Mes de María

viernes, 30 de marzo de 2018

San Agustín: Sermón La Pasión del Señor






"La pasión del Señor"
San Agustín de Hipona
Un Viernes Santo anterior al 410.


1. La pasión de nuestro Señor y Salvador Jesucristo es para nosotros un ejemplo de paciencia, a la vez que seguridad de alcanzar la gloria. ¿Qué cosa no pueden esperar de la gracia de Dios los corazones de los fieles? Por bien de ellos, el Hijo único de Dios y coeterno con el Padre tuvo en poco el nacer como hombre y, por tanto, de hombre, sino que hasta sufrió la muerte de manos de quienes fueron creados por él. Gran cosa es lo que se nos promete para el futuro, pero mucho mayor es lo que recordamos que se hizo ya por nosotros. ¿Dónde estaban los santos o qué eran ellos cuando Cristo murió por los impíos? ¿Quién dudará de que él ha de donarles su vida, si les donó incluso su muerte? ¿Por qué duda la fragilidad humana en creer que será una realidad el que los hombres vivan algún día en compañía de Dios? Mucho más increíble es lo que ya ha tenido lugar: que Dios haya muerto por los hombres. ¿Quién es Cristo sino la Palabra que existía en el principio, la Palabra que existía junto a Dios y la Palabra que era Dios? Esta Palabra de Dios se hizo carne y habitó entre nosotros. No hubiera tenido en sí mismo donde morir por nosotros si no hubiese tomado nuestra carne mortal. De esta manera pudo morir el inmortal y quiso donar la vida a los mortales: haciendo partícipes de sí mismo en el futuro a aquellos de quienes él se había hecho partícipe antes. Pues ni nosotros teníamos en nuestro ser de dónde conseguir la vida ni él en el suyo en dónde sufrir la muerte. Realizó, pues, con nosotros un admirable comercio en base a una mutua participación: el don de morir era nuestro, el don de vivir será suyo. Pero la carne que tomó de nosotros para morir, él mismo la otorgó, puesto que es el creador; la vida, en cambio, gracias a la cual viviremos en él y con él, no la recibió de nosotros. En consecuencia, si consideramos nuestra naturaleza, la que nos hace hombres, no murió en su ser, sino en el nuestro, puesto que de ninguna manera puede morir en su naturaleza propia, por la que es Dios. Si, en cambio, consideramos que es creatura suya, que él lo hizo en cuanto Dios, murió también en su ser, puesto que él es autor también de la carne en que murió.

2. Así, pues, no sólo no debemos avergonzarnos de la muerte del Señor, nuestro Dios, sino más bien poner en ella toda nuestra confianza y nuestra gloria. En efecto, recibiendo en lo que tomó de nosotros la muerte que encontró en nosotros, hizo una promesa fidedigna de que nos ha de dar la vida en él; vida que no podemos obtener por nosotros. Quien nos amó tanto que, sin tener pecado, sufrió lo que los pecadores habíamos merecido por el pecado, ¿cómo no va a darnos quien nos hace justos lo que merecimos por la justicia? ¿Cómo no va a cumplir su promesa de dar el galardón a los santos quien promete sinceramente, quien sin cometer maldad alguna sufrió el castigo que merecían los malvados? Llenos de coraje, confesemos, o más bien profesemos, hermanos, que Cristo fue crucificado por nosotros; digámoslo llenos de gozo, no de temor; gloriándonos, no avergonzándonos. Lo vio el apóstol Pablo, y lo recomendó como título de gloria. Muchas cosas grandiosas y divinas tenía para mencionar a propósito de Cristo; no obstante, no dijo que se gloriaba en las maravillas obradas por él, que, siendo Dios junto al Padre, creó el mundo, y, siendo hombre como nosotros, dio órdenes al mundo; sino: Lejos de mí el loriarme, a no ser en la cruz de nuestro Señor Jesucristo. Estaba contemplando quién, por quiénes y de dónde había pendido, y presumía de tan grande humildad de Dios y de la divina excelsitud. Esto el Apóstol.

3. Pero quienes nos insultan porque adoramos al Señor crucificado, cuanto más piensan que saben, tanto más irremediablemente han perdido la razón, pues no entienden en absoluto lo que creemos o decimos. En efecto, nosotros no decimos que murió en Cristo su ser divino, sino su ser humano. Si, por ejemplo, cuando muere un hombre cualquiera no sufre la muerte, en compañía del cuerpo, aquello que ante todo le constituye como hombre, es decir, lo que le distingue de las bestias, lo que faculta el entender, lo que discierne entre lo divino y lo humano, lo temporal y lo eterno, lo falso y lo verdadero, en definitiva, el alma racional, sino que, muerto el cuerpo, ella se separa con vida y, no obstante, se dice: «Ha muerto un hombre», ¿por qué no decir también: «Murió Dios», sin entender por ello que pudo morir el ser divino, sino la parte mortal que había recibido en favor de los mortales? Cuando muere un hombre, no muere su alma que mora en la carne; de idéntica manera, cuando murió Cristo, no murió su divinidad presente en la carne. «Pero, dicen, Dios no pudo mezclarse con el hombre y hacerse, juntamente con él, el único Cristo.» Según esta opinión carnal y vana y cualesquiera otras opiniones humanas, más difícil debería sernos el creer en la posibilidad de la mezcla entre el espíritu y la carne que entre Dios y el hombre, y, a pesar de todo, ningún hombre sería hombre si el espíritu del hombre no estuviese mezclado a un cuerpo humano. ¡Cuánto más difícil y extraña no será la mezcla entre espíritu y cuerpo que entre espíritu y espíritu! Si, pues, para constituir un hombre se han mezclado el espíritu del hombre, que no es cuerpo, y el cuerpo del hombre, que no es espíritu, Dios, que es espíritu, ¿no pudo, con mucha más razón, mezclarse, gracias a una participación espiritual, no ya a un cuerpo desvinculado del espíritu, sino a un hombre poseedor de espíritu, para constituir de ambos un único Cristo?

4. Gloriémonos, pues, también nosotros en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo está crucificado para nosotros, y nosotros para el mundo. Cruz que hemos colocado en la misma frente, es decir, en la sede del pudor, para que no nos avergoncemos. Y si nos esforzamos por explicar cuál es la enseñanza de paciencia que se encierra en esta cruz o cuan saludable es, ¿encontraremos palabras adecuadas a los contenidos o tiempo adecuado a las palabras? ¿Qué hombre que crea con toda verdad e intensidad en Cristo se atreverá a enorgullecerse, cuando es Dios quien enseña la humildad no sólo con la palabra, sino también con su ejemplo? La utilidad de esta enseñanza la recuerda en pocas palabras aquella frase de la Sagrada Escritura: Antes de la caída se exalta el corazón y antes de la gloria se humilla. Lo mismo afirman estas otras palabras: Dios resiste a los soberbios, y a los humildes, en cambio, les da su gracia; e igualmente: Quien se ensalza será humillado y quien se humilla será ensalzado. Por consiguiente, ante la exhortación del Apóstol a que no seamos altivos, sino que tengamos sentimientos humildes, el hombre ha de pensar, si le es posible, a qué gran precipicio es empujado si no comparte la humildad de Dios y cuan pernicioso es que el hombre encuentre dificultad en soportar lo que quiera el Dios justo, si Dios sufrió pacientemente lo que quiso el injusto enemigo.


Fuente: San Agustín, Obras Completas Vol. XXIV, Sermón CCXVIII




Sea todo a la mayor gloria de Dios.

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