martes, 5 de diciembre de 2017

La Contrición Perfecta, Llave de Oro del Paraíso







LA CONTRICIÓN PERFECTA
LLAVE DE ORO DEL PARAÍSO


PREFACIO

Este librito vale largos tratados, así por la soberana importancia de la materia que trata (una materia por desgracia muy poco conocida por muchos cristianos) como por la abundancia de su doctrina y el interés de su aplicación práctica. «El gran medio de salvación» es el título que San Alfonso de Ligorio dio a un tratadito sobre la oración publicado con muchas otras obras de su pluma. Y era tan grande su confianza en la eficacia y el poder de la oración para asegurar la salvación de las almas, que él habría deseado ver ese librito en manos de todos. Sobre el ejercicio del amor de Dios y la perfecta contrición podemos decir con mucha mayor verdad que son «los grandes medios de salvación», porque es más íntima y aún más estrecha la conexión entre un acto de caridad o contrición perfecta y la adquisición de la vida eterna, que entre la oración y la salvación.

Así, pues, quisiera ver esta obrita, como la del mismo San Alfonso, en las manos de todos, convencido como estoy de que una cuidadosa lectura y la puesta en práctica de sus enseñanzas abrirán la puerta del cielo a una multitud de almas que de otro modo arriesgarían su condenación eterna, y de que aumentará de modo maravilloso la gracia de Dios en quienes han sido fieles desde su bautismo.

Cada cristiano debe estar bien instruido sobre la importancia capital del acto de contrición perfecta y de caridad en razón de los inestimables beneficios que tal conocimiento puede brindarnos a la hora de la muerte y permitirnos brindarlo igualmente en el lecho de muerte a algún moribundo a quien la Providencia pudiera guiarnos. Ninguno, aún gozando de buena salud, debe olvidar esta verdad. Pero es sobre todo deseable que cada uno la custodie profundamente grabada en su corazón para las horas de enfermedad y los peligros de muerte.

Quiera Dios que este folleto sea distribuido lo más posible por todas partes. No hay duda de que su lectura estará acompañada de abundantes bendiciones.

P. AGUSTÍN LEHMKUHL, S. J.


PRÓLOGO

Esta obrita sucinta fue hallada providencialmente en una decrépita copia publicada en francés 75 años atrás. Éste es sin duda el asunto más importante que pudiera leer un católico o simplemente cualquiera: es en verdad la llave del Cielo. El conocimiento de la contrición perfecta es más importante hoy que nunca, ya que el Sacramento de la Penitencia ha sido casi completamente borrado por los enemigos de la Iglesia, y los verdaderos confesores son cada vez menos numerosos y más difíciles de encontrar.

Ten presente, al leer este folleto, cómo la contrición perfecta es aún –para los no bautizados— nada menos que el bautismo de deseo (in voto). En las palabras del profeta, no se puede menos que exclamar que «Convertíos al Señor Dios vuestro: puesto que es benigno, y misericordioso, y paciente, y de mucha clemencia, e inclinado a suspender el castigo». Donde está la contrición perfecta, allí está la caridad, y donde está la caridad, allí está la gracia santificante. Esta gracia, como enseña el Angélico Doctor Santo Tomás de Aquino, no está limitada a los sacramentos, signos y causas sensibles de la gracia. Y quienquiera que muera en estado de gracia se salva, como sin duda también se pierden quienes mueren sin ella. Con todo, este folletito no tiene intenciones polémicas sino que simplemente está destinado a aquellos que, por ignorancia de la contrición perfecta, enfrentan la desesperación del perdón a la hora de la muerte.

Es nuestro ruego que todo el que lea este librito consiga copias del mismo para distribuirlo a toda su familia y amigos, que exista un traductor en cada lengua, y que alcance hasta los confines del mundo. Ojalá su propagación sea un verdadero apostolado para cada católico verdadero. ¡Cuántas almas esperan salvarse, y qué abundante recompensa está encerrada para uno mismo en tal apostolado! «La caridad cubre muchedumbre de pecados».

MONS. ROBERTO F. MCKENNA, O. P.



INTRODUCCIÓN

Querido lector: doy por probable que al ver este librito La llave de oro del paraíso sientas curiosidad por saber si el contenido corresponde al título. Quizás te veas inspirado por cierta desconfianza y te preguntes inquieto si no estarás viéndotelas con un caso más de literatura sensacionalista y simplista de masas.

