miércoles, 10 de agosto de 2016

San Agustín: La Victoria de los Mártires es un don de Dios


"sea vuestra causa justa y buena, y, 
con la ayuda del Señor, no temáis ninguna pena."


Publicamos estos tres sermones de San Agustín, referentes al martirio, puesto que éste ha estado muy presente en las noticias recientes, debido a los hechos luctuosos ocurridos en Europa que involucraron a "sacerdotes" de la secta Novus Ordo. Cabe señalar que un mártir muere por la verdadera fe y no por lo que él crea que lo es, es un hecho objetivo y no subjetivo, en consecuencia, quién no adhiera a fe católica de manera íntegra no puede ser mártir, sea protestante, ortodoxo o bien novus ordo no importa lo bien intencionado que haya sido. En consecuencia los sacerdotes laicos asesinados, recientemente, por militantes musulmanes, no pueden ser considerados mártires, aun cuando hayan muerto en odio fides. Recomendamos revisar y meditar el martirologio que publicamos diariamente para poder conocer que es el martirio y quienes lo fueron verdaderamente. Quiera Dios sostenernos en la prueba. 

Cristo Vuelve



Tres Sermones de San Agustín
sobre los mártires



La Victoria de los Mártires es un don de Dios

1. Al admirar la fortaleza de los santos mártires en su martirio, hemos de ensalzar la gloria de Dios. En efecto, tampoco ellos quisieron ser alabados en sí mismos, sino en aquel a quien se dice: Mi alma será ¿orificada en el Señor. Quienes comprenden esto no se ensoberbecen. Piden con temor lo que acogen con gozo; perseveran en ello, y ya n o lo pierden. Puesto que no se ensoberbecen, son humildes. Por eso, después de haber dicho: Mi alma será ¿orificada en el Señor, añadió: Escúchenlo los humildes y alégrense. ¿Qué sería esta carne débil, qué sería este gusano y podredumbre, de no ser cierto lo que hemos cantado: Mi alma se someterá al Señor, puesto que de él me viene la paciencia? La virtud gracias a la cual los mártires sufrieron tantos males por la fe se llama paciencia. Dos son las cosas que atraen o empujan al pecado a los hombres: el placer o el dolor. El placer atrae, el dolor empuja. Al placer hay que oponer la continencia; al dolor, la paciencia. He aquí cómo se solicita al pecado a la mente humana: A veces se le dice: «Haz esto y tendrás aquello»; y otras veces: «Haz esto y no sufrirás aquello.» Al placer le antecede la promesa; al dolor, la amenaza. Los hombres pecan o bien para alcanzar el placer, o bien para esquivar el dolor. He aquí por qué Dios se dignó prometer y atemorizar: para contrarrestar ambas cosas, la suave promesa y la terrible amenaza. El prometió el reino de los cielos y atemorizó con las penas del infierno. Dulce es el placer, pero más dulce es Dios; malo es el dolor temporal, pero peor es el fuego eterno. Tienes qué amar en vez de los amores del mundo o, mejor, de los amores inmundos. Tienes qué temer en vez de los tormentos del mundo.

2. Mas de poco te sirve el ser instruido si no pides ser ayudado. El salmo que acabamos de cantar nos enseñó que la paciencia contra el dolor nos viene ciertamente de Dios. ¿Cómo sabemos que de él procede también nuestra continencia, necesaria frente al placer? Tienes un testimonio que no deja dudas: Sabiendo, dice, que nadie puede ser continente si Dios no se lo concede; también era obra de la sabiduría el saber de quién procedía ese don. Así, pues, si has recibido algo de Dios y no sabes de quién lo has recibido, no serás remunerado, por ser ingrato. Si ignoras de quién lo has recibido, no se lo agradeces; si no se lo agradeces, pierdes hasta lo que tienes. A quien tiene se le dará. ¿Qué significa tener en plenitud? Saber de quién lo tienes. Quien, en cambio, no tiene, es decir, desconoce de quién lo tiene, hasta lo que tiene se le quitará. Además, como el mismo sabio dice, era obra de la sabiduría el saber de quién procedía ese don. De la misma manera se expresa el apóstol Pablo cuando nos encarece la gracia de Dios en el Espíritu Santo.

