotes:

a) Ofrecer el santo sacrificio por sí y por todo el pueblo cristiano (9). 

b) Predicar la palabra y la ley divina, exhortando y enseñando a los fieles a observarla con exactitud y alegría (10). 

c) Administrar los sacramentos, por los cuales se nos comunica y aumenta la gracia (11). 

En una palabra, los sacerdotes, separados y segregados del resto del pueblo, ejercen por las almas los más santos y sublimes ministerios. 

D) Poderes sacerdotales

Esto supuesto, analicemos cuanto a este sacramento se refiere, para que los aspirantes al sacerdocio comprendan el oficio y potestad sublime a que han sido llamados por Dios y todos caigamos en la cuenta del misterioso y sin igual poder comunicado por Dios a los ministros de su Iglesia. 

Divídese el poder sacerdotal en potestad de orden y potestad de jurisdicción. 

La potestad de orden es la relativa al cuerpo de Cristo en la Eucaristía; la de jurisdicción se ejerce en su Cuerpo místico; es la capacidad de gobernar y guiar a los fieles hacia la eterna bienaventuranza. 

La potestad de orden no se agota con la facultad de consagrar la Eucaristía. Implica también el ministerio santo de disponer y preparar a las almas para recibir el sacramento eucarístico, como todo lo demás que de alguna manera diga relación con la misma Eucaristía. 

La Escritura documenta ampliamente esta potestad. En San Juan dice el Señor: Como me envió mi Padre, así os envío yo. Recibid el Espíritu Santo; a quien perdonareis los pecados, les serán perdonados; a quienes se los retuviereis, les serán retenidos (Jn 20,21-23). Y en San Mateo: En verdad os digo, cuanto atareis en la tierra será atado en el cielo y cuanto desatareis en la tierra será desatado en el cielo (Mr. 18,18). Testimonios que, debidamente explicados conforme a la autorizada doctrina de los Padres, iluminarán grandemente la realidad de este sagrado poder sacerdotal. 

Es potestad, además, que supera infinitamente a todos los poderes sagrados que por ley natural competían a los ministros de las cosas santas. Porque también la época que precedió en la historia de la humanidad a la ley escrita debió tener un sacerdocio con poderes espirituales, como consta de hecho que tuvo una ley. Y, según el pensamiento paulino, estas dos realidades - sacerdocio y leyestán tan necesariamente unidas, que no puede existir la una sin el otro (12). Conociendo los hombres por instinto natural que Dios debe ser adorado, era lógico que cada colectividad tuviese sus ministros dedicados al culto divino con potestad y poderes de índole espiritual. 

Existía también, y con mayor razón, el sacerdocio en el pueblo de Israel. Mas los poderes espirituales de los sacerdotes, si bien ya muy superiores a los del sacerdocio de la ley natural; fueron infinitamente inferiores a los de los sagrados ministros de la Ley evangélica (13). Éstos están dotados de una potestad esencialmente divina, superior por su eficacia a la de los mismos ángeles, que tiene su origen no en Moisés, sino en el mismo Jesucristo, Sacerdote Sumo según el orden de Melquisedec. Poseyendo Él el sumo poder de conferir la gracia y de perdonar los pecados, quiso dejarlo a su Iglesia, que lo ejercita por medio de los sacerdotes en la administración de los sacramentos.


III. SIGNIFICADO DEL NOMBRE

Los ministros designados para ejercer estos divinos poderes son consagrados en la Iglesia con especiales y solemnes ritos. Esta consagración se llama sacramento del orden o sagrada ordenación; expresiones usadas constantemente por los Padres para significar la sublime dignidad de los ministros de Dios. La palabra "orden", en su riguroso y preciso significado, expresa la distribución de los seres superiores e inferiores coordinados y jerarquizados entre sí en una recíproca relación. Y ha sido oportunamente aplicada al ministerio sagrado, que consta en efecto de muchos grados y distintas funciones, jerárquicamente distribuidas según una estrecha relación de subordinación.


IV. VERDADERO Y PROPIO SACRAMENTO

El Concilio de Trento afirma que la sagrada ordenación debe contarse entre los verdaderos Sacramentos de la Iglesia (14), aplicando a ella el mismo concepto y argumento esencial para todos los sacramentos. 

Sacramento, hemos repetido ya varias veces, es un signo de cosa sagrada; en él los actos externos y sensibles significan y expresan la interior eficacia que obra la gracia en el alma de quien los recibe. Ahora bien, el sagrado orden realiza en sí mismo todos estos elementos. Luego es un verdadero y propio sacramento. 

Cuando el obispo entrega al ordenado de sacerdote el cáliz con vino y agua y la patena con la hostia, le dice: "Recibe la potestad de ofrecer el sacrificio... ", etc. La Iglesia ha enseñado siempre que por estas palabras, mientras se hace la entrega de la materia sensible, se confiere la efectiva potestad de consagrar la Eucaristía y se imprime en el alma el carácter, con la adjunta gracia

necesaria para el válido y legítimo ejercicio de este ministerio (15). Asi lo expresa claramente San Pablo en aquellas palabras a Timoteo: Te amonesto que hagas revivir la gracia de Dios que hay en ti por la imposición de mis manos. Que no nos ha dado Dios espíritu de temor, sino de fortaleza, de amor y de templanza (2Tm 1,6-7).


V. ÓRDENES MAYORES Y MENORES

"Siendo cosa divina - en frase del Concilio - el ministerio de tan santo sacerdocio, fue conveniente para su más digno y santo desarrollo que la legislación eclesiástica pensase en establecer una jerarquía que desde la tonsura clerical ascendiese por grados a las órdenes menores y mayores (16). Según la constante tradición de la Iglesia estos órdenes son siete: ostiariado, lectorado, exorcistado, acolitado, subdiaconado, diaconado y sacerdocio. 

La jerarquía de estos órdenes está determinada por la relación de cada uno de ellos con el sacrificio de la misa y con la administración de la Eucaristía, para lo cual fueron instituíais. 

Se dividefi en "mayores" o sagrados, y "menores". A los primeros pertenecen el sacerdocio, el diaconado y el subdiaconado; a los segundos, los restantes. Diremos unas palabras de cada uno de ellos.

A) Tonsura

La sagrada tonsura no es propiamente un orden, sino "una preparación para recibir las órdenes". Del mismo modo que nos preparamos para el bautismo con los exorcismos, y para el matrimonio con los esponsales, también la tonsura, consagrando al candidato a Dios con el corte del cabello - símbolo de lo que deberá ser en su vida - abre la puerta para el sacramento del orden (17). 

El tonsurado queda convertido en "clérigo". Este nombre significa que en adelante Dios constituirá su elección y su herencia. A quienes en el pueblo hebreo eran destinados al culto divino prohibió el mismo Dios se les asignase parte alguna en la división de la Tierra Prometida, diciéndoles: Soy yo tu parte y tu heredad en medio de los hijos de Israel (Num. 18,20). Porque si es cierto que Dios es la heredad de todos los hombres, no lo es menos que debe serlo de manera muy especial para quienes se han consagrado al ministerio sagrado. 

Realízase la tonsura con el corte de los cabellos en forma de corona. Esta corona debe conservarse perpetuamente (18) y agrandarse a medida que el tonsurado asciende a los restantes órdenes superiores. 