Pues bien: en ese caso, querido lector, debo decirte que no es así, sino que ésta es una llave genuina y tangible, y ciertamente fácil de manejar: la contrición perfecta. Te puede abrir el cielo, cada día, a cada momento, si has tenido la desgracia de cerrártelo con el pecado mortal, y especialmente si, a la hora de la muerte, no tienes a tu lado a algún sacerdote, dispensador de la divina misericordia. La contrición perfecta será la última llave que, con la gracia de Dios, te abrirá el cielo. Pero para eso debes haber ganado el hábito de emplearla efectivamente durante la vida. ¡Cuántas almas se han asegurado el cielo gracias a la contrición perfecta, que sin ella se habrían perdido irremediablemente! «Si fuera capaz de cruzar las regiones predicando la palabra divina» –dijo el sabio y piadoso cardenal Franzelin –«mi tema favorito de sermones sería la contrición perfecta».



LA CONTRICIÓN PERFECTA


I
¿QUÉ ES LA CONTRICIÓN?

La contrición es el dolor de alma y el odio por los pecados cometidos. Debe estar acompañada del buen propósito, es decir, de una firme resolución de corregirse y no pecar más.

Para que la contrición sea real es necesario que sea interior, que salga de las profundidades del corazón; no debe ser entonces una simple fórmula usada sin reflexión. Tampoco es necesario mostrarla con suspiros o lágrimas, etc. Todas estas muestras pueden ser una señal, pero no son la esencia de la contrición. Ésta reside en el alma y en la voluntad determinada a apartarse del pecado y volver a Dios.

Aparte de esto, la contrición debe ser universal, es decir, debe extenderse a todos los pecados cometidos –al menos todos los pecados mortales. Finalmente, debe ser sobrenatural y no meramente natural, porque entonces no serviría. Es por esto que la contrición, como toda otra obra buena, debe venir de Dios y de su gracia. Sólo la gracia de Dios puede causarla en nosotros. Sin embargo, Dios siempre nos concede la gracia necesaria con tal de que se la pidamos, suponiendo una buena voluntad de nuestra parte y un arrepentimiento sincero y sobrenatural.

Si nuestro arrepentimiento se basa en motivos de interés, o sigue un motivo puramente natural (p. ej. males temporales, vergüenza o enfermedad) sólo tendremos contrición natural: sin méritos. Pero si está basada en alguna verdad de Fe (p. ej. el infierno, el purgatorio, el cielo, Dios mismo, etc.), entonces verdaderamente poseeremos una contrición sobrenatural.

Esta contrición sobrenatural puede ser a su vez perfecta o imperfecta –y henos aquí llegados a nuestro tema de la contrición perfecta.


¿QUÉ ES, ENTONCES, LA CONTRICIÓN PERFECTA?

En pocas palabras, la contrición perfecta es la contrición basada en motivos de amor, y la contrición imperfecta es la que se basa en motivos de temor de Dios.

La contrición perfecta es la que dimana del amor perfecto de Dios. Ahora bien, nuestro amor a Dios es perfecto si le amamos por ser Él infinitamente perfecto, infinitamente hermoso e infinitamente bueno (amor de benevolencia) o porque Él nos ha mostrado su amor de un modo tan admirable (amor de gratitud). Nuestro amor de Dios es imperfecto si le amamos porque esperamos algo de Él (amor de concupiscencia).

De este modo, en el amor imperfecto pensamos sobre todo en los favores recibidos, y en el amor perfecto pensamos sobre todo en la bondad de Aquel que nos brinda esos favores. El amor imperfecto nos hace amar preferentemente el favor mismo, mientras que el amor perfecto nos hace amar al Autor de esos favores, y antes que por sus dones más bien por el amor y la bondad que esos dones manifiestan.

Del amor dimana la contrición. Como consecuencia, nuestra contrición será perfecta si nos arrepentimos de nuestros pecados en razón del amor perfecto de Dios, sea por benevolencia o por gratitud. Será imperfecto si nos arrepentimos de nuestras faltas por temor de Dios, sea porque el pecado nos ha hecho perder el premio que se nos prometía, a saber, el cielo; o porque nos hemos ganado el castigo impuesto al pecador: el infierno o el purgatorio.

En la contrición imperfecta pensamos particularmente en nosotros mismos y en los males que nos acarrea el pecado según la luz de la Fe. En la contrición perfecta pensamos especialmente en Dios, su grandeza, su belleza, su amor y su bondad; consideramos el pecado como una ofensa y como que ha sido la causa de los tantos sufrimientos padecidos para redimirnos. Deseamos no sólo nuestro bien, sino más bien el de Dios.

