martes, 27 de diciembre de 2016

La Religión Demostrada XVI: Las Sociedades Heréticas o Cismáticas








LA RELIGIÓN DEMOSTRADA


LOS FUNDAMENTOS DE LA FE CATÓLICA
ANTE LA RAZÓN Y LA CIENCIA



P. A. HILLAIRE


Ex profesor del Seminario Mayor de Mende
Superior de los Misioneros del S.C.







DECLARACIÓN DEL AUTOR

Si alguna frase o proporción se hubiere deslizado en la presente obra La Religión Demostrada, no del todo conforme a la fe católica, la reprobamos, sometiéndonos totalmente al supremo magisterio del PAPA INFALIBLE, jefe venerado de la Iglesia Universal.

A. Hillaire.





QUINTA VERDAD
|
LA IGLESIA CATÓLICA ES LA ÚNICA DEPOSITARIA DE LA
RELIGIÓN CRISTIANA



§5° LAS NOTAS DE LA VERDADERA IGLESIA NO SE ENCUENTRAN EN
NINGUNA SOCIEDAD HERÉTICA O CISMÁTICA.


N.B. – Después de la demostración precedente, este artículo podría parecer inútil; lo añadimos para sobreabundancia de pruebas y particularmente para facilitar a los extraviados la vuelta al rebaño de Jesucristo. El divino Maestro, que es el camino, la verdad y la vida, no quiere más que un solo rebaño bajo el cayado de un solo pastor.


157. P. Las Iglesias PROTESTANTES Y CISMÁTICAS, ¿pueden gloriarse de tener las notas de la verdadera Iglesia?

R. No; ellas no tienen la unidad, ni la santidad, ni la catolicidad, ni la apostolicidad. Es fácil convencerse de esto estudiando su origen, su constitución y su historia.

1° No hay en nuestros días más que una herejía importante; el protestantismo, así llamado porque protesta contra la autoridad de la Iglesia católica. El protestantismo comprende una infinidad de sectas heréticas, separadas las unas de las otras, y nacidas sucesivamente de los falsos principios de los tres pretendidos reformadores del siglo XVI; Lutero, Calvino y Enrique VIII. Sus tres principales ramas son: el luteranismo, el calvinismo, el anglicanismo. Pero de estas tres ramas principales parte un sinnúmero de ramas menores, que no tienen entre sí más lazo de unión que el odio a la Iglesia católica.

2° Se llama Iglesia Griega cismática la sociedad religiosa separada de la Iglesia Romana por el gran cisma de Oriente. El cisma griego hoy está dividido en tres iglesias independientes, que se hallan en los Balcanes y Turquía, en Grecia y en Rusia.

No hay que confundir la Iglesia griega cismática con la Iglesia griega unida; ésta forma parte de la Iglesia católica, aunque tenga su propia liturgia en lengua griega y algunos usos disciplinares diferentes de los de la Iglesia latina.


1° ORIGEN DEL PROTESTANTISMO

1° Lutero. – Martín Lutero nació en Eisleben, en Sajonia, el año 1483, de padres pobres, pero buenos católicos. Instruido a expensas de la caridad pública, ingresó, en 1503, en el monasterio de los agustinos de Erfurt, donde fue ordenado sacerdote y recibió el doctorado. En 1508, enviado por sus superiores a la universidad de Wittenberg como profesor de teología, se hizo notar por su amor a las novedades y por un orgullo indomable.

En 1517, León X encomendó a los dominicos la predicación de las indulgencias que concedía a los que contribuyesen con su óbolo a la edificación de la Basílica de San Pedro. Lutero se sintió herido al ver que los dominicos eran preferidos a los agustinos. El P. Tetzel atraía muchísimo auditorio a sus sermones, y la Iglesia de los agustinos quedaba desierta. Lleno de desesperación, Lutero combatió al predicador, después a las indulgencias y, por último, al poder de la Iglesia. El 31 de octubre de 1517 fijó en la puerta de la catedral de Wittemberg, noventa y cinco artículos contrarios a la doctrina católica.

Llamado al orden por sus superiores, derrotado en una conferencia pública por los teólogos, condenado por las universidades de París, de Lovaina y de Colonia, Lutero apela al Papa, en una carta donde dice: Aprobad o desaprobad como más os plazca, yo escucharé vuestra voz como la misma de Jesucristo. A los primeros avisos de León X, Lutero apela del Papa mal informado al Papa mejor informado; después, al futuro Concilio. Y entretanto, sigue propagando sus errores.

En 1520, León X, después de haber agotado todos los medios de conciliación, condenó a Lutero. En vez de someterse, el monje orgulloso hizo quemar la Bula del Papa en la plaza de Wittemberg. Le siguieron en su rebelión sus dos colegas, Carlostadio y Melancton.

Calos V, emperador de Alemania, citó al innovador a la dieta de Worms. Lutero, lleno de orgullo y obstinación, declaró que no sometía su doctrina a nadie. Desterrado del imperio, se refugió en el castillo de Warstbourg, al lado del Federico de Sajonia, su protector, y desde aquel lugar inundó a Alemania de folletos incendiarios.

Para imponer sus errores al pueblo, alegó la autoridad de la palabra de Dios, y no reconoció más REGLA DE FE que la Biblia interpretada por la razón individual.

Todas las sectas protestantes han admitido este famoso principio de Lutero, o más bien, esta gran herejía: la Biblia, y nada más que la Biblia interpretada por el libre examen; principio absurdo y destructor de toda religión y de toda moral, como lo prueba la experiencia de tres siglos el nombre de protestantes para indicar su rebelión contra la autoridad de la Iglesia.