Tal práctica parece remontarse a los tiempos apostólicos. De ella nos hablan Padres tan antiguos como San Dionisio Areopagita (19), San Agustín (20) y San Jerónimo (21). Y algunos de estos escritores afirman que introdujo este rito el mismo Príncipe de los Apóstoles en memoria de la corona de espinas impuesta a Cristo en la pasión, para que los apóstoles llevaran como honor y gloria lo que los judíos inventaron para vergüenza y martirio del Salvador y para significar que todos los ministros de la Iglesia deben reproducir fielmente en sí la imagen y el ejemplo de Jesucristo. 

Otros Padres ven simbolizada en esta señal exterior la dignidad real de los que han sido llamados al soberano servicio de Dios. A nadie mejor que a los sagrados ministros convienen con toda propiedad y evidencia las expresiones con que San Pedro designaba a todo el pueblo cristiano: "Vosotros sois linaje escogido, sacerdocio real, nación santa" (1P 2,9). 

Algunos por fin sostienen que la forma circular de la tonsura - la más perfecta de todas las formas - simboliza la profesión más perfecta de vida, que han abrazado los clérigos; y que el corte de los cabellos - cosa vana y superflua en el hombre - expresa el desprecio y la renuncia al mundo exterior, con todas sus vanidades, y el apartamiento del alma de todas las preocupaciones terrenas

B) Ostiariado

A la tonsura sigue como primer grado de las órdenes el ostariado. 

Oficio del ostiario era en los primeros tiempos custodiar las llaves del templo y cerrar sus puertas, no permitiendo su acceso a él a quienes no tenían el derecho de hacerlo. Asistía también al santo sacrificio de la misa, vigilando que nadie se acercase demasiado al altar y molestase al sacerdote en su celebración. 

Otras incumbencias del ostiario pueden colegirse del ceremonial de su ordenación. El obispo, entregándole las llaves tomadas del altar, le dice: "Pórtate como quien ha de dar cuenta a Dios de las cosas que guardan estas llaves". 

Puede darnos una idea de la antigüedad de este orden en la Iglesia el hecho de que aun hoy el oficio de tesorero o custodio de la sacristía - que antiguamente competía al ostiario - es un título de honor en la Iglesia.

C) Lectorado

El segundo grado del orden es el lectorado. 

Al lector pertenecía leer en la iglesia en voz alta los iibros de la Sagrada Escritura, especialmente las lecciones intercaladas en los maitines. 

Era también incumbencia suya la primera instrucción cristiana de los catecúmenos. Por eso el obispo en su ordenación, entregándole el libro de la Sagrada Escritura en presencia del pueblo, le dice: "Recibe y sé promulgador de la palabra de Dios, teniendo parte con aquellos que desde el principio administraron bien la palabra divina si fielmente y con provecho cumplieres tu oficio".

D) Exorcistado

El tercer grado del orden es el exorcistado. 

Al exorcista se le confiere la potestad de invocar el nombre de Dios sobre los endemoniados. Por esto el obispo, al ordenarles, les presenta el libro que contiene los exorcismos y les dice: "Tomad y aprendedlo de memoria y recibid potestad de imponer las manos sobre los energúmenos, ya sean bautizados, ya catecúmenos".

E) Acolitado

El cuarto y último de los órdenes menores es el acolitado. 

Oficio del acólito es asistir y ayudar a los ministros mayores - diácono y subdiácono - en el sacrificio del altar. Llevan además y custodian las luces encendidas durante la celebración de la santa misa, especialmente durante la lectura del evangelio. Por esto se les llama también "ceroferarios". 

El obispo, al ordenarles, les amonesta primero solemnemente sobre sus deberes, después entrega a cada uno una vela, diciéndoles: "Tomad el candelero con la vela y sabed que os dedicáis a encender las luces de la Iglesia en el nombre del Señor. " Por último les hace tocar las vinajeras vacías, en las que se administra el agua y el vino para el sacrificio, diciéndoles: "Tomad las vinajeras para servir el vino y el agua para la sangre de Cristo en la Eucaristía en el nombre del Señor".

F) Subdiaconado

Es el primero de los órdenes mayores o sagrados. 

Oficio del subdiácono es - como su mismo nombre indica - servir al diácono en el altar. Prepara los corporales, el cáliz, el pan y el vino para la celebración de la misa; ofrece el agua al obispo y al sacerdote cuando se lavan las manos; canta la epístola, que antiguamente era leída por el diácono, y asiste como testigo a todo el desarrollo del divino sacrificio, cuidándose de que nadie moleste al sacerdote durante su celebración. 

Las solemnes ceremonias de su ordenación ponen de relieve los santos ministerios del subdiaconado. El obispo le advierte en primer lugar que el sagrado orden va unido a la ley de la castidad perfecta, y que ninguno será admitido en él si no promete con voluntad libre guardarla in - condicionalmente. Luego, después de recitar solemnemente las letanías, enumera y comenta los oficios y obligaciones del subdiaconado. Terminado lo cual, cada uno de los ordenados recibe del obispo el cáliz y la sagrada patena, y del arcediano (para significar que el subdiácono ha de servir al diácono en su oficio) las vinajeras llenas de vino y agua, con la palangana y la toalla, mientras el obispo pronuncia estas palabras: "Considerad qué ministerio se os entrega; por tanto, os amonesto que os conduzcáis en él de modo que podáis agradar a Dios. " Siguen otras oraciones. Y por último, después de imponer al subdiácono los ornamentos sagrados, con especiales fórmulas y ceremonias para cada uno de ellos, el obispo les entrega el libro de las Epístolas, cliciéndoles: "Tomad el libro de las epístolas y tened potestad de leerlas en la santa Iglesia de Dios, así por los vivos como por los difuntos. "

G) Diaconado

El segundo de los órdenes mayores es el diaconado, ministerio de más amplia función y de más insigne santidad que el subdiaconado. 

Pertenece al diácono seguir siempre al obispo, asistiéndole mientras predica, como también al sacerdote cuando celebra o administra los sacramentos, y cantar el evangelio en la Misa solemne. 

Antiguamente pertenecía también al diácono el amonestar a los fieles sobre la asistencia y debida atención en las sagradas funciones, distribuir la Eucaristía bajo la especie de vino (22) y administrar los bienes eclesiásticos, proveyendo a cada uno lo necesario para sus necesidades. 

Debían también los diáconos vigilar - como ojos del obispo - sobre la vida religiosa de la comunidad cristiana y sobre la frecuencia de los fieles a las funciones litúrgicas, advirtiendo de todo ello al obispo para que éste pudiera hacer a cada uno las debidas admoniciones en secreto o en público, según lo juzgara más oportuno. 

Debían por último llevar nota de los catecúmenos y presentar al obispo los nombres de quienes habían de ser ordenados. En ausencia del obispo y del sacerdote, podían también explicar el Evangelio, mas no desde el pulpito, para significar la excepcionalidad de este oficio. 

San Pablo nota cuidadosamente la obligación de impedir a los indignos el acceso a este sagrado orden, prescribiendo a Timoteo las costumbres, virtudes y pureza de vida que deben adornar a los diáconos (23). 

Suficientemente lo significan también los ritos y ceremonias solemnes con que son ordenados por el obispo. Usando oraciones más largas y más fervientes que en la ordenación del subdiácono, reviste al ordenando con nuevos ornamentos. Impónele, además, las manos, como hicieron los apóstoles - según los Hechos - en la ordenación de los primeros diáconos (24). Por último, le entrega el libro de los Evangelios, diciendo: "Recibe la potestad de leer el Evangelio en la Iglesia de Dios, así por los vivos como por los difuntos, en el nombre del Señor.

