Mes de María

lunes, 21 de mayo de 2018

Dom Gueranger: El Tiempo Después de Pentecostés





"Año Litúrgico"
Dom Gueranger


EL TIEMPO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS


Carácter de este Período

Después de la solemnidad de Pentecostés y su Octava, la sucesión del año litúrgico nos introduce en un nuevo período, que se diferencia totalmente del que hemos recorrido hasta aquí. Desde el principio del Adviento, que es el preludio de la fiesta de Navidad, hasta el aniversario de la venida del Espíritu Santo, hemos visto manifestarse todo el conjunto de los misterios de nuestra salvación. La serie de tiempos y de solemnidades desarrollaban un drama sublime que nos tenía suspensos y que acaba de terminarse. Con todo eso no hemos llegado aún más que a la mitad del año. Mas esta última parte del tiempo no se halla tampoco desprovista de misterios; pero en lugar de excitar nuestra atención por el interés siempre creciente de. una acción que se encamina hacia su desenlace, la sagrada Liturgia nos va a ofrecer una sucesión casi continua de episodios variados, unos gloriosos, otros emocionantes y que aporta cada uno su elemento especial para el desarrollo de los dogmas de la fe, o el progreso de la misma vida cristiana, hasta que el Ciclo, una vez acabado, termine para hacer sitio a otro, que renovará los mismos sucesos y derramará las mismas gracias sobre el cuerpo místico de Cristo.


Su Duración

Este período del Año Litúrgico, que comprende poco más o menos seis meses, según la fecha de Pascua, siempre ha tenido la actual forma. Pero, aunque no admite sino algunas solemnidades y fiestas destacadas, con todo eso, refléjase en él la influencia del ciclo movible. El número de las semanas que lo componen, puede llegar a veinte y ocho, y bajar hasta veintitrés. El punto de partida está determinado por la fiesta de Pascua, que oscila entre el 22 de marzo y el 25 de abril, y el término es el primer Domingo de Adviento, que abre un nuevo Ciclo, y es siempre el Domingo más próximo a las calendas de Diciembre.


Los Domingos

En la Liturgia romana, los Domingos de que se compone esta serie, se designan con el nombre de Domingos después de Pentecostés. Esta denominación es la más apropiada, como demostraremos en el capítulo guíente, y se basa en los más antiguos Sacramentarios y Antifonarios; pero no se estableció sino progresivamente en las Iglesias que usaban la Liturgia romana. Así el en Comes de Alcuino, que nos remonta al siglo VIII, vemos que la primera serie de estos Domingos, se designa con el nombre de Domingos después de Pentecostés; la segunda se intitula Semanas después de la fiesta de los apóstoles (post Natale Apostolorum); la tercera se llama Semanas después de San Lorenzo (Post Sancti Laurentii); la cuarta se denomina Semanas del séptimo mes (septiembre); la quinta, por fin, lleva la denominación de Semanas después de San Miguel (post Sancti Angelí); esta última serie llega hasta Adviento. Muchos misales de las Iglesias de Occidente presentan, hasta el s. XVI, esas distintas divisiones del Tiempo después de Pentecostés, expresadas de un modo variado según las fiestas de los Santos que servían como de fecha, para las distintas diócesis en esta parte del año. El Misal romano publicado por Pío V, habiéndose extendido sucesivamente en las Iglesias latinas, terminó por restablecer la antigua denominación, y el tiempo del año litúrgico a que hemos llegado, se designa en lo sucesivo con el nombre de Tiempo después de Pentecostés (Post Pentecosten).


