Mes de María

domingo, 20 de mayo de 2018

R.P. Leonardo Castellani: Sermón Domínica de Pentecostés





En aquel tiempo: Dijo Jesús a sus discípulos: “Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él, y en él haremos morada. El que, no me ama no guardará mis palabras; y la palabra que estáis oyendo no es mía, sino del Padre que me envió”. “Os he dicho estas cosas durante mi permanencia con vosotros. Pero el intercesor, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, Él os lo enseñará todo, y os recordará todo lo que Yo os he dicho. Os dejo la paz, os doy la paz mía; no os doy Yo como da el mundo. No se turbe vuestro corazón, ni se amedrente. Acabáis de oírme decir: «Me voy y volveré a vosotros». Si me amaseis, os alegraríais de que voy al Padre, porque el Padre es más grande que Yo. Os lo he dicho, pues, antes que acontezca, para que cuando esto se verifique, creáis. Ya no hablaré mucho con vosotros, porque viene el príncipe del mundo. No es que tenga derecho contra Mí, pero es para que el mundo conozca que Yo amo al Padre, y que obro según el mandato que me dio el Padre. Levantaos, vamos de aquí”.
Juan XIV, 23-31


"El Evangelio de Jesucristo"
R.P. Leonardo Castellani


Domínica de Pentecostés

Hemos visto el Domingo pasado que Judas Tadeo, el Otro Judas, interrumpió el Sermón-Despedida de Cristo diciendo: “Y bueno, vamos a ver, ¿por qué demonches te mostrarás a nosotros y al mundo no?”.

Habla con la idea mesiánica vulgar del triunfo externo y terreno del Rey Mesías; idea que a los fariseos los llevó al error y al furor, y que no estaba ausente de los Apóstoles: era uno de esos prejuicios comunes. Es exactamente lo que dijeron cuando comenzó a hacer los primeros milagros: “¡Muéstrate al mundo!”, “ ¡Publicidad, publicidad! ¡Propaganda!”. Ellos esperaban la Epifaneia, la Manifestación espectacular y gloriosa, que en las mentes groseras o apasionadas significaba el “nacionalismo”; o sea, la sublevación general, la expulsión de los Romanos, la independencia, la instauración de la Nueva Israel de los Profetas y de la Nueva Jerusalén, “Visión de Paz”.

Pero los Apóstoles consternados estaban escuchando entonces una cosa diferente: Cristo hablaba de otra clase de paz, no de la paz después de la victoria, sino de una misteriosa derrota. Hablaba de caridad fraterna, no de guerra; del Espíritu Santo, no de Judas Macabeo; de que el mundo iba a triunfar y ellos habían de entristecerse, de que se iba y no lo verían más; del Príncipe de este mundo, el que no tiene parte alguna en Él, pero al cual no dice que Él va a arrollar; al contrario. Cristo habla de cosas desconocidas, lejanas y espirituales. ¿Y el Reino de Israel?

Cristo no responde directamente a Judos Tadeo, no discute: hubieran podido argüirle con el Rey de sus parábolas, con el Sultán que hace el convite de bodas y excluye furiosamente a los remisos, el Sultán que hace pasar a cuchillo a los que se le sublevan... ¿Jesús mismo no se había proclamado heredero directo de David y mayor que Salomón?

Cristo responde indirectamente: repite los cuatro o cinco temas de este Coloquio- Testamento, como un gran sinfonista: su vuelta al Padre, la venida del Espíritu de Dios, el momentáneo triunfo del mundo... añadiendo tres cosas raras, que son tres grandes puntos teológicos: la inhabitación de Dios en el hombre (“Si alguien me ama, guardará mi palabra y mi Padre lo amará y vendremos en él y haremos en él mansión”), la función del Espíritu Santo (“El Parácleto, que mandará el Padre en mi nombre, él os ensenará todo, y os sub-recordará todas cuantas cosas yo os dije”) y por fin una palabra inesperada: “El Padre es mayor que yo.”

La venida en nosotros del Padre y el Hijo no es otra cosa que el Espíritu Santo: que es el lazo inseparable del Padre y su Verbo, el amor de Dios en Dios. No fue desconocida a los filósofos y místicos paganos una habitación de Dios en el hombre: “Est Deus in nobis, agitante calescimus illo”, dijo Ovidio, repitiendo un tema poético común, que está ya en Lucrecio (69) P. S. – “Efectivamente, el verso citado es de Ovidio, Fastorum, 1. VI, v. 5 El
dístico completo reza así: “Est Deus in nobis agitante calescimus illo Impetus hic sacrae semina mentís habet” (Pbro. Dr. Lucas Tapia, profesor de Humanidades). 

