lunes, 31 de diciembre de 2018

Hora Santa: Año Nuevo





HORA SANTA AÑO NUEVO 

Para rezar en familia



R.P. Mateo Crawley-Boevey SS.CC
(1875-1960)



(Esta Hora Santa podría servir especialmente para comenzar el Año Nuevo, según el verdadero espíritu del Sagrado Corazón de Jesús, y para consagrárselo a su gloria. Este mismo método podría también ser muy útil en determinadas ocasiones, en ciertas horas decisivas y solemnes “del año o de la vida”, como, por ejemplo, en vísperas de contraer matrimonio o como preparación inmediata para ingresar al convento, al abrazar la vida religiosa. Podría, asimismo, ser de gran provecho “durante los ejercicios de un retiro”, para iniciar en ellos una etapa de vida espiritual nueva y más intensa)
He aquí que se levanta con la aurora del Año Nuevo el verdadero Sol de paz, de esperanza y de amor: el Corazón Divino de Jesús, sol de una nueva vida para su gloria y nuestra dicha… ¡Gloria a Él en las alturas, gloria a Él y sólo a Él aquí en la tierra!…
Adveniat, adveniat, adveniat regnum tuum!… ¡Venga a nos tu reino de paz, de amor y de justicia!”…
Es preciso que el año que comienza marque una nueva etapa de triunfo en el avance victorioso, social e íntimo del Corazón de Jesús…
Y ahora pongámonos en su presencia soberana mediante un acto de fe y de profunda adoración… A dos pasos de nosotros está el Maestro muy amado… Su Corazón nos llama, nos aguarda… quiere hablarnos con santa intimidad… Escuchemos aquella voz cuyas armonías deliciosas inundan de júbilo la eternidad del cielo…
(Que haya gran recogimiento, pues el Señor no habla a corazones disipados, distraídos).
Jesús. “Pax vobis!”. ¡Que mi paz sea con vosotros todos, hijitos míos! Os la traigo grande y hermosa para vuestras almas que sufren, que luchan…, para todos los de buena voluntad…
Pax vobis!”. Sí, os la traigo Yo mismo para vuestros hogares enlutados por el dolor, heridos por las desgracias, patrimonio obligado de este valle de lágrimas…
Pax vobis!…”. Os la traigo para la sociedad doliente en cuyo seno vivís, pues bien sé Yo cuánta necesidad tiene de renovarse en el espíritu de mi Evangelio, de ser en espíritu y en obras la heredad de mi Corazón sacrosanto… Os la traigo para vuestra patria. ¡Oh!, pedidme que ésta llegue a ser para Mí, la Jerusalén de mis amores, la Jerusalén del Domingo de Ramos…
Pax vobis!…”. Os traigo mi paz profunda, celestial y victoriosa, para la Iglesia siempre combatida… Rogad por Ella, pedid, hijitos míos, que llene los graneros de mi Padre celestial con una cosecha rica y escogida de almas, de familias…
Venid, amigos del alma, acercaos; no temáis como los apóstoles: acercaos más, mucho más…: buscad la dichosa intimidad del Corazón de vuestro Rey, de vuestro Hermano, de vuestro Amigo…: no temáis… Yo soy vuestro Jesús. Sí, acercaos con tal intimidad que toquéis las llagas de mis pies y de mis manos…; acercaos y penetrad en la llaga del Costado… ¡Oh!, poned en ella con confianza la mano querida, y más: entrad profundamente en ella con el alma y quedad ahí; abismaos para siempre en esta herida, morada vuestra en el tiempo y en la eternidad… Yo no he cambiado, hijitos míos no: soy el mismo dulce Jesús, bueno, misericordioso, nacido de la Virgen María, vuestra Madre… Soy realmente hijo suyo…; somos, pues, hermanos muy queridos: no me temáis.
Y ahora, sin recelos y con un corazón abierto, dócil, agradecido, aceptad en la alborada de este Año Nuevo, como obsequio y prenda de mi amor, como lección de mi sabiduría, un pensamiento grave, una reflexión austera y dulce a la vez y que os pido coloquéis como fundamento sobrenatural del camino que se inicia hoy…
Para recoger con fruto, consoladores míos, esta enseñanza que condensa todo mi Evangelio, para que sea realmente provechosa para este año y para la vida, vaciad ante todo el corazón, aligerad el alma de todo lo terreno y saboread en seguida la lección que quiero daros, en un gran recogimiento de espíritu… Oídme:
Almas amadísimas, hijos de mi Sagrado Corazón, meditad esta palabra, os la propone vuestro Dios: “Un año transcurrido quiere decir un año menos en la vida del tiempo, y un año más cerca del abismo de vuestra eternidad…”.
¡Oh, meditad durante esta Hora Santa en la vanidad de todo, absolutamente de todo lo que no sea la permanente realidad que soy Yo, Jesús!…


(Muy lento y entrecortado)
Todo pasa y muere, menos Yo.
Caducidad de la juventud, flor que vive un día y… muere.
Caducidad de la ambición, humo que se esfuma y… pasa.