3. Vero nosotros no hemos recibido el espíritu de este mundo, sino el Espíritu que procede de Dios. Y cual si le preguntaran: «¿Cómo los distingues?», añadió a continuación: Para saber lo que en nosotros es don de Dios. Así, pues, el Espíritu de Dios es el Espíritu de caridad, mientras que el espíritu de este mundo es el espíritu de orgullo. Los que tienen el espíritu de este mundo son soberbios e ingratos para con Dios. Son muchos los que se benefician de sus dones, pero no adoran a quien se los dio, y, en consecuencia, son infelices. A veces, uno tiene un don en mayor y otro en menor grado; por ejemplo, la inteligencia, la memoria, que son dones de Dios. A veces puedes encontrarte con un hombre agudísimo, con una memoria extraordinaria hasta lo increíble; y encuentras a otro menos dotado intelectualmente, más débil de memoria, que no destaca en ninguna de las dos cosas; pero el primero es soberbio y el segundo humilde; éste agradece a Dios sus pequeños dones y aquél se atribuye a sí los mismos, aunque mayores. Ante Dios es incomparablemnte mejor mostrarse agradecido por los pequeños dones que ensoberbecerse por los grandes. A quien le agradece lo poco, Dios lo admite a lo mucho; quien, en cambio, no agradece lo mucho, pierde hasta lo que tiene, pues a quien tiene se le dará; en cambio, a quien no tiene se le quitará hasta lo que tiene. Si tiene, ¿cómo se dice que no tiene? Tiene sin tener el que no sabe de dónde lo tiene; pues, si Dios le quita lo que es suyo, no le queda más que su maldad. Por tanto, nadie posee la continencia si no se la otorga Dios. Tienes un don para dominar el placer: Era obra de la misma sabiduría, dijo, el saber de quién procedía ese don; nadie posee la continencia si no se la otorga Dios. Tienes otro don para resistir el dolor: De él, dijo, procede mi paciencia. Por tanto, esperad en él, asamblea entera del pueblo. Poned en él vuestra esperanza, no confiéis en vuestras fuerzas. Confesad a él vuestros males y esperad de él vuestros bienes. Sin su ayuda nada seréis, por muy soberbios que seáis. Para que seáis capaces de ser humildes, derramad en su presencia vuestros corazones. Y para no quedaros dañosamente en vosotros mismos, decid lo que sigue: Dios es nuestra ayuda.

4. A él le tuvo como ayuda en su victoria el bienaventurado mártir cuya solemnidad celebramos hoy y nos llena de admiración. Sin él no hubiese vencido. Y, aunque hubiese vencido los dolores, no hubiese vencido al diablo. Sucede en ocasiones que personas vencidas por el diablo vencen los dolores no por paciencia, sino por resistencia. El estuvo, pues, presente para ayudarle, para darle la auténtica fe, para hacer buena su causa y otorgarle la paciencia en ella. Sólo se da la paciencia cuando le antecede una causa justa. La misma fe ningún otro la da sino Dios. Una y otra cosa nos recordó brevemente el Apóstol: que la causa por la que padecemos y la paciencia para soportar los males nos vienen de Dios. En efecto, exhortando a los mártires, dice: A vosotros se os ha concedido en servicio de Cristo... Ved la bondad de la causa: es en servicio de Cristo, no en servicio del sacrilegio en contra de Cristo, ni en favor de la herejía y del cisma en contra de Cristo. Cristo dice: Quien no recoge conmigo desparrama. Por tanto, a vosotros, dijo, se os ha concedido en servicio de Cristo... no sólo que creáis en el, sino también que sufráis por él. Esta es la auténtica paciencia. Amémosla y agarrémonos a ella. Y, si aún no la tenemos, pidámosla para poder cantar con motivo: Mi alma se someterá a Dios, porque de él procede mi paciencia.
(San Agustín: Obras Completas Sermón 283, La victoria de los mártires es don de Dios. Fiesta de los mártires marselleses. ).


La victoria de los mártires es un don de Dios

1. Hoy ha llegado el momento de saldar mi deuda con la ayuda de Dios. Si los deudores se hallan tan bien dispuestos, ¿por qué se alborotan los acreedores? Si se mantienen serenas
las mentes de todos, puede llegar a cada uno el pago de la deuda. Debo hablar sobre la pasión y gloria de los mártires. Puesto que ellos sufrieron el martirio llenándose de gloria, nos están dando una lección de paciencia. Soportaron el ensañamiento de las turbas; mantengamos nosotros en calma los pueblos, puesto que los hemos visto a ellos mediante la fe. La constancia de los mártires es digna de todo elogio. Pero ¿qué elocuencia basta para hacerlo? ¿Cuándo haré realidad con la palabra lo que ya se ha realizado en vuestros corazones por la fe? ¿Cuál es el origen del don tan grande de la paciencia? ¿De dónde procede sino de donde toda dádiva óptima? ¿De dónde la dádiva óptima sino de donde el don perfecto? Así está escrito: La paciencia produce la obra perfecta. Toda dádiva óptima y todo don perfecto desciende del Padre de las luces, en quien no hay cambio ni sombra de cambio. La paciencia desciende desde la fuente inmutable hasta las mudables mentes humanas, para hacerlas también inmutables. ¿De dónde le viene al hombre el agradar a Dios sino de Dios mismo? ¿De dónde le llega al hombre la buena vida sino de la fuente de la vida? ¿De dónde la iluminación sino de la luz eterna? Porque en ti está, dijo, la fuente de la vida. En ti está, dijo. Podía decir: «Procede de mí»; pero, si digo que procede de mí, me aparto de ti. En ti está, pues, la fuente de la vida. En tu luz, no en la nuestra; en tu luz veremos la luz. Por tanto, acercaos a él y seréis iluminados. El es la fuente de la vida: acércate, bebe y vive; es la luz: acércate, posesiónate de ella y ve. Si él no te inunda, te secarás.