H) Sacerdocio

El tercer y supremo grado de las órdenes mayores es el sacerdocio. 

Con dos nombres suelen designar los Padres de la Iglesia a quienes lo reciben; unos les llaman presbíteros (palabra que en su etimología griega equivale a "anciano"), no sólo por la necesaria madurez de los años, sino mucho más por la gravedad de costumbres, doctrina y prudencia indispensables, según aquéllo del Salmo: Que la honrada vejez no es la vida de los muchos años, ni se mide por el número de días. La prudencia es la verdadera canicie del hombre, y la verdadera ancianidad es una vida inmaculada (Sg 4,8-9). Otros les designan con el nombre de sacerdotes, porque están consagrados a Dios y porque tienen poder para administrar los sacramentos y tratar las cosas santas y divinas. 

La Sagrada Escritura distingue un doble sacerdocio: uno interno y otro externo.

1) SACERDOCIO INTERNO. -

Pertenece a todos los fieles en virtud del bautismo, y especialmente a los justos, que poseen el espíritu de Dios y se convierten por la gracia en miembros vivos de Cristo, Sumo Sacerdote. En virtud de este sacerdocio, los fieles, con una fe inflamada de caridad, ofrecen a Dios víctimas espirituales sobre el altar de su alma. Son todas las obras buenas y enderezadas a la gloria de Dios. El Apocalipsis dice: Jesucristo nos ama, y nos ha absuelto de nuestros pecados por la virtud de su sangre, y nos ha hecho un reino y sacerdotes de Dios, su Padre (Apoc. 1,5-6). Y el Príncipe de los Apóstoles: Vos - otros, como piedras vivas, sois edificados en casa espiritual por Jesucristo (1P 2,5). San Pablo nos exhorta igualmente: Os ruego, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, que ofrezcáis vuestros cuerpos como hostia viva, san ta, grata a Dios; éste es vuestro culto racional (Rm 12,1). Y mucho antes David: El 'Sacrificio grato a Dios es un corazón contrito. Tú, ¡oh Dios!, no desdeñes un corazón contrito y humillado (Ps 50,19). Testimonios todos que evidentemente se refieren al sacerdocio interior.

2) SACERDOCIO EXTERNO. -

El sacerdocio exterior, en cambio, no pertenece indistintamente a todos los fieles, sino sólo a un restringido número de elegidos, ordenados y consagrados a Dios por la legítima imposición de las manos y las solemnes ceremonias de la Iglesia y destinados a ejercer específicos ministerios sagrados (25). 

La distinción de este doble sacerdocio puede verse ya en el Antiguo Testamento. Del interior nos hablaba el citado texto de David. Y son conocidos los graves preceptos impuestos por Dios a Moisés y a Arón para el ejercicio del sacerdocio externo (26). A él estaba destinada toda la tribu de Leví para servicio del templo, con prohibición taxativa de que ninguna otra tribu se arrogase estas funciones sacerdotales (27). Tanto que el mismo rey Ozías fue castigado por Dios con la lepra por haber usurpado un oficio sacerdotal, pagando gravísimamente su arrogante sacrilegio (28). Y en el Evangelio se conserva claramente esta misma distinción de sacerdocio. 

Aquí nos referimos exclusivamente al sacerdocio externo, conferido a determinados hombres, porque sólo éste es el que corresponde al sacramento del orden. 

Los oficios de los sacerdotes son: ofrecer a Dios el sacrificio de la misa y administrar los sacramentos instituidos por Jesucristo. 

Estos oficios están claramente expresados en las ceremonias de la ordenación. El obispo que consagra al nuevo sacerdote, primeramente le impone las manos, a la vez que todos los sacerdotes presentes. Después, poniéndole la estola sobre los hombros, la hace bajar sobre el pecho en forma de cruz, significando con ello que el sacerdote recibe del cielo la fuerza necesaria para llevar la cruz de Cristo y el yugo de la divina ley, de la cual él ha de ser abanderado, no sólo con la palabra, sino, y sobre todo, con el ejemplo elocuente de su santa vida. Le unge después las manos con el óleo santo y le entrega el cáliz con el vino y la patena con la hostia, diciéndole: "Recibe la potestad de ofrecer el sacrificio a Dios y de celebrar misas tanto por los vivos como por los difuntos". Queda constituido así el sacerdote representante y mediador entre Dios y los hombres, y ésta constituirá su suprema misión sobre la tierra. Por último, imponiéndole por segunda vez las manos sobre la cabeza, el obispo le dice: "Recibe el Espíritu Santo; a aquellos a quienes perdonares sus pecados, les serán perdonados, y aquellos a quienes se los retuvieres, les serán retenidos", confiriéndole así aquella divina potestad de atar y desatar los pecados que concedió Cristo a los Doce (29). 

3) GRADOS DIVERSOS DEL SACERDOCIO. - Aunque es único el sacerdocio en la Iglesia, reviste, sin embargo, múltiples grados de autoridad y dignidad. 

1. ° Un primer grado está constituido por los simples sacerdotes, cuyas sagradas atribuciones acabamos de exponer. 

2. ° El segundo grado es el de los obispos, puestos a la cabeza de cada una de las diócesis para gobernar a los demás ministros de la Iglesia y a los fieles, cuidando con el máximo celo y diligencia de su eterna salvación. Por esto en las Sagradas Escrituras se les da frecuentemente el nombre de pastores. Su oficio está descrito por San Pablo en su discurso a los de Éfeso, que nos refieren los Hechos (30). También San Pedro en su primera Carta formula una regla divina del ministerio episcopal (31) ; regla que los obispos deberán tener siempre muy presente para ser efectivamente buenos pastores. Llamárnosles también pontífices, término tomado del paganismo, en el que eran llamados pontífices los príncipes de los sacerdotes. 

3. ° El tercer grado es el de los arzobispos, que presiden a varios obispos. Se les llama también "metropolitanos", por ser prelados de ciudades consideradas como "madres" (matrices) de otras ciudades en la misma provincia. Les pertenecen, por derecho, honores y poderes superiores a los de los obispos, aunque en nada se diferencian de ellos en cuanto a la sagrada ordenación. 

4. ° El cuarto es el de los patriarcas, primeros y supremos Padres. Antiguamente, fuera del Sumo Pontífice, no había en la Iglesia más que cuatro patriarcas, diferentes todos ellos en dignidad. El primero era el de Constan - tinopla, el cual, aunque fue el último al que se concedió el honor patriarcal, era considerado el superior en dignidad, por serlo de la ciudad capital del Imperio. Seguíale después el de Alejandría, iglesia fundada - por mandato de San Pedro - por San Marcos Evangelista. El tercero era el de Antioquía, primera silla del Príncipe de los Apóstoles. Y, por último, el de Jerusalén, cuya sede gobernó Santiago, hermano (primo) del Señor. 