Un ejemplo nos ayudará a captar esto mejor. Cuando San Pedro negó a nuestro Salvador, «salió afuera y lloró amargamente». ¿Por qué lloró? ¿Fue por la vergüenza que pasaría ante los otros apóstoles? En tal caso habría sido una pena natural y sin mérito. ¿Acaso sería porque el Divino Maestro lo despojará de su dignidad como Apóstol y Pastor Supremo, o lo apartará de su Reino? En este caso la contrición sería buena, pero imperfecta. ¡Ciertamente no fue así! Se arrepintió, lloró por haber ofendido a su amado Señor, tan bueno, tan santo, tan digno de ser amado. El lloró porque respondió a tan inmenso amor con una negra ingratitud, y eso es contrición perfecta.

Ahora bien, querido lector, ¿no tienes tú también el mismo motivo que San Pedro para detestar tus pecados, por amor, en razón del amor perfecto, y por agradecimiento?

Sin lugar a duda los favores de Dios son más numerosos que los cabellos de tu cabeza y cada uno de ellos debería hacerte repetir las palabras de San Juan:

«Amemos pues a Dios, ya que Dios nos amó el primero».

Y ¿cómo te ha amado Él?

«Te he amado con perpetuo amor» –dice Dios mismo— «por eso misericordioso te atraje a mí»
.
«Te he amado con perpetuo amor».

Desde toda la eternidad, aún antes de que hubiera la más mínima señal de ti en la tierra, Él posó en ti esta mirada de amor que lo penetra todo, Él te preparó un alma y un cuerpo, el cielo y la tierra, con toda la ternura de una madre que prepara la bienvenida de su hijo venidero al mundo. Es Dios quien te ha dado la vida y la salud; es Él quien te da todas las cosas buenas de la naturaleza cada día.

Esta idea bastó para llevar a los mismos paganos al conocimiento y amor perfecto de Dios. Con mayor razón debería llevarte a ti, cristiano que posees el amor y la bondad sobrenatural de Dios por ti. Por medio del profeta dice «te he sido misericordioso». Tú estabas condenado como todos los hombres como resultado del pecado original; Dios envió a su único Hijo que vino a ser tu Salvador y te redimió con su sangre muriendo en la Cruz.

En ti pensó amorosamente en la agonía en el Huerto de los Olivos, cuando derramó su sangre a causa de los azotes y las espinas, cuando anduvo, llevando su cruz, el largo y doloroso camino del Calvario. Cuando, clavado en la Cruz, expiró en medio de terribles tormentos, Él pensó en ti, con tierno amor, como si fueras la única persona en el mundo. ¿Qué haremos después de todo esto? «Amemos pues a Dios, ya que Dios nos amó el primero».

A lo dicho súmese que Dios te atrajo a sí con el Bautismo, que es la primera y principal gracia de la vida, y por la Iglesia, en cuyo seno fuiste incorporado entonces. ¡Cuántos hombres pudieron alcanzar la fe verdadera sólo a fuerza de esfuerzos y sufrimientos! Mas a ti Él te la dio desde la cuna, por puro amor. Él te atrajo hacia sí, Él te atrae cada día por medio de los sacramentos y un sinnúmero de gracias, interiores y exteriores, con que te baña. Estás, por así decirlo, sumergido en un océano, el océano de la bondad y amor divino; y Él quiere coronar de nuevo todas esas gracias colocándote cerca de Él y haciéndote eternamente feliz. ¿Qué le darás por tal amor? ¿Acaso no es verdad que debes retornar algo por estos anticipos? Entonces amemos a nuestro Dios, porque Él nos amó primero.

Vayamos al punto: ¿cómo has respondido al amor de un Dios tan amable y tan bueno? Sin duda con tu ingratitud y con tus pecados. Pero, ¿no estás arrepentido de tu ingratitud? Ah, sí, sin ninguna duda, y ardes en deseo de enmendarte, de corregirte con un amor sin límites. Bien, entonces, si eso es así, tú tienes en este momento contrición perfecta, la que se basa en el amor de Dios y que se llama contrición de amor o de caridad.