2. De esa fuente bebieron nuestros mártires; embriagados de ella, no conocieron ni a los suyos. ¡Cuántos fueron los mártires santos que al acercarse la pasión fueron tentados con las caricias halagadoras de los suyos, que intentaban hacerlos volver a la dulzura temporal, vana y fugitiva, de esta vida! Pero ellos, que, sedientos, habían bebido y se habían embriagado de la fuente que está en Dios, confesaban en público a Cristo, sin prestar atención ni reconocer a los suyos, gente carnal y ebria del vino del error, guiados de un perverso amor y que les aconsejaban que abandonasen la vida. No era de esa gente la madre de Mariano ; no era de aquellos malos consejeros que halagaban la carne y se servían del amor para engañar; no estaba entre ellos la madre del santo Mariano,. No en vano llevaba su nombre ni en vano se llamaba María. Aquella mujer que no era virgen, que no había concebido del Espíritu Santo sin que nadie la hubiese tocado, sino de la unión casta con su marido, había alumbrado tal prenda que, antes que retraerlo con sus caricias, lo arrastraba, más bien, a la gloria de la pasión con sus exhortaciones. ¡Oh tú, María, santa también, desigual en el mérito, pero igual ciertamente en el deseo! ¡Dichosa también tú! La otra María dio a luz al príncipe de los mártires, tú al mártir del príncipe; ella al juez de los testigos, tú al testigo del juez. ¡Parto dichoso y más dichoso afecto! ¡Gemiste cuando lo pariste y saltaste de gozo cuando lo perdiste! Gozo no vano, puesto que no lo perdiste. Donde estaba ausente el dolor, estaba presente la fe. La fe espiritual había arrojado del corazón el dolor carnal. Veías que no perdías al hijo, sino que lo enviabas por delante. Todo tu gozo era el deseo de seguirlo.

3. Todo esto nos llena de admiración, lo alabamos y lo amamos. Mártires bienaventurados, ¿de dónde os vino? Sé que tenéis corazones humanos, pero ¿de dónde os han llegado estos sentimientos divinos? Yo digo que de Dios. ¿Hay quien diga que de vosotros? ¿Quién os mirará tan mal que os alabe falsámente? ¿Hay alguien que diga que todo eso es fruto vuestro? Respondedle: Mi alma se gloriará en el Señor. ¿Hay alguien que os lo atribuya a vosotros? Respondedle; si sois humildes, respondedle: Mi alma se gloriará en el Señor. Responded de esta manera incluso en medio del pueblo de Dios: Escuchen los humildes y alégrense. No sé quién dice que es fruto vuestro. Respondedle: El hombre no puede recibir nada si no le es dado de lo alto. A vosotros y a mí nos dice el Señor Jesús: Sin mí no podéis hacer nada. Sin mí, dijo, no podéis hacer nada. También se os ha dicho a vosotros; reconoced las palabras del pastor y guardaos de la adulación del impostor. Sé que os desagrada esta soberbia impía, malvada e ingrata. Mártires santos, vosotros habéis padecido por Cristo, pero ello fue de provecho para vosotros, no para Cristo. ¿Por qué os faltaría, de no habérseos otorgado? Repeled de vuestros oídos el veneno de la serpiente, vuestro enemigo. Es la misma lengua que dijo: Seréis como dioses. El desagradecido libre albedrío mandó al hombre al precipicio; liberado ya, diga ahora al Señor: Tú, Señor, eres la paciencia de Israel. ¿Por qué te enorgulleces, oh infiel? ¿Ensalzas la paciencia de los mártires como si por sí mismos pudiesen ser pacientes? Escucha, más bien, al Apóstol, doctor de los gentiles y no engañador de los infieles. ¿Es cierto que alabas en los mártires su paciencia por Cristo y se la atribuyes a ellos mismos? Escucha, más bien, al Apóstol dirigiéndose a los mártires y calmando los corazones de los hombres. Escúchale, repito, decir: A vosotros se os ha concedido sufrir por Cristo. Escucha la exhortación de la piedad, no el engaño de la adulación. A vosotros se os ha concedido sufrir por Cristo; no sólo el creer en él, sino también el sufrir por él. A vosotros se os haconcedido; ¿qué más se puede añadir a esta sentencia? Reconoce el don para no perderlo por haberlo usurpado. A vosotros, dice, se os ha concedido sufrir por Cristo. ¿Qué se les ha concedido sino el padecer por Cristo? No creas que se trata de una suposición; escucha lo que sigue: no sólo el creer en él, puesto que también esto ha sido concedido; pero no sólo esto, sino también el sufrir por él; también esto os ha sido concedido. Vuelva el mártir la espalda al ingrato e infiel adulador, dé la cara al benignísimo dador y atribuya a Dios su misma pasión; pero no como si este ofrecimiento a Dios fuese obra suya, antes bien diga: Mi alma se gloriará en el Señor; escúchenlo los humildes y alégrense. Y si le preguntas: «¿Qué significan estas palabras: Mi alma se gloriará en el Señor? ¿Es glorificado entonces en ti?» El responderá: «¿No estará sometida a Dios mi alma? De él procede mi paciencia. ¿Cómo es entonces mía? Abrí mi corazón y la recibí con agrado. Procede de él y es mía. Es de él y es mía, y precisamente por ser de él es más seguramente mía. Es mía, pero no la tengo de mí. Pero aunque tengo como mío este don, reconozco que me lo ha dado Dios. Pues, si no reconozco que es Dios el dador, Dios retira su bien, y, a causa de mi libre voluntad, sólo queda mi mal.»