Caducidad de la alegría humana, fulgor que brilla y desaparece como un relámpago.
Caducidad de la fortuna dorada y versátil que se nos escapa.
Caducidad de una situación brillante, que cambia de improviso y que se quiebra.
Caducidad de los placeres, embriaguez que mata, desasosiega y huye.
Caducidad de toda armonía terrena, de toda belleza creada, que engaña y perece.
Caducidad del amor humano, que cambia, hiere y después olvida.
Caducidad de la sabiduría del siglo, que lo falsifica todo y se convierte en tinieblas.
Vanidad de vanidades, y todo vanidad, excepto la realidad, que soy Yo, vuestro Jesús.
Y si dudarais, poned, hijos míos, un oído atento a aquella voz misteriosa de los siglos que yacen sepultados en su historia de glorias y mentiras… ¿Dónde están?… ¡Fueron sólo ayer, y ya no son!…
Su voz elocuentísima no es sino el eco de la mía…
Con ellos, Yo os digo: Vanidad de vanidades todo lo terreno…, todo lo que no sea la realidad verdadera, que soy Yo, vuestro Jesús.
Millares y millones de hombres jóvenes, valientes, arrebatados vertiginosamente del escenario de la vida por la tempestad de fuego de mil guerras fratricidas, os gritan y previenen, con la elocuencia de sus cenizas aventadas, que no os fiéis de la tierra… En ella todo es vanidad…
Sí, todo lo que no es la divina Realidad, que soy Yo, vuestro Jesús.
Y como esos ejércitos de soldados, aquel otro ejército más numeroso todavía de los heridos en el alma; aquellos mutilados del corazón, que son las viudas y los huérfanos, los desamparados y los sepultados vivos bajo los escombros de sus esperanzas e ideales…; la caravana inmensa de las almas hechas jirones, de los corazones náufragos del hogar y de la sociedad… Todos, ¡oh!, todos ellos, con un gemido desgarrador y que no engaña, os gritan a porfía: ¡Vanidad de vanidades todo lo caduco y todo lo terreno, todo lo que no es la divina Realidad, que soy Yo, vuestro Jesús!…
(Breve pausa)
Con todo, no quiero veros amargados con exceso, hijos míos, y menos aún no querría, ¡oh, no!, veros desanimados… Porque si es verdad que el mundo no es sino vanidad, sabedlo, meditadlo: Yo he vencido al mundo con la suprema y dichosa Realidad de mi Persona y de mi Amor.
Valor, pues, y adelante, adoradores míos, levantad muy en alto los corazones y el pensamiento, pues aquí mismo, en medio de este hacinamiento de ruinas, Yo soy, para vosotros todos, la Realidad eterna de las almas que me adoran y me aman. Sí, la única Realidad inmutable, divina, inmortal, soy Yo… Y Yo he querido que esta Realidad lo supla todo…, ¡que Dios os baste!
Creedlo así, amigos de mi Sagrado Corazón, convenceos de ello en esta Hora Santa… El mundo, por desgracia, no razona así: Yo no le basto. De ahí que siendo Rey y Señor, se me posponga… ¡Cuán rara vez soy Yo el Amo, el primero en el corazón y en el hogar…!
No así vosotros, hijitos míos…; y puesto que para vosotros soy la Realidad, que lo llena todo y que lo suple todo, quiero que me lo digáis aquí ante mi altar con palabras del alma.
Amigos fidelísimos del Corazón de vuestro Salvador, meditad constantemente en la vanidad efímera de la juventud, primavera que dura apenas una mañana de sol, y que en seguida muere… Pero como compensación divina, inmensa, ¿qué esperáis, y qué pedís?…
(Todos)
La realidad suprema que eres Tú, Jesús.
Consoladores de mi Divino Corazón, meditad constantemente en la vanidad de la ambición falaz y traicionera que embriaga, hiere y desaparece luego… Pero como compensación divina, inmensa, ¿qué esperáis y qué pedís?…
La realidad suprema que eres Tú, Jesús.
Apóstoles de mi adorable Corazón, meditad constantemente en la vanidad de los goces terrenales, que, como el lampo de luz o como el rocío, duran un instante y se desvanecen… Pero como compensación divina, inmensa, ¿qué esperáis y qué pedís?…
La realidad suprema que eres Tú, Jesús.
Confidentes de mi Divino Corazón, meditad constantemente en la vanidad de la fortuna que pervierte tantas almas y que se escapa para no volver… Pero como compensación divina, inmensa, ¿qué esperáis y qué pedís?…
La realidad suprema que eres Tú, Jesús.
Discípulos muy amados de mi Sagrado Corazón, meditad constantemente en la vanidad de los placeres sensibles que halagan un instante, que producen embriaguez de muerte y pierden pronto su dulzura… Pero como compensación divina, inmensa, ¿qué esperáis y qué pedís?…
La realidad suprema que eres Tú, Jesús.
Adoradores fervorosos de mi amante Corazón, meditad constantemente en la vanidad de la belleza creada y transitoria que enamora tan fácilmente como desaparece y muere… Pero en compensación divina, inmensa, ¿qué esperáis y qué pedís?…
La realidad suprema que eres Tú, Jesús.