Pero en la misma contrición de caridad hay un grado más elevado aún, que consiste en amar a Dios puramente por ser Él infinitamente glorioso, infinitamente perfecto y digno de ser amado, en abstracción de su misericordia por nosotros. Hagamos una comparación. En el firmamento hay un número de estrellas tan distantes de nosotros que no alcanzamos a percibirlas, y sin embargo son tan grandes y brillantes como el sol que nos irradia su calor y vida tan liberalmente. Del mismo modo supongamos un hombre que nunca hubiera estado en la posesión de la eterna estrella que es el amor de Dios. Supongamos que Dios no hubiera creado el mundo ni a ninguna otra criatura: Él no sería menos grande ni menos hermoso, ni menos glorioso, ni menos digno de ser amado, porque Él es sí mismo, y en razón de sí mismo es el bien más grande, el más perfecto y el más amable.

Tal es el sentido de la fórmula: «Me arrepiento de todo corazón porque tú eres infinitamente amable y deploras el pecado». Reflexiona un momento y considera el amor de Dios, contempla en especial los acerbos sufrimientos del Salvador. En esta luz fácilmente entenderás, y te traspasará el corazón.

He aquí, entonces, los medios prácticos para alcanzar la contrición perfecta.


II
¿CÓMO SE OBTIENE LA CONTRICIÓN PERFECTA?

Se debe recordar primero que todo que la contrición perfecta es una gracia, y una gracia grande, de la misericordia de Dios. Y debes pedírsela ardientemente. Pídesela no sólo en el momento en que deseas hacer un acto de contrición, sino frecuentemente. Debería ser el objeto de nuestros deseos más ardientes. Por tanto repite con frecuencia: «Dios mío, concédeme la contrición perfecta de todos mis pecados». Nuestro Señor responderá a tu oración si ve en ti el deseo sincero de agradarle.

Dicho esto, he aquí el medio como fácilmente podrás hacer un acto de contrición perfecta. Arrójate a los pies de un crucifijo, sea en la iglesia o en tu habitación, donde te imagines en la presencia de Jesús crucificado, y, a la vista de sus heridas, medita con devoción por unos momentos, y dí para ti mismo: «¿Quién es, pues, el que está clavado en la Cruz? Es Jesús, mi Dios y mi Salvador. ¿Qué es lo que sufre? Su cuerpo desgarrado cubierto de heridas muestra los tormentos más terribles. Su alma está inundada de penas e insultos. ¿Por qué sufre? Por los pecados de los hombres y también por los míos. En medio de su amargura, Él se acuerda de mí, sufre por mí, quiere expiar mis pecados.» Detente aquí, mientras la cálida sangre de tu Salvador cae gota a gota en tu alma. Pregúntate cómo has respondido a las muestras de ternura de tan amable Salvador. Recuerda tus pecados, y, olvidándote por un momento del cielo y del infierno, arrepiéntete especialmente porque tus pecados han sido los que redujeron a tu Salvador a tal estado. Prométele que no lo enclavarás nunca más en la Cruz por un nuevo pecado, y finalmente recita, lentamente y con fervor, un acto de contrición.

El acto de contrición puede ser expresado de muchas maneras, conforme a los sentimientos de cada penitente. A continuación viene uno de los más conocidos.

«Pésame, Dios mío, y me arrepiento de todo corazón de haberos ofendido. Pésame por el infierno que merecí y por el Cielo que perdí. Pésame por la ingratitud con que respondí a vuestros favores. Pero mucho más me pesa porque pecando ofendí a un Dios tan grande, bueno y digno de amor como vos. Antes querría haber muerto que haberos ofendido, y propongo firmemente enmendarme, no pecar más y evitar todas las ocasiones próximas de pecado. Concededme la gracia de ser fiel a mi propósito. Amén.»

En esta oración expresamos tres motivos de contrición: el primero es de contrición imperfecta y los dos siguientes de contrición perfecta. Nada impide, en efecto, unir estos dos tipos de contrición; el primero nos lleva más fácilmente al segundo.

1. «Por el infierno que merecí y por el Cielo que perdí …» Esto pertenece a la contrición imperfecta.

2. «Por la ingratitud con que respondí a vuestros favores …» Éste es un motivo que se aproxima a la contrición perfecta y se asocia a ella, puesto que si estoy sinceramente arrepentido de haber respondido al amor de Dios con mi ingratitud y mis pecados, necesariamente desearía enmendarme de mi ingratitud con mi amor. Ahora bien, aquel que, por un motivo de amor, se arrepiente de haber ofendido a su benefactor, verdaderamente posee la contrición perfecta, o contrición de caridad.