Para hacerse de prosélitos, Lutero halagó las pasiones humanas: ensanchó y facilitó el camino del cielo, que Jesucristo declaró estrecho y difícil. Inventó la fe justificante, que debe reemplazar todas las obras penosas y prescritas por la religión. Dijo a los hombres: Creed que los méritos de Jesucristo os son aplicados, y vivid como más os agrade: PECCA FORTITER ET CREDE FORTIUS, pecad fuertemente, pero creed más fuertemente todavía, y os salvaréis.

Arrastrado por el rigor de las consecuencias de un falso principio, Lutero pasó de un error a otro. Si la sola fe justifica, las buenas obras son inútiles, inútiles los sacramentos; y el monje sajón negó la utilidad de las buenas obras, negó los sacramentos. Sin embargo, por una contradicción evidente, conservó tres de ellos: el Bautismo, la Eucaristía y la Penitencia; sólo que los desnaturalizó. Suprimió la Confesión, y para la Eucaristía admitió la empanación o la presencia real de Jesucristo en el pan.

Después de una conferencia que, según él declaró, había tenido con el diablo, suprimió el Santo Oficio de la Misa. No se sabe de qué maravillarse más: si de la impudente confesión de Lutero o de la extraña ceguera de los discípulos de este maestro, que, por confesión propia, se instruyó en la escuela del demonio. 


Abolió la abstinencia y el ayuno; autorizó el divorcio; predicó el matrimonio de los sacerdotes; abolió los votos de los religiosos, y dio en persona el ejemplo, casándose sacrílegamente con Catalina Bora, religiosa a la que sacó de su claustro.

Lutero terminó su obra de destrucción tratando de idolatría el culto de los Santos y el de la Madre de Dios, así como "la veneración de las reliquias y de las imágenes. Finalmente, negó el Purgatorio y, por consiguiente, la utilidad de la oración por los muertos.

Atrajo a su causa a los príncipes corrompidos y a los pueblos pobres, ávidos de riquezas, incitándolos al saqueo de los monasterios y de las iglesias. Tal es la obra a que Lutero da, con cínica desvergüenza, el nombre de reforma

Sin embargo, la desesperación devoraba el alma de Lutero. Una noche, Catalina le mostraba las estrellas que brillaban en el firmamento:

— Mira qué hermoso es el cielo — le dijo.
— Sí — replicó Lutero —, pero no es para nosotros.
— ¿Por qué?
— Porque hemos faltado a nuestros deberes.
— Entonces, volvamos al convento.
— No; es muy tarde. El carro está tan atascado, que no puede salir del atolladero.

Lutero quedó en el pantano. Prosiguió su vida de placeres, de orgías y de escándalos. No se avergonzó de escribir sus Pláticas de sobremesa, ni de componer un volumen que el pudor se resiste a hojear. Sus libros son una mancha que denigrará eternamente la literatura alemana y los anales del género humano. Beber bien, comer bien, decía, es el verdadero modo de no aburrirse.

Después de haber bebido bien, comido suculentamente y blasfemado a su sabor, Lutero murió atiborrado de manjares y de vino a la terminación de un banquete, en 1546. Muchos historiadores afirman que se ahorcó, terminando con el suicidio su triste vida (23).

Calvino nació en Noyón, en 150-3, de padres no muy ricos; la poderosa familia de los Monmorts sufragó los gastos de su educación. Sin estar todavía ordenado, Calvino poseyó en propiedad el curato de Marteville y después el de Pont L'Evéque. Amigo de novedades, devoraba en secreto los escritos de Lutero. 

Los escándalos de su vida fueron tales, que se vio obligado a dejar su patria, marcadas sus espaldas, según algunos escritores protestantes, con un hierro candente en castigo de un crimen abominable contra las buenas costumbres. Después de haber llevado una vida errante, fijó su residencia en Ginebra, ciudad que debía convertirse más tarde en el principal baluarte de la herejía calvinista.

Sectario frío y vengativo, más metódico que Lutero, Calvino supo dar sólida organización a la herejía. Durante treinta años ejerció en Ginebra la tiranía más absoluta y draconiana. ¡Ay del que no pensara como él! Por orden suya, Miguel Servet, aragonés, fue quemado vivo, sin otra razón que la de profesar sus particulares opiniones acerca de la Trinidad; Bolzec fue desterrado; Gentilis y Jacobo Gruet, decapitados, etc. En los dos años, 1558 y 1559, hizo ejecutar a más de cuatrocientas personas. Mandó fijar en la plaza pública unos postes con esta inscripción: Para el que hable mal de Calvino.

Aunque tan severo se mostraba con los demás, buscó siempre para sí todos los regalos. Para él habían de ser las comidas más delicadas, los vinos más exquisitos, un pan hecho de flor de harina que se llamaba el pan del señor; y con su pan del señor y su vino particular tomaba parte en todos los banquetes y se entregaba a todos los placeres.

Acometido de una enfermedad vergonzosa, en 1564, Calvino se vio roído por millares de gusanos; una úlcera asquerosa se cebó en sus entrañas y le causó dolores atroces. Herido de esta suerte por la mano de Dios, se entregó a la desesperación, llamó a los demonios en su auxilio, y expiró vomitando blasfemias contra Dios y maldiciones contra sí mismo.