Objeto de este Período

Para captar bien la intención y el significado de esta estación del Año Litúrgico a que hemos llegado, es necesario recordar toda la serie de misterios que la Iglesia ha celebrado ante nosotros y con nosotros. La celebración de estos misterios no ha sido un vano espectáculo representado ante nuestros ojos. Cada uno ha traído consigo una gracia especial que producía en nuestras almas lo que significaban los ritos de la Liturgia. En Navidad, Cristo nació en nosotros; en el tiempo de Pasión, nos incorporó a sus sufrimientos y satisfacciones; en Pascua, nos comunicó su vida gloriosa; en su Ascensión, nos llevó consigo al cielo; en una palabra, para servirnos de la expresión del Apóstol: "Cristo se ha ido formando en nosotros"

Pero la venida del Espíritu Santo era necesaria para aumentar la luz, para calentar nuestras almas con un fuego permanente, para consolidar y perpetuar la imagen de Cristo. El Paráclito ha descendido y se ha dado a nosotros; quiere residir en nuestras almas y gobernar nuestra vida regenerada. Ahora bien, esta vida, que debe desenvolverse conforme a la de Cristo y con la dirección de su Espíritu, se halla figurada y expresada por el período que la Liturgia designa con 'el nombre de Tiempo después de Pentecostés.


La Iglesia 

Aquí se nos presentan dos cosas dignas de consideración: la Santa Iglesia y el alma cristiana. La Esposa de Cristo, llena del Espíritu divino que se ha derramado en ella y que la anima siempre, avanza en su carrera militante, y debe caminar hasta la segunda venida de su Esposo celestial. Posee los dones de la verdad y de la santidad. Armada con la infalibilidad de la fe y con la autoridad del gobierno, apacienta el rebaño de Cristo, lo mismo en la libertad y en la tranquilidad, que en medio de persecuciones y de pruebas. Su Esposo divino está con Ella, hasta la consumación de los siglos, por su gracia y por la eficacia de sus promesas; posee todos los favores que le ha impartido, y el Espíritu Santo quedará con Ella siempre. Esto expresa esta parte del Año Litúrgico, donde no encontraremos los grandes sucesos que señalaron la preparación y la consumación de la obra divina. En cambio, la Iglesia recoge en él los frutos de santidad y de doctrina que estos misterios han producido y producirán durante su marcha a través de los siglos. Veráse también cómo se preparan y llegan a su tiempo los últimos sucesos que transformarán su vida militante en una vida triunfante en los cielos. Tal es, por lo que concierne a la Iglesia, la significación de la parte del Ciclo Litúrgico en que entramos.


El Alma Cristiana

En cuanto al alma fiel, cuyo destino es como el compendio del de la Iglesia, su curso, durante el período que se abre para ella después de la ñesta de Pentecostés, debe ser análogo al de nuestra madre común. Debe vivir y obrar según el Cristo que se unió con ella en la serie de sus misterios, y según la acción del Espíritu divino que recibió; los episodios que señalen esta nueva fase, aumentarán en ella la luz y la vida. Recogerá en uno los rayos salidos de un mismo centro, y caminando de claridad en claridad ', aspirará a la consumación en Aquel que ya conoce y en cuya posesión ha de ponerla la muerte. Mas, si el Señor no cree aun oportuno llamarla a Sí, comenzará un nuevo Ciclo y volverá a pasar por los elementos que experimentó en la primera mitad del Año Litúrgico; después de lo cual se encontrará de nuevo en el período que se desarrolla bajo la dirección del Espíritu Santo; por fin, el Señor la llamará el día y la hora que tiene señalado desde toda la eternidad.

Entre la Iglesia y el alma cristiana, durante el intervalo que se extiende desde la primera fiesta de Pentecostés hasta la consumación, hay esta diferencia: que la Iglesia le recorrerá una sola vez, mientras que el alma cristiana le vuelve a encontrar cada año a su tiempo. Fuera de esta diferencia la analogía es completa. Debemos, pues, alabar a Dios que viene en socorro de nuestra debilidad, renovando en nosotros sucesivamente, en la Liturgia, los auxilios por los que alcanzaremos el fin al que fuimos destinados.