4. Dice la piadosa Escritura: Dios hizo al hombre recto, pero ellos mismos se fueron tras muchos pensamientos. Hizo Dios, dijo, al hombre recto, pero ellos mismos; pero ¿cómo sino mediante el libre albedrío? Y ellos mismos se fueron tras muchos pensamientos. Había dicho que el hombre fue creado recto, y no dice: «Y ellos mismos se fueron tras pensamientos torcidos», puesto que antes había hablado de recto; ni «tras pensamientos malvados», sino que habló sólo de muchos. Tomando origen de esta multitud, el cuerpo que se corrompe apesga al alma y la habitación terrestre abate la mente dispersa en mu- chos pensamientos. Que Dios nos libre de esta multiplicidad de pensamientos; elévenos hacia el único para ser en él uno fuera de la multitud. Sople sobre nosotros el fuego de la caridad para perseguir la única cosa con un solo corazón, no sea que, despistados en muchas otras, decaigamos de ella, y, abandonada esa única cosa, nos dispersemos en la multiplicidad. De esta única cosa hablaba el Apóstol cuando decía: Hermanos, yo mismo no pienso haberla alcanzado. ¿Qué? Pero una sola cosa. ¿Cuál? Olvidando las cosas de atrás y en tensión hacia lo que está delante, persigo... Una sola cosa persigo; una sola cosa, dijo, persigo; pero no creo haberla alcanzado, puesto que el cuerpo corruptible oprime a la mente dispersa en muchos pensamientos. Ved a dónde se encaminaban los mártires; cuando se sentían llenos de ardor, no se preocupaban del mucho ruido, porque amaban esa única cosa. Ved cuál era el deseo de los mártires. Una única cosa he pedido al Señor, dijo. Una única cosa; doy mi despedida, dijo, a la muchedumbre de afanes seculares. Una única cosa he pedido, es decir, una única dicha, una sola felicidad, una sola, pero auténtica, no muchas falsas. Una sola cosa, dijo, he pedido al Señor, ésa buscaré. ¿A cuál se refiere? Habitar en la casa del Señor todos los días de mi vida. ¿Con qué finalidad? Vara contemplar las delicias del Señor. Cuando los santos mártires pensaban en tales delicias, les parecían insignificantes todos aquellos males, por amargos y duros que fuesen. Un deleite frente a otro; un deleite contra el dolor. Aquel deleite luchaba contra ambos: contra la crueldad y contra los halagos del mundo. Respondía al mundo: «¿Por qué me halagas? Más dulce es lo que amo que lo que me prometes. Escucho a Dios, mejor, a la Escritura santa, que me dice: ¡Cuan abundante es, Señor, la dulzura que has reservado para los que te temen.» Aquí vuelve a aparecer una muchedumbre buena, porque no es discordante, sino que se fundamenta en la unidad.