3. «Pero mucho más me pesa porque pecando ofendí…» Vuelve a leer la oración anterior y entenderás el sentido de estas palabras. Verás claramente expresado el amor y la contrición perfecta. Para obtenerla más fácilmente añade las siguientes palabras a tu acto de contrición, sea vocalmente o de corazón: «Pero mucho más me pesa porque pecando ofendí a un Dios tan grande, bueno y digno de amor como vos, que sois mi Salvador y moristeis en la Cruz por mis pecados».

Después viene tu resolución: «Propongo firmemente enmendarme, no pecar más y evitar todas las ocasiones próximas de pecado…»

Quizás dirás: «Esto es fácil para otro, pero para mí es algo demasiado elevado y casi imposible». ¿Lo supones así? ¡Cambia de parecer!


III
¿ES DIFÍCIL HACER UN ACTO PERFECTO DE CONTRICIÓN?

Sin duda el acto de contrición perfecta es más difícil que el acto de contrición imperfecta requerido para la confesión. Sin embargo, no hay nadie que con la gracia de Dios no pueda obtener la contrición perfecta, con tal de que lo desee sinceramente. La contrición reside en la voluntad y no en el sentimiento, aunque aún sin lágrimas su intensidad debería guardar alguna proporción al pecado o pecados que hemos cometido.

Además, y esta es una consideración apropiadísima para darnos ánimo, antes del tiempo de nuestro Señor, la contrición fue en la ley antigua por cuatro mil años el único medio de obtener el perdón de los pecados. Y de nuevo en nuestros tiempos no existe ninguna otra forma de perdón para miles de paganos y herejes. Ahora bien, es verdad que Dios no quiere la muerte del pecador; no puede querer imponer una contrición perfecta imposible de alcanzar. La contrición debe, por el contrario, estar al alcance de todos los hombres. Pues bien: si tantos desafortunados que viven y mueren lejos del canal de la gracia y de la Iglesia Católica (aunque no por su propia culpa) pueden obtener esta contrición perfecta, ¿será ella tan difícil para ti que tienes la fortuna de ser cristiano y católico, que eres objeto de gracias mucho más grandes y que estás mejor instruido que esos pobres infieles?

Vamos más lejos. A menudo, sin sospecharlo, tienes contrición perfecta. Por ejemplo al escuchar la Santa Misa con devoción, al hacer fervorosamente el Vía Crucis, al meditar con devoción ante una imagen de Jesús crucificado o de su Corazón divino.

Para expresar el amor más ardiente y la contrición más sincera, muchas veces bastan algunas palabras. Ejemplos son estas jaculatorias: «Mi Dios y mi todo»; «Jesús mío, misericordia»; «Dios mío, te amo sobre todas las cosas»; «Dios mío, ten piedad de mí, pobre pecador»; «Jesús mío, te amo».


IV
¿QUÉ EFECTOS PRODUCE LA CONTRICIÓN PERFECTA?

¡Efectos verdaderamente admirables! El pecador gracias a la contrición perfecta recibe inmediatamente el perdón de cada una de sus faltas aún antes de confesarse. No obstante, debe hacer la resolución de confesarse en tiempo oportuno; por supuesto, esta resolución está incluida en la contrición perfecta. Cada vez que hace un acto de contrición perfecta, se le remiten inmediatamente las penas del infierno, recobra todos sus méritos pasados, se convierte de enemigo de Dios en su hijo adoptivo y coheredero del cielo.

Al justo la contrición perfecta le aumenta y fortalece el estado de gracia. Le borra los pecados veniales que él ha detestado, le aumenta un verdadero y bien entendido amor de Dios. Estos son los efectos maravillosos de la misericordia divina en el alma del cristiano debidos a la contrición perfecta. Quizás te parezcan increíbles. Sin duda –pensarás— que en peligro de muerte deberíamos pedir la contrición; pero, ¿es creíble que la contrición perfecta produzca tales afectos a cada momento? ¿Está bien fundada esta enseñanza sobre la contrición perfecta?

Respondo que es tan sólida como la roca sobre la que está edificada la Iglesia y tan cierta como la misma palabra de Dios.