Reparadores de mi entristecido Corazón, meditad constantemente en la vanidad tan funesta del amor terreno, que, siendo por naturaleza tornadizo e inconstante, hiere como una racha y huye como la brisa… Pero como compensación divina, inmensa, ¿qué esperáis y qué pedís?…
La realidad suprema que eres Tú, Jesús.
Hijos predilectos de mi Divino Corazón, meditad constantemente en la vanidad de la sabiduría humana, que con toques de luz ficticia, siembra tantos errores, luz siniestra que estalla frecuentemente en huracán… Pero en compensación divina, inmensa, ¿qué esperáis y qué pedís?…
La realidad suprema que eres Tú, Jesús.
¡Oh, sí, Tú, Señor y sólo Tú, la dichosa, la inmutable y eterna Realidad!…
Con ella, es decir, contigo, la vida, ya de por sí tan vacía de toda paz, tan pobre de verdadera belleza, nos será soportable, llevadera, no obstante las tumbas, las ruinas y los abrojos sembrados a lo largo del camino… ¡Ah, pero siempre contigo, Señor Jesús!
Este año que hoy comienza no nos inquieta, Maestro, a pesar de las mil vicisitudes azarosas que trae consigo; ¡pero… teniéndote a nuestro lado a Ti, Jesús!
Bien sabemos, Señor, que no podemos pretender el vivir en un paraíso terrenal, marchito, perdido para siempre…; ¡pero qué importa, ni nos hace falta, ya que en tu Corazón, Amor de los amores, lo hemos recuperado con usura!… ¡Oh, si, Tu Corazón lo vivifica, lo ilumina, lo dignifica todo, Señor, y esto para la eternidad!…
(Pidamos con fervor y humildad de corazón la luz que nos haga comprender y apreciar la gracia que el cielo nos otorga con el nuevo año. Pero pidamos, sobre todo, la gracia de saberlo aprovechar debidamente para gloria del Divino Corazón y por los intereses eternos del alma).
(Pausa)
Las almas. La Hora Santa, Jesús adorable, la pediste Tú mismo, como la hora de las divinas confidencias con tu Corazón adorable… ¡Déjanos, pues, en consecuencia, abrirte el alma; déjanos contártelo todo, Señor, pues sentimos la necesidad imperiosa de vaciar nuestras almas en la tuya, aquí, a tus pies, ante el Sagrario!…
Bien pueden, Jesús, los vanidosos, los sensuales, los mundanos y los frívolos seguir soñando sobre las ruinas lamentables de sus quimeras insensatas… Entre tanto, nosotros, pobrecitos y a la vez más ricos que ellos, porque más favorecidos por tu gracia, tan gratuita como espléndida, queremos protestarte que, dejando el mundo de lado, Tú sólo nos satisfaces y nos bastas… Y alentados por el don de tu Corazón adorable, nos proponemos resueltamente comenzar una vida nueva con este Año Nuevo, viviendo más y más desengañados y desprendidos de los falsos bienes y de los placeres engañosos de la tierra… Por esto, Jesús, desde esta alborada, al iniciar un año que nos avecina a tu eternidad, nos arrojamos entre tus brazos y, con fe del alma, te protestamos que, de aquí en adelante, no queremos otro bien que Tú mismo Jesús…
¡Oh, ven a visitarnos, Maestro, con la aurora de este Año Nuevo, y al recibirte te prometemos que, en la enfermedad o en la salud, aceptaremos tu Corazón, Señor Jesús!
(Todos)
Aceptamos tu Corazón, Señor Jesús.
¡Oh, ven a visitarnos, Maestro, con la aurora de este Año Nuevo, y al recibirte te prometemos que, en la pobreza o en la abundancia, bendeciremos sólo tu Corazón, Señor Jesús!
Bendeciremos sólo tu Corazón, Señor Jesús.
¡Oh, ven a visitarnos, Maestro, con la aurora de este Año Nuevo, y al recibirte te prometemos que, en la tristeza o en la alegría, buscaremos sólo tu Corazón, Señor Jesús!
Encontraremos sólo tu Corazón, Señor Jesús.
¡Oh, ven a visitarnos, Maestro, con la aurora de este Año Nuevo, y al recibirte te prometemos que, en la prosperidad como en la Cruz, adoraremos sólo tu Corazón, Señor Jesús!
Adoraremos sólo tu Corazón, Señor Jesús.
¡Oh, ven a visitarnos, Maestro, con la aurora de este Año Nuevo, y al recibirte te prometemos que, en la vida como en la muerte, aclamaremos sólo tu Corazón, Señor Jesús!
(Tres veces)
Aclamaremos sólo tu Corazón, Señor Jesús.
Jamás se acude en vano a Aquel que es la Bondad increada… Ved, a dos pasos está ya Jesús…; lo llamamos, y helo aquí anhelando desbordar la vida de su Corazón adorable en los nuestros… ¡Recojamos con santa avidez sus palabras!
(Que haya un gran silencio: el silencio de las almas…).