5. Nada tiene de extraño, hermanos míos. ¿Sabéis en qué momento se hace mención de los mártires? La Iglesia no ora por ellos. Con razón ora por otros difuntos, pero no por ellos; antes bien se encomienda ella a sus oraciones. Lucharon contra el pecado hasta derramar su sangre. Cumplieron lo que está escrito: Lucha hasta la muerte por la verdad. Despreciaron las promesas del mundo; pero esto es poca cosa. No es mucho despreciar la muerte ni soportar los tormentos. En el combate hasta la muerte está la victoria plena y gloriosa. En efecto, las primeras tentaciones propuestas a nuestro Señor, el rey de los mártires, eran algo dulce: Di que todas estas piedras se conviertan en pan. Pe daré todos estos reinos. Veamos si te acogen los ángeles, pues está escrito: «Para que no tropiece tu pie contra la piedra.» Aquí están las alegrías del mundo: en el pan, la concupiscencia de la carne; en la promesa de los reinos, la ambición mundana, y en la curiosidad de la prueba, la concupiscencia de los ojos. Todas estas cosas pertenecen al mundo, pero son cosas dulces, no crueles. Mirad ahora al rey de los mártires presentándonos ejemplos de cómo hemos de combatir y ayudando misericordiosamente a los combatientes. ¿Por qué permitió ser tentado sino para enseñarnos a resistir al tentador? Si el mundo te promete el placer carnal, respóndele: «Más deleitable es Dios.» Si te promete honores y dignidades seculares, respóndele: «El reino de Dios es más excelso que todo.» Si te promete curiosidades superfíuas y condenables, respóndele: «Sólo la verdad de Dios no se equivoca.» ¿Qué dice el evangelista después que el Señor sufrió esta triple tentación, puesto que en todos los halagos del mundo aparecen estas tres cosas: o el placer, o la curiosidad, o la soberbia? Después que el diablo hubo acabado con toda clase de tentaciones; toda clase, pero de las que se apoyaban en la lisonja. Quedaba todavía otra tentación, consistente en algo más áspero y duro; en crueldades y atrocidades inhumanas. Quedaba aún esta tentación. Sabiendo el evangelista lo que ya había tenido lugar y lo que aún quedaba, dijo: Después que el diablo hubo acabado con toda clase de tentaciones, se alejó de él hasta el momento oportuno. Se alejó de él en cuanto serpiente astuta; ha de volver como león rugiente; pero lo vencerá, porque pisoteará al león y al dragón. Regresará el diablo: entrará en Judas y lo convertirá en traidor del Maestro. Llevará también a los judíos, en actitud cruel, no ya aduladora. En posesión de sus vasos, gritará con las lenguas de todos: ¡Crucifícalo, crucifícalo! ¿Por qué nos extrañamos de que Cristo haya salido vencedor allá? Era Dios todopoderoso. 

6. Cristo quiso padecer por nosotros. Dice el apóstol Pedro: Padeció por vosotros, dejándoos un ejemplo para que sigáis sus huellas. Te enseñó a padecer, y te enseñó padeciendo él. Poca cosa eran sus palabras si no las acompañaba su ejemplo. ¿Cómo nos enseñó, hermanos? Pendía de la cruz, y los judíos se ensañaban contra él; estaba sujeto con ásperos clavos, pero no perdía la suavidad. Ellos se ensañaban, ladraban en torno suyo y le insultaban cuando estaba colgado. Como a un solo médico puesto en el medio, ellos, locos furiosos, le atormentaban por todas partes. El estaba colgado y sanaba. Padre, dijo, perdónales, porque no saben lo que hacen. Pedía, y con todo, pendía; no descendía, porque iba a convertir su sangre en medicamento para aquellos locos furiosos. Dado que no pudieron resultar vanas las palabras suplicantes del Señor, ni su misericordia, que las escuchaba; puesto que al mismo tiempo que eleva súplicas al Padre las escucha con él, después de su resurrección sanó a los dementes que había tolerado en la cruz. Ascendió al cielo, envió al Espíritu Santo. Pero después de resucitado no se manifestó a todos, sino sólo a sus discípulos, para no dar la impresión de que quería burlarse de quienes le habían dado muerte. Era más importante enseñar la humildad a los amigos que echar en cara a los enemigos la verdad. Resucitó, y de esta forma hizo más de lo que le pedían no desde la fe, sino en burla, cuando le decían: Si es Hijo de Dios, baje de la cruz. Quien no quiso descender del madero, resucitó del sepulcro. Subió al cielo, y envió desde allí al Espíritu Santo; llenó de él a los discípulos, corrigió a los temerosos y les dio confianza. El pavor de Pedro se convirtió repentinamente en fortaleza para predicar. ¿De dónde le vino esto al hombre? Busca a Pedro presumiendo, y le hallarás negando; busca a Dios ayudándole, y hallarás a Pedro predicando. Por un momento tembló su flaqueza para vencimiento de la presunción, no para destrucción de la piedad. Lo llena del Espíritu Santo, y convierte en valeroso predicador a aquel presuntuoso a quien había dicho: Me negarás tres veces. Pedro, en efecto, había presumido de sus fuerzas; no del don de Dios, sino de su libre voluntad. Le había dicho: Iré contigo hasta la muerte. Había dicho en su abundancia: No me moveré nunca jamás. Pero el que por propia voluntad había dado vigor a su hermosura, retiró su rostro, y aquél quedó lleno de turbación. Dios, dijo, apartó su rostro: manifestó a Pedro al mismo Pedro; pero luego le miró y afianzó a Pedro sobre la piedra. Imitemos, pues, hermanos míos, el ejemplo de la pasión del Señor en cuanto podamos. Podremos realizarlo si le pedimos ayuda; no adelantándonos como el presuntuoso Pedro, sino yendo tras él y orando como Pedro ya restablecido. Poned atención a lo que dice el evangelista cuando Pedro negó al Señor tres veces: Y el Señor le miró, y Pedro se acordó. ¿Qué significa: le miró? En efecto, el Señor no le miró al rostro como para recordarlo. La realidad es otra. Leed el evangelio. El Señor estaba siendo juzgado en el interior de la casa cuando Pedro era tentado en el atrio. Por tanto, el Señor le miró no con el cuerpo, sino con su majestad; no con la mirada de los ojos de carne, sino con su soberana misericordia. El que había apartado su rostro de él le miró y quedó libre. Así, pues, el presuntuoso hubiese perecido de no haberle mirado el redentor. Ved ahora a Pedro, lavado en sus propias lágrimas, corregido y levantado, entregado a la predicación. El que lo había negado, ahora lo anuncia; creen quienes se habían encontrado en el error. La medicina de la sangre del Señor mostró ser eficaz en aquellos dementes. Convertidos en creyentes, beben lo que, furiosos, derramaron. «Pero, dirá alguien, es demasiado para mí imitar al Señor.» Imita a tu consiervo con la gracia del Señor; imita a Esteban, a Mariano, a Santiago también. Eran hombres, eran consiervos tuyos; nacieron como tú, pero fueron coronados por quien no nació de esa misma manera.
(San Agustín: Obras Completas Sermón 284, La victoria de los mártires es un don de Dios. Fiesta de los santos Mariano y Santiago)