5. ° A la cabeza de todos, y sobre ellos, ha reconocido y venerado siempre la Igesia católica al Sumo Pontífice Romano, a quien en el Concilio de Éfeso San Cirilo llama "Arzobispo, Padre y Patriarca de toda la tierra". El Sumo Pontífice es el obispo de Roma, y, sentado sobre la Cátedra de Pedro, reviste el más alto grado de dignidad y el más vasto ámbito de jurisdicción; y ello no por concesión de constituciones conciliares, o de decretos humanos, sino por divina investidura. Él es Padre y Pastor de todos los fieles y de todos los obispos, cualquiera sea su función y potestad. Como sucesor de Pedro y vicario legítimo de Jesucristo, preside a la Iglesia universal.

VI. MINISTRO DEL ORDEN

La administración del sacramento del orden es de derecho exclusivo del obispo, como consta y puede probarse ampliamente en la Sagrada Escritura, en la constante tradición eclesiástica, en los testimonios unánimes de los Padres y en los decretos conciliares (32). 

El hecho de que en determinados casos haya sido concedida a los abades la facultad de conferir órdenes menores, nunca mayores (33), en nada se opone al principio de que la administración del sacramento del orden es prerrogativa ordinaria y exclusiva de los obispos. Únicamente ellos pueden conferir las órdenes mayores del subdiaconado, diaconado y presbiterado. 

Los obispos, según traJición apostólica constantemente observada en la Iglesia, son consagrados por tres obispos.

VII. SUJETO DEL ORDEN

Réstanos ver quiénes son los sujetos idóneos capaces de recibir este sacramento, especialmente el orden sacerdotal, y cuáles son las dotes que deben presentar para poder ser admitidos a tan sublime dignidad. 

Fácilmente se comprenderá que en este sacramento debe procederse en la elección del sujeto con extraordinaria cautela, si se piensa que los demás confieren a quienes los reciben una gracia de santificación personal, mientras que en éste se confiere una gracia que los ordenandos, a través del sagrado ministerio, deben participar a los demás fieles. 

Y ésta es la razón por la que la Iglesia, según antiquísima costumbre litúrgica, únicamente celebra las sagradas ordenaciones en determinados días solemnes, y quiere que vayan precedidas de especiales plegarias y ayunos por parte de los fieles; que el pueblo cristiano considere como el supremo de todos sus intereses el implorar de Dios que los sagrados ministros del altar sean diqnos y capaces, por la santidad de sus vidas, de desempeñar su santo ministerio con provecho para la Iglesia y para las almas. 

1. ° El aspirante al sacerdocio debe ante todo distinguirse por su intearidad de vida y pureza de costumbres (34), no sólo porque incurriría en gravísimo sacrilegio quien osase acercarle a las sagradas órdenes con conciencia de pecado mortal, sino porque toda la vida del sacerdote debe resplandecer ante el pueblo como lámpara ardiente de virtud y de inocencia. 

San Pablo insiste vigorosamente en sus Epístolas a Tito y a Timoteo (35) sobre los requisitos necesarios en los ministros saarados. Y la Iqlesia católica aplica a sus sacerdotes, en sentido estrictamente espiritual, la prohibición que en el Antiguo Testamento, y por mandato divino, excluía del sagrado ministerio a quienes tenían determinados defectos físicos (36). Una antigua costumbre eclesiástica exige que los ordenandos precedan sus órdenes con una diligente confesión. 

2. ° El sacerdote debe poseer además una ciencia perfecta, no sólo de cuanto se refiere a la administración de los sacramentos, sino también de la Sagrada Escritura y de la doctrina cristiana, para poder enseñar al pueblo los misterios de la fe y los mandamientos de la ley divina y estimular las almas a la virtud y a la piedad, apartándolas del pecado (37). 

Porque dos son los principales oficios del sacerdote: administrar los sacramentos e instruir en la religión cristiana a los fieles que tienen encomendados. El profeta Mala - quias dice: Los labios del sacerdote han de guardar la ¡sabiduría y de su boca ha de salir la doctrina, porque es un enviado de Yave Sabaot (Mal. 2,7). Y si puede cumplir el primer oficio con una ciencia mediocre, no así el segundo, que exige una ciencia profunda. Sin que esto signifique que todos los sacerdotes han de poseer una misma cultura y extraordinaria erudición, ya que no todos habrán de ser destinados a cargos de especiales exigencias. 

3. ° No puede ser conferido el sacramento del orden a los niños ni a los locos o exaltados, privados del uso de la razón; aunque, en el caso de que se les administrase, se les imprimiría igualmente el carácter sacramental. 

Los decretos del Concilio de Trento fijan expresamente la edad en que pueden ser conferidas cada una de las órdenes (38). "

4. ° Deben también excluirse de este sacramento los esclavos. Difícilmente podría dedicarse al culto divino quien no es dueño de su persona ni de sus actos (39). 

5. ° Tampoco pueden ser admitidos los sanguinarios y homicidas, que por ley eclesiástica son irregulares (40). 

6. ° Igualmente deben excluirse todos aquellos que no han nacido de legítimo matrimonio (41). Ha sido siempre criterio constante de la Iglesia que sus ministros sagrados no tengan absolutamente nada, en sí o en sus vidas, que pueda exponerles al desprecio o a la irrisión. 

7. ° Por último, deben ser rechazados también los físicamente deformes o defectuosos, porque su falta o deformidad constituiría una repugnancia y a veces un obstáculo para la administración de los sacramentos (42).

VIII. EFECTOS DEL SACRAMENTO

Veamos por último los efectos de este sacramento. 

Si bien es cierto que el orden sagrado tiene como fin principal la utilidad general de la Iglesia, también lo es que confiere a quien lo recibe los siguientes dones:

1) La gracia santificante, con la cual se hace idóneo para cumplir rectamente su oficio y administrar los sacramentos, lo mismo que la gracia del bautismo cc. ncede a las almas la capacidad de recibirlos. 

2) La gracia de un especial poder respecto al sacramento de la Eucaristía. Plenitud de poder en el sacerdote, que puede consagrar el cuerpo y la sangre del Señor; y la gracia mayor o menor en los ministros inferiores, según que el orden recibido por cada uno les acerque más o me nos al servicio del sacramento eucarístico. 

3) Esta gracia especial constituye el carácter. Por él los ordenandos se distinguen de los simples fieles, en virtud de una señal interior impresa en sus almas, que les vincula al culto divino. A esto quizá alude San Pablo cuando escribe a Timoteo: No descuides la gracia que posees, que te fue conferida, en medio de buenos augurios, con la imposición de manos de los presbíteros (1Tm 4,14). 

Y en otro lugar: Por esto te amonesto que hagas revivir la gracia de Dios que hay en ti por la imposición de mis manos (2Tm 1,6) (43). 

Y basten estas sencillas reflexiones sobre el sacramento del orden, con las que los sacerdotes podrán formar a los fieles en la piedad cristiana (44).