Jesús. ¿Con qué podré pagaros, amigos muy amados, fidelísimos, el bálsamo que vuestro amor ha sabido poner en mis heridas?… ¡Gracias! ¡Mi corazón os bendice! ¿Sabéis apreciar esta palabra?… ¿Sabéis quién es Aquel que os la dirige?… ¡Ah, soy Yo mismo; Yo, vuestro Dios y vuestro Rey, vuestro Padre y vuestro Amigo; soy Yo, Jesús, que os habla!… ¡Ved cómo me acerco a vosotros!… Sí, mi corazón adorable es el sol de ventura que para vosotros se levanta sobre la colina de este altar, trayéndoos sus luces y sus ardores como presente de Año Nuevo!…
Ved, me llego a vosotros, derrochando mercedes; vengo en busca vuestra para colmaros, para enriqueceros, si posible fuese, hasta empobrecer. Yo mismo, depositando en vosotros todos mis tesoros…
Me acerco a vuestras almas, como una nube cargada con un diluvio de gracias que quisiera derramar a profusión y sin medida sobre vosotros y vuestros hogares, a fin de que este año que comienza sea un año de bendiciones y de gracia… Pero para ello espero una palabra todavía de vuestra parte… ¡Abrid, ¿queréis?, abrid de par en par el Tabernáculo de mi Sagrado Corazón y pedid sin temor de importunar, pedid confiados! ¿Qué gracia solicitáis que Yo os conceda, qué favor esperáis del tesoro de mis misericordias infinitas?
(Todos)
Para nosotros, tu adorable Corazón.
Para Ti, Jesús, inmensa gloria.
No dudo, hijitos, de la sinceridad del corazón; pero esta generosidad os la dicta tal vez el entusiasmo que os infunde mi Sagrario… Mas cuando os alejéis de aquí, una vez a distancia y en plena lucha contra el mundo frívolo, ¿me diréis entonces otro tanto?… Ah, sobre todo para esa hora de refriega, ¿qué fuerza divina de victoria reclamáis?… ¡Habladme todos!
Para nosotros, tu adorable Corazón.
Para Ti, Jesús, inmensa gloria.
Pero si el mundo se empeña en alejaros de mi pecho, en arrebataros de mis brazos…
Y si en su tiranía osara exigiros que escojáis definitivamente entre sus placeres vanos y mi Ley, decidme, amigos, ¿qué tesoro escogeríais?…
Para nosotros, tu adorable Corazón.
Para Ti, Jesús, inmensa gloria.
Mas suponed que el mundo no ceje, que la lucha recrudezca y que por causa de vuestra fidelidad tengáis que sufrir cruces y baldones… ¿con qué grito del alma llamaríais entonces en socorro vuestro?…
Para nosotros, tu adorable Corazón.
Para Ti, Jesús, inmensa gloria.
¡Oh, qué hermosura cristiana, qué nobleza divina la vuestra!… Pero decidme con toda intimidad: esos sentimientos, ¿animan también a los vuestros?… En el hogar querido, ¿piensan y hablan todos así?… Si así no fuera reclamad para ellos mi gracia: ¿qué pedís para ellos en testimonio de mi amor?…
Para nosotros, tu adorable Corazón.
Para Ti, Jesús, inmensa gloria.
¿Por qué esa tristeza, hijitos míos? ¡Qué! ¿Tal vez tenéis en el hogar algún enfermo del alma a quien amáis mucho, pero que no me ama a Mí?… ¡Pobrecito! Yo quiero salvarlo, él no pide, pero vosotros pedís por él. ¿Qué fortuna queréis para el hogar?…
Para nosotros, tu adorable Corazón.
Para Ti, Jesús, inmensa gloria.
Creed en mi amor y Yo los salvaré en recompensa a vuestra fe y a la plegaria de esta Hora Santa, deliciosa… ¡Ah! Pero pensad también en vosotros: día llegará, y tal vez muy pronto, en que la muerte golpeará a vuestras puertas… Para entonces, para esa hora suprema de justicia, ¿qué galardón esperáis de mi sentencia?… Reclamadlo ahora mismo: ¿qué esperáis de mi misericordia?…
Para nosotros, tu adorable Corazón.
Para Ti, Jesús, inmensa gloria.
(Aquí puede entonarse un cántico al Sagrado Corazón).
(Entre tanto que los Príncipes de la Corte celestial ofrecen al Rey de los Reyes presentes dignos del Paraíso, Jesús, enamorado de los humanos, pensando en sus pequeñuelos, toma el camino de la tierra y sale a nuestro encuentro, colmadas sus manos divinas con presentes de Cielo… Nos trae, especialmente, tres inmensos y riquísimos tesoros, ofrenda valiosa de su amable Corazón. ¿Querríais meditar unos instantes en el valor inestimable de esos tesoros?… Hagámoslo considerando brevemente tres cuadros, tres escenas del Evangelio. ¡Oremos meditando! ¡Meditemos amando!).