La función de los mártires en la Iglesia

1. El valor grande y piadoso, al mismo tiempo, de los santos mártires —tal es el valor fructífero, lo único a lo que se puede llamar virtud, porque está al servicio de Dios, no del orgullo— me invita a hablar a vuestra caridad y a exhortaros a celebrar la solemnidad de los mártires de forma que, yendo tras sus huellas, sea un deleite el imitarlos. Pues ni siquiera ellos mismos sacaron de su propia cosecha el ser valerosos. El agua de aquella fuente no llegó sólo hasta ellos. Quien se la dio a ellos puede dárnosla también a nosotros, puesto que es un único precio el que se ha pagado por todos.

2. Una cosa, sobre todo, se os ha de advertir, que debéis recordar asiduamente y en la que debéis pensar siempre: no es la pena, sino la causa, lo que hace al mártir de Dios . Dios se deleita con nuestra justicia, no con nuestros tormentos. Y en el momento del juicio del Dios omnipotente y veraz no se preguntará lo que uno haya sufrido, sino por qué lo ha sufrido. El que podamos signarnos con la cruz del Señor no lo debemos al sufrimiento del Señor, sino a la causa del mismo. Pues, si ello se debiese a la pena, hubiese valido lo mismo al efecto la pena de los ladrones. En un mismo lugar estaban crucificados tres; en el medio estaba el Señor, que fue contado entre los malhechores. A un lado y a otro le pusieron dos ladrones, pero su causa no era la misma. Se hallaban a ambos lados del crucificado, pero les separaba una gran distancia. A ellos los crucificaron sus crímenes; al Señor los nuestros. Pero, con todo, hasta en uno de ellos se manifestó suficientemente cuánto vale no ya el tormento del crucificado, sino la piedad del confesor. En medio del dolor, el ladrón obtuvo lo que Pedro había perdido lleno de temor. Reconoció su crimen, subió a la cruz; cambió su causa y compró el paraíso. Mereció cambiar totalmente su causa quien no despreció a Cristo por sufrir su misma pena. Los judíos despreciaron a quien hacía milagros, él creyó en quien pendía de un madero. Reconoció como Señor al compañero de cruz, y creyendo hizo violencia al reino de los cielos. El ladrón creyó en Cristo cuando tembló la fe de los apóstoles. Justamente mereció escuchar: Hoy estarás conmigo en el paraíso. Ni siquiera él mismo se había forjado esperanzas al respecto; se confiaba ciertamente a una gran misericordia, pero pensaba también en sus merecimientos. Señor, dijo, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino. Esperaba sufrir el castigo hasta que llegase el Señor a su reino y deseaba alcanzar su misericordia, al menos, en el momento de su venida. El ladrón, conocedor de los propios méritos, lo difería; pero el Señor le ofrecía lo que él no esperaba, como diciéndole: «Tú me pides que me acuerde de ti cuando llegue a mi reino. En verdad, en verdad te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso. Reconoce a quién te confías. Piensas que he de venir; pero antes de venir estoy en todas partes. Por tanto, aunque vaya a descender a los infiernos, hoy te tengo en el paraíso; no confiado a otro, sino conmigo. Mi humildad se abajó hasta los hombres mortales y hasta los mismos muertos, pero mi divinidad nunca se alejó del paraíso.» Había, pues, tres cruces y tres causas. Un ladrón insultaba a Cristo; el otro, confesando sus maldades, se confiaba a la misericordia de Cristo. La cruz de Cristo en el medio no fue un suplicio, sino un tribunal; desde la cruz, en efecto, condenó al que lo insultaba y libró a quien creyó en él. Temed, si le insultáis, y gozad, si creéis en él. Revestido de gloria, hará lo mismo que revestido de humildad.