En 1537, Calvino había hecho imprimir en Basilea su libro Institución cristiana, en el que se encuentra el resumen de la herejía calvinista. Como Lutero, Calvino enseña que el hombre no es libre, pero añade que la predestinación y la reprobación son absolutas, y termina por ser fatalista. Según él, nadie puede perder el estado de gracia.

Calvino admite dos sacramentos: el Bautismo y la Cena, que no es más que una simple ceremonia. Lutero no se había atrevido a negar la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía; Calvino la rechaza, y no ve en la Cena más que un recuerdo, y en la Comunión, una comida por la fe.

Calvino suprime todo culto externo y hasta el mismo sacerdocio; reconoce ministros y predicadores, pero sin ningún carácter de orden: cualquiera puede ser ministro y dejar de serlo; bástale una delegar don de los ancianos. ¿Es necesario añadir que en el sistema de predestinación admitido por Calvino, las buenas obras son inútiles?... Es la destrucción de toda moral.

Los principales auxiliares de Calvino fueron Viret, Farel y Teodoro de Beza. Este último fue el que introdujo el protestantismo en Francia (24).

Enrique VIII.— En la época en que Lutero inauguraba su reforma en Alemania, reinaba en Inglaterra Enrique VIII. Este príncipe, lleno de celo por la religión católica, había escrito contra la herejía un libro, que le valió de parte de León X, en 1521, el título de defensor de la fe. Pero, arrastrado por las pasiones, Enrique VIII no dejó a la historia más que el recuerdo de su lujuria, de su tiranía y de sus crueldades.

Después de veinte años de matrimonio con Catalina de Aragón, solicitó de la corte de Roma el divorcio para poder casarse con Ana Bolena, de la que se había enamorado perdidamente. El papa Clemente VII se opuso a las pretensiones del monarca, amonestándole paternalmente al principio, y amenazándole después con la excomunión. El rey, obedeciendo, por una parte, a los impulsos de la pasión y, por otra, a las pérfidas instigaciones de su canciller Tomás Cromwell, se atrevió a usurpar el título de Cabeza Suprema de la Iglesia de Inglaterra (1532).

Consecuente con tal determinación, declaró nulas las censuras de la Santa Sede, e hizo sancionar su nuevo enlace con su concubina por su indigno capellán Cramner, a quien él mismo había nombrado obispo de Cantorbery.

El cisma se había introducido en el reino. Los obispos ingleses se mostraron débiles y tímidos; el Parlamento aprobó la apostasía del soberano. Inmediatamente se dictaron decretos de confiscación. Más de cuatrocientos monasterios fueron clausurados y sus bienes repartidos entre los lores. La prisión, el destierro y la muerte fueron el premio de los que se mantuvieron fieles a Dios y a su Iglesia. Entre las víctimas de esta persecución, se cuentan veintiún obispos, quinientos sacerdotes y setenta y dos mil fieles. Los dos mártires más ilustres son el cardenal FISHER y el canciller TOMAS MORO.

Enrique VIII trae a la memoria el recuerdo de los más odiosos tiranos de la Roma pagana. Se casó seis veces, repudió dos esposas y mandó otras dos al cadalso. Se cuenta que antes de morir, el 29 de enero de 1547, dijo a sus cortesanos: Lo hemos -perdido todo: el trono, el alma y el cielo.

A pesar de todo, Enrique VIII no pretendía otra cosa que librarse del Papa: inauguró el cisma sin querer implantar la herejía. El calvinismo fue introducido en Inglaterra, durante la menor edad de Eduardo VI, por Cramner; bajo el reino de la cruel Isabel, asesina de María Estuardo, el calvinismo, apoyado y sostenido por el verdugo, se convirtió en religión del Estado, llamada religión anglicana (1571).

Tales son los grandes fundadores del protestantismo, a quienes juzga un célebre protestante, Cobbett, en los siguientes términos: “Tal vez jamás haya visto el mundo, en un mismo siglo, una cáfila de miserables y de canallas como la formada por Lutero, Calvino, Zwinglio, Beza y los otros corifeos de la Reforma. El único punto de doctrina en que ellos estaban de acuerdo era la inutilidad de las buenas obras, y su vida sirve para confirmar la sinceridad con que habían abrazado este principio” (25).

El protestantismo cubrió el suelo de Europa de sangre y de ruinas. En Alemania encendió la guerra civil y armó el brazo de los campesinos, que Lutero hizo exterminar después por los nobles. En

Inglaterra suscitó las mismas luchas religiosas: con la reina Isabel hizo pasar por la más terrible de las persecuciones a la antigua Isla de los Santos, llevándolo todo a sangre y fuego. Francia fue teatro de guerras sangrientas promovidas por los desórdenes de los Hugonotes, es decir, CONFEDERADOS, que querían implantar la herejía por las armas, degollaban sacerdotes y quemaban iglesias y aldeas. No, decía Leibnitz, todas las lágrimas de los hombres no bastarían para llorar el gran cisma del siglo XVI. Desde entonces, el protestantismo ha sido el auxiliar de las sectas masónicas, fautoras de todos los desórdenes y de todas las revoluciones.


2° EL PROTESTANTISMO NO POSEE LAS NOTAS DE LA VERDADERA IGLESIA

I. El protestantismo no tiene la unidad:

Ni en la doctrina, porque su primer principio, el libre examen, no puede producir más que innumerables variaciones. Si se supone que cada uno, sabio o ignorante, puede interpretar la Biblia según sus propias luces o según su propio interés, habrá tantas creencias cuantos individuos: Quot capita, tot sensus. Los protestantes jamás han podido formular un símbolo admitido por todos. Sin embargo, la verdad es una, y Dios no puede revelar cosas contradictorias.