I. Don de Luz. ¿Recordáis lo que decía el ciego? “¡Señor, haz que vea!”. Mucho más ciego que este desdichado Nicodemo, ciego del alma, calla y teme… ¡Oh, con qué fulgor victorioso debieron brillar los ojos de Jesús, mirando con dulzura a Nicodemo en la primera entrevista misteriosa! ¿Imagináis la turbación que la proximidad estrecha y las palabras del Maestro divino provocarían en el alma tímida de ese ciego, temeroso de sanar?… Pero, ¡cuán fuerte, cuán irresistible debió ser la atracción del imán, de los ojos y del Corazón de Jesús! Cada palabra suya era una saeta de luz que lo traspasaba, conquistándolo… Con infinita suavidad, el Sol divino avanza, penetra en los abismos de esta alma recta… Pero a pesar de su rectitud, de su buena voluntad, hubo ciertamente un primer momento de sorpresa, de resistencia secreta, de lucha… ¡Era tan fuerte en ella el respeto humano!
El Maestro condesciende: su Corazón es suavísimo… se concierta una entrevista…; pero ésta será de noche… Ya están faz a faz, solos, Jesús y Nicodemo. Al separarse, el Salvador debe haber dicho a Nicodemo: “¡Ya sabes que te amo…; iré pues, a tu propia casa!” Y en una segunda entrevista, lucharon frente a frente las tinieblas y la luz… Las palabras de Jesús despiden fulgores, soles de claridad que brotan de su pecho, pasando por sus labios… Y poco a poco, esas claridades penetran y luego disipan las nubes de tinieblas…
Lenta, pero profundamente, traspasan esa alma del Rabino, derriten sus hielos, calcinan la roca… ¡Ved: el Sol, Jesús, ha triunfado; Nicodemo, vencido, le adora! ¡Qué enseñanza!… En la medida en que el famoso Rabbi, Nicodemo, se olvida y se desprende de sus prejuicios, de sus propias ideas y pasiones…; en la medida en que muere a sí mismo, una luz, una inmensa luz invade todo su ser…
Cuando Nicodemo apaga sus luces, el Señor prende la suya. Esa será también nuestra propia historia.
No seremos los verdaderos hijos de la luz sino en la medida en que sepamos desprendernos, desasirnos de nosotros por una perfecta inmolación de espíritu. La luz no llega al fondo de un alma sino por la cruz de Jesús. Pero, ¡gracias también a nuestras propias cruces!… Se repite, pues, con ligeras variantes, la historia de Saulo en el camino de Damasco: la misericordia del Señor nos sorprende en el camino de tinieblas, nos asalta, nos echa por tierra, nos obliga a morder el polvo… Sólo entonces, humillados y en la Cruz, somos capaces de oír y de comprender en el fondo de nuestras almas estas palabras de luz inefable: “¡Yo soy Jesús de Nazaret!”.
¡Oh, si entre estos amigos del Señor hubiera alguno que le tema demasiado, que por esto vacila en acercarse, que se acerque sin recelos, que busque la vecindad, ¿qué digo?, la intimidad del Maestro!… ¡Ah, sobre todo, que no resista al llamamiento amoroso que le hace Jesús en esta Hora Santa… Que si teniendo las dulces exigencias de su Amor, tomara la fuga, el camino extraviado de Damasco, el Amor de los amores saldrá a su encuentro, lo herirá en el corazón, y por esta herida de amor penetrará la luz!
¡Oh, mil veces felices aquellos a quienes fustiga e hiere Jesús; felices las almas a quienes el Señor hace llorar! Por estas lágrimas les revelará un día el esplendor de su Belleza soberana.
Eterna y divina historia: esta lluvia de lágrimas, lluvia saludable, purifica e ilumina el cielo de las almas, arranca la venda de escamas que, nublando los ojos, nos impedía ver a las claras a Jesús… Entonces sí que el alma que ha llorado se encontrará frente a frente de Jesús, y éste le dirá: “¡Mírame, soy Yo la luz!… ¡Sígueme y no andarás en tinieblas!…”.
(Breve silencio)
(Todos Tres veces)
¡Señor, haz que yo vea!
(Tres veces)
¡Señor, Dios de luz, haz que te vea!
(Tres veces)
En mi cruz y por mis penas quiero verte, Jesús…
II. Don de Misericordia. Para mejor apreciar este don, el de más aplicación práctica de nuestra vida, hagamos una glosa de la bellísima parábola del Buen Samaritano, aplicándola a la economía del Corazón de Jesús con relación a las almas… ¡Esta historia es tan realmente la nuestra!…
(Con unción)
En un recodo del camino yace por tierra, herido, despojado, un pobrecito… Viajeros sin entrañas van y vienen; pero todos pasan indiferentes, desdeñosos, a su lado: se justifican de dicha indiferencia declarándose a sí mismos irresponsables de la desgracia de ese hombre… Lo miran sin detenerse… y continúan sin inmutarse, tranquilos, su camino… Puesto que el desgraciado yace por tierra y está herido, culpa suya debe ser, parecen decirse interiormente todos, a medida que desfilan… Y si es culpable, que debe serlo, ¡pues que expíe su pecado!… ¡Tal es la justicia que pretende hacer el mundo!