NOTAS:

(1) Te amonesto que hagas revivir la gracia de Dios que hay en ti por la imposición de mis manos (2Tm 1,6). 
(2) Los labios del sacerdote han de guardar la sabiduría, y de su boca ha de salir la doctrina, porque es un ángel de Yavé Sebaot (Mal. 2,7). 
(3) Cf. Ex 22,27-28. 
(4) Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para que juzgue al mundo, sino pata que el mundo sea salvo por Él (Jn 3,17). El que no honra al Hijo, no honra al Padre, que le envió (Jn 5,23). 
(5) Como me envió mi Padre, así os envío yo (Jn 20,21). 
(6) Yo soy el buen pastor. El buen pastor da su vida por las
ovejas; el asalariado, el que no es pastor, dueño de las ovejas, ve venir al lobo y deja las ovejas y huye, y el lobo arrebata y dispersa las ovejas, porque es asalariado y no se cuida de las ovejas (Jn 10,12-13). 
(7) Fuéme dirigida la palabra de Yavé, diciendo: hijo de hombre, profetiza contra los pastores de Israel. Profetiza diciéndo - les: Así habla el Señor, Yavé: ¡Ay de los pastores de Israel, que se apacientan a sí mismos! ¿Los pastores no son para apacentar el rebaño? Pero vosotros coméis su grosura, os vestís de su lana, matáis lo que engorda, no apacentáis a las ovejas. No confortasteis a las flacas, no curasteis a tas enfermas, no vendasteis a las heridas, no redujisteis a las descarriadas, no buscasteis a las perdidas, sino que las dominabais con violencia y con dureza. Y así andan perdidas mis ovejas por falta de pastor, siendo presa de todas las fieras del campo (Ez 34,1-5). 
(8) Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Éste es el más grande y el primer mandamiento (Mt 22,37). 
(9) Todo pontífice tomado de entre los hombres, en favor de los hombres es instituido para las cosas que miran a Dios, para ofrecer ofrendas y sacrificios por los pecados, para que pueda compadecerse de los ignorantes y extraviados, por cuanto él está también rodeado de flaqueza, y a causa de ella debe por sí mismo ofrecer sacrificios por los pecados, igual que por el pueblo (He 5,1-3). 
(10) Para que sepáis discernir entre lo santo y lo profano, entre lo puro y lo impuro, y enseñar a los hijos de Israel todas las leyes que por medio de Moisés les ha dado Yave (Lv 10,11). 
Si una causa te resultare difícil de resolver, entre sangre y sangre, entre contestación y contestación, entre herida y herida, objeto de litigio en tas puertas, te levantarás y subirás al lugar que Yave, tu Dios, haya elegido, y te irás a los sacerdotes hijos de Leví, al juez entonces en funciones, y le consultarás; él te dirá la sentencia que haya de darse conforme a derecho. Obrarás según la sentencia que te hayan dado en el lugar que Yave ha elegido, y pondrás cuidado en ajusfarte a lo que ellos te hayan enseñado (Deut. 17,8-10). 
(11) Porque yo he recibido del Señor lo que os he transmitido: que el Señor Jesús, en la noche en que fue entregado, tomó el pan y, después de dar gracias, lo partió y dijo: Ésto es mi cuerpo, que se da por vosotros; haced esto en memoria mía (1Co 11,23-24). 
(12) Mudado el sacerdocio, de necesidad ha de mudarse también la ley (He 7,12). 
(13) El apóstol San Pablo nos ha dejado magistralmente expuestas la diferencia y superioridad del sacerdocio evangélico sobre el levítico en su Epístola de los Hebreos:
El levítico ejercía su ministerio en el tabernáculo de la tierra donde, según la Escritura (), moraba el Señor en medio de su pueblo; Jesucristo ejerce su sacerdocio en el tabernáculo del cielo, en la presencia del Padre, donde está intercediendo siempre por nosotros:
Tenemos un Pontílice que está sentado a la diestra del trono de la Majestad de los cielos; ministro del santuario y del tabernáculo verdadero, hecho por el Señor, no por el hombfe (He 8,1-2). 
El levítico respondía a una alianza sinaítica; el de Cristo, a una alianza nueva, espiritual, que supone la abrogación de la antigua, según lo habían anunciado los profetas:
Pues, si la perfección viniera por el sacerdocio levítico (pues bajo él recibió el pueblo la Ley), ¿qué necesidad había de suscitar otro sacerdote según el orden de Melquistdec, y no denominarlo según el orden de Arón... ?
De aquéllos fueron muchos los sacerdotes, por cuanto la muerte les impidió permanecer; pero éste, por cuanto permanece para siempre, tiene un sacerdocio perpetuo,, Y es, por tanto, perfecto su poder de salvar a los que por El se acercan a Dios, y siempre vive para ínter' ceder por ellos. 
Y tal convenia que fuese nuestro Pontífice, santo, inocente, inmaculado, apartado de los pecadores y más alto que los cielos; que no necesita, como los pontífices, ofrecer cada día víctimas, primero por sus pecados y luego por los del pueblo, pues esto lo hizo una sola vez, ofreciéndose a sí mismo. En suma: la Ley hizo pontífices a hombres
débiles, pero la palabra del juramento que sucedió a la Ley, instituyó al Hijo para siempre perfecto (He 7,11 He 23-28). 
Los sacrificios de animales que ofrecían los sacerdotes de la Ley antigua no tenían valor por sí mismos, sino en cuanto expresaban la devoción de los oferentes. Su valor era, pues, muy limitado, y no podían expiar los pecados y dar al hombre la justicia perfecta con que se merece la gloria. Pero Jesucristo, Hijo de Dios, en virtud de la dignidad infinita de su persona y de la perfectísima devoción con que se ofreció a la muerte por cumplir la voluntad del Padre, realizó un sacrificio perfecto, de valor infinito, en favor de la humanidad entera. El sacrificio de la misa que cada día se celebra en la iglesia no es otro que el sacrificio de Jesucristo, que, según su mandato, se renueva para conmemorar el suyo y aplicar a los hombres los méritos infinitos que Él alcanzó:
Pues como la Ley es la sombra de los bienes futuros, no la verdadera realidad de las cosas, en ninguna manera puede con los sacrificios que cada año sin cesar le ofrecen, siempre los mismos, perfeccionar a quienes los ofreccn... 
Y mientras que todo sacerdote asiste cada día para ejercer sus mi' nisterios y ofrecer muchas veces los mismos sacrificios, que nunca pueden quitar los pecados. Este, habiendo ofrecido un sacrificio por los pecados, para siempre se sentó a la diestra de Dios... De manera que con una sola obligación perfeccionó para siempre a los santificados (He 10,1 He 11-14) (NÁCAR - COLUNGA, Sagrada Biblia, p. 1476-1479). 
(14) La mayor parte de los protestantes de todos los tiempos han puesto especial interés en negar y menospreciar la existencia de una verdadera y sagrada jerarquía en la Iglesia de Cristo. Pero sus más enconados tiros han ido siempre dirigidos contra la auténtica sacramentalidad del orden. 
Según unos - los más rabiosos enemigos del sacerdocio católico-, se trata de una mera invención de los hombres, "hombres inexpertos en asuntos eclesiásticos". Según otros, los más benignos, el sacerdocio no es más que uno de tantos servicios necesarios en la comunidad, un género de rito, a lo sumo, por el que se seleccionan los ministros de la palabra de Dios y de los sacramentos. 
Posteriormente, los modernistas pretenderán derivar la doctrina católica del sacramento del orden de un lógico proceso de la historia. Según antiquísima costumbre de la Iglesia - di-