La Enseñanza de la Escritura

La Iglesia ha dispuesto la lectura de los libros de la Sagrada Escritura durante el período actual, para expresar todo lo que se obra en su curso, ya en la misma Iglesia, ya en el alma cristiana. Desde el primer Domingo de Pentecostés hasta el mes de Agosto, nos instruye con la lectura de los cuatro libros de los Reyes. Son el resumen de los anales de la Iglesia. En ellos se ve la monarquía de Israel inaugurada por David, figura de Cristo victorioso en los combates, y por Salomón, el Rey pacífico, que levanta el templo para gloria de Dios. El mal lucha contra el bien durante esta travesía de los siglos. Hay grandes y santos reyes como Asá, Ezequías, Josías, y reyes ínfleles como Manases. El cisma se declara en Samaría, y las. naciones Ínfleles reúnen sus fuerzas contra la Ciudad de Dios. El pueblo santo, sordo con mucha frecuencia a la voz de los profetas, se entrega al culto de los dioses falsos y a los vicios de la gentilidad, y la justicia de Dios destruye en una ruina común al pueblo y a la ciudad infiel. Es imagen de la destrucción de este mundo, cuando de tal suerte faltara la fe, que el Hijo del Hombre, en su segunda venida, apenas encontrará rastro de ella.

En el mes de Agosto, leemos los libros Sapienciales, llamados así porque contienen las enseñanzas de la Sabiduría divina. Esta Sabiduría es el Verbo de Dios, que se manifiesta a los hombres por la enseñanza de la Iglesia hecha infalible en la verdad, gracias a la asistencia del Espíritu Santo, que mora en ella de un modo permanente.

La verdad sobrenatural produce la santidad, que no podría subsistir ni fructificar sin ella. A fin de expresar este lazo que existe entre una y otra, la Iglesia lee en el mes de Septiembre los libros llamados hagiógrafos, de Tobías, Judit, Ester y Job, en los que se ve a la Sabiduría en acción.

Como la Iglesia, al fin de su permanencia en este mundo, debe verse sometida a violentos combates, se leen, en el mes de Octubre los libros de los Macabeos, en que se narran el valor y la generosidad de los defensores de la Ley, que sucumbieron con gloria, como sucederá en los •últimos tiempos, cuando se dé a la bestia la potestad de declarar la guerra a los santos y de vencerlos.

En el mes de Noviembre se leen los Profetas, anunciadores de los juicios de Dios, que se dispone a acabar con el mundo. Pasan sucesivamente: Ezequiel, Daniel y los Profetas menores, de los que la mayoría anuncian las venganzas divinas, y los últimos proclaman, al mismo tiempo, la próxima venida del Hijo de Dios.

Tal es el significado místico del tiempo después de Pentecostés. Se completa con el uso del color verde en las vestiduras sagradas. Este color expresa la esperanza de la Esposa, que sabe que su destino ha sido confiado por el Esposo al Espíritu Santo, con cuya dirección va realizando su peregrinación con toda seguridad. San Juan expresa todo ello con una sola frase: "El Espíritu y la Esposa dicen: Ven".


Objeto del Año Litúrgico

El objeto de la Iglesia en el año Litúrgico es conducir al alma cristiana a la unión con Cristo por medio del Espíritu Santo. Este es el fin que el mismo Dios se propuso al darnos a su Hijo para que fuese nuestro mediador, nuestro doctor y nuestro redentor, y al enviarnos al Espíritu Santo para que more con nosotros. Tal es el fin al que tiende todo el conjunto de ritos y oraciones que hemos seguido, y que no es sólo la conmemoración de los misterios que la bondad divina hizo por nuestra salvación, sino que lleva consigo las gracias correspondientes a cada uno de esos misterios, para que lleguemos, como dice el Apóstol, "a la edad de la plenitud de Cristo".

La participación en los misterios de Cristo obra en el alma cristiana lo que la teología mística llama "Vía iluminativa", en que el alma es iluminada cada vez más con la luz del Verbo encarnado, que, con sus ejemplos y enseñanzas, la renueva en todas sus potencias, y la acostumbra a tener siempre las miras de Dios en todo. Esta preparación la dispone a su unión con Dios, no sólo de un modo imperfecto y más o menos estable, sino de un modo íntimo y permanente que se llama "Vida unitiva". Esta vida es la obra propia del Espíritu Santo, que fué enviado al alma para mantenerla en posesión de Cristo y desarrollar en ella el amor por el que se une con Dios.