Por eso, entre los protestantes, los hombres juiciosos y lógicos, o se convierten al catolicismo o caen en el racionalismo.

No hay término medio: o Jesucristo es Dios o no lo es.

a) Si Jesucristo es Dios, su doctrina es necesariamente una: Dios no se suma, Dios no varía; su verdad permanece eternamente. Es así que el protestantismo profesa las creencias más diversas y más contradictorias; luego no es divino.

b) Si Jesucristo no es Dios, toda religión sobrenatural cae por tierra, y no quedan más que el racionalismo y el ateísmo.

En vano intenta Jurieu sostener que la unidad necesaria a la Iglesia consiste en entenderse sobre los artículos fundamentales. Este sistema es arbitrario, contradictorio, impracticable.

Arbitrario, parque en una religión revelada todo es fundamental; en ninguna parte de la Escritura se lee que sea permitido a cada individuo elegir entre sus dogmas y preceptos.

Contradictorio, porque, según este sistema, los protestantes están obligados a recibir en su comunión a todas las sociedades cristianas y aun a la Iglesia católica: es inútil entonces rebelarse contra ella.

Impracticable: si hay artículos fundamentales, ¿cuáles son? Las verdades claramente expresadas en la Biblia. ¿Cuáles?... Los protestantes de Francia, reunidos en sínodo, en 1873, no pudieron ponerse de acuerdo ni aun acerca de la verdad fundamental de la divinidad de Jesucristo. Y sin embargo, ¿qué hay más claro en el Evangelio?...

Ni en el culto. Los protestantes carecen de culto: por lo pronto no tienen sacrificio. Los pueblos más bárbaros tienen sus sacrificios; los protestantes edifican templos, mas no erigen altar. El templo sin altar no es un edificio consagrado a Dios. En cuanto a los sacramentos, algunas sectas no admiten más que el Bautismo; otras le añaden la Cena, insulsa falsificación de la Eucaristía.

Ni en el gobierno. Desde el principio, el protestantismo ha rechazado toda autoridad docente, toda jerarquía. Está fraccionado en una multitud de sectas independientes, separadas por las creencias y frecuentemente empeñadas con encarnizamiento en su destrucción. Sólo un lazo las unifica: el odio mutuo al Papado, centro visible de la Iglesia católica.

En el protestantismo no hay iglesias, es decir, saciedades religiosas. Para una sociedad se necesita la autoridad que ligue entre sí las inteligencias, las voluntades y los corazones. Si no existe la autoridad de una cabeza, no hay más que miembros dispersos y, por lo tanto, no existe cuerpo moral, no hay sociedad. El protestantismo es una torre de Babel, donde reina la confusión y la, anarquía.

II. El protestantismo no tiene la santidad:

Ni en sus fundadores, que fueron todos hombres de conducta infame y escandalosa. Basta este carácter para juzgar esa religión. Dios no se sirve de gente corrompida para desempeñar una misión tan importante como la de reformar su Iglesia.

Ni en su doctrina. Los principios del protestantismo llevan a todos los crímenes y los justifican todos. ¿Hay algo más inmoral que los primeros principios de sus fundadores: el hombre no es libre; las buenas obras son inútiles; la fe basta para salvarnos, por grandes que sean los crímenes que uno cometa, etc.? La conciencia se subleva contra estas abominables teorías. Por eso, los protestantes son indefinidamente mejores que sus principios, a causa de que éstos no han podido extinguir en ellos las luces de la ley natural.

El protestantismo, así como carece de unidad en sus creencias, tampoco tiene moral común y obligatoria para todos: cada cual, interpretando la Biblia según las luces de la propia razón, traza y modifica su moral en conformidad con sus deseos corrompidos. Y esto explica que algunos protestantes hayan llegado hasta negarlas verdades que sirven de base a la moral, como la inmortalidad del alma, la existencia del infierno eterno...

Además, el protestantismo ha rechazado todos los medios de santificación: el ayuno, la abstinencia, las mortificaciones, los consejos del Evangelio, el culto de la Santísima Virgen, etc. Negando la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía, ha cegado la fuente de las grandes abnegaciones y de las virtudes heroicas. No crecen en su campo las tres hermosas flores de la vida cristiana: la humildad, la virginidad, la pobreza voluntaria. Ha rebajado por doquier el nivel de la moral del pueblo, suprimiendo el freno del la confesión y los auxilios del culto.

Ni en sus miembros. No ha producido ningún santo cuya santidad esté comprobada con milagros. El dicho de Erasmo se cumple siempre: “Hay cristianos que se han hecho peores con los protestantes; pero no encontramos ninguno que se haya hecho mejor. Sólo los malos católicos se pasan al protestantismo; y, al contrario, los mejores protestantes se hacen católicos. El vicio atrae como la virtud, y cada uno va a la religión que se le asemeja”.

Según un proverbio inglés, cuando el Papa escarda su jardín, arroja las malas hierbas a los protestantes; el protestantismo es la cloaca del catolicismo. Es un hecho confirmado por la experiencia.

Lutero y Calvino hubieran deseado hacer milagros para probar su misión, pero no se hacen milagros como se hacen cismas. Erasmo se mofaba de estos pretensos reformadores, incapaces todos juntos de sanar a un mal caballo cojo.