cen-, el jefe de la comunidad cristiana debía presidir las funciones litúrgicas; poco a poco, estos presidentes fueron desempeñando nuevos ministerios, actualmente atribuidos a los sacerdotes. Y sólo por este proceso histórico se llegó al concepto actual de sacramento. 
Contra unos y otros ha fulminado la Iglesia sus más graves anatemas:
"Si alguno dijere que el Orden, o sea la sagrada ordenación no es verdadera y propiamente Sacramento, instituido por Cristo Nuestro Señor, o que es una invención humana, excogitada por hombres ignorantes de las cosas eclesiásticas, o que es sólo un rito para elegir a los ministros de la palabra de Dios y de los Sacramentos, sea anatema"^. Trid., s. XXIII, c. 3, del Sacramento del Orden: D 963). 
"Si alguno dijere que con las palabras: "Haced esto en memoria mía" (Lc 22,19) Cristo no instituyó sacerdotes a sus apóstoles, o que no les ordenó que ellos y los otros sacerdotes ofrecieran su cuerpo y su sangre, sea anatema" (C. Trid., ses. XXII, c. 2 sobre el Sacrificio de la Misa: D 949). 
"Cuando la cena cristiana fue tomando poco a poco carácter de acción litúrgica, los que acostumbraban presidir la cena adquirieron carácter sacerdotal" (error condenado por el Decreto del Santo Oficio Lamentabili, a. 1907: D 2049). 
"Si alguno dijere que por la sagrada ordenación no se da el Espíritu Santo, y que por lo tanto en vano dicen los obispos: Recibe el Espíritu Santo", o que por ella no se imprime carácter; o que aquel que una vez fue sacerdote puede nuevamente convertirse en laico, sea anatema" (Trid., ses. XXIII, c. 4, del Sacramento del Orden: D 964). 
(15) Los teólogos católicos habían discutido hasta ahora sobre cuál de las varias ceremonias con que se ordena a los ministros de la Iglesia era la esencial; es decir, puesta ella, se tiene ya el sacramento (en las órdenes que ciertamente son sacramento: diaconado, presbiterado y episcopado), aunque todas las demás se omitan. 
A tres principalmente se reducían las sentencias de los teólogos:
1) Para unos era la imposición de las manos. 
2) Para otros, la entrega del libro en el diaconado y episcopado, y la del cáliz y patena, con el agua, vino y forma, en el presbiterado. 
3) Otros, finalmente, exigían como esenciales una y otra ceremonia: la imposición de las manos y la entrega del libro, cáliz y patena. 
Hoy día, después de la decisión formal de Pío XII en la constitución apostólica Sacramentum Ordinis, del 30 de noviembre de 1947 (AAS (1948) 6ss. ), no cabe discrepancia. El Sumo Pontífice ha zanjado la cuestión: "Con nuestra suprema autoridad declaramos y en cuanto se requiere decretamos y disponemos que la única materia en la ordenación de los diáconos, presbíteros y obispos es la imposición de manos". Y, puesto que en la ordenación de los sacerdotes hay tres imposiciones de manos, el documento pontificio concreta que la materia de la ordenación es la primera, que se hace en silencio, y no su continuación con la diestra extendida sobre los que reciben el presbiterado; ni la última, en que se les dice: "Recibid el Espíritu Santo. A aquellos a quienes perdonareis sus pecados, les serán perdonados..., etc. "
(16) C. Trid., ses. XXIII, c. 2: D 958. Doctrina expresamente definida después en los cánones 6 y 2 de la misma sesión (D 966 y 962) :
"Sí alguno dijere que en la Iglesia Católica no existe una jerarquía, instituida por ordenación divina, que consta de obispos, presbíteros y ministros, sea anatema". 
"Si alguno dijere que, fuera del Sacerdocio no hay etn la Iglesia Católica otras órdenes, mayores y menores, por los que, como por grados se tiende al Sacerdocio, sea anatema". 
Mas quede bien claro que no hay varios sacramentos del orden, sino un solo orden conferido sucesiva y progresivamente por acciones espirituales distintas, pero formando un único todo moral. 
No se divide este sacramento como un todo en partes ni como un género en especies, sino como un todo potestativo, cuya naturaleza consiste en que el todo está enteramente en una de sus divisiones (el grado supremo: episcopado) y parcialmente en las demás. 
(17) Ni el Código de Derecho canónico ni el Concilio Tri - dentino incluye la tonsura en el número de las órdenes sagradas. 
(18) "Vistan todos los clérigos traje eclesiástico decente, se gún las costumbres admitidas en el país y las prescripciones del ordinario local. Lleven tonsura o corona clerical, si no aconsejan otra cosa las costumbres corrientes en los países" (CIC cn. 136; cf. 2379). 
(19) SAN DIONISIO, De Eccl. hierar., c. 6: MG 3,535. 
(20) SAN AGUSTÍN, Serm. de coníempíu mundi: MI. 40,1215. 
(21) SAN JERÓNIMO, Epist. ad Nepotianum: ML 22,527ss. 
(22) Los doce, convocando a la muchedumbre de los discípu - los, dijeron: No es razonable que nosotros abandonemos el ministerio de la palabra de Dios para servir a las mesas; elegid, hermanos, de entre vosotros, a siete varones estimados) de todos, llenos de espíritu y de sabiduría, a los que constituya' mos sobre este ministerio, pues nosotros debemos atender a la oración u al ministerio de la palabra (Ac 6,2-4). 
(23) Conviene que los diáconos sean honorables, exentos de doblez, no dados al vino ni a torpes ganancias; que guarden el misterio de la fe en una conciencia pura. Sean probados primero, g luego ejerzan su ministerio, si fueren irreprensibles (1Tm 3,8-10). 
(24) Fue recibida la propuesta (de elegir los diáconos) por toda la muchedumbre, y eligieron a Esteban, a Felipe..., ios cuales fueron presentados a los apóstoles, quienes, orando, les impusieron las manos (Ac 6,5-6). 
(25) "Si alguno dijere que en el Nuevo Testamento no existe un sacerdocio visible y externo, o que no se da potestad alguna de consagrar y ofrecer el verdadero cuerpo y sangre del Señor y de perdonar los pecados, sino isólo el deber y mero ministerio de predicar el Evangelio, y que aquellos que no lo predican no son absolutamente sacerdotes, sea anatema" (C. Trid., ses. XXIII el, del sacramento del orden; cf. D 957 y 960). 
(26) Cf. Ex. 28,29-40 y todo el sagrado libro del Levítico. 
(27) A Arón y a sus hijos les encomendarás las unciones de su sacerdocio; el extraño que se acercare al santuario será castigado con la muerte" (Núm. 3,10). 
(28) Cf. 2 Par. 26,19. 
(29) Recibid el Espíritu Santo: a quien perdonareis los pecados, les serán perdonados; a quienes se los retuviereis, les serán retenidos. (Jn 20,22-23). 
(30) Mirad por vosotros y por todo el rebaño, sobre el cual el Espíritu Santo os ha constituido obispos para apacentar la Iglesia de Dios, que Él adquirió con su sangre (Ac 20,28). 
(31) Apacentad el rebaño de Dios que os ha sido confiado no por fuerza, sino con blandura, según Dios; ni por sórdido lucro, sino con prontitud de ánimo; no como dominadores sobre la heredad, sino sirviendo de ejemplo al rebaño. Así, al aparecer el pastor soberano, recibiréis la corona inmarcesible de la gloria (1P 5,2-4). 
(32) "Si alguno dijere que los obispos no son superiores a los presbíteros, o que no tienen potestad de confirmar y ordenar, o que la que tienen les es común con los presbíteros, o que las órdenes por ellos conferidas sin el consentimiento o vocación del pueblo o de la potestad secular son inválidas, o que aquellos que no han sido legítimamente ordenados y enviados por la potestad eclesiástica y canónica, sino que proceden de otra parte, son legítimos ministros de la palabra y de los sacramentos, sea anatema" (C. Trid., ses. XXIII c. 7, del sacramento del orden: D 967). 