En el Concilio de Trento, la Iglesia, al explicar las principales verdades disputadas por los herejes, declara5 que la contrición perfecta, que procede del amor de Dios, justifica al hombre y lo reconcilia con Dios aún antes de la recepción del sacramento de la penitencia. Ahora bien, el concilio no dice en ningún lugar que esto suceda sólo en peligro de muerte. Por tanto, la contrición perfecta produce este efecto todas las veces. Además, la Santa Iglesia apoya todo esto en las palabras de Jesús: «Cualquiera que me ama» –y con la contrición perfecta verdaderamente le amamos— «mi Padre le amará, y vendremos a él y haremos mansión dentro de él». Dios no puede habitar en un alma manchada por el pecado. La contrición perfecta o contrición de caridad borra por consiguiente los pecados.

Tal ha sido siempre la enseñanza de la Iglesia, de los Santos Padres y de sus doctores: Bayo fue condenado por sostener lo contrario. De hecho, si como hemos dicho hasta ahora la contrición perfecta debe haber producido efectos tan admirables en el Antiguo Testamento, en la era de la ley del temor, tanto más producirá esos efectos en el Nuevo Testamento, donde reina la ley del amor.

Pero entonces dirá alguno: si la contrición perfecta borra los pecados, para qué confesarlos después? Es verdad que la contrición perfecta produce los mismos efectos que la confesión, pero no lo hace independientemente de la confesión, ya que la contrición perfecta supone precisamente el firme propósito de confesar los pecados que han sido perdonados. Porque confesar todos los pecados, al menos los mortales, es una ley de Jesucristo y una ley inmutable.

¿Es necesario confesarse lo más pronto posible después del acto de contrición?

Hablando estrictísimamente no es necesario, pero yo te urgiría fuertemente a hacerlo. Entonces estarás tanto más seguro de estar perdonado y obtendrás al mismo tiempo las gracias preciosas adjuntas al sacramento de la penitencia, que se llaman gracias sacramentales. Tal vez ahora estés tentado de decirte: «Si es fácil obtener la remisión de los pecados por medio de la contrición perfecta, no tengo por qué preocuparme por la confesión. Pecaré sin escrúpulo y estaré descargado de la deuda del pecado con un acto de contrición perfecta». Cualquiera que pensara de ese modo no tendría ni una sombra de contrición perfecta. Ese no amaría a Dios sobre todas las cosas, ya que no tendría el serio deseo de romper con el pecado y cambiar de vida, condición requerida por igual para la confesión y para la contrición perfecta. Ese podría engañarse, pero a Dios nunca lo engañaría. Quien verdaderamente tiene contrición perfecta está enteramente resuelto a renunciar al pecado mortal. Se limpiará tan pronto como le fuere posible en el sacramento de la Penitencia y, por su buena voluntad ayudada por la gracia de Dios, se guardará de pecar y se robustecerá más y más en el feliz estado de hijo de Dios.

La contrición perfecta es una gran ayuda para todos aquellos que leal y sinceramente quieren recobrar y preservar el estado de gracia, y especialmente para aquellos que caen en pecado por hábito, es decir, que a pesar de su buena voluntad recaen de tiempo en tiempo debido a sus malos hábitos y su propia debilidad. Pero el caso es muy distinto para quienes usan la contrición perfecta como un medio para pecar con impunidad: ellos convierten el remedio divino del arrepentimiento perfecto en un veneno infernal.

No cuentes entre los últimos, mi querido lector, y no permitas que una gracia tan preciosa te haga daño usándola mal.


V
¿POR QUÉ ES TAN IMPORTANTE LA CONTRICIÓN PERFECTA
Y A VECES HASTA NECESARIA?

Es importante a lo largo de toda nuestra vida y en el momento de la muerte.

Primero y ante todo es importante durante nuestra vida. En realidad, ¿qué hay más importante que la gracia? Ella embellece nuestra alma; la penetra y la transforma en una criatura de nuevo orden haciéndola hija de Dios y heredera del cielo. Ella hace dignos de la vida eterna todos los sufrimientos y trabajos del cristiano, es la varita mágica que todo lo transforma en oro –en el oro de los méritos sobrenaturales. Por el contrario, ¡qué hay más triste que un cristiano en estado de pecado! Todos sus sufrimientos, todos sus trabajos, todas sus oraciones quedan estériles, sin ningún mérito para el cielo. Él es un enemigo de Dios, y si muere así, va al infierno.

Por tanto el estado de gracia es de importancia capital, y es necesario para el cristiano.

Si se ha perdido la gracia, se puede recobrar de dos modos:

(1) por la confesión,
(2) por la contrición perfecta.