“Lutero ensayó una vez exorcizar a un poseído, y el demonio estuvo a punto de estrangularle. Calvino quiso un día hacer un pequeño milagro. Pagó a un hombre llamado Brule, para que se hiciera el muerto y resucitara cuando él se lo mandara. Calvino, seguido por una muchedumbre curiosa, llega junto al fingido muerto, y dice en voz alta: ¡Brule, en nombre de Jesucristo, levántate! El compadre no contesta. La esposa de Brule se aproxima para sacudirle, pero estaba muerto, castigado por la Justicia divina. La pobre mujer lanza gritos desesperados y cuenta lo que había pasado. Calvino huyó temblando de miedo y de vergüenza. Este hecho se divulgó por todas partes”. — (SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO)

III. El protestantismo no tiene la catolicidad:

Ni la del tiempo. Data del siglo XVI.

Ni la de los lugares. No se extiende sino a los países donde se impuso violentamente, y se halla dividido en numerosas sectas. Cada una, tomada separadamente, no ocupa más que un pequeño rincón del globo: los luteranos, en Alemania;los calvinistas, en Suiza y Francia; los anglicanos, en Inglaterra; los presbiterianos, en Escocia, etc. El protestantismo no está extendido por toda la tierra.

Ni la del número. La Iglesia Romana sola es cinco veces más numerosa que todas las sectas protestantes reunidas. Es la misma en todas partes, y, al contrario, el protestantismo es diferente en todas partes. Impotente para constituir una sociedad universal, no puede atribuirse con justicia el título de católico.

IV. El protestantismo no tiene la apostolicidad:

Ni la de origen. Sus autores, Lutero, Calvino, etc. están separados de los apóstoles por un intervalo de quince siglos.

Ni la de doctrina. Los apóstoles no han transmitido más que una sola e idéntica doctrina, los mismos sacramentos, el mismo culto; en todo lo cual, el protestantismo ofrece infinitas divergencias. Ningún hombre de buen sentido creerá jamás que los apóstoles hayan enseñado creencias contradictorias.

Las doctrinas protestantes vivían diariamente y se podría continuar la obra inmortal de Bossuet: Historia de las variaciones protestantes. La doctrina de los apóstoles, como la de Jesucristo, es inmutable.

Ni la de misión. Los fundadores del protestantismo no recibieron su misión ni de los sucesores de los apóstoles ni directamente de Jesucristo. ¿Quién, pues, les dio el poder de predicar el Evangelio?...

Para refutar a todos los protestantes pasados, presentes y futuros, basta plantearles la cuestión que planteaba Tertuliano a los innovadores de su tiempo: ¿Quiénes sois vosotros, y de dónde venís? Al principio estabais en el seno de la Iglesia Romana; cuando- la dejasteis, ¿quién os dio la misión de predicar estas nuevas doctrinas? Todo aquél que habla en nombre de Dios debe ser enviado por Dios. Probad, pues, vuestra misión.

Hay dos géneros de misión: una ordinaria y otra extraordinaria. La misión ordinaria es aquélla en cuya virtud los sacerdotes son enviados por el Papa en el mundo entero, o por los obispos en sus diócesis, a propagar la fe.

Los innovadores no pueden atribuirse la misión ordinaria, porque fueron excomulgados por el Papa y condenados por los obispos.

¿Recibieron acaso una misión extraordinaria?' Tal misión no es legítima, si no se prueba con una eminente santidad de vida y con milagros. Así es como San Pablo probaba su misión: Aunque nada soy, con todo, yo os he dado claras señales de miapostolado con manifestar una paciencia a toda prueba, con milagros, con prodigios y con maravillas del poder divino (26).

Pues bien, ¿dónde están los milagros obrados por los fundadores del protestantismo?...

No habiendo recibido ni misión ordinaria ni misión extraordinaria, no son pastores legítimos; son intrusos, lobos rapaces introducidos en el rebaño (27).




3° EN SU REGLA DE FE , EL PROTESTANTISMO CONTRADICE A
NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO

Fácil cosa es convencer de error al protestantismo, mostrándole que su regla de fe es contraria a la voluntad de Jesucristo. La regla de fe del protestante es ésta: La Biblia, y nada más que la Biblia, libremente interpretada por cada individuo. -


1° Esta regla de fe está condenada por la Biblia misma. Nuestro Señor Jesucristo predicó, pero no dejó nada escrito. No dijo a sus apóstoles: Id, escribid, vended Biblias por las calles, sino que les dijo: Id, enseñad a todas las naciones, predicad el Evangelio... El que creyere se salvará: el que no creyere se condenará... Quien a vosotros oye, a Mí me oye... Luego la Biblia no es la regla de fe establecida por Jesucristo; Él no manda leer la Biblia, sino escuchar a los apóstoles.


Los apóstoles predicaron: por medio de la predicación propagaron la fe en el mundo. Sólo más tarde, algunos de ellos escribieron los libros del Nuevo Testamento. La Iglesia existió mucho antes que los Evangelios. ¿Cuál era entonces la regla de fe de los primeros cristianos? . . . Por lo demás, la Biblia no puede ser una regla de fe, porque los libros que la componen no son un catecismo, una enseñanza religiosa, clara y completa. Los Evangelios, los Hechos de los Apóstoles, son simples narraciones presentadas a los fieles para su edificación. Las Epístolas son fragmentos sueltos, respuestas a cuestiones particulares. Jamás pretendieron los apóstoles dar en esos fragmentos escritos un código de enseñanza completo, una fórmula de fe.