"El obispo consagrado es el ministro ordinario de la sagrada ordenación; lo es extraordinario aquel que, aun careciendo del carácter episcopal, tenga, o por derecho o por indulto peculiar de la Sede Apostólica, la potestad de conferir algunas órdenes" (CIC 951). 
(33) Gozan del indulto de conferir la primera tonsura y las órdenes menores:
1) Para todos: a) los cardenales desde su promoción en el Consistorio, con tal de que el candidato tenga letras dimisorias de su propio ordinario (cn. 239 § 1 y 2). 
b) Los vicarios y los prefectos apostólicos, los abades o prelados nullius, según el canon 957. 
2) Para los religiosos, el abad regular con gobierno, aun que no tenga territorio nullius, con tal de que el ordenando sea subdito suyo en virtud de la profesión, por lo menos simple, con tal de que él sea presbítero y haya recibido legítimamente la bendición abacial. Fuera de estos casos, toda ordenación con-
ferida por él es nula, revocado cualquier privilegio contrario, a no ser que tenga carácter episcopal (cn. 964,1). 
(34) "Los clérigos deben llevar una vida interior y exterior más santa que los seglares y sobresalir como modelos de virtud y buenas obras" (CTC 124). 
"Para que alguien pueda lícitamente ordenarse, se requiere que sus costumbres sean conformes con el orden que han de recibir" (CIC cn. 974). 
(35) Es preciso que el obispo sea inculpable, como adminis' trador de Dios; no soberbio, ni iracundo, ni dado al vino, ni pendenciero, ni codicioso de torpes ganancias, sino hosoitála* rio, amador de los buenos, modesto, iusto, santo, continente, guardador de la palabra fiel: que se amste a la doctrina de suerte que pueda exhortar con doctrina sana y argüir a los contradice totes (Tit. 1,7-9). Cf. 1 Tim. 3,8-10. 
(36) Habla a Arón y dile: Ninguno de tu estirpe, según sus generaciones que tenga una deformidad corporal, se acercará a ofrecer el pan de tu Dios. Ningún deforme se acercará, ni ciego, ni cojo, ni mutilado, ni monstruoso, ni quebrado de pie o de mano, ni jorobado, ni enano, ni bisojo, ni sarnoso, ni tinoso, ni
hernioso. Ninguno de la estirpe de Arón que tenga una deformidad corporal se acercará para ofrecer las combustiones de Yave (Lv 21,17-21). 
(37) "Nadie, sea secular o religioso, debe ser promovido a la primera tonsura antes de haber comenzado el curso teoló
gico. 
No debe conferirse el subdiaconado si no es hacia el fin del tercer año del curso teológico; ni el diaconado antes de haber comenzado el cuarto año; ni el presbiterado si no es después de la mitad del mismo año cuarto. 
El curso teológico debe ser hecho no privadamente, sino en algún centro docente de los fundados para eso según el plan de estudios determinado en el cn. 1365" (CIC 976). 
(38) La edad legítima para poder acercarse a las sagradas órdenes ha sido establecida por el Código de Derecho Canónico:
"No debe conferirse el subdiaconado antes de haber cumplido veintiún años de edad; ni el diaconado antes de haber cumplido los veintidós; ni el presbiterado antes de haber cumplido los veinticuatro" (CIC 975). 
No se señala edad fija para recibir la tonsura y órdenes menores; pero al exigir el canon 976 que los candidatos deben estar ya en el curso teológico, se infiere que no pueden ser ordenados antes de la edad que para esos estudios se requiere. 
(39) Cf. CIC 987,4.°
(40) "Son irregulares por delito: los que cometieron homicidio voluntario o procuraron el aborto de un feto humano, si se realizó el aborto, y todos los cooperadores" CIC 985,4.°). 
(41) "Son irregulares por defecto: los hijos ilegítimos, tanto si su ilegitimidad es pública como si es oculta, a no ser que hayan sido legitimados o hayan hecho profesión de votos solemnes" (CIC 984,1. "). 
(42) "Son irregulares por defecto: los defectuosos de cuerpo, si no pueden ejercer con seguridad los ministerios del altar, a causa de su debilidad, o decorosamente, a causa de su deformidad... ; los que son o han sido epilépticos, amentes o poseídos del demonio" (CIC 984,2. " y 3. °). 
(43) "Si alguno dijere que por la sagrada ordenación noi se da el Espíritu Santo, y que por lo tanto en vano dicen los obispos: "Recibe el Espíritu Santo"; o que por ella no se imprime carácter; o que aquel que una vez fue sacerdote puede nuevamente convertirse en laico, sea anatema" (C. Trid., ses. XXIII, cn. 4, del Sacramento del Orden: D 964). 
Este carácter se confiere con toda certeza en la consagración episcopal, en el presbiterado y el diaconado, siendo objeto de controversia respecto a las demás órdenes. 
No se trata de una mera marca externa, ni de una simple deputación o dedicación. No es fruto de cualidades humanas (como era en Babilonia la casta), ni de una larga preparación intelectual, penitencial o ascética. El carácter del orden es una viva participación del sacerdocio de Jesucristo, una comunicación de sus funciones sacerdotales. En virtud de esta huella sagrada, de esta marca impresa en su alma, el sacerdote se asocia realmente al sacerdocio de Jesús y se convierte en medianero entre los hombres y la divinidad. 
Carácter perpetuo e indeleble -Por esta razón debe incluirse el sacramento del orden en el número de los que no pueden reiterarse. Todo sacerdote lo es para siempre. Precisamente en el carácter radica su diferencia con otras cosas sagradas (templos, altares... ), que pueden perder su consagración. El carácter sacerdotal resiste la acción corrosiva del pecado, la acción aniquiladora de la muerte, la misma acción vengativa de las penas eternas del infierno. Nada será capaz de consumirle ni de mellarle. 
Todo sacerdote fue señalado por Dios, y haga lo que haga, esta marca jamás dejará de estar adherida a su alma para siempre. Será en vano que se arrepienta de haberse entregado a Dios y proteste contra su estado. Será en vano que abandone los altares y se despoje de las vestiduras sagradas. Será en vano que abandone su vida santa para entregarse a una vida mundana. Será inútil todo esfuerzo por borrar su fisonomía, su manera de ser, sus costumbres..., todo lo que le recuerde que es sacerdote. La marca divina le perseguirá a todas partes, en la tierra, en el cielo y en el infierno. Dios le dio, al hacerle sacerdote, un don sin arrepentimientos: haga de él el uso que le plazca, lo ha de guardar como suyo y para siempre. 
(44) Una última palabra sobre la realidad de nuestros sacerdotes. Todos los hombres - los de casa y los extraños - le miran con curiosidad; a todos les tienta el deseo de penetrar en el secreto de sus vidas, en la intimidad de su misterio. Todos más o menos hacen sus cálculos y emiten sus opiniones. Pero ¡qué pocos son los que llegan ni siquiera a sospechar lo que encierra y supone la vida y el alma de cualquier sacerdote!