3. Los dones divinos proceden del abismo del juicio de Dios; podemos maravillarnos ante ellos, pero no investigarlos. Pues ¿quién ha conocido la mente del Señor? Y ¡cuan inescrutables son sus juicios, e inaccesibles sus caminos! Pedro, que sigue paso a paso las huellas de Cristo, se turba y lo niega; es mirado, y llora; el llanto borra lo que el temor había causado.No abandonó a Pedro, pero le dio una lección. Habiéndosele preguntado si amaba al Señor, la presunción de su corazón lo llevó a declararse dispuesto hasta a morir por él. Pensaba que era obra de sus fuerzas; de no haber sido abandonado por un poco de tiempo por quien lo guiaba, se lo hubiera creído. Se atrevió a decir: Entregaré mi vida por ti. Se jactaba de que iba a entregar su vida por Cristo aquel presuntuoso por quien aún no la había entregado el Liberador. Luego, ante el temor, se turba, como lo había predicho el Señor, y niega tres veces a aquel por quien había prometido ir a la muerte. Como está escrito, le miró el Señor. Pero él lloró amargamente. Amargo era el recuerdo de la negación para que fuese dulce la gracia de la redención. Si no hubiera sido abandonado, no lo hubiese negado; y, si no hubiese sido mirado, no hubiese llorado. Dios detesta a quienes presumen de sus fuerzas y, en cuanto médico, saja este tumor en aquellos a quienes ama. Al sajarlo les produce ciertamente dolor, pero luego robustece la salud. De este modo, después de resucitar, el Señor confía a Pedro sus ovejas, es decir, a quien lo había negado; lo había negado por presuntuoso; luego fue pastor, por ser amador. ¿Por qué, si no, le interroga tres veces, cuando ya le amaba, sino para que se duela por la triple negación? De esta manera, Pedro hizo luego, con la gracia de Dios, lo que no pudo hacer antes confiado en sí mismo. Después que le confió las ovejas, no las de Pedro, sino las suyas propias, no para que las apacentase para sí, sino para el Señor, le anunció su pasión futura, a cuya cita no había acudido antes, puesto que había adelantado indebidamente el momento. «Cuando seas anciano, le dijo, otro te ceñirá y te llevará a donde no quieras.» Esto lo dijo indicando de qué muerte glorificaría al Señor. Así se cumplió; Pedro, que con sus lágrimas había lavado la negación, hubo de enfrentarse a la pasión. El tentador no pudo privarle de lo que le había prometido al Salvador.

4. Algo parecido pienso que ha sucedido con estos santos mártires Casto y Emilio, cuya festividad celebramos hoy. Quizá también ellos presumieron con anterioridad de sus fuerzas, y por eso desfallecieron. El Señor les mostró quiénes eran ellos y quién él. Los reprendió cuando eran presuntuosos y los llamó cuando eran creyentes. Les ayudó a luchar y los coronó al vencer. Ya el enemigo se alegraba por ellos en la primera asamblea, cuando cedieron ante los dolores, contándolos ya entre los suyos. Ya exultaba de gozo, ya los tenía en su poder; pero en la medida en que les fue concedido por la misericordia de Dios, unos mártires vencieron al diablo cuando los tentaba, pero éstos hasta cuando triunfaba sobre ellos. Así, pues, hermanos míos, recordemos de quiénes es la fiesta que celebramos hoy; no queremos imitarlos en el haber sido vencidos, sino en el haber vencido. Esta es la razón por la que no quedan al encubierto las caídas de los grandes: para que teman quienes han presumido de sí mismos. Por doquier se nos recomienda con diligencia suma la humildad del maestro bueno. También está en Cristo nuestra salvación, que es su humildad. Careceríamos en absoluto de salvación si Cristo no se hubiese dignado hacerse humilde por nosotros. Recordemos que no hemos de fiarnos de nosotros mismos. Confiemos a Dios lo que tenemos e imploremos de él lo que aún no tenemos.

5. La justicia de los mártires es perfecta, porque se hicieron perfectos al sufrir la pasión. Esta es la razón por la que no se ora por ellos en la Iglesia. Se ora por otros fieles difuntos, pero no por los mártires; tan perfectos salieron de esta vida que no son nuestros protegidos, sino nuestros protectores. Ni siquiera esto lo son en sí, sino en aquél, la cabeza, a la que se unieron como miembros perfectos. El es, en verdad, el único abogado que, sentado a la derecha del Padre, intercede por nosotros; pero no hay más que un abogado, como no hay más que un solo pastor. Pues conviene, dice, que yo atraiga también a las ovejas que no son de este redil. ¿No es Pedro pastor, como lo es Cristo? En efecto, también Pedro es pastor, y quienes son como él, son, sin duda alguna, pastores. Pues si no es pastor, ¿cómo se le dice: Apacienta mis ovejas? Con todo, el verdadero pastor es el que apacienta las propias ovejas. A Pedro no se le dijo: «Apacienta tus ovejas», sino: las mías. Por tanto, Pedro es pastor no en sí, sino en el cuerpo del pastor. En efecto, si apacentase sus propias ovejas, al instante se convertirían en cabritos los apacentados por él. 