Fuera de eso, los escritores sagrados ponen en la misma categoría la enseñanza escrita y la enseñanza oral. Declaran que no han escrito más que una pequeña parte de las enseñanzas del Salvador (28), y demandan el mismo respeto para lo que enseñan de viva voz, que para lo que han consignado en sus escritos. Retened, dice San Pablo, la doctrina que habéis aprendido, ya sea de palabra, ya por nuestra carta (29). Y a Timoteo: Y lo que has oído de mí ante muchos testigos, confíalo a hombres fieles que sean aptos para enseñar a otros (30). Luego la Escritura santa no contiene todo lo que hay que creer y practicar, puesto que los apóstoles nos ordenan conservar las tradiciones.


La regla de fe los protestantes es imposible. Antes de la invención de la imprenta, los manuscritos de la Biblia eran raros y costosos. Durante estos catorce siglos, la inmensa mayoría de los fieles fueron instruidos más por la predicación que por la Biblia. Si la Biblia es necesaria, estos cristianos no tuvieron regla de fe.

Pues bien, la historia certifica que esos cristianos no valían ciertamente menos que los protestantes de ahora.

Aun en nuestros días, la Biblia no puede ser la única regla de fe. Unos no saben leer; otros carecen dé oportunidad para ello. Los ignorantes, y los pobres no podrían salvarse, si la salvación estuviera vinculada a la lectura de la Biblia. Y tan lejos está de ser así, que Jesucristo dio, como señal de su misión divina, precisamente la Evangelizarían de los pobres.

Entre los protestantes, los hechos están en oposición con la teoría. Entre ellos, como entre nosotros, los niños reciben su instrucción religiosa en la familia, por conducto de los padres; en las escuelas, por los maestros; en los templos, por los pastores. Entre ellos, como entre nosotros, los niños, antes de saber leer, aprenden los primeros rudimentos de la doctrina cristiana, el Símbolo de los Apóstoles y el Decálogo. Su creencia se funda en estas enseñanzas recibidas y no en la lectura de la Biblia. La mayoría de ellos creerá toda la vida lo que ha creído en su infancia... Además, ¿no tienen los protestantes ministros para explicar la Biblia en sus templos? Luego, entre ellos, la Biblia no es la ÚNICA REGLA DE FE.

El protestantismo no viene de Dios. Toda religión que no produce algún Santo, que no es confirmada por algún milagro, no puede venir de Dios. El milagro, según hemos demostrado (N° 85), es el sello, la firma, que Dios imprime a su religión. Pues bien, el protestantismo, en tres siglos que tiene de existencia, no ha podido producir un solo Santo ni puede presentar ningún milagro. Luego no viene de Dios.

El protestantismo es obra del demonio, padre de la mentira, enemigo de Dios y de los hombres. Ved de ello una prueba manifiesta: “El protestantismo rechaza todo lo que es consolador, tierno y afectuoso en la religión: la adorable presencia de Jesucristo en el sacramento de su Amor; el tribunal de la misericordia y del perdón; la devoción a la Santísima Virgen María, esta dulce Madre del Salvador que Él nos dio por Madre en el momento supremo de su muerte; la invocación de los Santos, nuestros hermanos mayores, nuestros amigos, que ya se hallan en la patria, adonde nos llaman y donde nos esperan; la oración por los difuntos, etc.” — (MONS. DE SEGUR). Por eso los protestantes que conocen y aman a Dios se hacen católicos.

OBJECIÓN.— Los protestantes dicen: Nosotros no queremos como regla de fe más que la palabra de Dios, la Biblia, toda la Biblia, nada más que la Biblia.

R. 1° ¿Cómo sabéis vosotros que la Biblia es la Palabra de Dios? Os desafiamos a que lo sepáis sin recurrir a la autoridad de la Iglesia católica. Es indudable que vosotros demostraréis, como nosotros lo hemos hecho, que los libros del Antiguo y del Nuevo Testamento son auténticos y verídicos; pero, ¿cómo probáis que son divinos, escritos por inspiración divina? No lo podéis hacer sin recurrir a la autoridad de la Iglesia. San Agustín tenía razón cuando decía: Yo no creería en el Evangelio, si la autoridad de la Iglesia católica no me moviera a ello.

2° Admitamos que la Biblia sea la palabra de Dios; y, ¿cómo probaréis que la traducción de los Libros Santos es fiel y está libre de errores? El original de la Biblia está escrito en dos lenguas: en hebreo y en griego. Se han hecho diversas traducciones, ¿cuál será la verdadera? ¿Quién os probará que vuestra Biblia está bien traducida y que reproduce fielmente la palabra de Dios? Un proverbio dice:

“Los traductores son generalmente traidores: traductor, traditor”.

Vosotros no podéis, pues, saber si vuestra Biblia está bien traducida, sin una autoridad infalible; y autoridad infalible no la hay sino en la Iglesia Romana.

Hacéis mal en echar en cara a los católicos el que crean en la palabra de los sacerdotes enviados por Dios para enseñar, cuando vosotros creéis en la palabra de un traductor sin mandato, sin misión, cuando vosotros recibís su palabra humana como palabra divina...

3° Aunque concediéramos que vuestra Biblia esté fielmente traducida, ¿cómo probaréis que acertáis a interpretar el sentido verdadero de las Escrituras? Tenedlo presente: una falsa interpretación de la palabra sagrada hace del Evangelio de Cristo el Evangelio del hombre. La Biblia es obscura en "muchas partes; la inteligencia humana está sujeta a error y, de hecho, frecuentemente se equivoca. Así, para no citar más que un ejemplo, estas palabras de Nuestro Señor Jesucristo: Este es mi cuerpo, Lutero las entiende del cuerpo de Jesucristo, mientras Calvino no ve en ellas más que una figura. ¿Cuál de los dos ha dado con el verdadero sentido de la palabra divina?...