Pero he aquí que por fin alguien se detiene: ¿Quién será?… Una luz suavísima parece irradiar de Él, y le precede… Ved: ya está junto al herido… ¡Qué belleza de majestad dulcísima, conquistadora, envuelve toda su persona!… ¡Oh, qué compasión tan honda revela su mirada y qué bondad indecible, arrobadora, relampaguea en su rostro, de hermosura más que humana!… Al verle se diría que es un hombre que va a estallar en sollozos…
¡Oh, se diría más bien un Dios de una ternura, más que inmensa, infinita!… ¡Quién puede ser sino… Jesús!… ¡Oh, sí, es Él!… Se llama a Sí mismo el Hombre-Dios de todos los dolores, y nosotros le llamamos el Hombre-Dios de todas las misericordias… Aparece como Señor de la majestad en el camino de sus ángeles…, y se presenta como el Señor de todas las ternuras en el camino de los mortales, de los hombres, sus hermanos…
Contempladlo; se inclina hacia el herido…; se arrodilla a su lado mismo… Ved; le da a beber como refrigerio sus preciosas lágrimas, y lo envuelve en los pliegues de su propia túnica… ¡Ah, ese Señor no es bueno, no; Él es la Bondad encarnada!…
Observadlo todavía; lo ha tomado entre sus brazos; lo estrecha con deliquios de ternura, y, rico y dichoso con el tesoro del desdichado herido, corre…, vuela… ¡Pero, entre tanto, abrazándolo, comienza a reanimarlo, a darle nueva vida al calor de su amante Corazón!…
¿Y qué hará en seguida?… ¿Conducirlo tal vez a una hospedería?… ¡Ah, no!… Lo lleva a su propia casa: le da su hogar… Una vez en ella, no llama a gente mercenaria que lo cuide, ni se atreve, en su inmenso amor, a confiarlo a sus propios ángeles…
¡Llama a María, la Reina, y lo deposita suavemente entre sus brazos maternales, pidiéndole, rogándole que cuide al hijo herido, como le cuidó a Él mismo en la cuna de Belén… y en la cima del Calvario!… Pero al entregarlo así a su Divina Madre, Jesús no se aleja; queda inspirando desvelos y ternuras al lado de la Reina del Amor Hermoso; no da tregua a su Corazón de Salvador, que desvela noche y día sobre el dichoso desdichado… ¡Observad con qué misericordia, ayudando a la celestial Enfermera, venda Él mismo con sus manos creadoras las heridas: ved cómo pone en ellas el vino y el aceite de su sangre y el bálsamo exquisito de sus besos!… ¡Ved cómo lo lava y purifica en la piscina de su adorable Corazón!…
¡Y una vez convaleciente, le da ropaje de príncipe! Y cuando sana, lo retiene en su palacio, lo sienta en su mesa… ¡Más, mucho más todavía; lo trata como amigo íntimo, como hijo mimado, y un día lo declara y constituye su heredero!…
¿No es verdad que ésta es vuestra historia?… ¡Oh, cuán cierto es que no hay sino un sólo Jesús, uno solo; pero Él nos basta! Por esto, cediendo al impulso de nuestra inmensa gratitud, cantemos y alabemos la compasión y la misericordia infinita del Corazón del Salvador…
(Poned el alma entera en cada palabra…)
Las almas. ¡Oh, Jesús adorable, Rey, Hermano y Amigo, creemos, ¡oh, sí!, que Tú bajaste del cielo para traernos la vida y para dárnosla superabundante… Creemos que viniste en busca de los enfermos gravísimos y sin remedio, de aquellos que ya parecían como náufragos abandonados… Sí, viniste para ellos sobre todo, para sanarlos, y, una vez curados y embellecidos por tu gracia, para devolverlos al Padre que te los confió. ¡Ay, con sentimientos de humildad y de arrepentimiento debemos y queremos reconocer, Maestro adorable, que hemos sido nosotros las ovejas extraviadas, el hijo pródigo, la dracma perdida, la caña rajada, la mecha humeante, el acreedor rebelde, el servidor culpable y la roca empedernida que rechazó la simiente, regada con tu sangre!…
De rodillas, pues, y llorando nuestras culpas, te decimos:
¡Perdón, Jesús, Salvador!… ¡Perdón, Jesús, oh, Buen Pastor! ¡Perdón, oh, Padre de misericordia infinita por el sinnúmero de infidelidades de nuestra vida pasada!… ¡Perdón!
Hemos pecado, Señor, abusando del tesoro inagotable de tu paciencia y bondades… ¡Perdón!… Y para pagar ahora mismo la compasión y caridad con que nos has tratado sin merecerlo, querríamos arrebatarte esa misma misericordia, haciendo violencia a tu dulce Corazón en favor de tantos otros que no te conocen y te ultrajan… ¡Acuérdate, Jesús, que Tú mismo nos los diste como hermanos nuestros!… Míralos compasivo, Maestro, en lucha desesperada y sin fruto, entre los abrojos del mundo y sus pecados…
¡Escúchanos, pues, benigno, oh, amable Salvador!…
¡Ten piedad, Señor, de aquellos niños pequeñitos todavía, pero cuya inocencia ha perecido ya, agostada en un hogar sin fe y de desventura!… ¡Por la Reina del Amor Hermoso, ten piedad de todos ellos!… ¡Corazón de Cristo-Rey: sé Jesús para ellos todos!