I) ¿QUÉ PIENSAN LOS HOMBRES DEL SACERDOTE? Para muchos se trata de un ser extraño, de un hombre que viste y vive de manera distinta que el resto del mundo. Para otros, la sotana es el símbolo de un servidor asalariado de la Iglesia. Para la masa, los del montón, el sacerdote es un funcionario con el que tienen que habérselas tres o cuatro veces en su vida: en el bautismo, en la primera comunión, en el matrimonio y en el entierro. Como el Hijo de Dios, que vino a este mundo y los suyos no le reconocieron, sus ministros son también con frecuencia, para los suyos, los "grandes desconocidos". Si analizamos un poco más el pensamiento de los hombres sobre el sacerdote, veremos que:
a) Para sus enemigos, para quienes no aguantaron ni la presencia ni el mensaje de Jesús, el sacerdote es un ser peligroso y vitando, enemigo de su felicidad y de sus placeres; un ser que no les deja vivir en paz en el sueño de su vida ficticia. No aguantan el golpear incesante de ese martillo de Dios que les grita eternidad, justicia divina, polvo y caducidad de las cosas de abajo..., y le apodan el "hipócrita explotador de la ingenuidad y sencillez del pueblo". 
b) Para los mundanos y frivolos se trata de un "pobre hombre", digno de lástima, porque no se sentó al ruidoso y vacío festín de los placeres de la tierra. 
c) Para los calculadores y economistas - en realidad teóricos del ateísmo y profesionales del materialismo-, el sacerdote es el testigo irritante de un pasado caduco, el parásito molesto de la sociedad, donde todos menos él trabajan y construyen. 
d) Para muchos que se dicen católicos, los que se empeñan en naturalizarle, en humanizarle, el sacerdote es un funcionario más, un profesional que vive de su carrera y trabajo, a quien a veces compadecen y a veces buscan porque les interesa su apoyo, su influencia, su recomendación, la credencial de su personalidad. 
e) Para no pocos, cristianos también, los que Bolamente quieren ver un aspecto derivado o unos rasgos accesorios, el sacerdote logra ascender en la escala de sus valoraciones hasta la categoría de algo respetable y aun admirabLc Pero su respeto se funda casi siempre en un interés subconsciente: "al fin, un hombre de carrera, culto, más o menos influyente, moralizador de la sociedad, buen educador de nuestros hijos, consejero único para casos apurados... "
II) Y ¿QUÉ ES UN SACERDOTE? Vayamos también por partes:
1) Desde un punto de vista teológico, el sacerdote es el hombre de Dios, ministro de Cristo y dispensador de sus misterios entre los hombres. 
El hombre de Dios. -El hombre que sólo debe vivir en Dios y para Dios, con quien comparte las más sublimes operaciones: engendrar al Hijo sobre el ara del altar, perdonar los pecados y santificar a las almas. Investido de poderes sobrehumanos, tiene por misión continuar y acabar en la tierra la obra inefable iniciada por Jesús en la cruz. 
El hombre de los hombres. - El protector nato de los pobres y afligidos, el consejero, abogado, amigo y maestro de todos. Apartado de la familia, sin familia, él ha de armonizar las diferencias entre padres e hijos, entre maridos y esposas, entre hermanos y extraños. Tiene obligación de saberlo todo, de decirlo todo, y su palabra cae siempre sobre las inteligencias y los corazones con la autoridad de una misión divina. 
Estos son los sacerdotes, todo sacerdote. No tratamos con ello de justificar vidas individuales ni de negar hechos innegables, por tristes y dolorosos que nos resulten. Puede haber sacerdotes que no encarnen en la realidad de sus conductas la maravillosa grandeza de su carácter. Una de las más graves calamidades con que Dios amenaza a su pueblo prevaricador es no precisamente el hambre, la guerra o la peste, sino enviarle malos pastores, guías pésimos, que les conducirán a su perdición y ruina. Puede haber sacerdotes indignos que arrastren una vida envuelta en el remolino mundano de negocios y placeres; hasta pueden llegar a abandonar los altares y sus vestiduras sagradas y, en un empeño fustrado de borrar su misma fisonomía sacerdotal, derramarse en amores sacrilegos. Pero en nada se opone todo ello - tan sangrante y doloroso para la Iglesia de Dios- a la tesis sentada. Sólo clavando los ojos en Cristo, cuyas prolongaciones visibles son los sacerdotes, lograremos entender y armonizar lo que a primera vista parece incompaginable. 
Todo sacerdote posee, como Cristo, una doble realidad: la de sus vidas humanas y la de su carácter y poderes divinos. Realidades no yuxtapuestas o unidas accidentalmente, sino fusionadas e identificadas en unidad perfecta; inseparables, como inseparables son las dos naturalezas en la persona divina de Cristo, Dios verdadero y hombre verdadero. 
En virtud del carácter y de la consagración, iodo sacerdote queda, y para siempre, santificado, transformado en otro Cristo, y ello íntimamente, esencialmente. Esto no obstante, sigue siendo humano, lisiado y quebradizo, como los demás hombres. Sus mismas miserias, lejos de escandalizarnos, deben más bien enardecernos y confirmarnos en su excelencia y grandeza, que, a pesar de algunos de ellos, los menos, sigue tan invariable en sus rasgos fundacionales. 
2) Desde un punto de vista psicológico, el sacerdote es - y esto hay que repetirlo muy alto, porque son pocos los que quieren entenderlo - un misterio de amor, un hombre enamorado. Quizá ahí, sólo ahí, den con el secreto de sus vidas quienes tan afanosamente se esfuerzan por buscarlo. 
Enamorado de Dios. -Del Dios Padre, que tenemos en los cielos. Y del Dios Hijo, que se hizo hombre para endiosar a los hombres. De ese Padre que quiere la salvación de todos sus hijos, que sueña con formar en su casa del cielo una sola familia, un universal rebaño. De ese Cristo que dio su vida para librarnos a todos de la muerte y murió consumido por la sed de este deseo. De ese Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, que nos ha amado y nos ama hasta el extremo, hasta la locura, y no tolera la falta de amor. 
Y enamorado de los hombres, sus hermanos. - De tantos ignorantes, de tantos ciegos y cojos, de tantos equivocados, sumidos en el embrutecido silencio de las cosas materiales... 
Sólo este amor de pasión a Dios - el Dios que un día le susurró al oído con acento de queja: "Ven, sigúeme y ayúdame a implantar en el mundo el remado de mi amor... "-y a los hombres, sus hermanos, olvidados de Dios y de su amor, consiguió el milagro de convertir sus vidas (vidas que sienten tirones de carne, como las de los demás) en futuro sin hogar, sin familia, sin porvenir... 
Sólo por este doble amor apasionado que un día les quemó en el pecho y no descansó hasta convertirse en grito de sus gargantas y en entrega de sus vidas, mintió el sacerdote a la posteridad y a la descendencia; y convirtió la suya en juventud sin tardes alegres de paseos, sin domingos de cine ni diálogos secretos de amor; y se arrancó de acariciar cabellos de niños, vida que sintiese el tropel de su sangre moza; y se abrazó con un mañana sin historia, un futuro que pudo ser realidad, y al que renunció gozosamente. 
Éste es el secreto de todo sacerdote: sintieron en sus vidas el soplo caliente de Dios; no aguantaron el espectáculo de un Amor, hecho cruz, incomprendido; quisieron clavar en las carnes de sus hermanos el grito de salvación y llevar a sus vidas entretenidas un mensaje alegre de caridad, un anuncio seguro de cielo. 
Por esto, sólo por esto, se renunciaron y renunciaron a la vida. ¡No se les debe explicar de otra manera!








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