No se puede estar cierto de poseer el verdadero sentido de la Biblia, sin la decisión de un juez infalible. Si ese juez falta, tendréis siempre tantas creencias cuantas interpretaciones individuales, y nunca estaréis seguros de comprender la palabra de Dios.

4° Me diréis, finalmente: “Estamos iluminados por la luz interior del Espíritu Santo...”. No basta afirmarlo, hay que probarlo. Si el Espíritu Santo os inspira, ¿por qué entendéis las palabras de la Biblia los unos en un sentido y los otros en otro? ¿Puede contradecirse el Espíritu Santo? Es un Espíritu Santo un tanto raro el vuestro...

Vosotros echáis en cara a los católicos el que crean en la infalibilidad de un Papa, y a la vez, os transformáis en otros tantos papas infalibles para interpretar la palabra de Dios... No, no está permitido a todo el mundo interpretar la Biblia, porque, dice San Pablo: Dios ha dado a los unos el ser apóstoles, a otros el ser profetas, a otros el ser evangelistas, a otros el ser pastores y doctores (31).

Se debe preguntar el sentido de la Biblia a aquéllos que tienen la misión de enseñar: Los labios del sacerdote serán los depositarios de la ciencia, y su palabra dará el conocimiento de la ley (32).

5° Vosotros pretendéis aceptar la Biblia, toda la Biblia, etc. Pluguiese a Dios que así fuera, pues entonces seríais católicos. La Biblia enseña que Jesucristo estableció una Iglesia, y que en esa Iglesia ha constituido una, autoridad doctrinal infalible a la que debemos obedecer: Id, decía Nuestro Señor Jesucristo a sus apóstoles, enseñad a todas las naciones... El que creyere se salvará y el que no creyere se condenará... Luego todo aquél que no obedece a los apóstoles y a sus sucesores, debe ser considerado como gentil y publicano...

CONCLUSIÓN.— Ojalá tuvieran presente nuestros hermanos caídos en extravío que sus antepasados eran católicos y que, haciéndose ahora católicos ellos también, no cambiarán de religión: no harían más que volver al seno de la Iglesia, de la que un día, desgraciadamente, desertaron sus padres (33).



4° LA IGLESIA GRIEGA CISMÁTICA NO POSEE LAS NOTAS
DE LA VERDADERA IGLESIA

Origen del cisma de Oriente. — En 857, el emperador griego Miguel, llamado el beodo, y su ministro Bardas, expulsaron de su sede de Constantinopla a San Ignacio, que reprendía sus crápulas. Lo reemplazaron por un hombre hechura suya, Focio, quien en seis días recibió, sacrílegamente, todas las órdenes de la Iglesia. Este indigno usurpador se sublevó contra el Papa y se declaró patriarca universal. “Era el hombre más artero y sagaz de su época; hablaba como un santo y obraba como un demonio”. Su tentativa fracasó. Fue encerrado en un monasterio, donde murió en 886.

Sus sucesores, alentados por los emperadores de Constantinopla, no dejaron de aspirar al título de patriarca universal. Por fin, uno de ellos, Miguel Cerulario, se rebeló abiertamente contra la autoridad del Papa, que le excomulgó en 1054. El cisma estaba consumado.

Más tarde, la reconciliación se llevó a cabo, y fue solemnemente proclamada en el Concilio de Florencia, que se celebró el año 1439; pero la mala voluntad del clero de Constantinopla hizo poco menos que nulo el resultado de esta unión.

Desde entonces, la Iglesia cismática se dividió en tres ramas principales: la Iglesia de Constantinopla, la Iglesia griega y la Iglesia rusa, la más importante de todas. A la primera se agregaron, por lo menos aparentemente, las Iglesias de Antioquía, de Jerusalén y de Alejandría.

Rusia recibió la fe cristiana bajo el reinado de la princesa Olga, regente del reino de 945 a 955, y fue convertida definitivamente en tiempo de Vladimiro el Apostólico, en 986, por San Cirilo y San Metodio. La Iglesia rusa dependió mucho tiempo del patriarca de Constantinopla, que en 1589 elevó al obispo dé Moscú a la dignidad de patriarcal. Más tarde, Pedro el Grande se apoderó de la autoridad religiosa, se declaró jefe espiritual de todas las Rusias y fundó el Santo Sínodo para gobernar la Iglesia nacional.

La Iglesia cismática entera conserva todavía inalterados los dogmas de la fe que tenía antes de la separación y que son casi los mismos que profesa la Iglesia Romana.

Las principales divergencias son éstas:

a) Los griegos sostienen que el Espíritu Santo procede del Padre y no del Hijo, y rechazan la palabra Filioque.

b) No reconocen la autoridad suprema del Papa.

c) Sus patriarcas y obispos están sometidos a la ley del celibato, pero a los presbíteros les está permitido el matrimonio, siempre que haya sido contraído antes de la recepción de las órdenes sagradas. Hay con ello más de lo necesario para declararlos, a la vez, cismáticos y herejes.