(Todos)
Sé Jesús para ellos todos.
¡Ten piedad, Señor, para tantos hogares infelices que luchan, cantan y lloran, sin las luces ni los consuelos de la fe, sin la gracia y fortaleza de tu santo amor!… ¡Por la reina del Amor Hermoso, ten piedad de todos ellos!… ¡Corazón de Cristo-Amigo: sé Jesús para ellos todos!
Sé Jesús para ellos todos.
Ten piedad, Señor, de la caravana incontable de ciegos voluntarios… y también de tantos otros que jamás tuvieron, ni en el hogar ni en la escuela, la gracia inestimable de oírte, de conocerte… No olvides a tantos que te conocen apenas de nombre…, a gran distancia, y que no saben, ¡pobrecitos!, cuán dulce y bueno eres siempre Tú… ¡Por la Reina del Amor Hermoso, ten piedad de todos ellos!… ¡Corazón de Cristo-Salvador: sé Jesús para ellos todos!
Sé Jesús para ellos todos.
Ten piedad, Señor, de los agonizantes, y muy especial de aquellos que no han sido perversos, sino débiles e ignorantes… Inclínate, en particular, hacia aquellos que tuvieron caridad con los pobres y los dolientes; ¡oh!, hazles Tú mismo caridad… ¡Por la Reina del Amor Hermoso, ten piedad de todos ellos! ¡Corazón de Cristo agonizante: sé Jesús para ellos todos!
Sé Jesús para ellos todos.
(Pedid por la conversión de vuestros seres queridos).
III. El Don del Sagrado Corazón. Como si los inapreciables dones de luz y de misericordia no bastaran para probarnos su liberalidad, he aquí que Jesús se propone resumir todas sus larguezas en el don inefable, sublime de su Sagrado Corazón. Para explicarnos tanta belleza, acudamos una vez más al Evangelio, ya que la sabiduría como la elocuencia humana quedan cortas y en extremo pobres para darnos una lección cumplida.
Contemplemos aquella escena cuya soberana hermosura conmovió a los ángeles testigos de ella, en la última Cena.
Jesús acaba de instituir la divina Eucaristía… Una sombra de infinita tristeza… casi de agonía, nubla su fisonomía adorable…: es que ve ahí a Judas; el ingrato tiene ya en su poder la suma que ha recibido para entregar a su Señor.
Diríase que Juan, el predilecto, lo ha adivinado todo, leyendo ya esta historia de perfidia en los ojos de su Amigo Divino… Y como quien se ofrece para pagar con creces, para reparar esa infamia, ved cómo se acerca, cómo se estrecha a Jesús… Y más; con una confianza espontánea y sencilla descansó amorosamente su cabeza sobre el Corazón de Jesús…
¡Ah, y ciertamente Jesús, complacido y consolado, recompensó esa intimidad reclinando su adorable Corazón en el de Juan, su apóstol… y su amigo!… ¡En ese momento de gloria se lo confió, sin duda, se lo dio por entero… y desde entonces, Jesús y Juan se unieron con vínculo eterno… más allá de la vida y más allá de la muerte!…
¿Creéis que Juan tenía derecho a tanto privilegio?… Verdad es que era puro y casto de espíritu y de corazón, pero… apenas si entonces había comenzado a amar. No había tenido aún, por cierto, ni tiempo ni oportunidad de probar a su Maestro con obras de martirio cuánto le amaba… ¡Ah, pero Jesús, dueño de su propio Corazón, tiene el derecho soberano de adelantarse, de amar Él primero… de dar gratuitamente más amor!…
En realidad, éste es un misterio tal que nos abisma y confunde… ¡Es preciso ser Jesús para amar de esta suerte, para ofrecer gratuitamente un don semejante… y que sólo Él nos puede hacer!…
Mas, si desalentados os dijerais que tanto favor fue la recompensa a la inocencia de Juan, que las almas de lirio, como la del apóstol predilecto, son contadas… y que no pudiendo presentar ni su pureza, ni su generosidad, debierais renunciar al don del Corazón de Jesús…; ¡Oh!, retractad este pensamiento y poned los ojos jubilosos y asombrados en otro cuadro, que completa el primero, que lo realza…
¡Jesús agoniza en el Calvario!… ¡A sus pies, cerca de Juan… más cerca aún de la Reina Inmaculada, está… Magdalena!… ¡A un lado, la inocencia conservada, y del otro, la inocencia recobrada!… ¡Y ambos, Juan y Magdalena, por testigo la Reina Inmaculada, reciben igualmente, en testamento supremo, el Corazón de Jesús!
¿Quién de los dos recibió la mejor, la óptima parte?… ¿Quién?… Nadie lo sabe, nadie lo sabrá acá abajo sino Jesús… ¿Y por qué no serían ambos iguales en fortuna?… ¿Por qué?… ¡En todo caso, ese silencio elocuentísimo no es sino el llamamiento constante, reiterado que, con ligeras variantes, con tonalidades distintas, llama a unos y a otros, a inocentes y a penitentes, y los urge para que en caravana inmensa, incontable, avancen resuelta y confiadamente por el camino del Calvario, hacia el Tabor de gloria eterna!…
¡Oh!, terminemos por esto la Hora Santa dando rienda suelta a nuestro júbilo, a nuestra confianza y gratitud… ¡Que nuestra última plegaria tenga la cadencia de un verdadero himno, cántico de alabanza, de acción de gracias y de amor, al Corazón de Jesús Sacramentado!