Las Fiestas del Tiempo después de Pentecostés

En este estado, el alma está preparada para gustar y asimilar todo lo que los numerosos episodios del Tiempo después de Pentecostés ofrecen de sustancial y de nutritivo. El misterio de la Santísima Trinidad, el del Santísimo Sacramento, la misericordia y el poder del Corazón de Jesús, las grandezas de María y su acción sobre la Iglesia y sobre las almas, se la manifiestan con más plenitud, produciendo en ella nuevos efectos. Percibe más íntimamente en las fiestas de los Santos, tan variadas y tan ricas en este tiempo, el lazo que la une a ellas en Jesucristo por el Espíritu Santo. La felicidad eterna, a la que esta vida de prueba debe ceder su lugar, se revela en ella en la fiesta de Todos los Santos y recibe en mayor grado la esencia de esta dicha misteriosa que consiste en la luz y en el amor. Unida cada día más estrechamente con la Iglesia, sigue todas las fases de su existencia en la duración de los tiempos, toma parte en sus sufrimientos, participa de sus triunfos, ve sin desmayos inclinarse este mundo a su ocaso; porque sabe que el Señor está cerca. Por lo que toca a ella misma, siente que su vida corporal se apaga lentamente, que el muro que la aisla aún de la vista y de la posesión inmutable del Sumo Bien, se derrumba poco a poco; porque ya no vive en este mundo en que está, y su corazón ya se ha vuelto hacia donde está su tesoro.

Así iluminada, así atraída, así fija por la incorporación de los misterios, por medio de los cuales la Liturgia la ha alimentado y por los dones que el Espíritu Santo ha infundido en ella, el alma se entrega sin resistencia al soplo de este divino motor. El bien se le hace tanto más fácil cuanto, como de sí misma, aspira a lo más perfecto; el sacrificio, que la asustaba antes, la atrae ahora; usa de este mundo como si no lo usase2, porque las verdaderas realidades para ella están fuera de este mundo; en fin, aspira tanto más a la posesión imperecedera de lo que S. Mateo, VI, 21. 2 I Cor., VII, 31. PRACTICA 17 ama, cuanto ya desde esta vida, como lo enseña el Apóstol, por lo mismo que se une de corazón a Dios, se hace un espíritu con Él.


La Renovación Anual de la Liturgia

Tal es el resultado que está destinada a producir en el alma la influencia suave y segura de la Liturgia. Y si, después de haber seguido las fases sucesivas, nos parece que este estado de desprendimiento y de aspiración no es aún el nuestro, y que la vida de Cristo no ha absorbido aún en nosotros la vida personal, guardémonos de desalentarnos. El Ciclo de la Liturgia, con sus rayos de luz y sus gracias que derrama en las almas, no aparece una vez sólo en el cielo de la Santa Iglesia; cada año ve que se renueva. Tal es la intención del que "amó tanto al mundo que le dió su Hijo único", del que "vino no a juzgar al mundo, sino a salvarle": intención con la cual la Iglesia se conforma, poniendo sin cesar a nuestra disposición, con su providencia maternal, el más poderoso de los medios para llevar el hombre a Dios y para unirle con El. El cristiano a quien la primera mitad del Ciclo no ha conducido aún al término que acabamos de exponer, encontrará en la segunda preciosos recursos para desarrollar su fe y acrecentar su amor. El Espíritu Santo, que reina más particularmente sobre esta parte del año, no dejará de obrar sobre su inteligencia y sobre su corazón; y, cuando un nuevo ciclo litúrgico se abra, la obra esbozada ya por la gracia, podrá recibir el complemento que la debilidad humana había suspendido.





Sea todo a la mayor gloria de Dios.


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