[En las ediciones anteriores, esta nota, y la que ahora lleva el número 98, estaban incluidas en un anexo titulado “Erratas”. Al final del mismo se leía la siguiente declaración del autor: “Se agradecerá al lector que avise cualquier error, errata, o lapsus de este libro al Autor, calle Caseros 796, Buenos Aires. Agradecimiento al Pbro. Enrique A. Villamil de Gualeguay, y también al Pbro. Abel Suquilvide, de Guanaco, al Dr. Rodolfo J. Charchaflié, a Bachicha Beccar Varela y otros que me han indicado varias erratas de la 1. edición (1 de mayo de 1958). N. del E. ].; y Séneca Estoico en su Epístola LXIII: “¿Te asombras de que un hombre vaya a los dioses? Pues un dios viene a los hombres, más aún “en” los hombres: ninguna sin un dios hay mente buena.” Mas el judío Filón habla continuamente del Dios que habita nuestra mente. Pero hablan de una cosa muy distinta de la de Cristo, de esta presencia invisible, personal y amorosa.

Lucrecio habla de la naturaleza, y concretamente en este punto de la acción de Venus, la diosa del instinto amoroso; Ovidio habla de la inspiración poética, atribuida a la Musa Polimnia; Séneca de acuerdo a la teoría estoica entiende una especie de moción general y providencia vaga; y Filón llama “dios” a la razón del hombre bien informada y orientada hacia el bien. Cristo en cambio habla de la “gracia', una realidad que nos injerta en Dios como un sarmiento en una cepa; de una vida humana vuelta divina de un modo humilde e imperceptible, como en la Encarnación. Y esta presencia no es una nueva revelación, ni una visión, ni un éxtasis metafísico pasajero, como en Plotino y los neoplatónicos; es algo que está humildemente, cuotidianamente, prosaicamente en todos los que están en gracia, por sencillos que sean: “Si alguien me ama”...

Eso es el Espíritu Santo en nosotros; no nos hace grandes filósofos. No hace nada nuevo: nos sub-giere, nos “recuerda desde abajo” –como dice el texto griego– simplemente todo lo que Cristo dijo. ¿Y para qué, entonces? ¿No basta decirlo Cristo? Y sin embargo nos enseña ¿oda, todo de nuevo. Porque una cosa es la voz exterior, otra la voz interior: otra y la misma. Hemos visto que la fe se compone como de dos elementos: primero los hechos históricos y la doctrina que nos viene de afuera; después –y al mismo tiempo– la iluminación y el consentimiento que nosotros hacemos colaborando con Dios: el consentimiento a la gracia. “¿Cómo creerán si no oyen? –dice San Pablo– ¿Y cómo oirán sin predicante? La fe viene del oído”... De hecho vemos que la predicación en algunos no hace ningún efecto; porque un hombre puede llevar un caballo al río, pero ni diez hombres pueden hacerlo beber si no quiere. O mejor dicho, no es que no haga ningún efecto, es que hace efectos contrarios a la fe, efectos de resistencia en muchos, Bajo la actual indiferencia religiosa, un furor sordo o una nostalgia sorda encueva. Ella será invisible en las masas, pero se abre lugar y sale a luz en la literatura contemporánea, por ejemplo, sobre todo en el sector que hemos llamado literatura de pesadilla, La desesperación actual no es la desesperación pagana del viejo Catulo o del viejo Lucrecio: es más aguda y está orientada. Una sorda nostalgia de la fe palpita en Kafka o en Simona Weil; un furor contra la fe en Joyce o en Andreief; y toda clase de ídolos muertos o supersticiones incluso pueriles en las masas descristianadas. Lo que va a salir de esto, yo no lo sé. “El que no me ama, no guarda mis palabras.” No tendrá paz, tendrá una paz falsa, “como la da el mundo. Yo os dejo la paz, os doy mi paz, no como la da el mundo”.

“El Padre es mayor que yo”. Ésta es la palabra de que se prevalieron los arrianos para negar la divinidad de Cristo: herejía de los primeros siglos, que duró cinco siglos, cundió en el Ejército Romano y entre los reyes bárbaros (Leovigildo, Recaredo) y amenazó ahogar la Iglesia; pero hay arrianos sutiles o burdos aún hoy: muchos de los protestantes y modernistas –si no todos– son arrianos, o nestorianos o socinianos hoy día. “Si me amarais, os alegraríais de que vaya al Padre; porque el Padre es mayor que yo.” ¡Vaya una razón!

Cristo no se va a contradecir cada diez minutos: estaba repitiéndoles con insistencia que Él y el Padre eran uno, que lo que Él les decía lo decía el Padre, que el que lo veía a Él veía también al Padre, y que el Espíritu Santo era el Espíritu de Él y del Padre. Esta palabra divergente: “Mi Padre es mayor que yo” tendrá pues explicación... Tiene tres explicaciones.

Dicen algunos Santos Padres (Atanasio, Gregorio Nacianzeno) y Tertuliano que Cristo se dice menor que el Padre porque procede del Padre en la eterna generación divina. Eso era llamarse menor en un sentido enteramente impropio y aun equívoco; que por lo demás nada tiene que ver con el discurso actual y disuena de él. ¡Valiente consuelo para los Apóstoles! ¡Ininteligible! Por lo demás, tampoco sabían ellos todavía la Trinidad claramente.