¡Nos has bendecido, Jesús amado, como no bendijiste jamás a tu paso las flores de los campos y los lirios de los valles de tu Patria, y en pago hemos sido nosotros las zarzas y las espinas de tu corona! Pero no te canses de nosotros; acuérdate que eres Jesús para estos pobres desterrados.
¡Nos has bendecido, Jesús amado, como no bendijiste jamás las mieses, las viñas y los jardines de Samaria y Galilea, y nosotros te hemos pagado siendo tantas veces la cizaña culpable de tu Iglesia; pero… no te canses de nosotros: acuérdate que eres Jesús para estos desterrados!
¡Oh, Jesús amado, tu Corazón nos ha bendecido como no bendijiste jamás las aves del cielo ni los rebaños de Belén y Nazaret… y nosotros te hemos pagado huyendo de tu redil y temiendo la blandura de tu cayado amorosísimo… ; pero… no te canses de nosotros; acuérdate que eres Jesús para estos pobres desterrados!
¡Oh!, en este día venturoso, déjanos porque hemos sido ingratos contigo, Jesús Sacramentado, déjanos ofrecerte un himno de alabanza en el tono inspirado del Profeta-Rey; en su lira te cantamos con la Madre del Amor Hermoso.
Espíritus angélicos y santos de la Corte celestial, bendecid al Señor en la misericordia infinita con que nos ha colmado. ¡Hosanna al Creador, convertido en creatura y Hostia por amor!
(Todos)
¡Hosanna al Divino Prisionero del amor!
Sol, luna y estrellas, desplegad vuestro manto de luz sobre este Tabernáculo, mil veces más santo que el de Jerusalén, lleno de la majestad de su dulzura… bendecid al Señor en la misericordia infinita con que nos ha colmado. ¡Hosanna al Creador, convertido en criatura y Hostia por amor!
¡Hosanna al Divino Prisionero del amor!
Fulgor de la alborada, rocío de la mañana, lampos de luz muriente del crepúsculo, glorificad la majestad del silencio del Rey y del Sagrario… bendecid al Señor en la misericordia infinita con que nos ha colmado. ¡Hosanna al Creador, convertido en criatura y Hostia por amor!
¡Hosanna al Divino Prisionero del amor!
Océano apacible, océano rugiente en tempestad; profundidades vivientes del abismo, proclamad la omnipotencia del Cautivo de este altar; bendecid al Señor en la misericordia infinita con que nos ha colmado. ¡Hosanna al Creador, convertido en criatura y Hostia por amor!
¡Hosanna al Divino Prisionero del amor!
Brisas perfumadas, tempestades devastadoras, flores de la hondonada, torrentes y cascadas, cantad la hermosura soberana de Jesús Sacramentado. ¡Hosanna al Creador, convertido en criatura y Hostia por amor!
¡Hosanna al Divino Prisionero del amor!
Nieves eternas, selvas, volcanes y mieses, colinas y valles, ensalzad la magnificencia del Dios aniquilado del altar…; bendecid al Señor en la misericordia infinita con que nos ha colmado. ¡Hosanna al Creador, convertido en criatura y Hostia por amor!
¡Hosanna al Divino Prisionero del amor!
Creación toda entera, ven, acude presurosa en nuestro auxilio; ven a suplir nuestra impotencia; los humanos no sabemos cantar, bendecir ni agradecer; ven y con cantares de naturaleza ahoga el grito de blasfemia, repara el sopor, la indiferencia del hombre ingrato, colmado, con la misericordia infinita de Jesús Eucaristía. ¡Hosanna al Creador convertido en criatura y Hostia por amor!
¡Hosanna al Divino Prisionero del amor!
¡En reparación de tantos como le olvidan, amemos más, amemos con amor más fuerte que la muerte!…
¡Corazón Divino de Jesús, venga a nos tu reino!
Una Salve invocando a la Reina del Amor Hermoso.
Padrenuestro y Avemaría por las intenciones particulares de los presentes.
Padrenuestro y Avemaría por los agonizantes y pecadores.
Padrenuestro y Avemaría pidiendo el reinado del Sagrado Corazón mediante la Comunión frecuente y diaria, la Hora Santa y la Cruzada de la Entronización del Rey Divino en hogares, sociedades y naciones).
(Cinco veces)
¡Corazón Divino de Jesús, venga a nos tu reino!
Padrenuestro, Avemaría y Gloria para ganar las indulgencias otorgadas a esta devoción.


VISIÓN DEL SAGRADO CORAZÓN DE 

SANTA MARAGARITA MARÍA DE ALACOQUE




Fuente: Radio Cristiandad




Sea todo a la mayor gloria de Dios.


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