6. Contra lo que se dice a Pedro: Apacienta mis ovejas, se encuentra en el Cantar de los Cantares: Si no te conoces a ti misma, ¡oh hermosa entre las mujeres! Reconocemos, ciertamente, a quién se dicen estas palabras, y en ella las oímos también nosotros. Es la Iglesia quien lo escucha de la boca de Cristo; la esposa, de boca del esposo: Si no te conoces a ti misma, ¡oh hermosa entre las mujeres!, sal tú. ¡Qué desagradable es esta palabra: ¡Sal! Salieron de nosotros, dijo, pero no eran de los nuestros. A esta triste palabra, sal, se opone aquella otra, grata por el bien que expresa: Entra en el gozo de tu Señor. Por tanto, si no te conoces a ti misma, ¡oh hermosa entre las mujeres, oh católica hermosa entre las herejías! si no te conoces a ti misma, ¡oh hermosa entre las mujeres!, sal tú; no te echo fuera yo, pero sal tú. Pues de entre los nuestros salieron quienes se separan a sí mismos, hombres animales, que no tienen él "Espíritu. No se dijo: «Fueron expulsados», sino: Salieron. Tal fue la manera de proceder de la justicia divina hasta con los primeros padres al pecar. Como propensos ya por el propio peso, los dejó salir del paraíso, no los expulsó. Por tanto, si no te conoces a ti misma, ¡oh hermosa entre las mujeres!, sal tú; yo no te echo fuera, sal tú. Yo quiero sanarte dentro de mi cuerpo; tú deseas que amputemos la podredumbre que eres tú. Así se les dijo a quienes se preveía que iban a salir, para que pudieran reconocer su estado y procurasen permanecer. ¿Por qué, pues, salieron ellos sino porque no se conocieron? Si, en efecto, se hubiesen conocido, hubiesen visto que no era suyo, sino de Dios, lo que ellos daban. «Soy yo quien lo da; mío es lo que doy; y además es santo, porque lo doy yo.»  Al no conocerte, justo fue que te salieras. No quisiste escuchar a quien te decía: Si no te conoces a ti misma, ¡oh hermosa entre las mujeres! Fuiste hermosa en otro tiempo, cuando estabas unida a los miembros de tu esposo. No quisiste escuchar y apreciar lo que significa: Si no te conoces a ti misma. En efecto, él te encontró siendo horrible; de fea, te hizo hermosa al convertirte de negra en blanca. ¿Qué tienes que no hayas recibido? ¿No te das cuenta de que se dijo: Si no te conoces a ti misma, sal tú? Pensaste que debías apacentar tus propias ovejas, contra lo que se le dijo a Pedro: Apacienta mis ovejas. Pero mira lo que añadió para ti quien para ti lo predijo: Sal tú tras las huellas de los rebaños; no del rebaño, sino de los rebaños. Pues son ovejas de Cristo las que pastan allí donde hay un solo rebaño y un solo pastor. Sal tú, pues, tras las huellas de los rebaños; tú sujeta a división, dividida de hecho y disminuida. Sal tú tras las huellas de los rebaños y apacienta tus cabritos. No mis ovejas, como Pedro, sino tus cabritos. En las tiendas de los pastores, no en la del único pastor. Pedro entra por amor, tú sales por animosidad. Pedro se conoció a sí mismo, y por eso lloró sus presunciones y mereció encontrar quien lo ayudara; así, pues, sal tú. Apaciente él mis ovejas y tú tus cabritos. Entre él en la tienda del pastor, y tú en las de los pastores. ¿Por qué te jactas de la dura pena, si tu causa no es buena?

7. Honremos, pues, a los mártires en el interior de la tienda del pastor, en los miembros del pastor que poseen la gracia, no la audacia; la piedad, no la temeridad; la constancia, no la pertinacia; la unión, no la división. Por tanto, si queréis imitar a los verdaderos mártires, elegid vosotros la causa para poder decir al Señor: Júzgame, Señor, y discierne mi causa de la gente no santa. Discierne no mi pena, que la tiene también la gente no santa, sino mi causa, que no la tienen sino los santos. Elegios, pues, la causa; sea vuestra causa justa y buena, y, con la ayuda del Señor, no temáis ninguna pena. Vueltos al Señor...
(San Agustín: Obras Completas Sermón 285, La función de los mártires en la Iglesia. Fiesta de los santos Casto y Emilio ).





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