La confesión es el medio ordinario, pero como no está siempre disponible, Dios nos ha dado un medio extraordinario: la contrición perfecta.

Supongamos que un día tienes la desgracia de cometer un pecado mortal. Después de las preocupaciones del día, en la quietud de la noche se despierta tu conciencia; ella te condena por la fuerza y quedas atormentado. ¿Qué hacer? Pues bien: entonces Dios pone en tus manos la llave de oro que te abrirá las puertas del cielo. Arrepiéntete intensamente de tus pecados por de Dios, como que Él es tan bueno y generoso.

Por el contrario, cuán digno de compasión es el cristiano que ignora la práctica de la contrición perfecta. Se va a dormir y se levanta en estado de pecado mortal. Vive de este modo dos, tres, cuatro o más meses, de año en año, quizás. La noche oscura que lo envuelve no es interrumpida ni un momento después de una confesión. ¡Triste estado el de vivir casi siempre en pecado mortal, como enemigo de Dios, sin ningún mérito para el cielo, y en peligro de condenación eterna!

Otro beneficio: si antes de recibir un sacramento, vale decir, la Confirmación o el Matrimonio, por ejemplo, se recuerda algún pecado no perdonado, la contrición perfecta permite recibir este sacramento dignamente. Sólo para la Santa Comunión se requiere la Confesión.

Aún para un cristiano en estado de gracia, la práctica frecuente de la contrición perfecta es muy útil. Primero, nunca tenemos certeza de estar en el estado de gracia. Ahora bien, cada acto de contrición perfecta aumenta esta certeza. Frecuentemente sucede que nos quedamos perplejos sin saber si hemos consentido o no a la tentación. ¿Qué haremos entonces? ¿Examinar escrupulosamente si hemos consentido o no en la tentación? Tal cosa sería infructuosa. Hagamos un acto de contrición perfecta y soseguémonos.

Aún suponiendo que poseyéramos certeza de estar en el estado de gracia, la contrición perfecta nos será muy útil de todos modos. Cada acto de contrición perfecta aumenta la gracia y un gramo de gracia vale más que todos los tesoros del mundo. Cada acto de contrición perfecta borra los pecados veniales que desfiguran el alma; entonces el alma crece más y más en belleza. Cada acto de contrición perfecta remite el castigo temporal debido al pecado. Acordémonos de las palabras del Salvador referentes a María Magdalena: «Le son perdonados muchos pecados, porque ha amado mucho». Y si este perdón del castigo temporal nos hace apreciar y valorar las indulgencias, buenas obras, limosnas, el primer rango entre estas obras buenas lo ocupa la caridad para con Dios, que es la reina de las virtudes.

Finalmente, con cada acto de contrición perfecta y de amor nuestra alma se fortalece en el bien, y de allí que tenga la firme confianza de obtener la gracia suprema de la perseverancia final.

La práctica de la contrición perfecta es entonces muy importante durante nuestra vida, pero especialísimamente en la hora de nuestra muerte y sobre todo si estamos en peligro de muerte repentina.

Un día se declaró un gran incendio en una ciudad populosa, y muchos murieron. En medio de los muchos que gritaban en el patio de una casa, un niño de doce años, de rodillas, pedía la gracia de la contrición; después instó a sus compañeros a rezar con él. Enteramente desventurados, quizás le debieron su salvación.

Ahora bien, peligros semejantes nos amenazan a cada momento y cuando menos lo pensamos. Se puede ser víctima de un accidente, caer de un árbol, ser atropellado por un tren u ómnibus; se puede ser sorprendido por el fuego al dormir; se puede errar un escalón o caer en medio del trabajo. Uno es llevado moribundo. Corren a buscar un sacerdote, pero el sacerdote llega tarde, y el tiempo es corto. ¿Qué hacer? Hay que hacer inmediatamente un acto de contrición perfecta. Arrepentirse fuertemente por amor y gratitud para con Dios y Jesucristo crucificado. La contrición perfecta será para uno la llave del cielo.

No es el caso que sea lícito a cada uno esperar hasta la última hora en la esperanza de quedar libre de todo pecado por medio de un simple acto de contrición perfecta. En realidad es muy dudoso que la contrición perfecta pueda valer a quienes han abusado de ella para pecar. Los beneficios detallados son principalmente para quienes tienen buena voluntad.