Segunda, decir que Cristo entonces “habló como hombre y no como Dios”, evasiva con que se descartan algunos comentaristas baratos, es justamente lo que diría un arriano; y es absurdo en este caso. Jamás habló Jesús como puro hombre; ni podía tampoco, sin fingir o mentir.

La exégesis de San Cirilo de Jerusalén es la buena: Cristo habla como Dioshombre, y como hombre que está en esa situación particular: frente a su Pasión y Muerte, presto a ser hecho no sólo varón de dolores sino “gusano y no hombre”: cosas que al Padre no podían alcanzar; mas cuando volviera al Padre, sería igual al Padre aun en ese aspecto de la gloria ya inconmutable. Volvería a reasumir su divinidad que nunca dejó, oculta ahora a los ojos de la carne, y como vaciada según la palabra de San Pablo: “exinanivit semetipsum”, se aniquiló a sí mismo, tomando figura de siervo. Mas lo que tenían los Apóstoles delante de los ojos era esa figura de siervo; y de acuerdo a eso había que hablarles.

Entonces sí la frase es un consuelo y encaja perfectamente en el contexto. Los Apóstoles podían alegrarse por amor a Cristo de saber que iba a superar su dura tortura y derrota, asimilándose después al Padre incluso con su misma naturaleza humana: “Porque mi Padre está ahora mejor que yo, aunque seamos iguales...” quiso decir Cristo.

¿Así que Dios mora en nosotros? No me parece los días de viento Zonda. No se ve mucho Dios en Sisebuta. No se ve la gracia los días de elecciones. “Creo en la gracia porque no la veo”, dijo César Pico; lo cual es exacto; se cree lo que no se ve; pero si de ninguna manera la viéramos, no podríamos creer en ella. La vemos a veces en sus efectos, por lo menos en sus efectos totales. Los Apóstoles vieron venir al Espíritu en forma de viento impetuoso y lenguas de fuego. Después del día de Pentecostés los Apóstoles cambian, parecen otros hombres: “Iban gozosos delante del Sinedrio a padecer por el nombre de Cristo contumelia” los que no querían creer ni a la Magdalena ni a la Santas Mujeres ni a Pedro, los que no acababan de creer ni el día de la Ascensión, los que huyeron despavoridos del Sinedrio cuarenta días antes. Pedro negó a Cristo y después fue mártir. Pablo persiguió a los cristianos y después convirtió a la gentilidad. Una fuerza sobrehumana propaga y sostiene la Iglesia.

En la vida de cualquier cristiano no hay milagros; pero puede ser que mirada en su conjunto no deje de ser algo milagrosa. Vivió cristianamente, tropezó, cayó, se levantó, creyó, esperó, acabó y se fue; no dejó nada en la Historia; pero... hizo lo que otros declaran
imposible, perseveró en lo que otros tienen por locura, duró derecho a través de lasvicisitudes de la vida, no perdió la línea y temblaba el suelo, fue una cosa igual a sí misma cuando en cada hombre hay tantos hombres diversos, y en el mundo tantos contrastes e incoherencias. Parecía que había una voz escondida en su fragilidad infinita, un silbo, un compás, un Apoyo y un Co-estante; que eso significa en griego Parácleto: el que está junto: el Apoyo, el Co-estante.

Cosa curiosa: cuando creó a la mujer, Dios dijo que hacía una “ayuda” para el hombre; y la palabra con que se designa aquí al Espíritu de Dios es “ayuda”; “Parácleto” puntal, soporte, refuerzo.



Notas

69. El hexámetro, atribuido en la primera edición de Lucrecio, que reza “Est Deus in nobis, agitante calescimus illo”, no está en el poema De Natura Rerum, única obra de Lucrecio – por lo menos en el texto crítico establecido por Alfred Ernout para Les Belles Lettres de París, año 1935, que acabamos de recorrer verso por verso–. La idea sí que está en Lucrecio, y por cierto que como una de las ruedas maestras de su pensamiento, principalmente en la invocación: “Aeneadum genetrix hominum divonque voluptas Alma Venus... “ (1. I, v.1), y en la mitad del Libro IV, v. 1058 seq.: “Haec venus est nobis “ Nosotros copiarnos la cita equivocada (el verso probablemente de Ovidio) de un exégeta llamado A. Durand, el cual probablemente la copió, según la santa costumbre de los eruditos, de otro exegeta, el cual la copió de otro, que era un vago que citaba de memoria no teniéndola buena. Así se han creado cosas pintorescas y aun portentosas en el mundo de las letras, como observa Belloc: “Inaccuracy is a God... A t least, sume God guides it... Inaccuracy is a very fruitfull and powerfull creator of things. It not only creates legends, it creates words There are hosts and crowds of words... through the inspiration of inaccuracy, which is blown into meo by this God of whom I speak...”, “On Inaccuracy” en el libro On, p.100, Methuen Ldon. cuarta edición, año 1927. Hemos citado con todo cuidado; sin embargo, si alguno nos recita, le recomendamos verifique sus referencias.





Sea todo a la mayor gloria de Dios.

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