1° La Iglesia griega cismática no es una.— No tiene la unidad de gobierno, puesto que sus diversos patriarcas son iguales entre sí e independientes los unos de los otros. Cada patriarcado forma hoy una Iglesia distinta. La dependencia de los patriarcas de Jerusalén, de Antioquía y de Alejandría, respecto del de Constantinopla, no es más que nominal. Patriarcas y obispos dependen del jefe del Imperio turco; la Iglesia rusa ha estado hasta ahora sometida al zar, como si los soberanos laicos pudieran ser los pastores de la Iglesia de Cristo. El clero cismático no quiere obedecer al Papa, sucesor de San Pedro, pero no se avergüenza de ser esclavo del sultán o del zar. ¡Terrible pero justo castigo de la justicia divina!

2° La Iglesia griega cismática no es santa.— a) Ni en sus fundadores. Focio y Miguel Cerulario no eran más que unos intrigantes y ambiciosos.

b) Ni en sus miembros. Los Santos que venera estaban canonizados antes del cisma. La tierra que produjo los Atanasios, los Cirilos, los Crisóstomos, los Basilios, los Gregorios Naciancenos, es estéril en SANTOS y en grandes obras. Los milagros han dejado de manifestar la asistencia divina.

El clero, sometido por completo al poder civil, desprovisto de ciencia, autorizado a casarse, ha perdido todo su prestigio. Su influencia es nula; las poblaciones ignorantes vegetan en el decaimiento moral. Estas iglesias, caídas en un estado tan miserable después que dejaron a Roma, son manifiestamente falsas. El cisma griego, separado del tronco vivo de la Iglesia católica, es una rama cortada, sin savia, muerta.

3° No es católica.— a) Ni por la duración. El cisma comenzó en el siglo IX, y no se consumó hasta mediados del XI, el año 1054. 

b) Ni por la extensión. Está confinada a Turquía y a los Balkanes, Grecia y Rusia,

4° No es apostólica. — a) Ni por la doctrina, porque ha variado en la fe heredada de los apóstoles al rechazar el primado del Papa y la procesión del Espíritu Santo, dos dogmas que había admitido durante más de diez siglos.

b) Ni por la misión. Después del cisma, sus pastores han perdido toda misión y toda, jurisdicción: han dejado de ser los legítimos sucesores de los apóstoles.

El papa León XIII hizo frecuentes llamamientos a las pobres iglesias cismáticas, a fin de volverlas a la vida. Su amor a la Santísima Virgen y a la Eucaristía esla prenda de esperanza de su vuelta a la unidad. Los griegos tienen a la PANAGIA, es decir, a la Santa Madre de Dios, una gran devoción. Su Icón o imagen sagrada está pintada en todos los templos, y le rezan-con fervor. La EUCARISTÍA es consagrada por los sacerdotes y conservada en los altares. Jesús y María ¿no se compadecerán de estas pobres almas, cuya mayoría, sobre todo en el pueblo, está de buena fe? No se trata más que de volver a la doctrina de los grandes Doctores de Oriente, de los Atanasios, de los Gregorios, de los Crisóstomos, de los Cirilos, todos los cuales permanecieron inviolablemente unidos a la Sede Romana.

CONCLUSIÓN GENERAL.— La verdadera Iglesia de Jesucristo, según el Evangelio y la tradición, debe ser una, santa, católica, apostólica. Así lo declara el Concilio general de Nicea, admitido por todas las Iglesias que se dicen cristianas. Las sectas protestantes y las Iglesias cismáticas no tienen ninguna de estas cualidades; por consiguiente, no son, no pueden ser la verdadera Iglesia de Jesucristo.

Por el contrario, la Iglesia católica es estrictamente una en su fe, en su culto, en su gobierno; santa en su fundador, en su doctrina, en sus miembros; católica en el tiempo y en el espacio; apostólica en su doctrina, misión y sacerdocio. Luego es la verdadera Iglesia de Jesucristo.

“¡Dichosos los cristianos a quienes la Providencia hizo nacer en un país católico! Es una gracia que no se puede apreciar sino poniéndose en el lugar de las infortunadas víctimas del cisma y de la herejía. ¿Qué queréis que sean, en esas religiones degradadas, con tan pocos auxilios espirituales, aun las almas rectas y buenas? Boguemos a Dios que estos hermanos, separados de nosotros por circunstancias desgraciadas, lleguen a conocer la verdad y tengan el valor de seguirla”. — (PORTAIS)



Notas

23. Véase AUDIN, Vida de Lutero. L. D. LOREENZ, El fin de Lutero, etc.
24. Véase AUDIN, Vida de Calvino.
25. COBBETT, Historia de la Reforma, VII.
26. 2 Cor., XII, 11 y 12.
27. Los incrédulos y racionalistas de nuestros días tienen complacencias particulares para los protestantes.
Consideran a Lutero y a Calvino como a sus legítimos antecesores, y con razón. La incredulidad que asola annuestra sociedad moderna es la consecuencia lógica, fatal, de la rebelión religiosa del siglo XVI.
El protestante, en nombre del libre examen, rechaza una parte de las verdades cristianas que la Iglesia enseña al mundo en virtud de la autoridad de Cristo. El incrédulo, en nombre del libre examen, va más lejos ynrechaza el conjunto de esas verdades. El principio es el mismo de una y otra parte; es la razón individual quenocupa el lugar de la fe, es decir, de la sumisión del espíritu a la autoridad de Dios. El protestante, sépalo o no,nes un incrédulo en germen; y el incrédulo, un protestante perfecto. ―Para descristianizar a Europa, basta protestantizarla. Las sectas protestantes son las mil puertas abiertasnpara salir del Cristianismo. – ED. QUINET.
28. Juan, XXI, 25.
29. 2 Tes., II, 14.
30. 2 Tim., II, 2.





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