«Pero» –alguno me preguntará— «¿tendremos tiempo de hacer un acto de contrición perfecta?» Sí, con la gracia de Dios. La contrición perfecta no requiere mucho tiempo, especialmente si durante la vida se la ha practicado con frecuencia. Lleva sólo un instante hacerlo desde las profundidades del alma. Además la gracia de Dios es más eficaz al momento de peligro, y nuestra mente está mucho más activa. A las puertas de la muerte los segundos parecen horas. Hablo por experiencia personal.

El 20 de julio de 1886 estuve muy cerca de la muerte. Fue cuestión de ocho a diez segundos de dolor, el tiempo que lleva rezar la mitad de un Padrenuestro. En este brevísimo momento, miles y miles de pensamientos cruzaron mi mente. Toda mi vida pasó ante mí con rapidez inimaginable; al mismo tiempo pensé lo que me esperaba después de la muerte. Todo, repito, todo sucedió durante el corto tiempo de medio Padrenuestro. Afortunadamente mi vida quedó a salvo. Dios lo quiso así de modo que pudiese escribir La llave del cielo. ¡Y bien! Lo primero que hice en tal peligro fue lo que nos enseñaron en el catecismo –un acto de contrición— y recurrir a Dios buscando su protección. Fue verdaderamente entonces cuando aprendí a amar y atesorar debidamente la contrición perfecta. Después la hice conocer y apreciar dondequiera tuve la oportunidad. ¡Qué perdida para la gente no entender mejor su importancia en este último momento! Todos se alborotan; no entienden las lágrimas y llantos; pierden la cabeza; van a buscar al médico o al sacerdote; traen agua fresca y todos los remedios que guardan escondidos. Y mientras el enfermo agoniza quizás ninguno tiene compasión de su alma inmortal; ninguno le sugiere hacer un acto de contrición perfecta. Si te encuentras en una situación semejante, corre al lado del moribundo y, presentándole, de ser posible, de manera calma y serena la imagen de Jesús crucificado, dile con voz segura y firme que piense y repita de lo más hondo de su alma lo que estás por decirle. Luego recítale lenta y claramente el acto de contrición, aún cuando parezca que el enfermo no entiende ni capta nada. Habrás hecho un bien supremo con que te ganarás su gratitud eterna.

Aún si estás tratando con un hereje, ayúdalo en sus últimos momentos de la misma manera. No es necesario hablarle de la confesión. Úrgelo a hacer un acto de amor a Dios y a Jesús crucificado recitándole lentamente el acto de contrición.


VI
¿CUÁNDO SE DEBE HACER UN ACTO DE CONTRICIÓN?

Si me has seguido atentamente hasta este punto, querido lector, déjame pedirte esto: por Dios y por tu alma, no dejes pasar una noche sin hacer un acto de contrición junto con tus oraciones. Seguramente no es pecado omitirlo alguna vez, pero lo que te ofrezco es consejo bueno y útil. No me digas que el examen de conciencia y la contrición perfecta son buenos para los sacerdotes y las almas perfectas; no digas: «No tengo tiempo; ¡a la noche estoy demasiado cansado!»

¿Cuánto tiempo necesitas? ¿Media hora? ¿Quince minutos? No, pocos minutos bastarán. ¿Es que no dices algunas oraciones ya estando acostado? Bien: después de rezar, piensa unos minutitos en tus faltas y los pecados del día y recita lenta y fervorosamente, a los pies del crucifijo, el acto de contrición. Empieza esta noche, y no te arrepentirás.

Si tuvieres la desgracia de cometer un pecado mortal, no te quedes en ese estado. Levántate por medio de la contrición perfecta. Levántate al punto, o al menos durante tus oraciones de la noche, y sin tardanza ve a confesarte.

Finalmente, querido lector, tarde o temprano la hora de la muerte tocará para ti, y si, Dios no lo quiera, llega inesperadamente, ya conoces el remedio, sabes dónde encontrar la llave del cielo.

Si tienes tiempo de prepararte, que tu última acción sea un acto de amor a Dios, tu Creador, tu Redentor, tu Salvador, un sincero y perfecto acto de contrición por todos los pecados de tu vida. Cumplido eso, arrójate en los brazos de la misericordia divina.

Y ahora te dejo, querido lector. Relee este librito, y ponlo en práctica. Aprecia la contrición perfecta. Practica este precioso medio de obtener la gracia, que la Providencia ha puesto en tus manos. En suma, la verdadera llave del cielo.




Traducción: Patricio Shaw

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